sábado, 23 de septiembre de 2017

La piel como escenario


La piel como escenario
, por Juan Manuel Otero Barrigón

La piel está relacionada con todo, siendo una barrera sensible y táctil entre el sí mismo y el otro, entre el exterior y el interior del individuo. Su vitalidad para la existencia es tal, que constituye la geografía donde los seres pueden encontrarse. Amén de ser tan delgada, la piel es profunda y rica. Todo el conjunto de órganos, músculos, estructura ósea, y en definitiva, todas las partes que rodean nuestro cuerpo, están cubiertas por esa fina película que define el límite entre aquello que somos y aquello donde dejamos de ser. La piel está, además, dotada de una especialísima cualidad de contención o permeabilidad simbólica: de allí que suele decirse que una persona muy susceptible tiene la piel fina, mientras que otra resistente, “curtida” por la vida, tiene la piel gruesa. Cuando los avatares de la existencia se inmiscuyen en nuestro humor, “se nos meten bajo la piel”. Por otro lado, en casi todos los idiomas se comprende el carácter esencial o comprometedor que reside en la expresión “salvar el pellejo”.

La piel consta de tres capas y supone el 15% de nuestro peso corporal. Es el mayor órgano del cuerpo y su función es proteger y amortiguar. En tanto envoltura o tegumento exterior, algunos ritos distribuidos por el mundo nos enseñan que no está exenta de su desollamiento. Los pueblos antiguos despellajaban a víctimas humanas y se cubrían con su piel para imitar la muda de las serpientes, donde la vieja piel del año se retira, posibilitando una renovación transformadora.

La piel es también un lienzo a través del cual se expresan diversos detalles simbólicos de la posición social y de la identidad personal. Por ejemplo, en ciertas culturas, el abdomen cortado de una joven representa disponibilidad conyugal, y el torso tatuado de un hombre, su condición iniciática. Por otra parte, a menudo, el maquillaje concilia al mismo tiempo tanto un juego como un arte decorativo que crea una máscara para el drama de la vida. En los cuentos tradicionales y en el folklore, la persona maldita o hechizada tiene muchas veces la piel de un animal. Esto sugiere, por un lado, la necesidad de redimir un complejo psíquico que no le permite ser del todo humano todavía; o, por el otro, la necesidad de vivir dentro de la sustancia animal o el espíritu creativo de la naturaleza que ha descuidado. En el imaginario inuit, uno podría encontrarse con un animal que se quita la piel para revelar un ser humano, o con un humano que se quita la piel para revelar un animal, dando cuenta del carácter mutable y fluido del paisaje psíquico y sus interconexiones.

Dada nuestra estructura deseante, y las limitaciones de la piel para conseguirnos las condiciones necesarias de confort que los seres humanos anhelamos, comúnmente nos valemos de pieles externas para adaptarnos al entorno. Según el artista y arquitecto austríaco Hundertwasser, empleamos, por ejemplo, cinco pieles diferentes. La primera de ellas es la nuestra, la epidermis; la segunda, la vestimenta; la tercera la casa, los edificios; la cuarta piel es la identidad, todo aquello que constituye nuestro entorno más cercano, nuestra familia, nuestro barrio o ciudad, en resumen, lo que nos ayuda a definirnos. Por último, la quinta piel es la Tierra, nuestro planeta, el mismo que con su atmósfera protectora nos permite vivir, generándonos un ambiente que nos aísla del resto, del frío universo exterior.

Pero volviendo a la primera de estas superficies, digamos que nuestra relación con la piel no está exenta de su Sombra. Las pieles de muchos animales exhiben maravillosos dibujos o pelajes destinados a asegurar su supervivencia. Sin embargo, los seres humanos también las codician, como símbolos de status o para adornar su vestimenta de moda. De esta manera, empujamos a la práctica extinción a muchas especies, a las cuales estábamos destinados a proteger. Más aún, el color de la piel, determinado tan solo por su cantidad concentrada de melanina, ha sido desde antaño raíz esencial de distinciones étnicas y de prejuicios racistas. Las proyecciones psíquicas en torno a su claridad u oscuridad, plasmadas en gran variedad de mitos y relatos religiosos en todo el mundo, han condicionado profundamente nuestra percepción de los demás y de nosotros mismos.

En la piel reside el sentido del tacto, que nos posibilita percibir la presión, la temperatura y el dolor. Como fuente poderosísima de estimulación sensorial, el tacto es muy valioso para el desarrollo de las crías de muchas especies, incluida la humana; en épocas tempranas, fomenta en ellas su supervivencia, un mayor bienestar, y una progresiva independencia.

Dado que la piel se desarrolla a partir del mismo tejido fetal que el cerebro y funciona en íntima colaboración con los sistemas hormonal, vascular, inmunológico y nervioso, distintas patologías a dichos niveles se expresan a través de esa superficie protectora. Además, y como la piel es tan rica en tonalidades en lo relativo a sus reacciones a los elementos de la naturaleza, las circunstancias ambientales y los campos psíquicos, sirve como barómetro del bienestar tanto físico como psicológico. En las condiciones de la piel, suelen registrarse distintas huellas de nuestra biografía y de nuestras relaciones con los demás.

La pérdida de cabello suele ser una de esas condiciones que, salvo en aquellos casos motivados por causas estrictamente biológicas o hereditarias, suele ser escenario, muchas veces, de los avatares de nuestro devenir vital. Entre los hombres, sabido es que el paso de los años determina muchos vayamos perdiendo el cabello. Cuando Francisco de Asís y sus seguidores entraron en el clero de la Iglesia medieval, se tonsuraron, y sólo se les dejó una corona de pelo en la cabeza. Imitación tanto de la corona de espinas de Cristo como de su realeza divina. En los hombres, el cabello se puede asociar a la belleza y al vigor sexual, pero en algunas culturas, su carencia también realza la belleza natural de la cabeza y puede denotar a una persona estudiosa, un intelecto superior. En el mundo hebreo, Sansón da cuenta de lo primero, a tal punto de que el mito dota al pelo de eficacia mágica. Tanto en hombres como en mujeres, la pérdida involuntaria del cabello puede alterar de manera permanente la imagen de uno mismo, evocando cierta vulnerabilidad. Pero, por otro lado, la noción del cambio interior es vital para el significado simbólico de la cabeza desnuda. Afeitársela con fines rituales refleja la idea de consagración, iniciación y transformación espiritual, "sacrificio" que se refleja en el ingreso a muchas órdenes religiosas y que evoca la calvicie del momento de cambio quizás más determinante de la vida, la del recién nacido. Representación de una muerte y un renacimiento psíquicos. En ciertos contextos esotéricos, se postula la importancia de la coronilla, donde reside la conexión vertical con lo superior o lo trascendente. Conexión que se simboliza en las representaciones artísticas como un halo de luz brillante que rodea la cabeza. Pero también una cabeza sin pelo puede ser señal de castigo, o un intento de deshumanización: como cuando se rapaba a ciertos delincuentes, o a las mujeres que se acercaban al enemigo en tiempos de guerra. En definitiva, el poder simbólico de la calvicie tal vez descanse en que exterioriza la superficie de la cabeza, lugar del entendimiento, de los pensamientos, y de las imaginaciones más íntimas, que nos impulsan a lo alto.

"Santo Domingo Guzmán", por Fray Angelico

En nuestros tiempos, debe señalarse, además, la disímil valoración que la pérdida de cabello acarrea para hombres y mujeres. Los cánones de belleza imperantes en la mayoría de nuestras sociedades tienden a ser más impiadosos respecto a las consecuencias de la pérdida de pelo cuando se producen en la mujer. A diferencia del varón, a quien despúes de cierta edad, se le concede socialmente la posibilidad de perder cierta cantidad de pelo, la calvicie en la mujer tiende a asociarse con la menopausia y la pérdida de fertilidad, por lo cual la sociedad no suele admitir que una mujer pueda quedarse calva, siendo en esos casos, mayor su impacto psicológico en quienes atraviesan dicho proceso (aislamiento, pérdida de la autoestima, depresión, etc).

Esto nos lleva a considerar la importancia que tiene el diálogo entre los factores médicos y psicodinámicos. Así como la dermatología se ocupa de las enfermedades médicas de la piel, la psicodermatología es la disciplina que se aboca al estudio de la imbricación que dichas enfermedades tienen con nuestra psicología profunda.

Una de estas expresiones más comunes es la alopecia areata, definida como una enfermedad autoinmune de los folículos pilosos, caracterizada por pérdida repentina de cabello que suele comenzar con una o más zonas de calvicie circulares que pueden superponerse. En algunos casos, la pérdida de cabello es completa y se va extendiendo a todo el cuerpo, condición que se denomina alopecia areata universal. Su carácter de enfermedad autoinmune supone que el daño a los folículos pilosos es provocada por las defensas del propio individuo, por razones profundas, de índole psicodinámicas. En raras ocasiones, la curación es espontánea, mientras que en otras, el cuadro se torna permanente, y no vuelve a crecer el pelo.

Para entender la íntima conexión de la psicología con las enfermedades de la piel, recordemos una vez más que tanto esta, como el sistema nervioso, se originan ambos en la misma capa embrionaria. Hay padecimientos que aparecen o que se disparan en momentos psicológicos específicos, como los de stress, y los dermatólogos, en este sentido, suelen coincidir respecto a que ciertas dermatosis tienden a producirse en determinadas personalidades.

Estudios como el realizado en el año 2009 en el Departamento de Psicología de la Universidad de Westminster (Londres), donde se consultó a 214 personas que padecían alopecia sobre la incidencia que esta tenía en su estado emocional como en su vida diaria, sirve como buena referencia para considerar la importancia que tiene la asistencia psicológica paralela al tratamiento médico de esta condición. Los pacientes evaluados en este estudio manifestaron sentimientos de enojo, disgusto, preocupación y estrés, siendo la pérdida de la autoconfianza, de la autoestima y la timidez las respuestas más comunes, especialmente en las mujeres.

Por su parte, y según investigaciones de José María López Sánchez, se encuentra en los pacientes que padecen este tipo de alopecia un perfil alexitímico y una inhibición de la agresión. Sus conclusiones, obtenidas mediante estudios psicobiográficos y psicodiagnósticos, permiten dar cuenta de ciertas características destacables a nivel caracterológico, como la presencia de comportamientos de sumisión y pasividad, mientras que a nivel discursivo, la asunción existencial de un rol de víctima y predominio de sentimientos de impotencia, tanto como de miedo a la agresión y al castigo.

En forma paralela, en otro estudio realizado por el médico psicoanalista Jorge Ulnik junto a la doctora Margarita Chopitea de Fontan Balestra, se había aludido a dicha pasividad, postulando que algunos pacientes han desempeñado el rol de “muñecos”, cumpliendo la función de un objeto transicional tardío para sus madres. La ilusión de que el pelo vuelva a crecer vehiculiza, así, una fantasía de evitar las consecuencias de la castración, dado que lo que se corta o ha caído puede volver a aparecer tal como era antes.

Según postula la psicoanalista Marta Bekei, la derivación dermatológica de un paciente a la consulta psicológica puede deberse a raíz de una vivencia traumática que desestabiliza al sujeto, sobre todo si se trata de niños y adolescentes. Sabido es que la alopecia areata aparece vinculada a una predisposición genética, la cual está determinada por encontrarse comúnmente antecedentes familiares. Sin embargo, los dermatólogos reconocen que en la producción del fenómeno debe intervenir una vivencia emocional intensa, angustiante, que actuaría mediada por una reacción inmunológica. Esto es plenamente comprobable en la clínica de adolescentes que padecen esta condición. En mi experiencia, he podido verlo reflejado como consecuencia de situaciones de duelo muy complejas, que llegaron a traducirse incluso en verdaderas depresiones reactivas. La vivencia íntima que tiene que ver con la pérdida, por muerte o separación, de un objeto libidinal importante, o bien, con el miedo a perder su amor, puede desencadenar estos procesos, lo que demanda, para su buen abordaje, un estudio profundo de la personalidad del padeciente, y las características del medio social y familiar en el que este está inserto.

Por otro lado, habrá que determinar si este cuadro corresponde a una estructura psicosomática deficitaria, o quizás a otra estructura similar, ya que la dinámica del padecimiento sugiere, por lo general, su naturaleza psicosomática. En este sentido, la estructura de personalidad de personas que sufren trastornos psicosomáticos se distingue, fundamentalmente, por una debilidad yoica percibida a través de las fallas funcionales. Por otro lado, son observables también limitaciones en la capacidad fantasmática y en la simbolización, las cuales se reflejan en lo que desde la escuela psicoanalítica de París, Pierre Marty denomina pensamiento operatorio.

Las relaciones objetales que se establecen por medio de este Yo deficitario de naturaleza simbiótica, dado que no se ha logrado una clara discriminación yo/no yo. Los individuos con esta estructura psíquica suelen ser sobreadaptados a su medio, incansables, puesto que fueron entrenados para centrar su atención en los estímulos externos e ignorar sus señales corporales internas. Por esta deficitaria discriminación yo/no yo, la pérdida objetal se vive como la pérdida de una parte de sí mismo, y el dolor que provoca se cristaliza directamente en el cuerpo, sin ser mentalizado.

La mayoría de los estudiosos en psicosomática coincide, a este nivel, respecto a la importancia que la temprana relación madre-hijo tiene a propósito del desenvolvimiento de las capacidades simbolizadoras; de modo que, al fallar la madre en su función estabilizadora de la estructuración yoica, se crean las condiciones para la configuración psicosomática.

El cabello, al constituir un apéndice externo de nuestro organismo, puede ser desprendido fácilmente, sin provocar heridas ni dolor. No obstante, atacar parte del propio cuerpo es desvitalizarlo, y su expulsión, constituye un grado de autoagresión, siendo esta una característica esencial de los trastornos psicosomáticos. En este sentido, la alopecia no daña una parte vital del organismo, aunque sí una muy visible, produciendo un síntoma que expone directamente a la mirada de los demás. Mirada esta, que en algunos casos, se acompaña de burla y rechazo. Y es que provocar la agresión del otro es una autoagresión indirecta, y la somatización, como proceso, es siempre autoagresiva.

El poder autoagresivo y la continuidad del cuadro psicosomático dependen en gran medida de la estructura yoica del sujeto que lo padece. El abordaje clínico supone la necesariedad de volver la mirada hacia atrás y sumergirse en acontecimientos de un momento previo donde lo biológico y lo psicológico no están todavía discriminados.

Promover la puesta en palabras de aquellas vivencias relacionadas con pérdidas todavía no elaboradas.

Posibilitar nuevas ligaduras psíquico energéticas, que permitan sortear su descarga somática.

Reforzar las defensas yoicas, para que frente a la eventualidad de sucesos traumáticos por venir, el sujeto cuente con la posibilidad de ligar dichos excesos de energía, sin verse inevitablemente remitido a un estado de indefensión.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los niños azules (por Ana Silvia Karacic)


Los Niños Azules, por Ana Silvia Karacic*

"¿Y si existiera algo más de lo que puedes imaginar?" (ASK)


Comencé a buscarlos después del Año de las Cenizas, cuando los Dos Soles calcinaron nuestro mundo, hace ya demasiado tiempo. Entonces, pensé que se trataba sólo de un mito; hasta ese punto la niebla invadió mi memoria.

Hoy, en el año 4811 de la Edad de los Dos Soles, envuelto en el humo que emana mi pipa; recuerdo con inquietud ese primer aguijonazo de sorpresa e intuición. No se trataba de historias o vanos decires; estaba allí, en tinta negra, grabado a fuego sobre la hoja de un manuscrito. Nadie hubiera osado escribir algo falso, sólo la verdad puede fijarse en el tiempo y en el espacio.

La Ciudad del Amanecer guarda una torre de piedra vedada al pueblo. Los reyes-sacerdotes son los únicos que pueden acceder a ella, y al tesoro del conocimiento que encierra. Ciertamente, sus puertas están abiertas para mí, aunque no soy rey. Recuerdo ese atardecer, cotejando las versiones más antiguas de los Conjuros de los Portales, casi distraído entre los escritos de mis predecesores… Vi caer de una pila, por divina intervención, uno de los Antiguos.

El frío de la mañana me endurecía las manos y cuando me incliné a recoger el manuscrito; sentí las ráfagas que entraban por la ventana, azotando la piedra gris. Lo presentí como un augurio de pesares. Ni yo me acercaba a ellos. Fueron escritos en una Edad sagrada, anterior a la nuestra, la del Sol Rojo, y por una raza que ya no existe. Únicamente podían ser tocados luego de una purificación. No debí tomarlo; no sin un ritual. El libro cayó abierto y una hoja se dobló. Aunque no tuve intención de leerla, al desdoblarla, mis ojos se clavaron en esos caracteres antiguos y ya no fui dueño de mi voluntad. Algo dirigió mis manos hacia las viejas páginas. Supe, entonces, que no podría volver atrás.

Estos secretos se han guardado durante varias Edades. Podría iluminar a los hombres de este tiempo, pero prefieren creer que fueron mitos; no imaginan lo que se esconde en estas páginas. Tal vez no quieran saberlo; y los comprendo.

Traté de recordar lo que se decía de los Niños Azules; pero los milenios han deformado demasiado la historia. Hasta donde puedo recordar, se susurra que en un tiempo lejano las distintas razas se comunicaban entre sí: estaban los Hombres, que construyeron ciudades como ésta y cultivaban el conocimiento; los Opalescentes, dueños del poder de transformación y del dominio de las fuerzas naturales; los Sabios, señores de la Palabra Sagrada del Eter y capaces de desplazarse en el viento; los Amos del Fuego, que detentaban el poder sobre los metales y extraían su fuerza mágica; y finalmente, los Niños Azules.

Ellos custodiaban las Puertas entre el Sueño y la Vigilia, impidiendo que aquél se derrame en el mundo despierto. Tal vez por eso su morada era desconocida; nadie quería saber dónde vivían. ¿O era el instinto de preservación lo que instaló el silencio sobre ellos? Acaso habrán sentido que no debían perturbarlos en su misión. En un mundo en el que las fuerzas no se diferencian claramente, hasta el pensamiento puede desencadenar lo no deseado.

Pienso ahora, que la ignorancia de su morada y el no poder verlos (ya que el sol los vuelve traslúcidos), hizo que su recuerdo se alejara. No puedo decir mucho más; acontecimientos desgraciados sobrevinieron a todas razas, y su memoria quedó atrás, vencida por la realidad que arrolló el mundo.

Sin embargo, aunque no se habla de los Niños Azules, ellos no descuidaron su tarea, envueltos en el silencio del ensueño.

Me temblaron las manos al observar la notación de la fecha, parecía corresponder a la Edad anterior, la del Sol Rojo -antes de que estallara en los Dos Soles que nos robaron el descanso nocturno-; la hoja doblada daba inicio a un relato casi incomprensible, escrito en una forma antigua de la escritura de los Sabios, las frases eran acertijos como los que utilizaban los Opalescentes. Las letras negras habían sido grabadas mediante la magia del fuego de los Amos. Eso era preocupante: ¿tres razas involucradas en la escritura de un relato que se guardaría en una torre perteneciente a la ciudad de una cuarta, la de los Hombres?. Y el relato se refiere a la quinta raza.

A diferencia del resto, el inicio de la narración era relativamente comprensible; y decía así:

Y el calor del frío nacerá cuando el Sol Rojo se parta en dos. De las cinco, cuatro se batirán y de una se olvidarán. Sin crepúsculo, no se verán, inútil búsqueda será. Puerta sin cerrojo quedará.

En ella creí notar una alusión a los hechos que ocurrieron años después, el estallido de nuestro sol, la guerra que sobrevino luego… No estoy seguro, pero, y de una se olvidarán, debe ser una alusión a los Azules y al olvido del que fueron objeto. El resto no tiene mucho sentido, si pretende decir lo que pienso que decía. A menos que los Niños Azules hayan cruzado al Otro Lado y no nos diéramos cuenta.

O algo peor.

Si ellos cruzaron al mundo del sueño, ¿Quién guarda las Puertas? ¿Habrán dejado un Centinela? ¿O custodian desde el Otro Lado el fluir de las realidades?

Temo pensar en otra posibilidad. Ya ésta es peligrosa. Me preocupa que se haya volcado al manuscrito semejante sentencia. Algo es cierto: desde el estallido de Sol Rojo, y sin noches, tenemos apenas algo que se asemeja a un crepúsculo. Un sol cruza al otro en el cielo sin dar tiempo a la merma de la luz.

Sin crepúsculo no se verán.

Eso no indica que no estén. Prefiero pensar que ellos han pasado hacia el Sueño y que nos cuidan desde allí. Es cierto que los defraudamos. No podían creer que desatáramos tal guerra. Tampoco quisimos oírlos cuando se presentaron ante aquél Consejo en el que nos reunimos todas las razas. Nos hablaron de algo que no comprendimos, de una amenaza parecida al sueño, pero de diferente naturaleza. ¿Qué podía importarnos en ese momento?.

Estoy tratando de recordar… dijeron que eso podía desencadenarse e inundar nuestra realidad, si los sellos de las Puertas se rompían. Nadie se molestó en preguntarles qué era eso y por qué causa podrían romperse los sellos.

Yo tampoco lo hice.

Hablábamos de guerra, de dominio y de posesiones. Los Niños intentaron interrumpir, pero no los dejamos.

Casi no nos dimos cuenta cuando se retiraron, tan ocupados estábamos planeando nuestra propia destrucción. Eso sí, el más pequeño se volvió a mirarnos antes de cerrar la puerta de la sala del Consejo: Tenía los ojos inundados…

Lo que vino después de la guerra, fue aun peor. Los Dos Soles impedían la sombra, pero comenzaron a aparecer extrañas tinieblas. Las formas de las cosas se distorsionaron. Susurros casi inaudibles acosaron nuestros oídos. Presencias invisibles nos invadieron y un sentimiento de inquietud que nunca habíamos tenido, apareció. Su presencia dolía en el pecho.

Nuestra memoria empezó a nublarse. Entonces comenzamos a escribir nuestros conocimientos; pero la escritura se diluía como el agua. En poco tiempo dejamos de entendernos, y la vida tal como la conocíamos se desmoronó. Algo indecible había invadido nuestro mundo, nuestro espíritu, y en el escaso tiempo que destinábamos al sueño, devoraba nuestra esperanza.

Puerta sin cerrojo quedará.

Así pasaron milenios, envueltos entre dos realidades de naturaleza diferente. Fue entonces cuando los recordamos. ¿Sería acaso esto lo que los Azules advirtieron que pasaría? ¿El encuentro de dos reinos que no estaban destinados a unirse? Ellos sabían que cuando el Sol Rojo se dividiera no serían vistos. Su temor, creo, fue no ser escuchados tampoco. Así ocurrió.

Anhelamos su conocimiento sobre las Puertas del Sueño. Los necesitamos ahora, pero nadie sabe dónde están.

Desde entonces, los busco. No sé si podré encontrarlos; no sé si quieren ser encontrados. Desde que los caminos se borraron, acaso no podamos volver atrás.

Aun así, algunas veces, siento su mirada desde el Otro Lado del espejo.

*Cuento escrito a la memoria de J.J.R Tolkien

Ana Silvia Karacic es orientalista, pintora y escritora. Especialista en mitología y religiones, ejerce como profesora titular, entre otras, de la Cátedra de Religiones Comparadas en la Universidad del Salvador. Ha publicado los libros: "El pueblo de la Bruma. El ciclo mitológico irlandés" y "Las religiones de Japón", ambos textos de tenor académico. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Derroteros de nuestra llamada "evolución"


Impacta observar esta reconstrucción forense de dos neandertales que se expone en el Museo de Gibraltar (España). Esa niña aferrándose a su madre. Dicen que tenían un sentido profundo de la compasión, y que se preocupaban por el bien común. Así y todo, no pudieron evitar desaparecer de la faz de la tierra hace alrededor de 40.000 años, aunque habitaron el Viejo Continente durante, al menos, 200.000. En comparación, y con el puntapié de la agricultura , nuestra civilización tiene apenas 10.000 años. Nada. Las pinturas de Altamira, unos 15.000. La pirámide de Keops, 4.500. Jesús de Nazareth, 2000 años. Mahoma, 1.400. La revolución de Mayo, 200 años. Los celulares, 40. ¿Hasta donde llegará la cuenta con personas como Donald Trump y Kim Jon-un afinando los violines de su danza macabra ?

viernes, 1 de septiembre de 2017

La muerte y los duelos

"El primer duelo", William Adolphe Bouguereau, 1888.

"La muerte y los duelos", por Alfredo Moffatt 

El tema al que me referiré es muy delicado, porque en nuestra cultura occidental es muy negado, ya que la muerte es considerada sólo un accidente inesperado que es necesario ocultar. Pero es un tema que condiciona toda la vida, la creatividad, el arte, y todo lo que hace soportable la circunstancia ineludible del ser humano de estar “viviendo para morir”, lo cual es un tema esencial de la filosofía, la finitud.

Otro tema ligado a la muerte es el duelo del que se queda, porque cuando alguien se muere estamos obligados a elaborar lo que se llama el duelo que es juntar todas las circunstancias vividas con aquel que ya no está, y construir la memoria del ausente, en adelante, a esa persona la guardamos en nuestra mente. Esto se llama introyectar al muerto.

El pasado y el futuro son los dos espacios de lo imaginario. El pasado siempre es añoranza porque se nos va lo que conocemos, como, por ejemplo, nuestro cuerpo chiquito de la infancia, o nuestros padres. Siempre estamos perdiendo algo, y tenemos que acostumbrarnos a ello y a despedirnos, o sea, a elaborar duelos. No sólo de las personas, sino de las cosas: el trabajo de duelo es una función básica. Un depresivo se puede definir como la persona que no aprendió a despedirse, a decir “Chau, mi cuerpo infantil” o “Chau, mamá”. También hay despedidas extremadamente dolorosas, como ese chau que viene a contramano: “Chau, hijo mío”.

Tenemos que aprender la ceremonia de la despedida, que es el duelo. Yo he viajado mucho y a lugares extraños, generalmente; por ejemplo, he estado con indios en el Amazonas, en Estados Unidos, en lugares muy marginales, como el Bronx, y más tarde en la India. En estos lugares yo percibí distintas formas de resolver esto de la despedida.

El duelo principal es el de un vínculo, y, en especial, como el más doloroso, el de la pareja, que es muy difícil, porque quedamos reducidos a la mitad, ya que nosotros existimos dentro del vínculo como una mitad.

El vínculo es lo que da sentido a las cosas, como, por ejemplo, la casa donde vivíamos con la otra persona, o el barrio, o la confitería donde íbamos, y todo pierde sentido sin la otra persona. En los primeros momentos, el duelo se convierte en motivo de consulta al pedir ayuda psicológica, y la muerte también es un momento agudo para el que queda vivo.

Conceptualmente, hay dos tipos de muerte: la inesperada y la anunciada. Ésta, como es el caso de una enfermedad terminal, permite la elaboración del duelo en la otra persona. Pero la inesperada, como un ataque cardíaco, por ejemplo, deja en el aire cierta cantidad de diálogos y explicaciones que no se pudieron resolver, y cuantos más sean estos, más difícil será el duelo. En este caso, una forma de ayudar en terapia, al que hace el duelo, es evocar imaginariamente a la otra persona, y generar las condiciones para que pueda dialogar con ese otro que tiene adentro, el que está introyectado en él. Así, podemos hablar con un padre muerto, un esposo, o una esposa, porque los llevamos adentro.

Hay instrumentos para ayudar a hacer eso, como el “Ensueño Dirigido”, donde el paciente está relajado, con los ojos cerrados, en un lugar muy silencioso, y se le induce a permitir que aparezca la imagen del ser querido desaparecido, y entonces comienza un diálogo en voz suave, mientras el terapeuta acompaña, ayudando en ese juego que existe en todas las culturas, ya que todas tienen alguna organización para hablar con los muertos, de una manera u otra.

Insisto: la elaboración de un duelo es la elaboración de una despedida, ya que siempre tenemos pendientes cuentas, reproches o perdones que no nos dijimos. Y si eso no se resuelve, el que murió queda vivo, como “fantasma”, porque “está y no está”.

Entonces, lo que hace el duelo es enterrarlo, ya que los muertos se entierran con palabras, no con tierra. Uds. sabrán que, simbólicamente, la losa del sepulcro tiene un significado antropológico, es algo pesado que impide que el muerto vuelva, pero, en lo interno, el muerto vuelve si uno no lo elabora. Después de la muerte, el que queda pasa por varias etapas. Primero viene la sorpresa, o el desconcierto, y después la negación. Y esa negación termina recién cuando uno, dentro de sí, hace el trabajo de duelo, se despide, y construye imaginariamente a esa persona interna.

Por eso, todas las culturas tienen una ceremonia que es el funeral, en especial las ecológicas, que tienen una buena relación con la muerte, mientras que las tecnológicas como la nuestra, tienen ceremonias muy pobres, muy breves, como para terminar pronto y olvidarse. Antes, el velatorio se hacía en la misma casa donde había vivido el muerto, y eso era importante, porque era en esa casa donde no iba a estar más, y esa escenografía permitía que la despedida fuera honda, permitía el llanto y permitía que cada uno contara algo del “finadito”, es decir, que se hiciera un constructo imaginario.

Pichon Riviere daba mucha importancia a este tema de la muerte, era un “enamorado de la muerte”, un melancólico existencial (por eso bebía mucho), y murió en paz, porque tenía muy buena relación con la muerte, cosa que tengo yo también, gracias a él (espero seguir teniéndola cuando ella esté más cerca…).

Actualmente, cuando muere alguno, la familia va a una funeraria, y les dan, por ejemplo, el “3º B”, un departamento anónimo (casi como un albergue transitorio para muertos). Los deudos no hacen nada, no participan como los de antes que cavaban, construían el cajón, o tenían alguna tarea en la preparación del cadáver, como vestirlo, o amortajarlo.

Los llamados “salvajes” del Amazonas hacen unas ceremonias hermosas, llenas de sentimiento y respeto, mientras que ahora aquí todo lo hacen empleados que ni lo conocieron al muerto, y luego los deudos están diez minutos, toman un cafecito, y se van.
Luego, a causa de haber querido “hacerse el vivo” con la muerte, el que queda no elabora, y pasa dos años en el diván de un psicoanalista elaborando el tema (en larguísimas cuotas).
En cambio, los llamados “salvajes” del Amazonas, cuando muere alguien, hacen un lío bárbaro, se pintan con cenizas, se tiran al suelo, lloran una semana entera, algo muy profundo. Antes de la semana, levantan al muerto, y lo llevan en una canoa por el río, con comida, y sus cubiertos, a la ciudad de los muertos, y al finalizar la semana, terminan, se bañan y quedan lo más bien (porque pagaron al contado).

Esa es una cultura que elabora correctamente el tema de la muerte, mientras que la nuestra no lo elabora bien. En realidad, los salvajes somos nosotros.

En la India, donde la vida y la muerte están muy mezcladas, he visto una elaboración muy importante. Dicen que cuando uno muere en realidad empieza a vivir de otra manera. Un hindú me dijo (en un inglés hinduizado): “Uds. los occidentales son ricos y nosotros pobres. Pero Uds. tienen una vida, mientras nosotros tenemos muchas” (Y yo, como occidental, me sentí pobrísimo). Y es cierto, porque nosotros, con toda nuestra riqueza no elaboramos eso que es el tema más importante, ya que si uno tiene los brazos aferrando a ese muerto-fantasma, que está y no está, no puede abrazar al vínculo que viene después. Y esto vale aunque no haya muerte, porque si la niña que se hace grande no puede despedirse de papá, no puede recibir al marido, que será su nuevo vínculo profundo. Por eso, en algún momento, tiene que poder decir: “¡Chau, papá… Hola, marido…!”.


Como se ve, los duelos están continuamente presentes en nuestra vida, y si aprendemos a despedirnos, aprendemos a adquirir. Y estoy hablando en un país que no aprendió eso, lo cual se ve claramente en nuestro tango, que es el duelo eterno, el duelo patológico con música. La mina se fue, y el tipo está con la guitarra: “Percanta que me amuraste...”. Sin ver el montón de percantas nuevas que lo rodean en el conventillo, porque tiene los ojos ocupados con la que lo dejó, de la que él todavía no aprendió a despedirse. Y no se puede estar siempre así. En algún momento hay que dejar de llorar, salir a la calle, retomar la vida, y superar la tristeza.

Pichon fue médico personal de Discépolo, quien le contaba los secretos de cada tango, y Pichon había llegado a la conclusión de que el duelo de los tangos no es el duelo del tipo con la mina, sino el duelo con la mamá. Porque en aquella época, en los conventillos, donde vivía la gente muy pobre, había mucha tuberculosis, desnutrición y muchos elementos que contribuían a dejar a los niños solos, es decir, era muy común el traumatismo infantil por abandono prematuro, que muy difícil de elaborar, porque cuando se produce la pérdida muy temprana de una madre, ese duelo deja una experiencia de tristeza que no se termina de elaborar totalmente nunca.

En una institución psiquiátrica donde yo trabajé conocí a un paciente cuya madre se había muerto cuando él tenía cuatro años, su padre se había deprimido, y él había quedado en un duelo congelado, lo cual le había acarreado trastornos de miedo patológico a la muerte, porque el padre no había podido ayudarlo a llorar. Uno de los instrumentos valiosos que la naturaleza nos dio es el llanto, que es compulsivo, y por eso mueve la musculatura, porque la muerte produce miedo y contracción, y como el llanto afloja, lo que hay que hacer es llorar plenamente para aflojar la contracción muscular.

Cuando vemos películas lacrimógenas decimos: “¡Mirá qué vulgares, cómo lloran!”. Y nosotros, que no lloramos, después vivimos con el muerto transformado en fantasma, o hacemos somatizaciones, porque lo colocamos en un órgano del cuerpo, o sea que lo depositamos psicológicamente. Por ejemplo, alguien que tiene una madre agresiva, cuando ella muere, puede comenzar a sufrir de úlcera, porque puso a la mamá en lugar de la comida, es decir que la introyecta. Lo que habría que hacer en este caso sería ayudarlo a ir hacia atrás para poder despedirse de esa madre, y lo curioso es que esto se puede hacer aún después de mucho tiempo con instrumentos que nosotros llamamos “máquinas del tiempo”, que son el Psicodrama y el Ensueño Dirigido, que permiten revivenciar con toda la conmoción emotiva, aquel traumatismo de pérdida y poder “pagar” aquella cuenta de dolor teníamos pendiente.

El maestro Alfredo Moffatt

Cuando yo era chico, la ceremonia que rodeaba a la muerte era imponente, algo conmovedor, como es la muerte: se usaban carrozas con caballos negros, y participaba todo el barrio. “¡Se murió doña Pepa…!”, y todos iban y los deudos lloraban abiertamente con los demás en una ceremonia compartida. Luego se hacía el entierro, se limpiaba la casa y era como que se había exorcizado a la muerte. En cambio, nosotros, en un ratito liquidamos todo, y volvemos a nuestro departamento donde el muerto va a estar presente en cada rincón que compartimos con él, porque no hubo una ceremonia que permitiera la despedida en la vida cotidiana. No se puede engañar a la muerte.

Había otra situación siniestra que a veces se daba antiguamente. Moría un niño, y el médico recomendaba a la madre que tuviera otro hijo. Y a éste, muchas veces, le ponían el mismo nombre, con lo cual el niño debía cargar con el fantasma del hermanito muerto.

Mi profesor, el Dr. Ángel Fiasche, trabajando con él en EE.UU., me contó el caso de un niño que decía que, de noche, veía un esqueleto que se le acercaba. Investigando a la familia, había descubierto que había pasado lo que mencioné antes, y él vio que lo que habían querido hacer era sustituir al muerto, y creían engañar así a la muerte, mientras se engañaban ellos creyendo que el niñito no había muerto. Entonces, Fiasche les dijo que tenían dos caminos: o elaboraban el duelo de ellos con aquel nene muerto, sin hacer la trampa de usar al niño vivo como sustituto, como un clon, o tendrían un hijo esquizofrénico. Y lo que el niño decía con esa especie de alucinación del esqueleto que veía a la noche era: “Ese cadáver no soy yo”. O sea que, con la alucinación, se sacaba el esqueleto de encima. En última instancia, el niño “deschavaba” la trampa de los padres.

Un pueblo que resuelve bien el tema de los duelos es un pueblo más sano, pero para eso tienen que estar todos juntos. En Bolivia, las ceremonias son fuertes, con esa concepción indígena que es mucho más sabia que esta cultura tecnológica nuestra tan injusta, tan enferma, y que produce tanta soledad. En ciudades como Buenos Aires, hay millones de personas solas en la selva de cemento, encerrada en sus departamentos, absorbiendo el mensaje de la TV. Tenemos que recobrar la cultura criolla que es más sabia. En el campo, cuando muere alguien, de entrada, le dicen cariñosamente “el finadito”, y hablan durante un tiempo de que el finadito hizo esto, hizo lo otro. En los velorios, siempre el finadito era bueno, porque el duelo, en realidad, consiste en introyectar al muerto, es decir comérselo, según Freud, y nadie quiere comerse un finado malo que luego “le retuerza las tripas”. Esto es exactamente lo que pasa cuando los conflictos pendientes, no elaborados con el muerto (culpas, reproches, rencores, etc.) producen somatizaciones gástricas (úlceras), genitales (impotencia), respiratorias (asma), etc.

Hay un tema que nos defiende de la muerte, y es el amor, que es lo único que puede enfrentar a la muerte. La muerte y el amor son antagónicos, lo cual tiene que ver con que yo existo porque otro me mira, y si ya no me mira yo no existo más. Además, yo no muero del todo, si alguien me recuerda. En España leí el lema de un escudo que decía: “Vivir se debe de tal suerte, que vivo se permanezca en la muerte”.

Por eso, los pueblos llamados primitivos tienen mucha fuerza. Se quieren, se pelean pero se quieren. La gente muy pobre es muy solidaria, porque si no lo es, no sobrevive. Y viven con mejor humor que nosotros, aunque muchas veces no tienen qué comer, y es que, a pesar de todo, están juntos. Nosotros tenemos un poco más pero estamos solos, y eso es la muerte, porque la muerte y la neurosis son la soledad. Por eso, la despedida es lo que nos permite meter adentro a todos los que quisimos, y por eso, algunos viejos están tranquilos, aunque estén solos, porque están llenos de gente adentro.

Recuerdo que, una vez, unos alumnos me trajeron a la madre, que era una señora muy razonable, y que, en ese momento, se había obstinado en que no quería enterrar a su marido fallecido repentinamente (de un ataque cardíaco en la calle). Quería conservarlo con el cajón sobre la cama de él, haciéndole una ventanita en la tapa para poder verlo. Yo charlé con ella, muy calmadamente, y le dije: “¿Para qué querés tenerlo en el cajón? No te va a servir para nada, porque enseguida se va a empañar el vidrio por dentro y ni siquiera vas a poder verle la cara. Aparte de que va a ser todo un engorro administrativo”. La clave de esta necesidad extraña se develó, ella me dijo: “Durante treinta años, nosotros hablábamos largamente antes de dormir. Y ahora, ¿cómo hago?”. Entonces yo le dije: “¿Tenés un buen retrato de él? Bueno, hacele un lindo portarretrato y ponelo sobre la mesita de luz, y todas las noches podés hablar con él, pero con el retrato. Al cabo de un tiempo, ni vas a necesitar el retrato, porque lo vas a tener adentro de tu corazón”. Es decir, lo iba a introyectar. (Parece que “se me fue la mano con la terapia”, la propuesta dio tanto resultado, que al cabo de un año se casó de nuevo.)

Algunos dicen que al producirse un vacío, sobre todo en una separación no querida, como sería una muerte, es necesario tapar de algún modo ese agujero. Y contesto que sí, pero con la misma persona que se fue, no con otra.

Primero hay que enterrar un vínculo con recuerdos, palabras, diálogos, y luego recién adquirir otro. Es muy peligroso sustituir, porque se le va a pedir al nuevo que sea el otro, y como no es el otro, esto va a llevar a la frustración del “no sos el que yo pensaba…”. Esto pasa muchas veces.

En la infancia, los duelos son muy difíciles con los niños pequeños. Cuando a los cuatro o cinco años, queda sin padre, si hay un adulto que le permite hacer el duelo, abrazándolo, haciéndolo llorar, no es tan lesiva. Lo es si el adulto que quedó está deprimido o no lo ayuda, porque el niño no puede llorar solo, sino que necesita la contención de un adulto para apoyarse, para no desarmarse en el desconcierto.

Hay que llorar con otro, por eso, el duelo es un fenómeno grupal.
En Estados Unidos la muerte es de terror, y así les va, pobres… La despedida es mínima: van, espían de lejos y se van. Están proscriptas cualquier expresión corporal y el llanto. Por eso las series están llenas de muerte. Pero no sirven para elaborar la muerte, porque en las películas siempre se mata al otro, nunca al protagonista, lo cual sí sería una elaboración, porque el espectador se identifica con el protagonista, y con eso se conectaría con su propia muerte, pero en nuestra cultura occidental, negadora de la finitud, el tema de la muerte no vende.
Recuerdo, en una profunda crisis mía, en la que me sentía solo y viejísimo, de pronto me di cuenta (así se me presentó) de que la muerte, en realidad, es una despedida consigo mismo. Es “Chau, Alfredito… ¡tantos años acá adentro, hablando entre los dos…! Nos vamos a separar para siempre”. Morirse es separarse de mí mismo.

Pero la vida es tan insolente, tan potente, que vuelve otra vez, porque el psiquismo tiene una gran capacidad de vida, la pulsión de vida, según Freud. La vida y la muerte deben coexistir, porque si no pensamos en la muerte no sabemos que estamos vivos, y nadie está más contento y más vivo que el que casi se murió.
Pichon Rivière cada tanto se moría, tenía un ataque, estaba todo entubado, y después resucitaba. Una vez me dijo que los alumnos de su escuela le reprochaban que no se moría, que parecía que moría y no se moría, y después volvía a la escuela, y no les dejaba hacer el duelo. En uno de esos ataques, yo estaba con él, que estaba todo entubado, en el Hospital San Martín, y le dije, repitiendo una broma frecuente entre nosotros: “Dale, Enrique… decí tus últimas palabras”. Él se corrió los tubos para el costado de la boca y dijo: “La vida vale la pena vivirla”. Ese día, que era de sol, yo salí a la calle y sentí que si él, que estaba allí, todo estropeado, decía eso, yo debía agradecer el estar vivo.
Otra frase fundamental de Pichon era: “La muerte está tan lejos como grande sea mi proyecto”. Y creo que es lo más útil de todo lo que yo estoy diciendo aquí. O sea, si yo no tengo una esperanza, un proyecto de vida, estoy muerto.

Enrique Pichon Riviere

Yo trabajo mucho con pibes muy pesados, pibes chorros, quienes dicen: “Yo sigo hasta que me bajen, porque estoy jugado”. Es decir, yo ya morí, no tengo posibilidades de laburo, no tengo nada, estoy destrozado, la cana me busca, no me importa morir porque no tengo por qué vivir. Y Pichon murió a los setenta años, joven como un muchacho. Claro que a él la vida le había dado oportunidades y a los otros pibes no.

En el fondo del manicomio habíamos hecho una comunidad con los compañeros internados, hicimos un lío bárbaro en el tiempo de Cámpora, y una vez casi tomamos el hospicio. Era la República de los Locos, en el fondo, donde había dignidad para ellos. Al empezar la reunión izábamos la bandera, cantábamos el himno, éramos ciudadanos, y había que redefinir quién estaba loco y quién no, porque ya el guardapolvo blanco (el que usaba el psiquiatra) no servía.

Por ello, los psiquiatras nunca llegaban al fondo, porque era territorio liberado. Y los locos, que antes parecían zombis, allí estaban vivos, habían revivido porque habían comenzado a dialogar, y tenían un proyecto, que era construir el pueblito de la República de los locos. Fue lindo, pero cuando vino el Proceso Militar tuvimos que rajar rápidamente porque éramos considerados subversivos. Después del Proceso asesino volvimos con la Cooperanza.

Después hicimos el Bancapibes, con pibes de la calle, que llegan con el alma congelada, duros, y al construir entre todos una comunidad de tareas y afectos comenzaron a descongelarse, a querer la vida, y ya no esperaban la bala policial como inevitable.
El tango “Malevaje” habla del guapo que no tenía miedo de morir, que se jugaba todo. Y entonces vio una mina que “pasaba con un compás tan hondo y sensual…”, que el tipo se enamoró. Y en el tango, se queja de que, después de eso, había cambiado tanto que un día en que lo habían desafiado a pelear, había huido, porque no había querido arriesgarse a caer preso o morir, ya que eso le hubiera impedido hacer su romance. O sea que el amor nos hace querer la vida.

Víctor Frankl, un psicólogo que estuvo en campos de concentración, creador de la Logoterapia, una terapia de enfoque existencial, lo primero que les preguntaba a los pacientes que iban a su consulta era: “Ud., ¿por qué no se suicida…?”. Y con eso lo obligaba a reflexionar y enfrentarse con lo que le impedía querer morir, o sea con lo que lo ataba a la vida. O sea, al paciente le hacía oponer la vida a la muerte.

Allá en la India creí adivinar algo de cómo la muerte está incluida en la vida, como aquí en el campo. Ellos tienen una concepción circular de la existencia, mientras que nosotros tenemos un concepto lineal que niega el final, y, por lo tanto, nos aparece, a veces, la profunda inquietud frente a ese final ineludible. Con el amor y el trabajo enfrentamos la muerte. Una vez le preguntaron a Freud qué era la salud, y respondió: “Amar y trabajar”. Con esas “dos piernas”, yo puedo recorrer ese camino tan extraño que es el existir. Pero si me quitan el trabajo, como sucede con la desocupación actual, yo quedo rengo, y si con eso pierdo la familia, quedo en el piso, entro en depresión y no quiero vivir.
Cuando hago un grupo con desocupados y me dicen “¿Qué hacemos, Alfredo?”, yo digo: “Vayan a pelear, a protestar, a quemar… ¡Armen lío, muchachos!”. Y eso les sirve porque eso les da un proyecto, los une el ir a conquistar un trabajo, porque si se quedan allí se deprimen.

En el tiempo en que los jubilados iban a protestar al Congreso, yo estaba en relación con PAMI, y veíamos que los viejitos que se quedaban en casa tenían más problemas psicológicos que los que iban a pelear al Congreso, porque la pelea es vida. Tan es así, que a veces peleamos amorosamente, y hasta el odio sirve, porque nos permite tener una interacción. Mi hijo, que es biólogo, y está como investigador en Michigan, dice que en biología hay una ley fundamental que dice: “Todo organismo que no está en conflicto con su medio, está muerto”. O sea que la vida es conflicto: si peleo estoy vivo. Y hay, a veces, amores que son intensos, porque el amor es una síntesis.

No se puede hablar de la muerte sin hablar de lo contrario. Sabemos que el día es el día porque existe la noche, y sabemos que la vida es lo contrario de la muerte, a tal punto que podríamos decir que la muerte no existe, que es sólo la ausencia de vida. Si no fabrico la vida, sucede lo que hay detrás, la muerte. La vida es figura, la muerte es fondo. En termodinámica tampoco existe el frío, sino sólo la falta de calor. A veces, desgraciadamente, cuando el vínculo no es amoroso, la gente se une a través de la pelea. Si no nos amamos, nos odiamos porque lo que más tememos es quedar solos.

Las drogas y el alcohol son formas tecnológicas de tapar la muerte artificialmente. Yo he hecho la experiencia de consumir una droga psicoactiva que se llama “Wachuma” en Perú, que los indios toman juntos, y hacen un viaje hasta el principio de la vida, y también al extremos de la muerte, y allí me di cuenta de que estaba en el medio de algo, del existir.

En cambio, la droga que se está dando a los jóvenes es terrible. La cocaína es muerte, ya que induce sólo a la acción, porque no abre la cabeza, y para los muy pobres, el Poxi-ran quema las neuronas. Una vez le pregunté a uno de los chicos que se drogaban con el Poxi-ran, y me dijo: “¿Qué querés, que me vuelva loco? Yo duermo donde vos caminás” (en la calle). Era casi como decirme: “Dame una casa y yo dejo el Poxi-ran.” Ahora la situación es mucho peor con el Paco, una droga altamente tóxica.

Yo fui Director del Asilo de Mendigos de la Municipalidad de Buenos Aires. Claro, la única vez que tuve un cargo público fue en el lugar más marginal, como me corresponde, porque a mí la marginalidad me preocupa porque hay mucha vida dentro de esa muerte, hay mucha riqueza existencial. Un croto viejo me dijo: “Sr. Director, Ud. habla de la psicología, ¿pero Ud. sabe cuál es el diván de los pobres? El cartón de vino, porque nos quita el hambre, el frío y la tristeza”. Entonces yo, ¿cómo puedo decirle a uno que está tirado bajo el puente “No tomés”, si no le estoy dando comida, calor y contención? Y los pibes, ¿por qué se drogan? Porque no tienen destino. Estamos haciendo un genocidio a futuro, porque los pibes son el futuro.

En la Argentina actual, estamos rodeados de muerte. El hambre y la miseria no se pueden aguantar, no se puede llevar la desesperación de un pueblo hasta tal punto sin que suceda una explosión social, que termine con la injusticia social. En los sectores pobres, donde el hambre es tremendo, sin embargo hay solidaridad. Hay madres que tienen ocho, diez hijos, y son unas leonas. La riqueza del pobre son los hijos. A veces, los padres se van por allí a beber y ellas deben salir a buscar el peso, pero muchos hombres salen por la noche a levantar cartones para ganar 50 u 80 pesos, que no alcanzan para nada.

Estamos rodeados de muerte, sí, y por eso yo imagino que si la situación llega a ser totalmente inaguantable, esta etapa histórica tan dolorosa, de nuestra Argentina, puede terminar para dar lugar a un nacimiento, pero el parto siempre tiene algo de sangre, que ojalá sea poca. Pero algo va a pasar, porque el hambre es como la cocaína: vuelve loca a la gente, y por eso no hay nada más peligroso, para un sistema corrupto, que un pueblo desesperado. Los pobres no van a aceptar el destino de morir, sino que van a dar batalla, como históricamente lo hicieron pueblos como el de Francia, en la Revolución Francesa.

Volviendo al tema de la muerte, cuando se muere un abuelo “tano”, con toda la familia alrededor, es un mentiroso si dice que está angustiado, porque está rodeado de todos sus seres queridos, acompañado y va a seguir vivo en el recuerdo. En cambio, en Estados Unidos, la muerte es espantosa, en terapia intensiva, solo, en medio de toda esa tecnología deshumanizada.
Quiero terminar con algunas recomendaciones para operar frente a un paciente suicida. Quería tirarse desde el décimo piso y yo no sabía cómo hacerle concienciar lo que iba a hacer. Le dije: “Mirá… si vos te tirás desde el décimo, ¿qué pasa si en el quinto te arrepentís?”. Y allí vaciló porque se enfrentó a una duda, tomó conciencia de lo irreversible de lo que quería hacer, y, al dudar, me dio tiempo para engancharlo y tironearlo nuevamente hacia la vida.

Siempre que una persona dice “Me quiero matar”, hay que escuchar otra cosa: “Ayúdenme a vivir, que solo no puedo”. No es que quiere irse de la vida, lo que no puede es quedarse.

A un adolescente que se quiere suicidar le dicen “No te matés”, y lo que hay que hacer es preguntarle por qué, así se le da la oportunidad de contar, y al contar se vincula, y al vincularse se engancha en la vida otra vez. Decirle “No te matés” es una orden negativa, pero en cambio preguntarle “¿Por qué te querés matar?” es una propuesta positiva, porque si lo cuenta lo comparte y sale de la soledad, que es lo desesperante.

(Este texto fue publicado originalmente en la página de Facebook de Alfredo Moffatt)

viernes, 25 de agosto de 2017

Alicia en la “Boite” (por Dr. Jorge Garzarelli)



Alicia en la “Boite”  (Acerca de un ensayo para la muerte), por Dr. Jorge Garzarelli

Es obvio que lo que pueda decir desde estas páginas tiene un sentido precario y revocable.

¿Acaso hay Discurso completo?

Momento fóbico de la Escritura que trata de sobresaltar a lo no escrito sobre la llamada prostitución. Degradación del límite con el que intento el borde indeciso de la Falta, nunca la Falta misma: sabemos que es imposible

Lo que sucede al Lenguaje no le sucede al Discurso (1). Por esto es difícil escribir sobre lo que ella dice. Es así que tuve que realizar un negativo, algo así como en las películas mudas!.

Este texto es algo que más faltaría a mí, como el objeto T. de Winnicot; algo que le falta al cuerpo del hijo; por eso lo escribo y lo digo excéntricamente cayéndose aquí en esta “Pequeña Escena” dramática que es la Escucha Analítica. En este caso cayendo en lo “obsceno”, lo que esta por fuera de la escena presentada.

Ella dijo una vez: “Todo comenzó cuando leí en un baño de una pizzería: “Se busca mujer joven bien puta. Pago bien, llamar a Claudio al Nro...”

"¿Cómo podía estar escrito eso ahí? ¿Quién lo habrá escrito?. Me tente. Llame y hable con Claudio. A partir de ahí hable con muchos otros ofreciendo mis servicios. Él me enseño casi todo: con revistas, películas, con su propio cuerpo, etcétera. Aprendí rápido. El dinero lo repartíamos entre los dos por partes iguales. Él siempre fue muy cariñoso conmigo. Luego hice el secundario, pero estudié inglés y modelo publicitaria. Claudio me ayudó. Puedo decir que fue mi maestro".

Claudio: un hombre que le enseña a una mujer como hacer el amor con otros hombres. Extraña metonimia que tiene su arquetipo en el “Teseo de la epopeya micénica, que siempre obtiene provecho del amor de las mujeres”. (2)

Este buen “gigoló” quedará con el tiempo fuera del texto.

Muere.

Ella dice que no sufrió, mas bien fue un alivio. El maestro debía morir, quizás nunca vivió, como su padre al que nunca conoció. Gozo ante la muerte. Profundo sujeto del Inconsciente que, como Urano, devora eternamente sin tragarse a sus hijos. No obstante Cronos cumple con sus destino.

Él le enseña lo que no sabía (Goce del gran Otro), que la Pulsión es siempre parcial, parte del Ser de lo Real.

La pequeña “a” retenida eternamente en el borde, antes de su caída final. He aquí un goce de retención. Si cae la “a”, cae una pequeña identidad.

Ella dividida en dos que le hace decir: “Yo soy dos personas, a una la conozco bien, a la otra le tengo miedo y sin embargo me atrae, por eso vengo a verte”.

Ella tiene 39 años. Trabaja en una conocida “boite” de la capital. Posee a su nombre, dos propiedades, un auto, algunas joyas de valor, cuentas en bancos y un nuevo “gigoló” que la administra y protege.

Llegó a Buenos Aires, con dos amigas huyendo de la amenaza de su tío paterno que la había violado hasta los 14 años. Su madre había muerto diez años atrás.

Desde hace algo mas de tres años, con una interrupción de seis meses, está en análisis con dos sesiones semanales. Su producción atraviesa periodos bastantes diferenciados, unos superficiales, anecdóticos, sociales; a los que le sigue otros profundos, densos, confusos. Ese es su estilo; los dos lo sabemos y su Discurso oscila todo lo que necesita.

“Después de todo- ella dice- yo soy dos personas”.

Ese después de todo queda resonando y se lo asocia a su deseo de sepultar su pasado. Pero éste retorna cada noche y con él, el “graffiti”. Esa “vedette” textual, instalado en su ocultamiento.

Ella no sabe, obviamente que sabe. Su discurso cuando es transparente se hace opaco y viceversa.

Parecía que es “graffiti”, -metáfora fantasma-, tiene otra historia que retorna como algo vagamente conocido; lo que aparentemente había quedado a fuera, está adentro.

Dialéctica del Deseo.

Metáfora que revela que:

“El objeto visible no tiene una falsa transparencia (en el sentido de que cae bajo de los sentidos), sino en virtud de su participación en la de la imagen de su propio cuerpo. Este es el modelo de toda transparencia y lo que se transparente en ella soy yo (moi. Pero basta con esta imagen se desligue de su inserción en él yo (“je”), universal y se vaya, si así puede decirse, para que de ello resulte una extrañeza que confina con lo inefable”. (3)

Extrañeza que ella sentía como desde otro mundo, lo que le hacía actuar como una muñeca automática, suave pero penetrantemente repetida como la Olimpia de Nataniel.

“Recordando, recordando, mi tío me dijo una vez que para ser mujer en la cama había que ser bien putita”.

Momento en el que el mundo de los fantasmas queda sometido al Principio de Realidad sin perder su categoría irónica. Ella misma asocia el “graffiti” con lo dicho por su tío (figura subrogada del padre muerto). Muerto por desconocido, ya que es propio del desconocimiento que uno no sé de cuenta que desconoce. Él yo cae en su imaginario y el saber sigue perteneciendo a la oscuridad.

Se “hace” aquí verdad (ya que la verdad es una construcción de necesario valor yoico) que uno no busca, sino que encuentra. Algún pintor ya lo señaló hace algún tiempo.

Se hace también verdad el Edipo que se arranca la posibilidad de ver, pero de lo visto no hay recuerdo?. Recuerdo de lo siniestro, formado de la represión.

Ella, Alicia, es una súbdita del proceso primario: idénticamente idéntica al mismo objeto, al mismo momento. Reina del fracaso.

Entonces aparece el recuerdo de la noche en la que fue violada. Violación que retorna como angustia, angustia que la sitúa en un análisis al que levemente provee de encuentros con lo Real.

Desde este Real, que como el anillo de Policrates vuelve con cada pescado (cada cliente), los que son para ella “un buen bocado”. Al estilo de los grabados eróticos de las cavernas (4) que tenían como propósito favorecer el éxito de la agricultura, la cría de ganado y la caza, el “graffiti” vuelve desde la oscuridad (uno de sus terrores), motivos no le faltan, para sostener el Goce.

Es condición “sine que non” que sobrevenga la oscuridad, la “intempesta notte”, siniestra hora de la noche, para que aparezca lo que ella llamaba terrorífico. Nosotros decimos: “un-heimlich”= siniestro – espectral – espeluznante, versus de “das Heimlich”= intimo – cómodo – conocido, lugar en donde ella “se mostraba”, domesticada, servicial, acostumbrada a decir que sí.

Ambos son antónimos. Su unidad contradictoria se da en el “um” que para Freud es el signo de la Represión.

Es ese “graffiti” y su protohistoria lo que vuelve como texto perdido........................., compulsivamente recobrado por los ojos de esta lectora desmesurada, que la marcó con la brutal fuerza de un significante que detesto utilizar.

Como las cosas pueden ser siempre y cuando sean nombradas por su “nombre verdadero”, fue el día en que ella asocia, un día de triunfo sobre lo siniestro.

Ella conoció y rompió el núcleo sigiloso de lo oculto.

Ese día ,mejor dicho esa noche, ella no fué a trabajar.

No apareció el Doble. Esa noche ella no fue la otra, la “Belle de Nuit” gatita amorosa – vendedora de ilusiones – violadora de hombres en pleno goce de impostura.(¿)

Esa noche la repetición, “profunda demonia”, generalmente superior al Principio de Placer, no pudo aparecer en escena. Un severo significante había desmontado cualquier arista escandalosa.

Esa noche, sesión de casi cuatro horas, sesión trasnochada, transgredido el tiempo sacralizado, nos pudimos preguntar:

¿Qué había detrás de sus suspiros fingidos? = Agresividad y ¿dentro de ésta?

Recuerdo que Lucien Israel (l979)dice: “gozando con su no-toda, la agresividad es un término que debe ser vaciado por que constituye un tapón”. (5)

Y digo: Agresividad = palabra pantalla donde se estrellan los múltiples sentidos históricos del hombre.

Agresión que le permite el goce desde uno de los bordes de la venganza, decirle a todos que los ama, a uno por uno, lo que equivale decir no amar a nadie. No sentir ninguna contracción a lo largo de su genital durante el tiempo de su profana y odiante actividad, la que ella sacraliza bajo una oculta Afrodita porteña.

Aquella antigua prostitución sagrada cuyo objeto era el amor, llega a transformarse en un eterno circuito del odio, donde la Gran Metáfora ganará su batalla. Digo “Gran Metáfora” a la Muerte donde Cupido (frágil y grave), tira su ultima y resistente flecha.

Cuando Ella, como el/la inquietante Jano, muestra la otra cara, la nocturna, maquillada una y otra vez, marcada por el penúltimo espejo de aquel laberinto de unívoco camino nos dice a las claras que no hace falta el hilo de Ariadna, aquí los Teseos (Deseos) sobran. Si hay sobras, si hay restos, son los hombres-clientes , que para ella “esos pobres animalitos que quedan tan desprovistos” son todos iguales .Las únicas diferencias serian, que algunos “son flacos, otros gordos, algunos lindos, otros feos". El Afecto permanente en el Infierno.

Es un rito sacrificial – repetición de lo que no puede ser -, multiplicación de Medusa, “mise en scene” de la Magna Mater atrapada en las fisuras de su “fading”. Evanescente figura de mujer que busca constantemente una representación.

Representación que como urticante fantasma ríe, con la misma articulación impasible del gato de Cheshire.

Ella es la misma Alicia (no en un país de maravillas, sino de enigmas concertantes) la que, con los ojos heridos contempla, sorprendida y vacilante, su propia Ausencia.

G R A F F I T T I

Ejemplos de “graffiti” encontrado en los baños de mujeres de distintos locales públicos de Buenos Aires:

- Te doy todo el placer. Llámame al Nro......

- Sucia sos y roñosa, cuando piensas en la cosa.

- a) Puta, ¿para qué lees esto?

- b) Puta, ¿para qué lo escribiste?

- c) ¿ Por que no se van las dos a la puta que lo Parió?

- M.Thatcher es la madre de todas las putas. (Frdo: Isabelita)

- Nena, compra vibradores, son mejores y más limpios que los hombres. (Belmont)

- Si te dejo un beso, ¿vos que me das?

a) Un trompazo.

b) Yo nada, por que no me gusta tu letra.

- ¿Cuánto cobras?

a) Yo lo hago por amor

b) Yo por un pan con dulce de leche

- La dueña de este local es una tortillera

a) Y vos como lo sabes?

b) Me lo dijo tu hermana

- Eva era mas hembra que Isabel, yo me encamaría con las dos!!

a) ¿Quién sos, Perón?

- Mañana digo basta! Silvina Burra

- ¿Qué te complace más?

a) que te mueras

- Nena regresá pronto a casa. (Firmado: la mamá de Caperucita)

(en la misma puerta)

a) Los hombres son todos unos lobos.

b) Vos, por que no me conociste!! (Firmado : la leñadora)

- Quien no llora, no mama. (Firmado: Mama mia)

Nota: Obtenidos de diferentes sitios de Buenos Aires – Capital y suministrados por mujeres de diferentes “inclinaciones” sexuales.

CITAS

(1) Barthes, R.- El placer del texto, México, Edit. Siglo XXI, 1980, p. 21.

(2) Confr. Choisy, Maryse – Psicoanálisis de la Prostitución, Buenos Aires, Edit. Horme, 1964.

(3) Bribbing, E. – Un modelo de objeto, Buenos Aires, Edit. Proteo. 1984, p. 19.

(4) Confr. Freud, S. – Eliade, M. - Choisy, M.

(5) Israel, L. – El goce de la histeria, Buenos Aires, Edit. Argonauta, 1979, p. 27.

Jorge Garzarelli es doctor en Psicología por la Universidad del Salvador. Profesor Titular de la Cátedra de "Psicología de la Religión" en dicha casa de estudios. Desarrolla múltiples actividades académicas, además de ejercer como analista en la práctica privada. Su tesis doctoral, de la cual el texto reproducido forma parte, se titula: "El mito: acerca de su producción en el inconsciente" (1987). Es autor, además, de los libros "Psicosociología del Turismo" y "Psicología del Deporte".

viernes, 18 de agosto de 2017

La importancia de la psicología de la religión

Francois Boucher, "El matrimonio de Eros y Psiqué", 1744

"La importancia de la psicología de la religión", por Juan Manuel Otero Barrigón

La riquísima mitología griega nos cuenta que Psique era la bella hija del rey de Anatolia. Al verla pasar, la gente se arrodillaba a adorarla como si de una divinidad se tratase; y por adorarla, no volvían a pisar los templos de Afrodita, la mismísima diosa de la belleza y del amor. Así, invadida por los celos, Afrodita ordenó a su hijo Eros que flechara a Psique, de manera que la princesa se enamorara perdidamente del monstruo más espantoso sobre la tierra. Salió de este modo Eros a realizar el encargo de su madre, intento infructuoso, ya que al contemplar a Psique, también él se enamoró de la joven princesa. Fue por eso que pidió a Céfiro, dios del viento del oeste, que transportara a Psique al lugar que le indicaría. Y cumpliendo con el encargo de su amigo, Céfiro levantó a Psiqué del sitio donde yacía dormida, transportándola suavemente hacia el interior de un jardín arbolado, a la vera de un palacio majestuoso. Consolada por una suave voz, Psique hizo de ese palacio su hogar. Por las noches, cuando la princesa se sumía en blando sueño, la oscuridad la despertaba con la visita de Eros, con quien compartía lunas de pasión. El divino arquero sólo había impuesto para ello una condición: Psique no intentaría descubrir su identidad, ya que de hacerlo, perdería su compañía para siempre. Sin embargo, y asaltada por la curiosidad, una noche Psique se acercó a su amante dormido sosteniendo la luz de una vela, desafiando su advertencia. Anodada al descubrir la belleza de su compañero, dejó caer una gota de cera sobre el cuerpo desnudo de Eros, quien despertó, visiblemente decepcionado. Tras recordarle la promesa que la joven había asumido, Eros abandonó a Psiqué, quien desesperada, salió a implorar a los dioses el regreso de su amante. Y fue así, que abatida como estaba, Psique acudió directamente ante la misma diosa del amor, poniéndose a su servicio, con la esperanza de recuperar a su amado inmortal. Afrodita propuso a Psique una serie de pruebas dificilísimas, que intuía que la joven no sería capaz de realizar. Tal era el precio impuesto por la diosa para que los amantes pudieran reencontrarse. Sin embargo, y con la ayuda de diferentes seres, Psique iría cumpliendo una a una las distintas tareas, conmoviendo a Eros, quien finalmente elevaría a la princesa hasta el monte Olimpo, para desposarse con ella. Este evento lo encontramos inmortalizado en distintas obras de arte, como la famosa pintura de Boucher, “El matrimonio de Eros y Psiqué”.

La palabra Psiqué deriva del sustativo griego ψυχή, que alude en un primer momento al soplo, hálito o aliento que exhala el ser humano al morir. Ya que se creía que ese aliento permanecía en el individuo hasta su muerte, ψυχή representaba también a la vida. Para los griegos, cuando la psique escapaba del cadáver, llevaba una existencia autónoma: la metaforizaban como una figura antropomorfa y alada, un doble o eidolon del difunto, que generalmente se dirigía al Hades, donde pervivía de modo lúgubre y fantasmal. Según cuenta muchas veces Homero, es propio de la psyché salir volando de la boca del que muere bajo la forma de una mariposa (que en griego se escribe también psyché), en alusión a las alas de la mítica princesa. Vemos así que Psique, de donde se origina la palabra Psicología, significa al mismo tiempo alma y mariposa, siendo esta última representación de la primera.

Por otro lado, la palabra terapeuta proviene del griego θεραπευτής, nombre con el cual los griegos designaban a los servidores de los templos y los dioses, y también, al seguidor de un dios concreto. Además, en el mundo hebreo, terapeutas fueron con toda probabilidad, un colectivo judío de la diáspora, cuyo nombre aludía a las pretensiones del grupo de curarse de las enfermedades del alma, con cuyo ejemplo podían luego ayudar a curar a los demás.

He aquí entonces que dos nociones tan densamente significativas para nuestra identidad profesional, psicología y terapeuta, tienen sus orígenes en un contexto religioso/mitológico/espiritual, en el interior de un paradigma donde dichas realidades se concebían de manera holística y siendo parte integrante de una misma realidad, tan lejos de los reduccionismos y de las “especializaciones” que caracterizan al campo del saber en nuestro mundo contemporáneo . Tal como señalara el filósofo transpersonal Ken Wilber, el devenir histórico de la psicología como ciencia empírica fue olvidando en el camino la vieja idea de que las raíces de la psicología se hunden en las profundidades del espíritu humano.

En el capítulo Facetas del alma contemporánea, de su obra “Los complejos y el Inconciente”, el psiquiatra suizo C.G. Jung señalaba, en alusión al siglo XIX, que “se asiste al nacimiento de una psicología sin alma, bajo la influencia del materialismo científico…”.

Es en este contexto que resulta oportuno destacar la importancia que los conocimientos e investigaciones relacionados con el campo de la psicología de la religión tienen para todo profesional que se dedique a la práctica clínica, independientemente de cual sea su modalidad de trabajo particular, y el encuadre teórico en el cual ancle su ejercicio terapéutico.

Sostener la necesariedad de integrar la dimensión religiosa y/o espiritual a nuestra mirada y práctica clínicas, supone cultivar, ante todo, un pensamiento sistémico expresado en el paradigma de la complejidad. Y esto debido, sobre todo, a que dicho paradigma nos permite concebir y pensar a la persona humana bajo prismas diversos, conjugados en una mirada o visión polinucleada, lejana a cualquier simplificación. En tiempos en los cuales distintas voces se alzan cuestionando la pretendida hegemonía impuesta por cierto reduccionismo biologicista en la comprensión del hombre, oponer a ello un psicologismo igualmente reduccionista, constituye una salida estéril. Y es que nuevamente, en palabras de C.G.Jung, “en virtud de que la religión constituye ciertamente, una de las más tempranas y universales exteriorizaciones del alma humana, sobrentiéndese que todo tipo de psicología que se ocupe de la estructura psicológica de la personalidad humana, habrá por lo menos de tener en cuenta que la religión no sólo es un fenómeno sociológico o histórico, sino también un importante asunto personal para crecido número de individuos.”

Lejos de la “muerte de Dios” que había decretado Nietszche, observamos desde hace tiempo un nuevo renacer de la vía religiosa como herramienta con la cual hombres y mujeres intentan lidiar con las exigencias, incertidumbres, ansiedades y dificultades que sobrevuelan este mundo líquido que habitamos. También, como un modo de abordar el vacío existencial que tantas personas experimentan, y la necesaria búsqueda de sentido constitutiva de nuestra subjetividad. Amén de que, y por razones socioantropológicas que exceden los límites de esta reflexión, dicha vía ya no se exprese tanto, como en otros tiempos, bajo el vasto paraguas que otrora suponían las religiones institucionales, sino a partir de búsquedas individuales, libres de mediaciones, pero búsquedas al fin.

No obstante ello, aún resulta evidente que los momentos trascendentales de casi toda la humanidad siguen enhebrados con la presencia de diversos ritos y prácticas religiosas: el nacimiento, las uniones, las iniciaciones y hasta la misma muerte, llevan el sello de distintas tradiciones religiosas y espirituales impresoras de sentido, cuya génesis se extiende hacia las profundidades de la psiquis, aún cuando conscientemente pudiéramos exhibir una actitud contraria a toda forma de confesión.

Por otro lado, la relevancia que para muchas personas ha adquirido la consulta psicoterapéutica, también ha dejado al descubierto la función religiosa y ritualística que esta puede llegar a cumplir: palabras, señalamientos, interpretaciones y silencios del psicólogo que llegan a funcionar como portadores de mensajes cuasi divinos para algunos pacientes, vectores organizadores de la vida de aquel que acude a la consulta.

Lo contrario es más conocido. Creyentes que acuden a su referente religioso en búsqueda de alivio a sus angustias y problemas, superponiéndose muchas veces la actividad ministerial con la asistencia psicológica que eventualmente dicho ministro es capaz de ofrecer.

Psicoterapia y religión no son, en este sentido, incompatibles. Una y otra, dentro de los territorios que les son propios, responden a la pluralidad de búsquedas que el ser humano es capaz de aventurar. Sostener lo contrario llevaría, al terapeuta o analista, a transgredir los límites éticos que suponen la actitud de respeto y comprensión frente a las elecciones vitales que realizan nuestros pacientes. Por supuesto que, la vida religiosa, también es susceptible de ser expresada, por diversas causas, psicopatológicamente. Allí sí será dable intervenir, ya sea ayudando a nuestros consultantes a liberarse de formas anquilosadas y estereotipadas de religiosidad, como a descubrir aquellas máscaras que, encubiertas en diversas sintomatologías propia de una vida religiosa inmadura, pueden atentar contra el pleno despliegue de sus facultades y potencialidades creativas. En todo caso, la evaluación por parte del profesional deberá ser cuidadosa, atendiendo a la singularidad del caso.

En su excelente libro “La importancia de la religión”, el recordado historiador Huston Smith señalaba que las cosas perdieron su profundidad y su magia cuando se impuso la visión científica del mundo, y quedaron así amputadas las raíces simbólicas de nuestro pasado. Pese a ello, todos conservamos un profundo anhelo de hondura y trascendencia, un “agujero con forma de Dios”, al decir de Blaise Pascal. Es este el motivo por el cual aún hoy la “religión” sigue siendo un tema relevante. Esto es incluso visible aún en aquellos casos en los cuales la posición personal consciente quizás sea irreligiosa. Víktor Frankl, el célebre padre de la logoterapia, hablaba de la “presencia ignorada de Dios”, que puede hacerse sentir en aquellos que, desdeñosos de toda forma de tradición espiritual o religiosa, apuestan por otro tipo de discursos con pretensiones igualmente totalizadoras, dando cuenta de ese impulso trascendente. El sabio suizo de Zurich decía que “a un hombre puedes quitarle sus dioses, pero sólo a condición de ofrecerle otros a cambio”. En nuestra época, por ejemplo, la ideología cientificista tan en boga en los últimos años, ha funcionado muy bien como alternativa sustitutiva en este contexto. Sin embargo, y más allá de los innegables beneficios que reporta y que ha reportado la ciencia a la humanidad, esta no es capaz de proveer un sentido global último a la existencia humana, ya que ello excede su función.

Como psicólogo de la religión, comúnmente advierto en mi práctica docente, cierta extrañeza inicial de muchos alumnos para quienes hablar de “lo religioso” en la carrera de psicología resulta, cuanto menos, llamativo o fuera de contexto. Afortunadamente, esta impresión remite con el transcurrir de los encuentros. De a poco nos vamos deslizando hacia un paradigma más integrador, orientado a una mirada que contemple la multidimensionalidad propia de la experiencia humana. En este sentido, la psicología de la religión en tanto disciplina aplicada, tiene mucho para aportar respecto a un ámbito tan constitutivo de la subjetividad. Ello supone, en primera instancia, el desafío de enfrentarnos cara a cara con nuestros propios prejuicios, y con nuestras actitudes de base hacia lo religioso y lo espiritual. Y es que si existe un proverbio que debiera regir la actividad de todo profesional, analista o psicoterapeuta, es aquel atribuido a Plubio Terencio Africano, cuando afirmaba: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”; Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno.

Bibliografía:
- Frankl, Víktor. La presencia ignorada de Dios. Editorial Herder, Barcelona, 2006.
- Jung, Carl Gustav. Psicología y Religión. Paidós, Barcelona, 1998.
- Jung, Carl Gustav. Los complejos y el inconsciente. Alianza Editorial, Madrid, 2008.
- Otero Barrigón, Juan Manuel. Temas de psicología de la religión. Disponible en: http://www.psicologia-online.com/ebooks/temas-de-psicologia-de-la-religion/
- Smith, Huston. La importancia de la religión. Ed. Kairós, Barcelona, 2002.
- Wilber, Ken. La visión integral. Ed. Kairós, Barcelona, 2008.

Juan Manuel Otero Barrigón es psicólogo. Ejerce como terapeuta en la práctica privada. Profesor adjunto en la cátedra "Psicología de la Religión", en la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina). Coordina la Red de Estudios Religare, y es autor del libro: "Threskéia y Psyché: Temas de psicología de la religión". 

viernes, 11 de agosto de 2017

C.G.Jung y el hombre contemporáneo: dos reflexiones

"Jung", por Vincent Michel Dupuid

I

"Suele creerse que Jung en sus propuestas privilegió sobre todo a la instancia que denominó "inconsciente colectivo". Por supuesto nadie duda que es uno de sus principales capítulos de sus teorizaciones, pero también encumbró a la consciencia, demostrando que tenía aspectos tanto racionales como irracionales, siendo esta función la promotora que otorgaba sentido y significado a la existencia humana. Sostenía que el hombre moderno enferma precisamente por la falta de sentido en su vida.
Hace tiempo que el hombre ha seguido un camino equivocado. En épocas pasadas poseía sus "ciudadelas" que le otorgaban cierto grado de seguridad psicológica a su vida; la creencia en un espíritu creador y en un alma viva (psique) no era materia de discusión.
Hoy, la razón, alimentada en frases como la de Descartes: "pienso, por lo tanto existo" y completada hasta el paroxismo por la llamada Ilustración, conmovió a dichos cimientos. Lo notable, es que nadie puso en duda esta frase porque convenía a la idea de relegar y silenciar los conceptos mencionados.. Nadie pareció advertir tampoco que para pensar primariamente hay que "existir".

II

"Por otro lado, me gustaría recordar una reflexión de Jung en la que crítica a cierto dogma, el que ya por su época hacía de las suyas a nivel académico, es la que dice así: " las enfermedades mentales son enfermedades del cerebro". Como lo señala, es un hecho antiguo, un residuo del materialismo de los años 70 del siglo XIX y se ha convertido en un prejuicio injustificable que podría frenar cualquier avance, cualquier estudio de esta fenomenología, pero desde otras miradas. Y agrega: "incluso, aunque fuera verdad, eso no es ningún argumento en contra de la investigación del aspecto psíquico de la enfermedad". Dice el investigador: "Nunca se ha demostrado y seguramente no se podrá demostrar, que todas las enfermedades mentales sean enfermedades cerebrales; de lo contrario, también debería poderse demostrar que el hombre piensa o actúa de esta manera o de otra, porque ciertas proteínas se han destruido o se han formado en otras células". Una visión semejante y con la cual coincidimos totalmente, nos conduce directamente al evangelio materialista: "el hombre es lo que come"

Dr. Néstor Eduardo Costa, analista jungiano, presidente de AFIPA

viernes, 4 de agosto de 2017

Sobre misticismo y psicopatología...


"El hombre desea, aspira a la unificación con el/la amado/a, unio mystica. La beatitud inmediata que procuran esas imágenes del sueño hace que deseemos reproducirlas durante el día, en la verdadera vida de todos los días. ¡Ay! Todavía debemos llevar el auto al lavadero...cortar el cesped...El hombre normal no lo logra, sólo el hombre anormal, el hombre excepcional lo consigue. No obstante, el relato de sus experiencias nos muestra este estado tan deseado bajo otra luz. Encontramos tales relatos donde de repente no los esperamos, particularmente en los místicos: Hadewijch, San Juan de la Cruz, Ruysbroeck, incluso Pascal. Todos hablan, en efecto, de unificación. Y en sus descripciones vuelven a aparecer constantemente los mismos rasgos. Primero, una presencia inmediata de algo, designado como Dios en la mayoría de los casos. Segundo, la posición pasiva: el místico o la mística no tienen la posibilidad de introducirse en forma activa. Y tercero, la experiencia es inefable: no podemos ni decirla ni describirla. Esta experiencia es una experiencia de extremo dolor y de goce que -característica que encontramos sistemáticamente- devora al individuo. Él mismo, en tanto individuo, deja de existir. Encontramos una descripción -o hay que decir apreciación-diferente en el dominio de la psiquiatría. Este estado de unificación con el entorno original, separado de todo retroceso reflexivo, es la psicosis alucinatoria, este ensueño nocturno del que el sujeto no puede, o puede apenas, despertarse. La diferencia principal con el misticismo es que aquí no hay beatitud, sino una angustia apenas nombrable". 

Paul Verhaeghe, "El amor en los tiempos de soledad", p. 68/69.