miércoles, 1 de agosto de 2018

"El Exorcista": una película sobre la fe


"El Exorcista", una película sobre la fe. 

Por Juan Manuel Otero Barrigón

La fama mundial del opus magnum de William Friedkin se debe, probablemente, a haber sido bautizada como la “la película más terrorífica de todos los tiempos”; honor este que la ubica como referente obligada en el vasto universo del cine de terror. Sin embargo, quizás su mejor caracterización estaría dentro del género de drama psicológico, debido a que, y junto a otro clásico de la época como “El bebe de Rosemary”, del director de culto Roman Polanski, El Exorcista no persigue tanto el susto fácil, como la invitación a una experiencia profunda de los protagonistas, y junto a ellos, a una reflexión sobre el carácter del mal.

Pero otra lectura que aquí me interesa, es la de “El Exorcista” como una película que, ante todo, nos sumerge en la gracia y el misterio de la fe. Este último aspecto quizás quedó relegado dado el carácter agnóstico de su director, pese a que el autor de la novela en la cual está basada la obra fílmica, fuese un hombre de fuertes convicciones católicas, formado por jesuitas.

William Peter Blatty basó su novela en los registros obtenidos de un caso de exorcismo real practicado en los años 40´. El sello personal de su obra es aún más evidente en la nueva y última versión de la película editada en el año 2000, que incluyó pequeñas escenas eliminadas en la versión original de 1973, y que acentúan su impronta existencial y religiosa.

Si el Exorcista, por antonomasia, es el anciano experimentado padre Merrin, el personaje sobre el cual brillan las luces, y se acentúan las sombras, es el joven sacerdote y psiquiatra Damien Karras.
Siguiendo sus pasos, la película se nos presenta como una reflexión sobre el sentido último de la fe, y su puesta en crisis, atravesando toda la experiencia del personaje hasta su redención final.

En este sentido, es difícil no identificarse, al menos momentáneamente, con el padre Karras, personaje riquísimo en cuyo interior se debaten el sentimiento de culpa, la melancolía, los cuestionamientos vocacionales y la búsqueda de sentido.

La paradójica situación del rostro limpio del Mal descubriendo la existencia del Creador se ve reflejada en esa pequeñísima escena en la cual Merrin y Karras dialogan sobre el significado teológico que la posesión demoníaca de una niña de doce años podría tener. “¿Por qué esta niña? No tiene sentido”, interroga un atribulado Karras, dando cuenta de su definitivo salto de fe kierkegaardiano, preludio inmediato a su sacrificio personal.

Si el mal, como sentenciaba San Agustín, no es sino mera privación del bien, en “El Exorcista”, su función se torna aquí denotativa, al punto tal de posibilitar la recuperación de ese don que se había perdido.

Sobre el final, cuando Chris MacNeil y la pequeña Regan abandonan su hogar, esta llega a vislumbrar, en el cuello romano del padre Dyer, la figura cercana de aquellos dos sacerdotes a los cuales no conoció, pero que su inconsciente, sabe, le salvaron la vida. Hermoso instante que condensa toda una reivindicación de la misión sacerdotal, donde lo humano demasiado humano, y lo divino, se encuentran.

Si la fe es un acto personal de respuesta libre a la iniciativa de Dios, en “El Exorcista”, pocas veces tan gráficamente, se nos representa como Dios opera, en circunstancias, de manera tan críptica y misteriosa. El saldo de dos sacerdotes muertos combatiendo al Maligno podría llevarnos a pensar, equivocadamente, que el objetivo de este fue cumplido. Sin embargo, la misión realizada de un inquebrantable Merrin, junto al sacrificio cúlmine del hijo pródigo regresando a la casa del Padre, nos permiten desmentir, de plano, esa lectura pesimista. El abrazo final de Regan a Dyer lo sintetiza cabalmente. La fe, verdadera protagonista de esta obra de arte, llega a brillar más viva que nunca. Tanto es así que, en su oscuridad óntica, hasta el Maligno la revela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario