domingo, 24 de julio de 2016

La melancolía del padre Karras



Desde chico me sentí atraído por su figura. Lleno de misterio, depositario de un dolor insabido, arrinconado por una culpa no del todo develada. El padre Karras es un personaje memorable del cine de drama psicológico, interpretado magistralmente por Jason Miller. Si el padre Merrin (Max von Sydow) es, por antonomasia, el Exorcista, el padre Karras, a su sombra, es el ser humano en guerra contra sus propios demonios internos.

Cuando hace algunos años redacté una breve reseña sobre Jason Miller para el proyecto digital Wikipedia, definí a su personaje más estelar, Karras, como "un sacerdote melancólico, conflictuado por su crisis de fe, y angustiado por la culpa ante la muerte de su madre". Me admiraba de la situación de un hombre teniendo que hacer frente al Mal en su estado puro, al tiempo que experimentaba un enorme desasosiego frente a la obligación de lidiar con su propio sentimiento de maldad interior.


Karras tiene una mirada triste, es un hombre deprimido. Atravesando su propia noche oscura del alma, su extenso valle de desolación personal. Sacerdote, psiquiatra, y jesuita. Culposo, acosado por el profundo sentimiento de ser un hijo abandónico, por una historia no narrada, pero que pesa en su conciencia, que lo debilita en su misión de plantarle cara a ese mal que mancilla a la inocencia.

Karras sueña, y cuando sueña, su ser profundo le envía un mensaje. Su significado permanece encerrado, envuelto en un enigma. Una medalla cae al vacío. Un perro negro corre, intimidante. Las agujas del reloj van y vienen. Su madre, presencia ausente, se asoma desde las profundidades de la boca del subte. Nuestro héroe, a lo lejos, casi desesperado, le hace gestos con las manos, se esfuerza en vano por atraer su atención, por acercarse a ella. Esta, o quizás su sombra, se limita a expresar una queja, un reproche, o tal vez un pedido de ultratumba. Pazuzu, escondido, vela en las penumbras, dirigiendo la escena. Karras corre, con todas sus fuerzas, intentando alcanzarla. Busca impedir que su madre, ante su mirada,  desaparezca para siempre. Y la medalla cae una vez más. Y el misterio permanece, suspendido en el viento.


Todo parece pesarle demasiado al padre Karras, quien aún así, ofrece su ayuda a quien la necesite. Aconseja y contiene, siendo él mismo huérfano de toda contención. Su dolor es palpable, se siente, transciende la pantalla; Karras raramente esboza una sonrisa; y cuando lo hace, esta viene acompañada de ironía o bien envuelta en peculiar simulación.


Escéptico, dubitativo de los dogmas de su religión, descubre el camino a la salvación a través de un salto de fe kierkegaardiano, de una última y radical apuesta; aquella que sacrifica su vida, pero que en el camino la termina redimiendo. Y es que Karras, lo intuimos, es un hombre bueno, aquejado por su bilis negra. ¿Cúal será la raíz de tu dolor, viejo amigo sacerdote, que sólo un ser como el Maligno pudo liberar de su tormento a tu alma noble?


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