domingo, 14 de agosto de 2016

El "loco" interior

"El viajero", también conocida como "El hijo pródigo", una pintura de Hieronymusch Bosch, asociada al arcano sin número del tarot: El Loco

El Loco,  ser puro movido hacia adelante, por un principio divino, no por su ego. Atrás quedan las posiciones de su yo: familia, propiedades, pertenencias, trabajo, afectos. La belleza de su rostro, esa mirada inocente y sencilla revela su ser esencial.  La dinámica de su cuerpo que se dirige en varias direcciones, parecería decirnos que sale impulsado por su gran energía creativa, sin plan, sin intención, descubriendo el instante presente. Nos deja su mensaje: Libertad. Nuevos rumbos. Energía. Creatividad.

Este arquetipo aparece, con su suave sonrisa, haciendo evidente lo absurdo, mostrando lo impredecible de la vida, exhibiendo todo aquello que no entra en nuestros reducidos esquemas racionales.

Como un niño libre y espontáneo, desciende al mundo para transitar todas las vivencias terrenales en este plano. No sigue ninguna verdad, no lleva ninguna bandera, para él su Yo y el universo son uno, y todo camino es el camino.


Los animales a su alrededor simbolizan su sabiduría instintiva, con la que se burla del conocimiento intelectual. Lleva su pequeña mochila de saberes adquiridos en otras vidas. Se nutre de su propia experiencia y de su curiosidad, porque para él, la vida es un juego que no debe tomarse demasiado en serio.

Cuantas veces un cambio drástico nos deja sólo "con lo puesto" teniendo que arrancar de cero, cortando con el pasado, con una absoluta sensación de incertidumbre, libertad, independencia, vacío...El desapego da miedo, abandonar los constructos que nos sostenían, a veces da vértigo o entusiasma y otras confunde y asusta, pero siempre nos impulsa a movernos hacia lugares inhóspitos de nuestra conciencia, más allá de nuestra experiencia conocida.

Invocando a nuestro Loco interno, podemos reírnos de nosotros mismos,y lanzarnos confiados a la impermanencia del vivir. 

Guadalupe Gallardo, astróloga

jueves, 11 de agosto de 2016

Una aproximación al fenómeno religioso desde la psicología de Carl G. Jung (Dr. Néstor E. Costa, Última parte)

Nota del autor del Blog: compartimos la tercera y última parte del escrito del Dr. Néstor E. Costa a propósito de la visión junguiana de la religión.



Un acercamiento a la religiosidad de Oriente y su relación con la religiosidad en Occidente.

Hasta ahora, hemos desarrollado brevemente algunas de las ideas de Jung en lo que hace al punto de vista psicológico de la religiosidad en Occidente. Siguiendo esta línea metodológica, también haremos un acotado acercamiento pero en lo que hace a Oriente. La enorme formación de Jung le permitió comprender a través de años de estudios - mérito no menor - que las representaciones originarias son patrimonio común de las distintas religiones, tanto de Oriente como de Occidente, viniendo a constituir la una y la otra los contenidos arquetípicos del alma humana.

Pero cabe hacer una distinción fundamental. Así como para Occidente podemos hablar de una psicología de la religiosidad, es factible que traspolado este concepto a Oriente no sea de la misma aplicación. Por ejemplo: hoy día se suele utilizar casi como sinónimos “psique” y “mente”, lo cual visto desde un punto de vista epistemológico no es correcto. Ha sido una cuestión de un pasaje de la visión antigua a una moderna, que no necesariamente tiene que ser verdadera o mejor. Con seguridad el concepto de psique (alma) es mucho más rico que el de “mente”, que muchas veces se lo identifica con una topografía cerebral. Incluso para el pensamiento Oriental, la palabra “mente” encierra un significado metafísico, cosa que no sucede, obviamente, para Occidente.

Como lo señala Jung, en los últimos siglos la filosofía occidental primitiva, madre de la psicología, despojó a esta última de su unión con el todo, como supo tenerla durante milenios. El ser humano ha dejado de ser un microcosmos y una imagen del macrocosmos, con lo cual aquella vieja concepción del ánima mundi (alma del mundo) vino a desaparecer junto con la Edad Media. De acuerdo a lo dicho, la psicología trata todos los postulados como fenómenos mentales, los cuales en el caso de las psicologías profundas tendrían su origen en lo inconsciente. Sin embargo, la psicología no está en condiciones ni de aseverar ni de negar estas cuestiones, dado que no puede ni constatar ni demostrar aquello que no le compete.

A pesar de ello y de todas las críticas que pudieran hacerse a lo recién dicho, va a destacar que el hombre no ha abandonado la idea de la existencia de Dios, cuestión que ha creado un nuevo problema en Occidente, el que se puede resumir en el conflicto entre ciencia y religión. Lo que en realidad sucede es, señalará es que hay una mala comprensión de ambas cuestiones. La pregunta que entonces cabe y que se hace el investigador suizo, es qué sucede con este problema en Oriente.

De acuerdo a Jung, en Oriente, la mente es un principio cósmico y así como para Occidente la mente es la condición indispensable para el conocimiento, para Oriente donde no existe el conflicto entre ciencia y religión, ambos temas parecerían unirse, dando lugar a lo que podría llamarse un “conocimiento religioso”.

En su artículo: Comentario Psicológico al Libro Tibetano de la Gran Liberación, nos ha de decir que entre nosotros, el hombre es infinitamente pequeño y la Gracia de Dios lo significa absolutamente todo. En Oriente en cambio, el hombre es Dios, así como el artífice de su propia redención. “Los dioses del budismo tibetano son proyecciones creadas por la mente y forman parte de la superación ilusoria, pero, pese a ello, gozan de existencia. En cambio en lo que a nosotros concierne, una ilusión no es más que una ilusión y, por ende, nada en absoluto”. (Jung, O.C. V. 11, p.492).

El pensamiento Oriental y el Occidental, en lo que hace a la temática religiosa, difieren. Para los primeros, la realidad psíquica es la condición principal y única de la existencia. Si se observa esta fenomenología desde la tipología desarrollada por el propio Jung, se trataría de un punto de vista introvertido; que es el opuesto a la forma de pensar extravertida, que es más típica de Occidente. La posición extravertida, pondrá el acento en todo lo relacionado con el mundo exterior, el mundo de los objetos, por lo tanto, lo vinculado con la energía espiritual provendrá de un afuera, de Dios. Por el contrario, en la posición introvertida se privilegia el mundo interior, el mundo del espíritu, el mundo de las ideas. Leemos al autor acerca del Budismo Zen: “La psique es por ello lo más importante de todo; el aliento que todo lo penetra, el ser búddhico, la mente de Buddha, el Uno, el dharmakàya. De ella emanan todos los seres vivos, y en ella habrán de disolverse todas las formas que han llegado a manifestarse” (Jung, Opus cit., p. 495).

Siguiendo a Suzuki, Jung dirá que la razón del zen es el satori. Sin éste, el zen no es zen. Es lo que debería entenderse como “iluminación”. Sin embargo, este concepto no es entendido en toda su profundidad por los occidentales, a los que les resulta de gran dificultad, dado que sus implicancias teóricas son enormes. Vamos a mencionar algunas: se trata, como ya se dijo, de la superación del yo y penetrar en la “mente de Buddha”, con lo que se logra la sabiduría, que es la luz divina, el cielo interior, el núcleo del pensamiento y la consciencia, el asiento de la bondad, la justicia, la compasión y la medida de todas las cosas (Cf. Jung, Opus cit. V. 11, p. 555). Aclaremos, como lo hace Suzuki, que el zen no es ni una psicología ni una filosofía.

Si bien Jung pone el acento de sus apreciaciones sobre Occidente en el cristianismo, por su indudable peso y sus numerosas variantes, nos parece apropiado señalar que también en otras orientaciones religiosas, como podría ser el Judaísmo, la relación con lo trascendente goza de parecidas características. Es la de un Dios que se distingue por estar bajo ciertos términos que se podrían compendiar con los vocablos amor, temor, alabanzas, cánticos, rituales, castigos, culpa, etc. Reiterándonos un poco, el poder de las creencias en Occidente se halla afuera, en un Otro, que es a la vez la perfección y la exterioridad absolutas.

Pero qué sucede en la religión oriental ? Jung hace una interesante reflexión: ver si esas tendencias introvertidas que aparecen en la religiosidad oriental, se hallan también en la occidental. Incluso, alerta sobre todo a aquellos que son atraídos por dichas creencias, dado que para llegar a comprender mejor esa espiritualidad no hace falta “imitar” a Oriente, cuestión que no llevaría a nada. La clave entonces, estará en aceptar que el alma guarda suficientes riquezas para no tener que ser fecundada desde afuera. Sin embargo, hace la salvaguarda que la actitud que Occidente debe tener al incorporar el pensar y el sentir de Oriente, debe hacerse desde nuestra propia historia cristiana y aceptando honestamente que son valores distintos. Este reconocimiento es necesario, pero con la condición que deben ser comprendidos desde dentro, no desde fuera apelando simplemente a querer imitarlos. Esos valores también se encuentran en nosotros, en nuestro propio inconsciente.

Cabe señalar que hay otro distingo muy importante entre ambas actitudes. “Para nosotros una consciencia sin yo es inimaginable” (Jung, Opus cit., p. 497). Muy cierto, dado que el yo, para Occidente, es el sujeto de la consciencia. Todas la vinculaciones conscientes remiten a esa instancia psíquica. No ocurre lo mismo en Oriente, donde existe la convicción de que la consciencia puede adquirir un estado superior y hasta casi prescindir del yo. ”No puedo concebir un estado mental que sea consciente y que no se halle relacionado con un sujeto, es decir, con un yo” (Jung, Opus cit. p. 497). Es también y precisamente en este punto, donde el concepto de “mente” al que oportunamente hemos referido, es apreciado en forma diferente por ambos pensamientos.

Sabrá decirnos, por ejemplo, que el hatha yoga tiene como principal misión aniquilar al yo, con lo cual se lograría domeñar sus impulsos. La consecución del samâdhi, que es la búsqueda de un estado mental superior, tiende a hacer desaparecer a ese yo que vendría a ser una pura ilusión. Por lo tanto, lo consciente, en el sentido Occidental, es contemplado como algo inferior, como aquello que está preso en la avidyâ, o sea, en la ignorancia. De acuerdo a Jung, lo que nosotros denominamos “trasfondo oscuro del ser consciente” (o sea lo inconsciente) en Oriente sería el equivalente de una “consciencia superior”. Si recalamos nuevamente en el concepto de “inconsciente colectivo”, vendría a constituir el equivalente de la buddhi, o sea, la mente iluminada. Resulta interesante que los procesos inferiores, cuasi fisiológicos de la psique, Oriente los domine a través de la ascesis, es decir, del ejercicio y si bien no son negados, pueden ser mantenidos bajo control.


Es dable destacar que tanto la posición extravertida (Occidente) como la introvertida (Oriente) tienen un objetivo en común: triunfar sobre la mera naturalidad de la vida. Sería el triunfo del espíritu sobre la materia. Así puede verse, según nuestra humilde opinión, concretamente en su artículo El Yoga y Occidente, en donde el autor se encuentra ante las limitaciones de la traspolación de una técnica y disciplina milenarias, a la forma de ser de Occidente, y si bien pudiera entenderse como un método de higiene anímica y fisiológica, el mismo no se halla exento de una profunda filosofía. Así dirá:”..en el transcurso de los ejercicios, dicha higiene vincula a los miembros con la totalidad de la mente, como puede observarse en la práctica del prànayàma, en los cuales el pràna es a la vez el aliento y la dinámica universal del cosmos”. (Cf. Jung, Opus cita, p. 547). Este método, para poder llevarse a cabo ha de implicar una gran concentración de la consciencia y de la voluntad.

Para el autor suizo, ambos puntos de vista el Occidental y el Oriental, pese a ser contradictorios, se hallan psicológicamente justificados. También es cierto que pecan de unilaterales: el primero por negarse a ver la importancia del mundo interior, el segundo por no contemplar el mundo externo. En otras palabras, Occidente por haberse alejado hace muchos siglos de la idea de la Mente Una, Oriente, por subestimar el concepto de la consciencia. Señala Jung que la “objetividad”, la actitud rigurosa del científico, llevan a sacrificar la belleza y la universalidad de la existencia en aras de una meta más o menos ideal. Por su parte, Oriente, privilegia la sabiduría, la paz, el desprendimiento y la inmutabilidad de la psique inconsciente, intentando superar penas y alegrías que son las que generalmente jalonan nuestras vidas. De ahí que sostenga que lo conveniente sería hacer el esfuerzo necesario para comprender ambas posiciones.

Dentro de los trabajos relacionados con el estudio de las religiones de Oriente, caben señalar las siguientes obras: Comentario psicológico al Libro Tibetano de la Gran Liberación (1939/1955); Comentario Psicológico al Libro Tibetano de los Muertos (1939/1960); El Yoga y Occidente (1936); Prólogo al libro de D.T. Suzuki, La Gran Liberación. Introducción al budismo zen (1939/1958); Acerca de la Psicología de la Meditación Oriental (1943/1948); Prólogo al I Ching (1950).

A modo de finalización
Siempre se dijo y no equivocadamente, que la psicología junguiana era una cosmovisión que acercaba el pensamiento de Oriente y Occidente. Es muy cierto y es lo que hemos pretendido mostrar a lo largo de este escrito. Sin embargo, Jung siempre alertó que los espíritus que anidan en ambos pensamientos deben, por sobre todo, respetarse en sus singularidades y en las tradiciones que le son propias.

La obra de Jung en lo que hace al espíritu religioso y al estudio psicológico que dimana del mismo y con el firme objetivo de arrojar un poco de claridad sobre este eterno problema – que también involucra a muchos otros saberes humanos - ha sido uno de los ejes sobre los que basó sus investigaciones. De la importancia de las mismas, baste señalar que en el año 1937 la Universidad de Yale le encargó las Terry Lectures, cuya misión consistía en ver que podía decir la psicología sobre la religión. Precisamente y en su trabajo Psicología y Religión, ha de decirnos que nadie duda que la religión es una de las manifestaciones más tempranas y universales del alma humana y que “toda variante de la psicología que se ocupe de la estructura psicológica de la personalidad, tendrá forzosamente que atender, por lo menos, al hecho de que la religión no es sólo un fenómeno sociológico o histórico, sino también una cuestión personal de importancia para un gran número de seres humanos” (Jung, Opus cit., p.8).

Que nadie dude que el trabajo minucioso sobre los aspectos profundos del psiquismo tuvieran una mirada holística. En un ensayo de 1932, Picasso, sabrá decir: el viaje por la historia del alma de la humanidad tiene como fin restaurar al hombre como un todo. Y el tema relativo a la importancia de la introversión y la extraversión, que nos mostrara como visiones distintas del fenómeno religioso en lo que hace a Oriente y Occidente, también tiene una apoyatura temprana y psicológica en su vida y que se plasmará entre otros escritos; así en su artículo: “La contraposición entre Freud y Jung, texto de 1929, leemos: “En mi imagen del mundo hay un gran afuera y también un gran adentro y entre ambos polos está el individuo, vuelto hacia uno o hacia otro, y, según temperamento y predisposición, considerará como cierto bien uno, bien otro, para, según el caso, negar o sacrificar a uno a favor del otro” ( Jung, O.C. V. 4, p.314).

No es casual que hayamos traído a colación este escrito de Jung, muy rico a nuestro entender en expresiones relativas al alma y al espíritu y por supuesto a las diferencias que mantenía con el gran pensador vienés. Y si bien hubo cuestiones importantes en las que no acordaba con Freud, como fuera la distinta acentuación en lo que hace al orden de lo simbólico, no se sentía un adversario del mismo, sino por el contrario, entendía que ambas teorías eran opuestas, pero complementarias; si bien, ha de resaltar cierta incapacidad de Freud para entender el fenómeno de la vivencia religiosa. Es decir, Jung pone una vez más la vivencia como algo prioritario.

Nos parece sumamente esclarecedor, que el propio autor se esfuerce en resaltar el objeto de su estudio, sobre todo cuando el tema versa acerca de conceptos límites. En un pasaje de uno de sus textos afirma: “la religión es una especial actitud del espíritu humano, que se halla relacionada con una consideración y observancia solícita de ciertos factores dinámicos concebidos como potencias, llámense dioses, espíritus, ideales, demonios o cualquier otra designación con que el hombre ha bautizado a dichos factores, que dentro de su mundo la experiencia los ha presentado como lo suficientemente poderosos o útiles para tomarlos en respetuosa consideración, o lo suficientemente grandes, bellos y razonables para adorarlos piadosamente y amarlos” (Cf.Jung, O.C. V. 11 p. 11). Estas hermosas y sentidas palabras acerca del concepto de lo que es la religión, nos parece que tienen un sencillo y contundente corolario: “Sería una blasfemia afirmar que Dios puede manifestarse en todas partes, pero no precisamente en el alma humana” (Jung, R.S.P., p. 408).

Su relación con todas las religiones, como se desprende de sus escritos, fue positiva. Señalaba que en sus contenidos doctrinales reconocía aquellas imágenes que encontraba en los sueños y en las fantasías de sus pacientes, pero también en su moral, que vendrían a ser los intentos para encontrar la vía adecuada para lidiar con los poderes del alma.

Nota: En relación a las obras de Jung citadas en el cuerpo del texto, hemos consignado los años de inicio de las mismas y de las posteriores revisiones que realizara el propio autor.

Dr. Néstor Eduardo Costa, Agosto 2016

Bibliografía

Costa, N.E. (2006) JUNG: Un Mundo de Imágenes y Símbolos, edit. C.E.A., Buenos Aires.

Costa, N.E. (2006) El Concepto de lo Religioso en la Obra de Jung, conferencia dada en la Pontificia Universidad Católica Argentina.

Jung, C.G. (1981) Psicología y Religión, edit. Paidós, Barcelona, España.

Jung, C.G.(1981) Recuerdos, Sueños, Pensamientos, edit. Seix Barral, 3ra.edic., Barcelona, España.

Jung, C.G. (2000) Freud y el Psicoanálisis, edit. Trotta, Vol. 4, Madrid, España.

Jung, C.G. (1999) Sobre el Fenómeno del Espíritu en el Arte y en la Ciencia, edit. Trotta, Vol. 15, Madrid, España.

Jung, C.G. (2008) Acerca de la Psicología de la Religión Occidental y de la Religión Oriental, edit. Trotta, Vol. 11, Madrid, España.

Jung, C.G. (1973) Respuesta a Job, edit. Fondo de Cultura Económica, primera reimpresión, traducción de Andrés Pedro Sánchez Pascual, México.

Jung, C.G. (1934) Trabajo de Seminario, inédito.

Jung, C.G. (1980) Aion, edit. Paidós, traducción de Julio Balderrama, Buenos Aires, Argentina.

Otto, R. (1980) LO SANTO – Lo Racional y lo Irracional en la Idea de Dios, Alianza Editorial, Madrid, España.

martes, 9 de agosto de 2016

Una aproximación al fenómeno religioso desde la psicología de Carl G. Jung (Dr. Néstor E. Costa, 2da parte)

Nota del autor del blog: segunda parte del escrito del Dr. Néstor Eduardo Costa.


La dualidad de la idea de Dios y su impronta arquetípica.

Si todo arquetipo posee la característica de la polaridad, por ende, el arquetipo de la idea de Dios también debe tener un aspecto positivo y otro negativo, como ha sido en el Antiguo Testamento la figura de Yhave. Sin embargo, en términos religiosos cristianos los aspectos negativos se proyectan en la idea del Diablo, Satán o el Anticristo; en términos filosóficos/metafísicos, se asimilan a la idea del mal y desde el punto de vista psicológico junguiano, lindarían con el arquetipo de la sombra. No podemos dejar de señalar que, desde una fenomenología religiosa que nunca dejó de ser psicológica, Jung se nos presenta reivindicando a la idea de un Dios que contiene ambos opuestos. Con sus aspectos bondadosos, pero también terribles. Bien se sabe que el creyente que sufre por equis motivos, no se ha alejado del interrogante que subyace en forma inconsciente y a veces no tanto, de porqué Dios lo castiga, lo abandona o a veces lo somete a terribles pruebas

Distintos personajes que se encuentran en la historia religiosa, pero que no dejan de tener su impronta en el psiquismo humano, nos ilustran de este aserto. Los vemos en las figuras de Job o Moisés y hasta en la de Cristo en la cruz. Todas en mayor o menor medida delatan con sus sufrimientos la duda, por estar sometidos a tremendas pruebas, pero ninguno de ellos ha de dejar de lado su fe. Así se han conformado las iniciaciones a lo largo de la historia humana; la convocatoria a los valores supremos a través del sometimiento a diversas pruebas. Una muerte simbólica y una resurrección espiritual es el corolario del sacrificio.

Además, en el hombre, existe una prehistoria de prodigiosa extensión y de una trama altamente compleja que anatómicamente se ha expresado a partir de su cuerpo, pero también de una psique que evolutivamente ha ganado en una complejidad creciente. La observación rigurosa de la actividad inconsciente de sus pacientes, le permitió reconocer que esa instancia, al margen de sus aspectos reprimidos, posee un grado de autonomía creadora. Sostendrá que: “cuando Carl G. Carus, Eduard von Hartmann y en parte también Arthur Schopenhauer, equipararon lo inconsciente con el principio creador del mundo, no hicieron sino extraer la síntesis de todas las doctrinas del pasado que, sobre la base de la constante experiencia íntima, percibían lo que obraba misteriosamente como personificado en forma de dioses” (Jung, Psicología y Religión, p. 137).

El supuesto inmemorial de la existencia de dioses constituye una formulación de lo inconsciente psicológicamente adecuada, aún cuando se trate de proyecciones. Para nuestros más remotos antepasados, la vida transcurría sin solución de continuidad entre un “adentro” y un “afuera” y estaba proyectada no sólo en la multiplicidad de dioses que simbolizaban la naturaleza, sino también en otra enorme cantidad que nominaba los afectos. Prueba más que evidente, dado que son los dioses los que pueblan las distintas mitologías universales, pero también nuestros sentimientos y afectos llevan nombres que otrora fueron dioses. Sin embargo, una humanidad más moderna, decretó, metáfora de por medio, la caída de todos los dioses. Se intentó “matar” a Dios, pero no dio resultados. Ante el fracaso, se quiso avanzar sobre la “idea de Dios”, pero tampoco tuvo éxito. Tal vez porque Dios sea inmortal y también su idea. La omnipotencia del hombre no llegó a vislumbrar que no se lo podía matar y menos aún a su idea.

Como sabemos, un acto de voluntad no “detiene” a la actividad inconsciente de sus formaciones originales y de la energía que le es propia. Podrá ser negada o pasar a un estado latente de vida, pero nunca ha de perder la posibilidad de activarse según individualidades o circunstancias. Es lo que siempre nos han dicho los mitos y hasta la propia historia. No por nada los primeros nos suministran simbólicamente todo el acontecer humano. En lo arquetípico, podemos encontrar en sus formas originales, como ya se señalara, las posibles conductas humanas: sus odios, sus temores, sus deseos, sus amores, la guerra, el poder, la angustia, la sexualidad, la muerte, la inmortalidad y también sus creencias.

Ahora bien, como el desarrollo de la consciencia exige la renuncia a todas las proyecciones, hubo de ser necesario tratar de eliminar a la mitología (sobre todo en Occidente) y subsumirla simplemente a un relato fantasioso, a punto tal, que su propio nombre ha llegado a ser sinónimo de mentira; consecuentemente se instaló su existencia no psicológica. Ergo, si se quitan de afuera a los dioses por que se han retirado las proyecciones, estos necesariamente han de volver al adentro, de donde partieron, a ese interior desconocido del hombre, al alma (psique).

Estas cuestiones fueron para Jung de enorme importancia, por lo que no cejó en su intento de demostrar el carácter psicológico del arquetipo de la divinidad. Por supuesto, la incomprensión de ciertos sectores frente a lo que consideraban “poco científico”, se hizo sentir a partir de críticas sobre sus trabajos. Hoy día, por suerte, se han superado algunos de estos prejuicios y se está reconociendo el ingente esfuerzo de este pensador que supo poner por escrito la necesidad de la existencia de lo trascendente para el psiquismo humano. Otros términos de frecuente uso como espíritu o alma, que se encuentran a lo largo de su obra, no corrieron mejor suerte en algunos círculos académicos de orientación materialista o cientificista. 


En Respuesta a Job, un escrito tardío de Jung, sabrá decirnos que cada vez que alguien se refiere a objetos venerables de la fe religiosa, corre ciertos riesgos de caer en alguno de los bandos en lucha, negándolos o aceptándolos como tales. Y de alguna manera tiene absoluta razón, dado que nos hallamos frente a aquellos que sólo aceptan que algo es “verdadero” siempre y cuando se presente como hecho físico. Así nos habla de que muchos creen como físicamente imposible que Cristo haya nacido de una virgen. Dilema del que no hay solución posible, lo mejor, dirá, es dejar de lado dicha discusión. Por otra parte, “el que algo sea una realidad “física” no es el único criterio de verdad. También existen verdades anímicas (relativas al alma) las cuales no pueden ni explicarse ni probarse, pero tampoco negarse” (Jung, Respuesta a Job, p.7). “Las afirmaciones religiosas no tendrían sentido si se refiriesen a hechos físicos”. (Jung, Ídem, p.7).

Es decir, creemos que nuestro autor es muy claro en estos conceptos en donde se refiere, indudablemente, a los aspectos simbólicos que detentan todas las imágenes, las cuales, cuando remiten a lo sagrado, señalan siempre hacia aquello que se nos presenta como inefable, pero que psicológicamente tiene una enorme importancia. Nuestro psiquismo posee el privilegio de la capacidad de expresar imágenes representacionales de la divinidad, las que en el transcurso de la historia se han transformado innumerables veces. Como es sabido, al tener una base emocional (numinosa) se convierten en inexpugnables a la razón crítica, lo cual no las desmerece en su validez, al contrario, las afirman como parte de una consciencia trascendente.

Si hubo algo constante, y nos parece una cuestión casi irrefutable en el transitar psíquico histórico, ha sido la idea de la divinidad. Negar esta fenomenología ha llevado a que la misma sea tratada con una caracterología ligada a lo mágico/ infantil o como un trastorno obsesivo o como el “opio de los pueblos”. Estas “racionalizaciones”, nos hacen recordar al inveterado problema de los ateos: el tener siempre que hablar de la inexistencia de Dios o el de pretender demostrar casi con desesperación que es una falsa idea, una mentira o un invento. Es ley psicológica que aquello que continuamente se niega es porque inconscientemente se le teme o se le ama.

Nos parece apropiado traer a colación las palabras de Tertuliano en su escrito sobre el testimonio del alma: “Mientras más verdaderos son estos testimonios del alma tanto más simples son; cuanto más simples tanto más vulgares; cuanto más vulgares tanto más comunes; cuanto más comunes tanto más naturales; cuanto más naturales tanto más divinos. Creo que a nadie podrán parecerle frívolos y superficiales si contemplamos la majestad de la naturaleza de la que proviene la autoridad del alma. Lo que se concede a la maestra, ha de reconocerse a la discípula: la naturaleza es la maestra, el alma la discípula. Lo que aquella enseñó o ésta aprendió le fue entregado por Dios, es decir, por el maestro de la maestra misma”.(Tertuliano,De testimonio animae, citado por Jung en nota a pié, O.C.V. 11, p.376/377).

Más aún, desconocemos si algún otro autor en el ámbito de la psicología llegó a las honduras simbólicas del investigador suizo para intentar comprender desde un punto de vista psico/fenomenológico, los objetos, los hechos y las vivencias generadas por la fe. No se cansó de repetir que no intenta demostrar la existencia de Dios, simplemente su psicología al respecto de este tema, es analizar las ideas referidas a Dios y como las mismas han existido desde tiempos remotos. Su planteo, por lo tanto, fue consistente en la búsqueda de un sentido y significado, por lo que sus explicaciones no deben ser vistas como juicios, sino que más bien buscan representar un estado de cosas. Sabrá decir que cuando se observa una idea que refiere a un fenómeno religioso, aunque se nos aparezca como incomprensible a la lógica, desde un punto de vista psicológico no debe interesar si la misma es verdadera o falsa en algún sentido, solo que la misma existe y en tanto tal, es psicológicamente verdadera.

Jung fundamentó sobre el cristianismo (en todas sus vertientes) sus estudios sobre la psicología de la religión Occidental. Sus obras y la lectura de ellas no dejan ninguna duda al respecto. En este sentido, cabe mencionar a: Psicoanálisis y Cura de Almas (1928/29); Psicología y Religión (1938/40); Ensayo de Interpretación Psicológica del Dogma de la Trinidad (1942/48) El símbolo de la Transubstanciación en la Misa (1942/54); Aion (1951); Respuesta a Job (1952) y varios otros.

(próximamente la tercera y última parte)

viernes, 5 de agosto de 2016

Una aproximación al fenómeno religioso desde la psicología de Carl G. Jung (Dr. Néstor E. Costa)

Nota del autor del blog: quiero expresar mi enorme agradecimiento al Dr. Néstor E. Costa por  regalarnos este escrito totalmente inédito, preparado especialmente para este blog. Néstor Eduardo Costa es doctor en Psicología, analista jungiano, y presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica (AFIPA), con sede en Buenos Aires, Argentina. Profundo conocedor de la obra del sabio de Zurich, es autor de numerosos artículos y libros de texto, entre ellos una clásica obra de introducción al pensamiento junguiano: "Temas de psicología analítica". Dada la extensión y la riqueza conceptual del escrito que aquí compartimos, y con el fin de facilitar su lectura, decidimos dividirlo en tres entregas. Comenzamos hoy, entonces, con la primera de ellas. Que lo disfruten.
Juan Manuel


Una aproximación al fenómeno religioso desde la psicología de Carl G. Jung
* por el Dr. Néstor Eduardo Costa

En una oportunidad, un periodista inglés le preguntó a Jung si él creía en Dios o no y éste solo contestó: I do not believe, I know (Yo no creo, yo sé). Esta escueta y hasta extraña respuesta, alejada totalmente de todo convencionalismo es una de las llaves para la comprensión de la fenomenología religiosa desde una mirada psicológica y empírica.

Empecemos por alertar que el investigador suizo no era un teólogo, si bien entendemos que el autor poseía una notable formación que en estas cuestiones era sumamente amplia y profunda; por otra parte, su visión acerca de lo religioso tenía una heredad notable: su abuelo materno Samuel Preiswerk (1799-1871) fue arcipreste de la Iglesia de Basilea, además de ser filólogo y escribir una gramática hebrea. Como lo señala Enrique Galán Santamaría: “En su casa se vivía de modo natural el misterioso mundo que el Romanticismo había reivindicado frente a la Ilustración” (Jung, O.C. V.1- XI). Por otra parte, el padre de Jung, Paul Achilles (1842-1896) ejerció como clérigo de la Iglesia Reformada Suiza.

No es por todos conocido las discusiones y dudas que el joven Carl le planteaba a su padre sobre temas religiosos y que hacían a su ministerio, habiendo llegado a la conclusión que en algunos aspectos su progenitor tenía conocimientos sobre estas cuestiones, pero que las mismas no habían sido incorporados simbólicamente. Venían a conformar una serie de ideas acerca de una historia “que ni él mismo pudiera creer por completo” (Jung, Recuerdos, Sueños, Pensamientos, 3ra. Edic. p. 54) Va de suyo que estas inquietudes lo acompañaron el resto de su vida, lo que se patentiza en numerosos artículos y escritos que jalonan la Obra Completa y en donde las cosmovisiones sagradas ocuparán un destacado lugar.

Jung realizó frecuentes durante su larga vida. Los mismos tuvieran como destino, entre otros factores, el de embeberse de las formas religiosas y antropológicas de los pueblos que visitaba. Así sucedió en su estadía con los Indios Pueblo del Sur de los Estados Unidos, en sus dos viajes al África o en su visita a la lejana India. Si hay algo de lo que puede afirmarse con certeza es que Jung no fue un psicólogo de ciudad, por el contrario, su crianza y formación desde muy chico se llevó a cabo a partir de ciertas experiencias vivenciales que solo otorga el contacto con el mundo de la naturaleza y ya de adulto, a partir de sus viajes y lecturas; pero también y en no menor medida, con el material aportado por una numerosísima cantidad de pacientes de variadas procedencias, lo que le permitió tener una visión universalista de la condición humana y de sus distintas creencias.

En su autobiografía (Cf. Opus cit., R.S.P.), en más de una oportunidad refiere a dos términos muy ligados entre sí: el secreto y el misterio. Toda su juventud según propios decires, puede caer bajo el concepto del secreto, atisbo indudable de su personalidad técnicamente introvertida. Ese mundo de ideas que iba a acompañarlo el resto de su vida y del cual pocas veces solía hablar, es el que vamos a encontrar en sus escritos. Por otra parte, el misterio, era parte de esa mirada que buscaba resolver las grandes incógnitas de la vida, pero también su personal acercamiento a la idea de Dios.

Tempranamente ya se planteaban sus dudas sobre estos temas, donde era clara su disconformidad con las ortodoxias que surgían de las enseñanzas. Por ejemplo: frente a las injusticias o al propio mal del mundo que se erigían amenazantes y eran parte de la vida diaria y desde muy joven, solía decirse a sí mismo que seguramente Dios quería que él y los hombres hicieran incluso “lo injusto” o “lo prohibido”, aunque ello fuera mal visto. Tal vez fuera necesario aceptar esa “voluntad” que quería imponerse, esa suerte de destino y, con ello, poder participar de esa forma del mundo sagrado.

No le fue gratuita a Jung esta lucha entre sus propias ideas y las que le intentaba enseñar su padre y hasta la propia comunidad en la que vivía, cuestión que se trasladará, como ya se señalara, desde su infancia y juventud hasta el final de sus días. Que se pudiera comprender que la vida es en sí un misterio insondable, al igual que la muerte, le generó con el tiempo conflictos teóricos con las ortodoxias religiosas y en no menor medida con el racionalismo que se había enseñoreado del mundo académico, sobre todo, a partir de la Ilustración.

El mismo término “religión”, sobre el que Jung insistió para que pudiera ser entendido en su más amplio sentido de “cuidadosa observancia” y ser aplicado a cualquier tipo de religión, incluyendo las más arcaicas y primitivas y por extensión, a cualquier tipo de tarea donde hubiera un profundo compromiso interno, como supo enseñarlo muy bien William James. Lo dicho, no fue aceptado sin reparos por el mundo científico y hasta por algunos círculos filosóficos y psicológicos. No ha sido casual que a través de la historia el vocablo “religión” y su etimología latina (religio) fuera acotado por esos mismos sectores al tema del dogma, quitándole ese halo de tradición y de amplitud del término, con lo cual se lo desprestigiaba y se lo veía con el sesgo de lo inamovible y con el sello del fanatismo, lo que era más acorde para ser atacado desde las ciudadelas del ateísmo o hasta del propio agnosticismo, todo en aras de un supuesto punto de vista científico.

Con sus escritos y sus planteos sobre estas cuestiones, como ya lo dijéramos, poco aceptados por el mundo académico, había puesto el acento en lo que acaece a nivel simbólico en los estratos más arcaicos de la psique. También se abría la posibilidad de rescatar nuevamente la dimensión espiritual y anímica que cada ser humano posee y muchas veces incluso desconoce y, que un mundo ligado al pensamiento positivista, se empeñaba en descalificar. No podemos decir que no lo afectaron algunas de las duras críticas que recibió, pero no lo amilanaron. Así podemos leer:“Llegué muy pronto a la convicción de que si no se da una respuesta y solución desde lo interno a las relaciones de la vida, su significado es muy pobre. Las circunstancias externas no pueden sustituir a las internas” (Jung,Opus cit. p. 18).

Por eso, podría compendiarse la obra del investigador suizo y hasta su propia vida, bajo la constante de la influencia del mundo inmutable sobre el mutable; del mundo interno sobre el externo al que consideraba, por experiencia, como algo accidental; de ahí el privilegio a todo lo que tuviera que ver con las producciones inconscientes, las que fueron la piedra basal de su obra.

A ese mundo será al que ha de dedicarle su trabajo científico: los sueños, las fantasías, los mitos, los arquetipos, el hermetismo, la alquimia, la idea de Dios. Para un hombre que consideraba que podía medirse con los pensamientos de los siglos, como si su vida fuera una prolongación de la historia de la humanidad, nada de ello le podía ser ajeno; seguramente estas reflexiones de Jung, harán que reverbere en el lector el sub specie aeternitatis de Spinoza.

En relación a la consciencia, esa pequeña isla - como supo definirla - en el medio del mar de lo inconsciente, también le dio un espacio en su cosmovisión y no tan menor como pareciera. Dirá de la misma: “cuando se medita en lo que es en realidad la consciencia, se queda uno profundamente impresionado por el hecho altamente asombroso de que un acontecimiento que sucede en el cosmos, al mismo tiempo se engendra internanamente en una imagen (…) esto significa exactamente que se hace consciente”(Jung, Seminario en Basilea, 1934, inédito).


El arquetipo de la idea de Dios

La especulación sobre la existencia de un inconsciente colectivo u objetivo, como también a veces denominaba a esta instancia y sus contenidos, los arquetipos, suele ser el punto distintivo de las propuestas junguianas. Cabe aclarar, que no ha sido Jung quien acuñara el término arquetipo, palabra de origen griego y que en el encuadre que pretendemos darle a este escrito debe ser escuetamente concebida como “modelo”. Son las formas que nos hablan simbólicamente de las múltiples conductas humanas y que precisamente por ello, representan motivos universales. Las manifestaciones de los arquetipos se realizan a través de las imágenes arquetípicas-.(Cf. Costa, N. E. Jung – Un Mundo de Imágenes y Símbolos). El arquetipo en sí, es esencialmente una necesaria hipótesis, pero imposible de conscientización.

Muchos siglos antes que Jung le imprimiera el carácter psicológico que distingue a los arquetipos, ya había sido utilizado este vocablo por Platón y por pensadores como Irineo, Filón de Alejandría, Cicerón y San Agustín, si bien en este último autor no en forma explícita. Más modernamente y también con referencias psicológicas menores, en autores como Adolf Bastian, F. Nietzsche y en los franceses Hubert y Mauss. Jung, recién va a incorporar este concepto en el año 1919 en su artículo Instinto e Inconsciente.

No hace al propósito de este trabajo extendernos demasiado en la innumerable cantidad de arquetipos que se manifiestan en el psiquismo, pero sí señalar algunas cuestiones que son inherentes a los mismos. Si convenimos en aceptar que los arquetipos son “modelos”, entonces su posibilidad de representación simbólica será, como ya lo señaláramos, las denominadas imágenes arquetípicas. Las mismas, pueden surgir en forma individual en sueños, fantasías, delirios, visiones o alucinaciones, pero también colectivamente, que son las que se hallan en los mitos, los cuentos populares, el folklore de los pueblos y en la literatura universal. Al margen que dichas imágenes sean productos individuales o colectivos, su comprensión debe hacerse teniendo en cuenta que las mismas son imágenes/símbolos.

Los símbolos sabemos que velan y develan conjuntos de sentidos y significados, por lo que todo intento reduccionista de interpretación de esta unidad psíquica (imagen/símbolo) a una cuestión comúnmente conocida, destruye a la imagen en su verdadero valor y paraliza la multiplicidad simbólica. Como se sabe, el símbolo es la mejor representación posible de una cosa relativamente desconocida. El impulso que Jung le diera a lo largo de su obra al estudio de los arquetipos y a las imágenes que lo aluden, hizo que la actividad simbólica en el orden de lo psicológico recobrara su verdadera importancia, logrando apartar con ello a las imágenes de una lectura sólo semiótica. Consecuencia de lo dicho, es que el símbolo no sólo permite acceder al “misterio” de la imagen, sino que también es un transformador de la energía psíquica. Otra característica de los arquetipos ha de ser su polaridad, condición necesaria e inevitable, dado que su actividad transcurre siempre por un eje dual. Así, por sólo dar un ejemplo, el arquetipo del anciano sabio, figura de aparición frecuente en sueños o en cuentos populares, puede tener tanto características positivas como negativas. De no menor importancia, es el poder comprender la necesaria interpenetración que tienen los arquetipos entre sí.

Resumiendo: el arquetipo debe entenderse no sólo a partir de los aspectos ya señalados, el de contener en sí a todos los opuestos concebibles (polaridad), sino también como forma y energía. Lo dicho, nos ha parecido muy necesario para poder comprender las ideas de Jung en lo que hace al fenómeno religioso y en particular al arquetipo de la idea de Dios o arquetipo de la divinidad.

Nuestro autor, como todo autor prolífero, ha solido usar para un mismo concepto diversos términos, a veces aproximativos entre ellos, pero en otras no tanto. Es hasta muy lógico, dado la dinámica de su pensamiento al que supo compararlo con un geiser. Hacemos esta acotación, dado que un Jung ya avanzado en sus propuestas, nos va a hablar del arquetipo del sí-mismo o también llamado de la totalidad, acerca del cual va a decir que se lo puede representar por figuras como el círculo, cuadrado, niño, cruz, estrella, sol. En Aion, texto del año 1951, analizará la importancia del mismo, viendo su equivalente histórico en la figura de Cristo. Y así como el yo será el centro de la consciencia, el arquetipo del sí-mismo comprende tanto el ámbito de la consciencia como el de lo inconsciente; por otra parte, debe considerársele como la meta de la vida, pues es la expresión más completa de la combinación de destino de lo que podemos llamar individuo.

En el frontispicio de la casa del investigador suizo había una sentencia en latín: Vocatus atque non vocatus, Deus aderit, lo que en buen romance significa: “Llamado a no llamado Dios está presente”. Y realmente no importa el nombre que lleve. La tradición cristiana lo ha llamado Dios. Simplemente será la divinidad en toda su omnipotencia y poder. Jung no tenía ninguna duda que la imago Dei (imagen de Dios) estaba acuñada en el alma del hombre y que muchas veces se expresaba en forma enigmática, emergiendo a través de distintas manifestaciones psíquicas.

Puede verse entonces que aquellas ideas que solían caer bajo la esfera de estudios teológicos o filosóficos, ahora también pasaban a ser consideradas bajo el prisma de la psicología: la idea de Dios como un símil del arquetipo de la divinidad. Giro copernicano por su enorme importancia y su indudable influencia en el ámbito psíquico. Parafraseando al propio Jung, digamos que ya no hacía falta buscar esa figura antropomórfica sentada en un trono en un algún espacio estelar desconocido, la que al no ser hallada por los racionalistas entonces evidentemente no debía existir. Ahora, ya tenía su propio thopos: el psiquismo.

Su existencia relativamente frecuente a lo largo de la historia human – dirá el propio Jung – parece constituir un hecho digno de consideración. En sus formulaciones debemos aclarar que sólo intentó demostrar la existencia de un arquetipo relacionado con la divinidad, “esto era cuanto podía afirmar psicológicamente acerca de Dios”. Su aparición en la fenomenología psíquica (sueños, fantasías, creaciones, etc.) suele ir acompañada por fuertes matices afectivos, que se relacionan con la emocionalidad profunda, signo distintivo de la emergencia de lo arquetípico.

La carga energética que detentan la o las imágenes, será la expresión de un concepto que se denomina “numinoso”, neologismo latino acuñado por Rudolf Otto en 1917 en su libro: LO SANTO: Lo Racional y lo Irracional en la idea de Dios y que Jung incorporará en su terminología científica. Esa emocionalidad que envuelve a la imagen, ese numinoso, cursará desde lo beatífico a lo terrorífico. En su más amplio sentido, lo numinoso, debe entenderse como una propiedad sólo experimentable en el “encuentro” con lo divino.

Entendemos como muy interesante y digno de tenerse en cuenta lo que señala en su autobiografía: “Que la divinidad actúa sobre nosotros, sólo podemos comprobarlo por medio de la psique, en lo que, sin embargo, no nos es dado distinguir si estas influencias proceden de Dios o de lo inconsciente, es decir, no puede decirse si la divinidad y lo inconsciente son dos dimensiones distintas. Ambas cosas son nociones límites de contenidos trascendentales” (Cf. Opus cit. R.S.P., pág. 413).De acuerdo a nuestro entender, la imago Dei no comprendería a todo lo relacionado con lo inconsciente, pero sí coincidiría con una parte del arquetipo del sí-mismo, que al contener a todos los arquetipos existentes, va de suyo que también al de la divinidad .

(Próximamente la 2da parte)

jueves, 4 de agosto de 2016

La espiritualidad impostada


"The false guru and his Divine Energy" , de Frank Waaldijk,2010


"La espiritualidad impostada", por Juan Manuel Otero Barrigón

A Ram Dass le gustaba desafiar, a quienes decían sentirse "iluminados", a vivir junto a sus padres durante una semana.

La espiritualidad impostada se enorgullece al mirar por encima del hombro a las personas "poco" espirituales, demasiado "terrenales" a su gusto y status; ni comprometerse social ni políticamente, esas cosas le están vedadas. Es una espiritualidad de pies despegados del suelo, con pretensiones de angelicalidad. Nada de "ensuciarse", nada de mezclarse en el lodo de las cuestiones mundanas, nada de involucrarse con asuntos "humanos, demasiado humanos". Velas de colores, mucho humo de sahumerio y a leerle el aura a los demás, no vaya a ser que encima nos transmitan malas "vibras". 

La espiritualidad impostada ama las comparaciones, es cálida y adorable con aquellos que comparten su misma cosmovisión espirituosa, pero desata su rechazo al incrédulo, y estalla en ira contra quienes osan cuestionar su elevada estatura.

La espiritualidad impostada es refugio y compensación de los sinsabores de la vida real.

La espiritualidad impostada es falsamente humilde, es espiritualidad de ego inflado. Padece lo que Jorge Ferrer denomina "narcicismo espiritual". Exhibe con la frente en alto los logros propios y las metas alcanzadas, y se abre poquito y nada al sincero descubrimiento del semejante, que si no está en la misma "onda" que uno, es porque poco espiritual debe ser.

La espiritualidad impostada es directamente proporcional a la cantidad de vocablos "espirituales" que nacen de su astral laringe. "Energía", "Amor", "Paz", "Vibración", "Beatitud", "Conciencia" son palabras imprescindibles en su miccionario "espiritual". Le urge pronunciarlas con ansiedad desbordante, privándolas de su solidez vivencial. A mayor frecuencia en su pronunciación diaria, mayor evolución de su impostación . Al fin y al cabo, decía Lao Tsé, "El Tao que puede ser expresado con palabras, no es el eterno Tao".

La espiritualidad impostada adora las ensaladas. Las ensaladas de "espiritualidad". Todo lo mezcla, y todo lo amontona; poco importan los contextos históricos, los orígenes culturalmente situados, y los fundamentos profundos de las distintas tradiciones y senderos. La espiritualidad impostada autoriza la convivencia más plena entre la Biblia y el Calefón, entre el Corán y el Termotanque. El Chamanismo amazónico con los registros akhásicos, el reiki con la Terapia de Vidas Pasadas, el yoga con la magia de los Druidas. Todo está permitido. Todo vale. Todo sirve. Surfea siempre por olas superficiales, y se hace un picnic con los autores de ocasión.

La espiritualidad impostada saca "chapa" nombrando a personajes de prestigio. Habla de Jung, y de Grof, de Teilhard de Chardin, y de Wilber. Habla de todos, pero no habla de ninguno. No le interesa conocerlos realmente. Poco le importan las bases reales de sus teorías y pensamientos. Poco se sumerge con paciencia y dedicación en la complejidad de sus postulados y escritos. Aspira tres o cuatro conceptos y los extrapola a cualquier ámbito y situación. Se construye los personajes a su gusto, los reduce a sus estándares new age.

Enseñaron los grandes maestros, que la espiritualidad se encuentra en la sencillez de lo cotidiano y no en las extravagancias de ínfulas pseudozen. Se vivencia en esa continuidad de conciencia que es trabajar, relacionarse de manera auténtica y servir a los demás con humildad, algo que solamente se consigue con sencillez, pasando desapercibido entre los hombres. 

Pero la espiritualidad impostada necesita del reconocimiento del otro, sin cuya admiración se desinfla, se deshace, mostrando el vacío ahí...justo en el centro...en el mismo lugar desde el cual parecía irradiar tanta luz. 

Juan Manuel Otero Barrigón es psicólogo. Ejerce como terapeuta en la práctica privada. Profesor adjunto en la cátedra "Psicología de la Religión", en la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina). Coordina la Red de Estudios Religare, y es creador del blog Psymballéin. 

martes, 2 de agosto de 2016

Incubatio

"El sueño de Esculapio", de Sebastiano Ricci

El dios de la medicina para los griegos, Esculapio, marcó la tendencia pionera de los sueños como terapéuticos. Tal concepción se extendió tanto, que se encontraron restos de más de 3000 templos consagrados en toda la extensión de la antigua Grecia. Cada templo dedicado a Esculapio fomentaba la "incubatio", el generar sueños con fines terapéuticos, incluyendo salas de ejercicios, salas para los enfermos, un gran teatro, entre otras actvidades: templos a los que la gente concurría para soñar, y de ese modo curarse. Por la noche, los pacientes se disponían en lechos de reposo, apagándose las luces y dando lugar a la representación dramática de la aparición del dios Esculapio, escoltado por sus hijas: Higeia (la higiene, portadora de la salud), Panaqueia (Panacea, la farmacéutica que todo lo cura) y Egle (ocultista y partera). De cama en cama, untaban a los enfermos con unguentos. De ese modo, los pacientes soñaban con la escena, sueños en los que Esculapio transmitía un modo de curación, sueños incubados por imágenes donde los pacientes podían conectarse por ese medio simbólico con su naturaleza medicatrix y sanadora.

Virginia Modarelli, psicóloga integral y arteterapeuta


lunes, 1 de agosto de 2016

"Señor F" (por Baltasar Cruz)




"SEÑOR F", un cuento de Baltasar Cruz

Les quiero contar sobre el Señor F, que no es tan distinto del Señor P, o el Archiduque inglés de algún siglo, o del verdulero de la esquina de lo de mi abuela. El Señor F vive, sueña, se angustia, se emociona, tiene sexo, consume azúcar, y quiere ser feliz. El Señor F se hace planteos existenciales. Es triste, pero piensa. No, es triste y piensa, sin el pero, pero con la y.

El Señor F habla, entonces piensa, y no por nada en especial, sino porque usa el lenguaje, que se sirve de la palabra, y antesde ésta, está el caos, la nada. Y al Señor F le gusta la nada, no la cambia por ranas, porque prefiere las preguntas, por más que las ranas sean producto de gran estima en el mercado del sin sentido; que empezó siendo chico, humilde, como un almacén de barrio, que estaba a la vuelta de su casa, pero que se expandió, como río sin cauce, como la pobreza en el mundo. Ahora es una multinacional cuyo dueño se desconoce, pero que se sabe que tiene varias cuentas of-yo-r por aquí y por allá.

El Señor F piensa en la muerte a menudo, pero solo la piensa, no la cuestiona. Cuestiona la vida. Y se quiere morir cuando su equipo de fútbol juega mal, y pierde. Pierde casi siempre, pero él va igual, a alentar, a querer morirse. Porque dice, va, no lo dice, lo piensa, le ocurre en realidad; que solo así se siente vivo.

El Señor F tiene un amigo, el otro Señor F. Son muy amigos en verdad. Y se conocen muy bien el uno al otro. Conversan a diario, con mucha naturalidad, pero jamás lo hacen en público. Muy rara vez lo han hecho en presencia de tercerxs, a excepción de algunxcon quien pudieron haber compartido cierto momento de intimidad. Aquellxs que los han visto conversar dicen que los amigos son dos, como si fuese uno. Que en realidad es uno, pero parecen dos. Entiendo que puede ser difícil de comprender, pero es que es así, no podría explicarse de otra manera sin ser demasiado obvio. No pueden pensarse por separado. Como tampoco puede escindirse el placer del sufrimiento, el deseo, de aquello que nos falta, o el jamón, del queso. Son indisociables.

Como les dije, el Señor F y el otro Señor F son entrañables amigos, y esto ha sido así desde siempre. Hubo un tiempo en la vida del Señor F, a eso de los cuatro o cinco años, en el cual éste le prestaba tanta atención al otro Señor F, incluso estando en público, que sus padres se avergonzaban de él. Llegaron a prohibirle que se vinculen en público y lo amenazaron con cortar su amistad, si es que no dejaba en paz al otro Señor F. El Señor F se vio acorralado, en una encrucijada, angustiado. Angustiado como quien por el simple hecho de ser libre, tiene que elegir, y esa es su condena.

El Señor F eligió, pero lo hizo de forma inteligente. No quería perder su amistad, pero entendía que no podría continuar como hasta ese momento si pretendía conservarla. Entonces los amigos decidieron hacer un pacto. Dejarían de verse por un tiempo, unos años tal vez, hasta que ambos tuviesen la suficiente autonomía como para tener una amistad más allá del menú ofrecido por sus padres. Se cruzarían luego, sí, en reiteradísimas ocasiones, en el baño por ejemplo (iban al mismo colegio), pero nada de “¿en qué andas?” o “¿qué es de tu vida?”. Cada uno hacía lo que tenía que hacer y punto. Es evidente que tenían puesta su energía al servicio de otras cuestiones.

Fue alrededor de los 12 o 13 años cuando volvieron a hablar, y desde entonces jamás volvieron a separarse. Adoraban tener largas charlas en la cuales diriman acerca filosofía, gastronomía, deporte y cambalache (el Señor F era un erudito en casi cualquier tema de conversación, además de prodigioso artista y destacado deportista).

Una noche, muchos años después, tras una larga discusión donde se tocaron diversos temas (entre los cuales la duda acerca de si todos los perros van al cielo, y en caso de que así fuese, si le seguirían ladrando a los autos desde allá arriba, ocupó el centro de la cuestión), los amigos decidieron que era hora de emprender un viaje. Casualmente esa mañana el Señor F había recogido de su buzón una revista, en la cual pudo avistar que en la página 70 se encontraban dos cupones de descuento para montarse en un nuevo tren que al parecer estaban promocionando. “Presentando el cupón en boletería, y por tan solo $70 pesos, usted tendrá la oportunidad de viajar en el tren “via ad beatitudinem”, recorriendo en su camino los más extravagantes pueblos que usted pueda imaginar”.

Sin tiempo que perder, a la mañana siguiente los amigos ya estaban en el tren, en un viaje donde buscarían aquello que por más que sabían que era estúpido, era lo que más anhelaban.

El primer pueblo supo ser un lugar lleno de colores. Tantos, que no podían siquiera clasificarlos. Es más, ni les importaba hacerlo. Solo disfrutaban de verlos y crearlos. Y disfrutaban de verse.Por eso es que además de colores tenían más de un millón de espejos, o muchos, muchos más quizá; en realidad, hace ya muchos años que perdieron la cuenta. Toda persona llevaba unos cuantos espejos en su bolsillo, por si, en caso de que fuese necesario, tuvieran al alcance la posibilidad de verse reflejados. Era así como entonces sacaban el espejo, lo colocaban en algún sitio, en alguna posición determinada, y se contemplaban, admirándose. Era un disfrute extraño, lo explicaban como una sensación de rabia y erotismo a la vez, producto de una fascinación y envidia por la perfección de la imagen.Entonces, luego de verse, el espejo debería quedar allí para siempre, en orden de que otros también pudieran verse si es que pasaban frente al mismo. Así el pueblo se fue colmando de espejos, y al cabo de unos años, se llegó al punto de que uno no podía caminar por allí sin dejar de verse por doquier, viéndose entonces, casi exclusivamente a sí mismo. Más adelante, incluso las vestimentas se hicieron de espejos, permitiendo de esta forma que cada uno viera su propio reflejo en el otro, o mejor dicho, que otro le devuelva su propia imagen, perfecta, completa.

Aquí las personas también querían ser felices. Y si bien no tenían la certeza de cómo hacerlo, creían firmemente en que, tanto la adoración y perfección de la propia imagen, como el individualismo a ultranza, y “cultivar supropio jardín de forma imaginaria”, los llevaría a buen puerto.

Tenían la necesidad de verse, para sentirse reales, para sentirse, para no desintegrarse. Existía allí la creencia de que si alguien dejara de mirarse (es decir, si el otro, como espejo, no le devolviera su propia imagen), perdería la conciencia de sí mismo. Se vería arrojado al mundo animal, desprovisto de sentido, sin capacidad de razonamiento o reflexión alguna. Sin pulsión, por ende sin capacidad de pensarse feliz, lo que los dejaría entonces, desprovistos de poder serlo (felices).

Cada individuo sentía la necesidad de ser confirmado por la devolución especular de su propia imagen, por eso, nadie se atrevía a esconder, y menos a romper, un espejo; como así también era impensable dejar de usar las vestimentas. Tanto así era, que llegó a legislarse la cuestión, estableciendo el derecho a ser confirmado por el otro como espejo, como un derecho humano universal (en el pueblo, claro). Se estableció así una comunidad que bajo el lema de: la cooperación, la solidaridad especular para con el otro, y la primordial necesidad de confirmación individual; pretendía acceder al camino de la felicidad, y así alcanzarla.

El Señor F los creyó a todos una manga de locos. “Esta gente no es feliz, vive un delirio”, le dijo a su amigo una vez que estuvieron de vuelta en el tren. Y agregó: “Lo peor es que ni siquiera se dan cuenta, que triste. Pero claro, es evidente, que quien comparte el delirio, naturalmente, no lo discierna como tal”.

Continuaron su viaje, jugando a las cartas, leyendo el diario, y observando señoritas que circulaban por el pasillo. Al cabo de dos horas, llegaron al siguiente pueblo.

En este pueblo se destacabael hecho de que todxs usaban máscaras, allí nadie muestra su rostro tal cual es. Lo curioso es que si un observador ajeno preguntara acerca del porqué del uso de las máscaras, los habitantes responderíansiempre con la misma pregunta “¿Máscaras, de qué máscaras habla usted? Este es mi verdadero rostro, nadie usa máscaras aquí”.

En este pueblo todos parecían ser felices. Como les dije, la cuestión de la felicidad es algo que el Señor F siempre había considerado como una utopía, pero que sin embargo no resignaba. Durante el tiempo que permaneció sentado en uno de los bancos de la plaza principal, la misma se fue poblando de gente, que iba y venía de manera fugaz. Le llamó poderosamente la atención el hecho de que en cada encuentro entre dos personas, siempre se producía exactamente el mismo diálogo, que era algo más o menos así:

- Hola, ¿cómo estás?

- Bien ¿vos?

- Bien, bien.

- Bueno, me alegro.

Inmediatamente después, los conocidos se despedían. Toda esta situación, al Señor F le resultó sospechosa. “¿Cómo es que todo el mundo aquí esta tan bien?”, se preguntó, “¿Es que nadie está triste, nadie se angustia?”. Es evidente que sentía gran desconfianza acerca de la sinceridad de la respuesta. A su vez, el mismo sentimiento lo abordaba con respecto a la sinceridad en la pregunta. Pensó que quizá los que preguntaban solo lo hacían porque creían que de no hacerlo, los considerarían descorteses, y que aquellos que respondían lo hacían solo para devolver la cortesía, para no quedar como unos groseros. Entonces la pregunta fue para el Señor F ineludible: “¿Será que en realidad aquí a nadie le importa un comino cómo está el otro? ¿Ocurrirá también, que a nadie le interesa transparentar sus sentimientos? Pero... ¡¿Es que todos fingen aquí?!Esta gente no es feliz, son todos impostores”.

Enfadado, el Señor F se retiró hacia la estación de tren para marcharse del pueblo. Una vez en el tren, cuando los amigos se dirigían a descansar a su camarote, un vendedor de golosinas los interceptó: “¡Que tal mi amigo! Veo que viene del pueblo vecino. Imagino que habrá notado que allí no se vive de forma auténtica, que todos fingen. Pero no se aflija compañero, no es con usted, y tampoco son mala gente. Vera, ocurre que son pobres diablos en realidad, víctimas de una cosa que ellos mismos inventaron y de la cual, por más que intenten, ya no pueden salir, y nunca podrán de hecho. La llaman “cultura” (lo dice con tono misterioso). Al parecer, se fundó en un comienzo como un intento de protegerse de la indefensión ante la naturaleza y de regular las acciones entre los humanos. Eso era al menos en sus orígenes. Pero hoy, la cuestión se ha vuelto harto más compleja. Tan complicada, que ya nadie conoce el “por qué” y el “para qué” de su existencia, sino que simplemente se encuentran presos y alienados en ella. La cultura les impone una forma de vivir, de sentir, de creer y de hacer las cosas. Los reprime a un punto tal, que los infelices sienten culpa por el solo hecho de desear o fantasear con aquello que está prohibido. Pero no se preocupe, no es el único pueblo que usted ha de conocer. Le recomiendo que visite “Pervertere”, está a solo 10 km de aquí. Le aseguro que allí no encontrará cuestión tan penosa como eso del sentimiento de culpa, o la represión.

En Pervertere podían encontrarse todo tipo de rarezas, pero de las cuales nadie dudaría ni por un segundo de su autenticidad. El otro Señor F, que había permanecido oculto durante la visita a los dos primeros pueblos pueblos, no vio obstáculo alguno ahora, para salir a tomar un poco de aire fresco, sin tener que reparar en la mirada juzgadora de los demás. Un lugar que pretendía regirse por un principio de puro placer.

Se consideraba un absurdo la necesidad de establecer una ética o moral ordenadora y represora, en tanto que el bien y el mal, como conceptos, quedarían aquí huérfanos de sentido. La única ética posible sería la de dar rienda suelta al deseo. Sin cuestionarse, sin complicarse, todo al servicio de la satisfacción.

En la entrada al pueblo, un gran arco de hormigón que cruzaba por encima del ancho empedrado de ingreso, contenía, de forma un tanto desdibujada, la siguiente leyenda:

“Bienvenido al lugar de sus sueños, donde la culpa y la insatisfacción son pablaras de un lengua extranjera. Un sitio donde la fantasía, se hace realidad”.

Los amigos estaban ansiosos por entrar. No podían esperar para conocer este maravilloso y excitante pueblo. Todo tipo de fantasías comenzaban a pasar por su cabeza. El otro Señor F, totalmente tenso, se posicionó en un ángulo de 45° (la sangre corría por sus venas), mirada al frente, e impulsó al Señor F a adentrarse en el pueblo a toda velocidad.

Al llegar a la plaza del pueblo, quedaron estupefactos. Miraban para todas partes, contrariados, como buscando algo. Es que no había nadie allí, ni un alma. En lugar de un paraíso, encontraron un pueblo en ruinas, olvidado, devorado por la naturaleza. Manchas de sangre a cada paso, lejos se alojaba la posibilidad de que allí haya alguna vez reinado el placer.

Al salir, el Señor F observó que el mismo cartel que había leído antes de entrar, tenía del lado inverso escrito otro mensaje:

“Usted visitó, Pervertere. Un pueblo donde el egoísmo, la preponderancia del deseo individual por sobre el colectivo, la anarquía generalizada, y en definitiva, la ausencia de cultura, acabaron por fagocitar la ilusión de un mundo de puro placer.”

El Señor F se sintió frustrado, angustiado, confundido,en fin,estúpidamente engañado. Creyó que aquello que buscaba estaba a un paso, que la alcanzaría. Ambos amigos volvieron al tren, y durante largo rato permanecieron callados, hasta que el Señor F interrumpió el silencio y entre sollozos, pronuncio:

“¡Oh felicidad!, cuanto te anhelo. Sé que es inútil pensarlo, pero si tan solosupieras cuanto me haces falta. ¿Qué debo hacer? ¿Hacia dónde se dirige este camino? Si pudieras resignar tu indiferencia, tu misterio, y te presentarás por tan solo un día frente a mí ¿me abrazarías, me besarías, haríamos el amor? Cuan feliz me harías, felicidad. ¿Cómo hueles, como vistes, cómo miran tus ojos? Oh, condenado estoy, a buscarte, a desearte, a tu ausencia.¡Oh felicidad!, que ha de ser de mí, sin ti...¡Oh felicidad!, que ha de ser de ti, sin mi”.

Luego comenzó a llorar desconsoladamente. El vendedor de golosinas, que habíapermanecido detrás de la puerta del camarote, escuchando toda la cosa, entró, se sentó junto a él, y tiernamente le dijo:

“Querido amigo, la felicidad no existe como tal, pero no deje de buscarla, porque en el momento que lo haga, estará muerto. La felicidad es aquello que lo mantiene con vida. Vera usted, no importa lo que la felicidad “es”, lo que importa es lo que “no es”, “no es nada, no existe”.

Por lo tanto, es, indefectiblemente inalcanzable. Y eso es, precisamente, lo que hace que tanto la deseemos. Eso es, justamente, lo que vuelve al deseo inagotable, lo que nos mantiene en movimiento, lo que nos aleja del nirvana, de la muerte. Porque no es la muerte la cuestión última del ser humano, como muchos creen. Es la primera. Ella nos acompaña a cada instante, siempre a nuestro lado, no hay nada imposible ahí. Piénselo, cualquier idiota podría acceder a ella sin mayores esfuerzos. Pero la felicidad… ¡Oh mi amigo! (risas) Eso sí que es de difícil acceso. ¡Búsquela, búsquela bien! Pues le aseguro que no la encontrara. No es más que una ilusión, en pura potencia. Una falacia necesaria, que nos construimos para intentar ignorar a quien es en realidad nuestra única y más fiel compañera. Esa es, mi amigo, la muerte.

NOTA: Un instante después de escribir esto, el deseo más fuerte que me adviene, no es sino otro, que el de ser feliz.

Baltasar Cruz es estudiante de Psicología y actor. Se define a sí mismo como "una persona que disfruta del arte, y que cree que el desafío más hermoso y más fundamental es esforzarse constantemente por internar comprender al otro. Desde la empatía y el amor". "Señor F" es su primera producción literaria. 

Consejos para una vida plena (Patti Smith)



En una charla a jóvenes en el año 2010, la poetisa, cantante y filósofa silvestre Patti Smith compartió lo que para ella, son las seis razones que nos pueden ayudar a lograr un recorrido más feliz por esta vida. En este blog amamos a Patti, asi que compartimos con entusiasmo esta muestra de su ingenio y sabiduría existencial.  

1. Ve al dentista

"Ahora que estoy aquí, lo que más me apetece es hablar de salud dental. Los dentistas de mi generación eran los dentistas del ejército que regresó de la Segunda Guerra Mundial y creían que la clínica era un campo de batalla. Ustedes (por la audiencia, en su mayoría jóvenes) tuvieron la oportunidad de gozar de una mejor salud dental. Y digo esto porque quieren dar vueltas por la noche porque la luz arde en su interior, porque quieren hacer su trabajo, porque quieren terminar ese lienzo, porque quieren ayudar al prójimo. No estén nerviosos por necesitar un maldito tratamiento"

2. Vuelve a intentarlo, e inténtalo otra vez

"Pinocho salió al mundo. Siguió su camino lleno de buenas intenciones, con una visión. Fue directo a hacer todas las cosas que soñaba, pero las dejó una a una. Estaba distraído. Vaciló, cometió errores. Pero siguió. Pinocho, al final, se hizo a sí mismo: la pequeña llama que había dentro de él no se extinguía. Da igual lo que pasara alrededor. Todos nosotros somos Pinocho. ¿Y saben cuál es mi conclusión tras varias décadas de vida? Una y otra vez, somos Pinocho. Logramos nuestro objetivo, nos convertimos en nosotros mismos a otro nivel, y luego queremos ir más allá. Cometeremos nuevos errores y tendremos nuevas dificultades, pero prevaleceremos. Somos humanos. Estamos vivos. Tenemos sangre".

3. Hazte un nombre

"¿A qué debemos aspirar a medida que avanzamos en nuestro camino? Cuando yo tenía veinte años, tuve la suerte de hacerme amiga de William Burroughs. Una vez le pregunté: '¿A qué debo aspirar?' Él se quedó pensando y dijo: ‘Querida, una American Express estaría bien’. Pero después me dijo, muy pensativo: ‘Construye tu nombre’. Yo dije: ‘William, mi nombre es Smith’, y él respondió: ‘Bueno, fórjalo más’. Lo que William quiso decir es que me hiciera un buen nombre, porque un nombre no es para hacerse famoso. Él no estaba hablando de ser una celebridad, sino de dejar que tu nombre te irradie, que magnifique quién eres, tus buenas obras, tu código de honor. Construye tu nombre del mismo modo que marchas por la vida, y tu nombre te servirá".

4. Tu mejor amigo eres tú

"Uno puede preguntarse, ¿cuáles son mis herramientas? ¿Con qué puedo contar? Podés contar contigo mismo. Creanme, son su mejor aliado. Sabés quién sos, incluso cuando a veces te volvés un poco borroso y cometés errores, cuando parecés estar virando. Sólo tenés que profundizar más. Sabés quién sos. Sabés lo que hay que hacer. Y si cometés un error, está bien. Como dice la canción, acabá contigo mismo, pasa de ti y empieza todo de nuevo".

5. No estás solo

"No olvidés que no estás solo. Tenés amigos y familiares, pero también tenés antepasados. Tus antepasados están en tu sangre. Llamalos. A través de las edades, su fuerza entra en ti. Y luego están sus antepasados espirituales. Pediles. Ellos han llegado a través de la historia para estar a su disposición. Jesús dijo, ‘Yo estaré con ustedes siempre, hasta en el fin del mundo’. Allen Ginsberg y Walt Whitman están contigo. Elige con quién deseás caminar y él o ella caminará con vos. No olvidés que no estás solo".

6. Sé feliz

"Cuando me fui de casa, le pregunté a mi padre qué consejo podía darme. Él era muy inteligente, muy culto, había leído todos los grandes libros, todos los grandes filósofos. Pero cuando le pregunté, sólo me dijo una cosa: Sé feliz. Es todo lo que dijo, así de simple. Les digo que estas cosas simples, como el cuidar de nuestros dientes y ser feliz, son sus mejores aliados. Porque cuando sos feliz, se enciende esa pequeña llama que te recuerda quién sos. Y prenderá, avivará tu entusiasmo por las cosas, hará que cumplas tu trabajo".

Dios y los filósofos

La cuestión sobre la existencia de Dios ocupó siempre un lugar preferente en la historia del pensamiento. Entre las opciones que van del sí al no, y con todos los matices que ambas permiten, los filósofos elaboraron propuestas que, con frecuencia, fueron esenciales para comprender su obra.



"Tú me habías concedido que si te demostraba que hay algo superior a nuestra inteligencia confesarías que ese algo es Dios (...). Yo, aceptándolo, te dije que bastaba, en efecto, demostrarlo: porque, si hay algo más excelente, eso será precisamente Dios y, si no lo hay, la misma verdad es Dios. Haya pues o no algo más excelente no podrás negar que Dios existe"
. Del libre albedrío

Antes de convertirse en obispo y santo, Agustín, nacido en Tagaste, en el año 354, es un espíritu inquieto que se ha interesado por la literatura, el teatro, se ha destacado en retórica y estudia sin descanso la historia de la filosofía y el pensamiento de sus contemporáneos, pasando de una corriente a otra. Es en Milán, gracias a las celebraciones del obispo Ambrosio, donde entra en contacto con el cristianismo y se convierte a esta religión. Desde entonces, le dedica una vida consagrada al estudio y la difusión de las enseñanzas de la Iglesia. Influido por la tradición platónica, a la hora de buscar a Dios, Agustín se vuelve sobre sí mismo y recorre los caminos de la interioridad en un recorrido que va del exterior hacia dentro. Sostiene que sólo en uno mismo, gracias a la iluminación, será posible descubrir a Dios. La prueba de su existencia es la inmutabilidad y la necesidad de las ideas, en contraste con el carácter voluble de la naturaleza humana.


"Lo que carece de conocimiento no tiende a un fin a no ser que lo dirija alguien que conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a un fin y a este llamamos Dios". Suma teológica I

Obsesionado por el orden, Tomás de Aquino construye en la Suma Teológica un sistemático manual de teología. A la pregunta concreta sobre la existencia de Dios, la respuesta de Aquino es un rotundo sí sostenido en cinco argumentos o vías. La primera constata que hay cosas que se mueven y todo lo que se mueve es movido por otro, de manera que debe haber un primer motor no movido por nadie. La segunda dice que la experiencia demuestra que hay causas y también debe haber una causa primera. La tercera, que los seres no tienen el principio de existencia en sí mismos, así que debe existir un ser que sí lo posea. La cuarta constata diversos grados de perfección en la naturaleza, pero lo perfecto no puede ser originado por lo imperfecto, sino por un ser aún más perfecto. La última vía se fija en el comportamiento de los seres y afirma que estos obran por un fin, por lo que debe existir un ser inteligente que los ordene. Y el ser al que llevan las cinco vías, siempre es Dios.


"Para nosotros constituía un deber auspiciar el sumo bien, y por ello no sólo hay un derecho, sino también una necesidad ligada con el deber como exigencia, para presuponer la posibilidad de ese sumo bien, lo cual, al ser solo posible bajo la condición de la existencia de Dios, vincula inseparablemente con el deber tal presuposición, es decir, que resulta moralmente necesario asumir la existencia de Dios". Crítica de la razón práctica

Los racionalistas, con Descartes al frente, siguen haciendo lugar a Dios en sus idearios, por lo que frecuentemente se les ha tildado de contradictorios. Superándolos, Kant es el primero que asume que cuestiones como la existencia de Dios no son demostrables, aprehensibles por los sentidos, sino que están en otro nivel: son postulados de la razón práctica. Frente a la razón teórica, que se ocupa de conocer cómo son las cosas, la razón práctica busca saber cómo estas deben ser. Frente al reino de la naturaleza y del ser, Kant opone el de la moral y el deber ser. En esa dicotomía es donde se cuela la existencia de Dios: una existencia y una realidad que unifica el ser y el deber ser. Así, la contradicción presente en el mundo entre ser y deber torna necesaria la existencia divina, una entidad donde se unen ser y deber ser en armonía y felicidad perfectas.


“Hay tres clases de personas: las que sirven a Dios habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle sin haberlo encontrado, y otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos locos y desgraciados; los otros, desgraciados y sensatos". Pensamientos

No sabemos si Blaise Pascal pertenecía a los que buscan a Dios, pero sí que lo encontró a la salida de una conmoción profunda producida por un accidente, al caer por un puente el coche de caballos en el que viajaba. Cuando despierta, ya no era el mismo. Había sufrido una gran experiencia mística. A favor de la existencia de Dios, Pascal propone su famosa apuesta. Hay que decidirse por el sí o por el no, como en un juego. Y en ese juego, ¿qué opción es la ganadora? Antonio Aramayona, en su libro ¿Dios?, explica con gracia: "Parece el razonamiento de un individuo sin un peso en el bolsillo para comprar o no con el último dinero que le resta un billete de lotería. (...) Hay que apostar por Dios sin duda. ¿Qué ganamos? La vida eterna. ¿Qué perderíamos? Nada en absoluto: en el caso de perder la apuesta, nos quedamos con la vida que tenemos". 


"La fe desnuda –hay un Dios o Dios es Dios– es una fe muerta, vana, nula. Yo solamente creo cuando creo que Dios es mi Dios. Pero si Dios es mi Dios, entonces todos los atributos divinos son de mi propiedad, es decir, todas las propiedaes de Dios son mías. Creer significa hacer a Dios hombre y al hombre, Dios". Escritos en torno a la esencia del cristianismo

El padre del humanismo ateo propone un trueque: allá donde dice Dios, debemos poner al hombre. Ludwig Feuerbach llega a esta conclusión despúes de haber revisado el idealismo de Hegel, al que opone su materialismo: la naturaleza. En realidad, como escribe Karen Amstrong en su libro "En defensa de Dios": "Feuerbach había llevado el llamamiento de Hegel por un Dios y una religión de este mundo a su conclusión lógica (...) Dios, afirmaba Feuerbach, no era otra cosa que una construcción humana opresiva. La gente había proyectado sus propias cualidades sobre un ser imaginario que no pasaba de ser un mero reflejo de los seres humanos". Como el pensador alemán defendería en La esencia del cristianismo: "La creencia del hombre en Dios no es otra cosa que su creencia en sí mismo". 


"Un día, hablando con un campesino, le propuse la hipótesis de que hubiese un Dios que rige cielo y tierra, conciencia del universo, pero que no por eso sea el alma de cada hombre inmortal en el sentido tradicional y concreto, y me respondió: entonces ¿para qué Dios?". Del sentimiento trágico de la vida.

El campesino de la cita deja al filósofo español Miguel de Unamuno en el mismo lugar donde terminan los lectores de los libros de Hawkings. Y es que, si Dios no es necesario para explicar el origen del Universo, si no garantiza la inmortalidad, ¿para qué es necesario? Unamuno se lo preguntará durante toda su vida. Y hará de la pregunta, y de la búsqueda de la respuesta, su religión. Con los vaivenes que sean necesarios, ya que de la lectura de su obra pueden extraerse conclusiones contradictorias. "Si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista. Es cosa de corazón", sentencia en el ensayo "Mi religión".

Sentidos


"Blake dijo que el cuerpo era la cárcel del alma, a menos que los cinco sentidos estén completamente desarrollados y abiertos. A su juicio, los sentidos, son las 'ventanas del alma'. Cuando el sexo involucra todos los sentidos intensamente, puede ser como una experiencia mística" 
Jim Morrison