viernes, 23 de mayo de 2025

El Alma de la Paz. Por Juan Manuel Otero Barrigón

El Alma de la Paz.

Juan Manuel Otero Barrigón (*)

En un mundo tan cansado de conflictos...

(¿estamos cansados de conflictos?)

...hablar de la paz puede parecer ingenuo.

O incluso provocar rechazo,

si se la confunde con sumisión,

o con quedarse al margen.

Como dijo el Papa Francisco:

“A veces, nada parece provocar más escándalo que la paz.”

Porque la paz verdadera no es una escapatoria.

Ni una estrategia para quedar bien.

Es una forma radical de habitar el mundo.

Un modo de amar sin querer controlar.

De resistir... sin destruir.

***

Desde la mirada de Jung,

la paz —cuando no es solo consigna o consuelo superficial—

es algo mucho más hondo.

Es una realidad arquetípica:

no solo un acto ético,

sino una imagen viva del alma.

Una experiencia que aparece

cuando el yo deja de pelear por ser el centro...

y algo más profundo toma el timón.

La paz es posible cuando logramos descentrarnos.

El arquetipo de la paz no niega los conflictos.

Permite mirarlos desde otro lugar.

No se identifica con la heroína o el héroe que levanta la espada,

sino con quien se anima a convertirla... en arado.

***

Martin Luther King Jr. enseñaba

que la no violencia, estrategia para alcanzar la paz,

 no es quedarse quieto frente el mal.

Todo lo contrario:

es una resistencia activa, lúcida,

arraigada en la dignidad de todo ser humano.

No busca humillar,

sino tocar el corazón.

No lucha contra personas,

sino contra las fuerzas que enferman el alma:

la injusticia, el odio, la exclusión.

Esta paz no impone.

Revela.

No busca ganar.

Desarma la lógica del “yo gano y vos perdés”.

Su fuerza es subversiva:

desactiva el instinto de revancha

y lo convierte en presencia.

Es alquimia del alma:

convierte el plomo de la reacción automática

en el oro de la respuesta consciente.

Así lo enseñaron Buda, Jesús, Gandhi, Luther King,

Así lo enseñaron la Madre Teresa, el Papa Francisco...

Y así también lo enseñan, en silencio,

los gestos pequeños de quienes, día a día,

eligen no devolver golpe por golpe.

***

No hay paz verdadera si no asumimos primero nuestra guerra interior.

No podemos construir hacia afuera

lo que negamos por dentro.

La sombra —eso que no queremos ver de nosotros mismos—

no desaparece con solo tener buenas intenciones.

La paz nos pide mirar de frente

incluso nuestras formas más íntimas de violencia.

Mirarlas con simpatía, como decía James Hillman.

No para justificarlas,

sino para comprender de dónde vienen.

Para escuchar su dolor.

Porque la paz no es lo mismo que la calma constante.

No es la represión del conflicto.

***

Si la convertimos en ideal vacío,

desconectado de la experiencia viva,

entonces se infla de buenas intenciones...

y luego vuelve... como síntoma.

Lo que no se reconoce —el enojo, el miedo, la ira, la envidia—

no se disuelve.

Se manifiesta de forma distorsionada.

O se esconde.

O se proyecta.

Idealizar la paz podría sonar así:

No debería haber conflictos”... (aunque los haya).

Tengo que ser calmo, puro, impasible”... (aunque esté herido por dentro).

Los ideales inflados que se alejan demasiado del alma

pierden vitalidad psíquica.

Y se convierten en algo mortífero.

Ya que cuando no se arraigan en la experiencia concreta,

el alma se seca.

Y lo que parecía paz...

se vuelve algo muerto.

Porque el alma no soporta

los vacíos disfrazados de serenidad.

Entonces, eso que se reprimió… vuelve.

Como angustia sin motivo aparente.

Como falsa espiritualidad que teme el conflicto.

Como violencia proyectada:

“yo soy pacífico, los violentos son ustedes”.

Pero la paz no es un edén sin conflictos.

Es una creación frágil, viva, siempre trabajosa.

***

Hoy, en el mundo, hay al menos cincuenta y siete guerras activas.

Algunas estallan con estruendo.

Otras se disfrazan de “operaciones de paz”.

En este contexto,

quienes buscan la reconciliación

son muchas veces señalados como débiles.

O incluso como traidores.

Pero —como dice el Papa Francisco—

no podemos rendirnos ante la retórica ni ante la psicosis de la guerra.

Porque sí:

buscar la paz conlleva riesgos.

Pero el camino de las armas… siempre trae riesgos mayores.

La verdadera fuerza

no se basa en levantar muros ni en tener armas.

La verdadera fuerza

es poder sembrar paz…

incluso en tierra árida.

Es animarse al diálogo donde reina la desconfianza.

Es tratar al otro con la misma compasión

con la que quisiéramos ser tratados.

A veces me gusta imaginar la paz

como una figura andrógina, descalza,

caminando entre ruinas… sin levantar polvo.

O como un ciervo blanco,

que atraviesa el campo de batalla… sin ser tocado.

Su sola presencia cambia el plano.

No impone: transforma.

Desde un gesto silencioso, amoroso, descentrado.

Porque la transformación no nace de tener el control,

sino de estar dispuestos a soltar el centro.

Y entonces…

¿qué tan dispuestos estamos a descentrarnos?

***

Las religiones —cuando conectan con su fuente más profunda—

han sido guardianas de esta dimensión.

Bienaventurados los que trabajan por la paz”, dice el Evangelio,

“porque serán llamados hijos de Dios.”

Y también nos habla el Salmo 23:

El Señor es mi pastor, nada me falta.

Me conduce hacia aguas tranquilas,

repara mis fuerzas.

Me guía por senderos de justicia…

por amor de su nombre.”

Paz y justicia son hermanas.

No pueden separarse.

La paz que calla ante la injusticia… no es paz.

Es resignación.

O complicidad.

Y la justicia que nace del odio…

tarde o temprano se vuelve venganza.

***

Marshall Rosenberg decía

que el desafío es ser paz,

en un mundo que casi siempre está en guerra.

Una tarea inmensa.

Pero también cotidiana, imperfecta, y por eso mismo posible.

Y así deja pequeñas recomendaciones —que no son tan pequeñas—:

vivir con alegría,

respetarnos y hacernos respetar,

no actuar desde la furia,

abrir el corazón a la reconciliación,

hacer las paces.

Con uno mismo.

Con el otro.

Con lo que está roto.

***

No negamos los conflictos.

No confundimos al agresor con el agredido.

Y tampoco somos neutrales.

Tomamos partido.

Tomamos partido por la paz.

Y sabemos que una paz real, duradera,

no se construye con amenazas ni con miedo.

No nace de la disuasión, ni del castigo.

Sino de economías que no maten.

De comunidades que no excluyan.

De corazones que no se cierren.

Porque —como dice la sabiduría antigua—

“lo que uno siembra… eso cosechará.”

***

Tal vez estemos, como humanidad,

frente a una gran encrucijada.

Después de siglos dominados por el cálculo,

la competencia,

la lógica del “yo primero”,

es tiempo de dar un paso nuevo.

Un paso hacia una humanidad distinta:

solidaria, compasiva, interdependiente.

La encíclica Fratelli tutti nos recuerda

que el futuro no pertenece a los ladrones de esperanza,

sino a los pueblos que saben vivir como hermanos.

El futuro no se sostiene sobre la imposición,

sino sobre una autoridad

que se pone al servicio del bien común.

Después de la libertad y la igualdad,

que marcaron las aspiraciones de los siglos XIX y XX,

la fraternidad es el gran desafío del siglo XXI.

No como ideal abstracto.

Sino como forma concreta de vivir.

De convivir.

De cuidar lo común.

El futuro no puede ser solo del homo sapiens.

Hace falta dar un salto.

Un salto que nos acerque al homo frater.

Ya no basta con saber.

Ni con sobrevivir.

Necesitamos el arte del cuidado mutuo.

De la ternura sin ingenuidad.

De la fortaleza que no destruya.

La paz, entonces, no es un punto de llegada.

Es una forma de caminar.

Cultivada paso a paso,

al otro lado del conflicto.

Con ternura activa.

Con persistencia amorosa.

Con la firme decisión de quienes creen

que otra humanidad no solo es necesaria…

sino posible.

***

Hoy, mientras caminamos el Jubileo de la Esperanza,

el llamado a la paz vuelve a sonar.

Con urgencia.

Con fuerza antigua y nueva.

No como nostalgia de un mundo sin disputas.

Sino como tarea sagrada que nos compromete…

aquí y ahora.

Porque la esperanza, como la paz,

no es pasividad.

Es un acto creador.

Nos llama a levantar lo que cayó,

a encender lo que se apagó,

a cuidar lo que aún late.

Ojalá este Jubileo no sea solo un paréntesis piadoso.

Sino el pulso real de una humanidad que,

aun entre ruinas,

se atreva a creer,

a sanar,

a empezar de nuevo.

Y ojalá todos, alguna vez, podamos decir:

“Tu paz es mi mejor regalo…

y solo te pido que sea duradero”.

 

Mayo, 2025


(*) El trabajo fue presentado en la Mesa Redonda "Formación de líderes comunitarios por la Paz", celebrada el Viernes 23 de Mayo en la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad del Salvador. El evento contó con la participación de distintos expositores.




lunes, 19 de mayo de 2025

Jung y la huella de lo divino. Una meditación cortísima.


Créditos Fotografía: Kairos Film Foundation


Una de las tesis más sugerentes de Bernardo Nante es que la obra de Jung puede leerse como una respuesta —no dogmática— a la llamada “muerte de Dios”. No para negar esa pérdida ni para restaurar creencias antiguas, sino para abrir una vía distinta: la del alma. Jung no propuso una nueva religión, como algunos acusaron; nos invitó a escuchar lo sagrado donde menos se espera: en los sueños, en los mitos, en los síntomas, en aquello que duele y también en lo que maravilla. Como si dijera: aunque Dios haya muerto en las iglesias, algo de lo divino sigue hablando en la psique. Y aprender a escucharlo, sin fórmulas, ya es un acto profundamente religioso.
Quizás por eso su obra sigue tocando una fibra tan actual: porque nos recuerda que el alma no muere con los dogmas, y que lo espiritual no se agota en lo confesional (aunque sin dudas lo incluya). En tiempos de vacío y desconcierto, Jung abre una tercera vía: no la del credo impuesto ni la del cinismo resignado, sino la de un peregrinaje interior, donde el misterio vuelve a tener lugar —aunque sea en voz baja— dentro del corazón humano.

JMOB. 



lunes, 12 de mayo de 2025

Jornada. Grupo Eón - "El futuro interior: extendiendo puentes hacia el encuentro entre las inteligencias humana y artificial. Reflexiones desde la psicología junguiana".

 



JORNADA. "El futuro interior: extendiendo puentes hacia el encuentro entre las inteligencias humana y artificial. Reflexiones desde la psicología junguiana".

🗓️ Fecha: Sábado 31 de Mayo de 2025.
🕰️ Horario: 10 a 13hs (GMT-3) Buenos Aires, Argentina
💻 Modalidad virtual sincrónica – por Plataforma Zoom
🎓 Actividad LIBRE Y GRATUITA – con inscripción previa

Organiza
🌀 Grupo EON – Espacio de confluencia junguiana

Exponen y presentan:

🧠 Presentadora: Lic Rita Saltalamacchia. Psicóloga clínica. Docente universitaria (Universidad Nacional de San Luis). Miembro de Abraxas & AFIPA

🧠 Expositor: Dr. Néstor E. Costa. Doctor en Psicología. Analista de orientación junguiana. Presidente de AFIPA (Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica). Autor de libros sobre la obra de C.G.Jung . Ponencia: "Una extraña relación...¿o no tanto?"

🧠 Expositora: Antr. Doris Castellanos. Antropóloga de la Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia. Creadora de StoryTailors. Investigadora de patrones arquetipales. Ponencia: "El príncipe que buscaba la inmortalidad, la historia de una inteligencia muy lejos de la tierra".

🧠 Expositora: Clr. Johanna Raña. Consultora Psicológica. Supervisora técnico profesional. Docente en Cátedras de Prácticas profesionalizantes. Miembro de AFIPA. Ponencia: "Ensayo sobre la Inteligencia Artificial y la idea de Unus Mundus".

🧠 Expositora: Lic. Virginia Modarelli. Licenciada en Psicología. Licenciada en Letras (Universidad de Buenos Aires). Docente universitaria. Psicóloga clínica y supervisora particular. Ponencia: "Hacia una actualización de la ontogenia: el cuestionamiento de las inteligencias artificiales a la naturaleza humana".

🧠 Expositor: Lic. Juan Manuel Otero Barrigón. Psicólogo Clínico y de la Religión. Docente Cátedras: "Psicología de la Religión" - "Teoría y Práctica de la Psicología Analítica - C.G.Jung" (Universidad del Salvador). Ponencia: "El Reloj del Apocalipsis. Una metáfora contemporánea".

👥 Destinatarios: abierto a todo público.

FORMULARIO DE INSCRIPCIÓN





sábado, 10 de mayo de 2025

Serie Meditaciones #20. La psicología junguiana y ¿qué llamamos “empírico”?. Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACIÓN #20

La expresión “evidencia empírica”, que es parte del vocabulario habitual de los científicos positivistas y de algunas corrientes cognitivo-conductuales, suena precisa, pero en realidad traiciona su propio sentido cuando se la reduce al dato medido, cuantificado o replicado en laboratorio.
Empírico viene del griego empeiría (ἐμπειρία), que se forma a partir de en- (“dentro”) y peira (“prueba”, “intento”). Literalmente, significa “haber probado por uno mismo”.
Y eso, para quienes trabajamos desde una psicología de la profundidad, supone esencialmente experiencia vivida: lo sentido, lo soñado, lo intuido, lo que conmueve desde dentro.
Llamar “empírica” a lo que, en todo caso, es evidencia experimental, es un ardid orientado a colonizar el lenguaje de la experiencia con los criterios del control externo.
Es olvidar que lo empírico es también lo simbólico, lo que ocurre en el mundo interior, donde lo sensible y lo imaginado se entrelazan con lo real, en la intimidad del sufrimiento y el misterio.
Lo que necesita ser escuchado, más que medido.
Y es reducir la psique a protocolo.
Hay cosas que no se pueden medir, pero sí comprender.
Y hay verdades que no se prueban: se viven.
Y su prueba es la transformación interior que suscitan.

JMOB.

sábado, 26 de abril de 2025

Mesa Redonda: Formación de líderes comunitarios por la Paz

Desde la Cátedra de Psicología de la Religión (USAL) y el Proyecto de Educación para la Paz (coordinado por el Dr. Jorge Garzarelli), los invitamos a participar de la Mesa Redonda que vamos a celebrar el viernes 23 de Mayo a las 18.30hs, en el Auditorio de la Facultad de Psicología & Psicopedagogía de la Universidad del Salvador (Marcelo T. de Alvear 1327, CABA). La entrada es libre y gratuita.

martes, 24 de diciembre de 2024

Serie Meditaciones #19.Sobre el uso de la palabra ALMA en mis aforismos y meditaciones. Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACION #19

En psicología profunda, cuando hablamos de alma no nos referimos a algo que se pueda definir con exactitud o poseer como un objeto. El alma es más bien una forma de acercarnos a la vida, una manera de mirar con profundidad, de notar los detalles que a veces pasan desapercibidos en lo cotidiano, en las contradicciones, en lo pequeño y lo grande.

Siguiendo ideas como las de James Hillman y Thomas Moore, el alma no está interesada en respuestas rápidas o definitivas. Más bien, se mueve en el terreno de las preguntas: esas preguntas que no siempre tienen solución inmediata, pero que abren caminos para explorar y entender nuestra experiencia. Es en los mitos, en las historias que contamos y escuchamos, en los momentos de asombro, y especialmente en el dolor, donde el alma se manifiesta.

En el ámbito clínico, cuidar el alma no significa resolver problemas como si fueran ecuaciones. Sino acompañar a la persona a encontrar sentido en lo que vive, a escuchar lo que sus emociones, incluso las más difíciles, están tratando de expresar. A veces, eso que duele o parece caótico contiene claves importantes sobre quiénes somos. Cuidar el alma es un trabajo de atención y presencia, más que de soluciones. Es aprender a vivir con lo que nos revela: nuestras alturas, nuestras profundidades, y todo lo que hay entre medio.


JMOB.

sábado, 21 de diciembre de 2024

Serie Meditaciones #18. El umbral del enojo. Por Juan Manuel Otero Barrigón

MEDITACION #18 

Viendo una charla sobre la polarización social como signo de esta época, me quedé pensando en una frase del jesuita Emmanuel Sicre: “El enojo como clave de interpretación de la realidad es una trampa”. Es cierto que el enojo nos sacude cuando algo se quiebra, cuando una verdad nos pincha de frente, cuando una realidad que sentimos injusta nos subleva; pero cuando lo tomamos como único principio interpretativo, nos termina encerrando en su propia lógica, donde cada detalle pasa a ser un enemigo o una amenaza. El enojo muchas veces se disfraza de justicia, de defensa de lo correcto, pero nos atrapa en un ciclo repetitivo, donde cada respuesta es más feroz, y menos profunda. ¿Qué pasa cuando, al final del camino, ya no sabemos cómo pensar sin ira? Jung, al reflexionar sobre las emociones, decía que "todos los fenómenos psicológicos llevan inherente algún sentido de finalidad, incluso los meramente reactivos" (1916). El mundo se parte, sí, pero ¿y si esa fragmentación, cargada de ira, no fuera también un umbral, una puerta entreabierta hacia algo más grande? Tal vez la verdadera confrontación no sea con el otro, sino con lo que nos queda cuando dejamos de pensar en términos de enemigos.

JMOB.


lunes, 2 de diciembre de 2024

Tres jesuitas en el cine: pinceladas reflexivas sobre "El Exorcista", "La Misión", y "Silencio". Por Juan Manuel Otero Barrigón

 TRES JESUITAS EN EL CINE: 

PINCELADAS REFLEXIVAS SOBRE “EL EXORCISTA”, “LA MISIÓN” y “SILENCIO”

Juan Manuel Otero Barrigón

Nota aclaratoria: En el siguiente trabajo se omiten los detalles argumentales de las mencionadas películas, excepto en los casos puntuales en que resultan indispensables para ilustrar o fundamentar alguna reflexión.


***

Nos vamos a detener en un tríptico cinematográfico que explora con hondura distintas facetas de la espiritualidad jesuita: El Exorcista, La Misión, y Silencio. Cada una de estas películas ofrece una visión única sobre los dilemas, creencias y matices de esta tradición espiritual. Desde el compromiso por la justicia social hasta el oscuro enfrentamiento con el mal y la intimidad del silencio divino, estas obras guían al espectador por los senderos de una espiritualidad profunda.

La mirada de William Friedkin, Roland Joffé y Martin Scorsese nos permite reconocer desafíos éticos y resonancias existenciales en la interacción entre lo divino y lo humano. La narrativa fílmica se convierte en terreno fértil para explorar esta geografía espiritual: imágenes, sonidos y actuaciones memorables crean una sinfonía que revela la fuerza de la fe en sus manifestaciones diversas.

Este pequeño análisis busca desentrañar parte de la riqueza de estos relatos y cómo cada uno construye un mosaico interpretativo que aborda tanto lo ético y teológico como lo existencial. Desde las imponentes cataratas de Iguazú hasta las sombras de un cuarto poseído y los campos de arroz del Japón feudal, estas películas exploran una espiritualidad viva, encendida por Ignacio de Loyola hace más de quinientos años.

Procuro aquí no tanto desglosar el argumento de cada una de estas películas, sino más bien mostrar cómo el cine puede dar forma a las complejidades de la fe. A través de símbolos visuales y metáforas sonoras, intentaremos captar cierta esencia evocadora en estas obras, indagando en la poesía encerrada en algunos de sus personajes y en la profundidad de ciertos motivos o escenas.

EL EXORCISTA


La figura del Padre Damien Karras en "El Exorcista" expresa una amalgama compleja de elementos existenciales, psicológicos y teológicos. Como sacerdote y psiquiatra, Karras encarna una dualidad que refleja la tensión entre modernidad y tradición. Su condición de psiquiatra, heredera de preceptos racionalistas, actúa como el crisol donde se forja su conflicto con la fe y su lucha con la pérdida de certeza espiritual.

Karras es un hombre en plena lucha interna, marcado por el peso de la culpa y una fe tambaleante. Su especialidad psiquiátrica lo sitúa en el centro de la tensión entre la ciencia y lo sobrenatural, lo cual siembra una duda creciente en su propio dominio espiritual. La psiquiatría es para Karras un lente moderno que le hace ver los misterios de la mente humana como fenómenos complejos, pero la intervención demoníaca en el caso de Regan lo confronta con una realidad que trasciende lo meramente psicológico.

Teológicamente, Karras encarna el desafío de una fe puesta a prueba por los valores de la modernidad. La razón y la ciencia, representadas por su formación, actúan como un contrapeso constante que amenaza la firmeza de su creencia. Mientras enfrenta a un demonio tangible, Karras se encuentra sumido en su propio infierno de escepticismo y desilusión, donde la sombra de su incapacidad para sostener su fe se vuelve un peso que lo empuja  hacia una encrucijada fatal.

La vida de este sacerdote melancólico refleja un escenario de tensiones existenciales y espirituales: la pérdida de su madre, la soledad desgarradora y el choque entre su ciencia y su fe componen un retrato de identidad fracturada. Al enfrentarse al demonio que posee a Regan, su propio conflicto se proyecta en la lucha con el mal, convirtiendo su historia en una exploración de los límites de la fe en un mundo donde lo sagrado y lo secular colisionan.

Como contrapunto, el Padre Lankester Merrin representa una fe enraizada y una convicción teológica inamovibles. A diferencia de Karras, Merrin emerge como una encarnación viva de la tradición espiritual, enfrentando al mal con una certeza decidida. En su figura, se representa la autoridad de la Iglesia en su lucha contra el mal, y su experiencia en exorcismos se convierte en una sabiduría que no depende de argumentos intelectuales, sino de una experiencia directa con el mysterium iniquitatis. En un mundo cada vez más racionalista, Merrin es el símbolo de una fe que no cede ante las corrientes del pensamiento contemporáneo.

Merrin encarna una fe templada en los horrores de la vida, marcada por su experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Esta dimensión histórica dota su figura de una profundidad que sugiere que su creencia no es un mero constructo teórico, sino una verdad afirmada en los momentos más oscuros de la historia humana. Psicológicamente, su convicción en el poder de la posesión demoníaca y su rol como exorcista revelan un espíritu sólido, opuesto al conflicto interno de Karras. La fe de Merrin, lejana a la duda, lo hace el antídoto espiritual frente a las fuerzas oscuras que amenazan con devorar la inocencia de Regan. Y es que Merrin representa aquella fe que probada por el dolor del mundo, se convierte en una llama que ni la mayor de las sombras puede extinguir.

En la dialéctica entre Karras y Merrin se revela un paisaje espiritual que abarca las distintas esferas de la vida. Karras encarna las tensiones modernas y las dudas de una fe en crisis, mientras que Merrin personifica la solidez de la tradición, que resiste y confronta las sombras sin vacilaciones. Ambos personajes, en su contraste, reflejan la lucha constante entre la luz y la oscuridad en el alma humana. 

LA MISIÓN

La figura del Padre Gabriel en La Misión nos revela la íntima complementariedad existente entre la devoción espiritual y la comprensión de las complejidades sociales y culturales de la época en la que vivimos. Como jesuita en las tierras de América del Sur en el siglo XVIII, Gabriel ejemplifica una espiritualidad ignaciana comprometida con la misión de evangelizar, pero también de proteger y dignificar a los pueblos indígenas.

Gabriel representa la esencia de la misión jesuita al encarnar un compromiso con la justicia social. Su fe se manifiesta en la defensa de la dignidad humana y en el respeto por la sacralidad de las culturas nativas. Su enfoque de la fe desafía interpretaciones rígidas, reconociendo la espiritualidad intrínseca en la vida de los aborígenes.

En el plano humano, Gabriel demuestra la capacidad de adaptación y empatía propia de la espiritualidad ignaciana. Su uso de la música como forma de acercarse a los pueblos nativos ilustra su aprecio por la diversidad cultural y su deseo de expresar la fe en un lenguaje comprensible para aquellos a quienes sirve. En medio de las tensiones coloniales y los conflictos políticos, Gabriel se muestra como una figura de paz y reconciliación, reflejando una humanidad que busca superar la violencia con la compasión.

La respuesta de Gabriel a la violencia, en particular su rechazo a las armas aún en defensa propia, introduce una dimensión ética que resuena con las enseñanzas cristianas de perdón y misericordia. Su resistencia pacífica frente a la injusticia expresa la capacidad ignaciana para abordar las adversidades con una firmeza que no traiciona la esencia del evangelio.

El Padre Gabriel es una figura que plasma la convergencia entre la teología ignaciana y un profundo humanismo. Su personaje ilustra cómo la fe puede ser activa y transformadora, una fuerza que cobra vida en la intersección de lo espiritual con los dilemas humanos y sociales.

SILENCIO


En Silencio, de Martin Scorsese, los personajes de los sacerdotes Sebastião Rodrigues y Cristóvão Ferreira sintetizan una encrucijada existencial, enfrentando los límites de la fe en el desafiante contexto del Japón feudal. La historia despliega los matices de la espiritualidad jesuita, llevándolos a confrontar la durísima realidad de la persecución religiosa.

La persona de Rodrigues revela una complejidad teológica fascinante. Su viaje a Japón comienza con la convicción en su misión evangelizadora, pero, ante la brutalidad de la persecución y el aparente silencio de Dios, su teología se tambalea en la cuerda floja entre la lealtad a la fe y la compasión humana. Este dilema teológico convierte su conflicto en una exploración profunda de la relación entre la fe y la acción ética, al debatirse entre resistir y ceder.

Por su parte, la trayectoria de Ferreira cuestiona los principios teológicos desde su propia apostasía. Su renuncia pública a la fe arroja una sombra sobre las convicciones de Rodrigues, quien debe enfrentar la posibilidad de que el acto de evangelizar pueda fracasar en un contexto tan implacable. La complejidad de Ferreira radica en su adaptación aparente al budismo japonés, un paso que desafía la universalidad de la fe cristiana y plantea interrogantes sobre la validez de los valores espirituales en un mundo que no los comparte.

Desde el lado humano, Rodrigues se muestra como un hombre profundamente vulnerable, atrapado en sus luchas internas y las decisiones desgarradoras que debe tomar. Su deseo de aliviar el sufrimiento de los fieles lo empuja hacia decisiones que sacuden los cimientos de su formación teológica. En este sentido, Rodrigues no solo es un defensor de su fe, sino también un ser humano que se debate entre sus creencias y la compasión.

Ferreira, en cambio, se presenta como alguien marcado por las cicatrices de su propia rendición. Su apostasía conlleva un peso existencial, dejando su espiritualidad fracturada y su humanidad teñida de arrepentimiento. La película sugiere que, en la colisión de lo humano y lo divino, ambos personajes encarnan la lucha por sostener la fe en un mundo que desafía cualquier certeza.

A través de Rodrigues y Ferreira, Silencio invita a reflexionar sobre los avatares de la fe en situaciones extremas, donde las decisiones espirituales y humanas se imbrican de manera contundente en un terreno ambiguo, disolviendo las divisiones simplistas entre lealtad y renuncia.

INTERLUDIO: NUDOS TEMÁTICOS

Las películas La Misión, El Exorcista, y Silencio forman un tríptico cinematográfico que, aunque diverso en contexto y tema, profundiza en la espiritualidad jesuita y explora la fe religiosa en escenarios históricos y existenciales variados. A través de los sacerdotes Gabriel, Karras, Rodrigues, y Ferreira, estas obras construyen una narrativa sobre las múltiples dimensiones de la vida espiritual, abordando dilemas éticos, teológicos y conflictos internos.

En La Misión, el Padre Gabriel representa una espiritualidad en confrontación con el choque cultural y las tensiones coloniales. Su compromiso de fe se manifiesta en el servicio y la defensa de la dignidad humana, con una lucha externa contra las injusticias coloniales y la protección de un espacio donde puedan coexistir la fe y la cultura indígena.

El Exorcista nos presenta a Karras y Merrin enfrentándose a un mal que desafía la razón. Karras, también psiquiatra, encarna la tensión entre la modernidad y la fe, mientras que Merrin representa la convicción teológica en la batalla contra lo demoníaco. Ambos, a su manera, deben enfrentarse a lo sobrenatural y proteger la integridad espiritual de una joven poseída.

Silencio sigue a Rodrigues y Ferreira en un Japón feudal donde la persecución religiosa desafía la fe en sus límites más extremos. Rodrigues, al principio con una convicción inquebrantable, se debate entre su fidelidad teológica y la compasión por el sufrimiento humano, mientras que Ferreira ha cedido a la apostasía, lo que introduce un dilema sobre la universalidad de la fe cristiana.

Estas historias coinciden en la confrontación con el sufrimiento humano, la adaptación a contextos diversos y la lucha contra el mal, aunque difieren en la naturaleza de sus conflictos. La Misión se enfoca en la tensión colonial y cultural; El Exorcista en el choque entre modernidad y tradición; y Silencio en la persecución y el silencio de Dios. Juntas, ofrecen una visión rica y compleja de la espiritualidad jesuita, revelando la profundidad de la experiencia religiosa en escenarios desafiantes y diversos.

KARRAS

La experiencia del Padre Karras en El Exorcista evoca elementos de la espiritualidad ignaciana, en especial el discernimiento, la libertad interior y la búsqueda de la mayor gloria de Dios.

El discernimiento, clave en las enseñanzas de Ignacio, orienta la lucha de Karras mientras intenta comprender y enfrentar la posesión demoníaca de Regan. Como sacerdote y psiquiatra, tiene que distinguir entre el sufrimiento psicológico y la realidad del mal espiritual, una tarea complicada por su propia crisis de fe. Su talante melancólico dificulta aún más su discernimiento interior, en una situación límite en la que la claridad y la percepción del Espíritu parecen estar siempre en disputa.

En su búsqueda de libertad interior, otro pilar ignaciano, Karras intenta liberarse de la incredulidad y las dudas que lo atan. La espiritualidad ignaciana insiste en el desapego necesario para actuar conforme a la voluntad divina, y Karras, a medida que lidia con su propia incredulidad y la naturaleza del mal, explora esta libertad interna, encontrando en su lucha un camino hacia la claridad en medio de la incertidumbre.

Aunque sumido en la oscuridad y el dolor, Karras persigue la mayor gloria de Dios. Su entrega y disposición a enfrentar el mal para proteger el alma de Regan revelan un profundo deseo de honrar a Dios a través del servicio. En su sacrificio, el personaje llega a encarnar el ideal ignaciano de buscar a Dios en todo, incluso en los momentos de mayor desolación, apuntando hacia una fe que brilla en la misma noche oscura que todo lo envuelve.


GABRIEL

En La Misión, el Padre Gabriel ejemplifica con fuerza los principios de la espiritualidad ignaciana, especialmente en su integración de la fe con la acción y en su compromiso con la justicia.

Desde su decisión de establecer las misiones hasta su confrontación con las potencias coloniales, Gabriel demuestra un discernimiento constante, guiado por su búsqueda de la voluntad de Dios en cada paso. Su proceso de toma de decisiones refleja la profunda conexión entre su fe y la defensa de los pueblos indígenas, enfrentando dilemas éticos en un contexto de opresión y violencia.

La búsqueda de la mayor gloria de Dios impulsa su renuncia a la violencia armada y su entrega a la providencia divina, aún en medio de la persecución. 

Siguiendo el principio ignaciano de "trabajar como si todo dependiera de uno y rezar como si todo dependiera de Dios", Gabriel actúa en defensa de los derechos de los indígenas, convirtiendo su fe en una acción concreta y comprometida. Más que predicar, busca encarnar su misión a través del servicio, integrando la justicia social en su vocación evangelizadora.

RODRIGUES

El Padre Rodrigues, en Silencio, asume la inculturación al adaptarse a la cultura japonesa y enfrentar las complejidades que esta plantea. Su capacidad para integrarse y encontrar a Dios en cada experiencia cotidiana refleja la flexibilidad espiritual promovida por Ignacio, buscando servir en cualquier contexto con apertura y respeto.

La confrontación con el sufrimiento humano se convierte en un eje central en su vida, alineándose con la tradición ignaciana de afrontar valientemente la realidad. En medio de la aparente ausencia de Dios y el dolor de los mártires, su dilema entre la fidelidad a su fe y la compasión hacia el sufrimiento de los demás muestra la profundidad de su lucha espiritual en un contexto moralmente complejo.

DILEMAS

MODERNIDAD VS TRADICIÓN

Karras, en El Exorcista, encarna el espíritu moderno que trasluce el debilitamiento de la fe: es un hombre de ciencia, sumergido en el mundo de la psiquiatría, que busca comprender los misterios de la mente desde el materialismo racionalista. Su escepticismo inicial hacia la posesión demoníaca es reflejo de la mentalidad moderna que trata de explicar fenómenos históricos y místicos a través de la lógica. Esta postura científica y escéptica es a la vez su escudo y su debilidad, ya que lo enfrenta con un mundo de enigmas que desafía su comprensión y cuestiona los límites de la modernidad.

El paradigma de Karras se revela vulnerable frente al sufrimiento y la desesperación. Su lucha interna, alimentada por su formación científica y su herencia espiritual, se intensifica con cada nueva manifestación sobrenatural en el caso de Regan. La ciencia, con su poder para analizar y comprender, se muestra insuficiente frente a una realidad innegable que rebasa los límites de lo racional. Así, la tradición reaparece en su vida, no como una reliquia del pasado, sino como una fuerza viva y altamente desafiante.

La tradición, encarnada en los rituales antiguos de la Iglesia, no supone meros actos de fe, sino herramientas que integran lo humano en lo divino. Su batalla contra el Mal se traduce en un rito de paso. Cuando invita al demonio a poseerlo, Karras realiza un acto de sacrificio que va más allá de su racionalidad científica y reafirma su compromiso espiritual.

La obra de Ángel Faretta ofrece una visión interesante para entender este conflicto. 

El eje vertical forma parte de la teoría estética del cine y del arte en general planteada por este autor. Al romper verticalmente con la horizontalidad del teatro, el cine se consolida como un arte aparte.
Un eje vertical puede ser presentado como una escalera, una diferencia de alturas, un movimiento de cámara ascendente o descendente, entre otras. Sin embargo, no toda escalera, por citar un ejemplo, es un eje vertical. Este elemento o cualquier otro, pasa a ser un eje vertical una vez que, al ser utilizado, modifica algo ya sea a nivel de la trama para el personaje o a nivel simbólico para la "segunda historia" de la película.

Desde la perspectiva farettiana, El Exorcista de William Friedkin utiliza el eje vertical para reflejar la relación entre lo humano y lo divino, entre lo tangible y lo espiritual. Esta verticalidad, más allá de ser mera representación de altura o profundidad, adquiere relevancia simbólica al transformar la trama, los personajes o dar cuenta del sentido latente de la historia.

En El Exorcista, la verticalidad se despliega en varios momentos, especialmente a través de las escaleras, que funcionan como portales entre distintos niveles de realidad. Las escaleras exteriores de la casa, que culminan en la escena final de Karras, materializan la caída desde la conciencia científica y racional hacia el abismo de lo inexplicable. Este acto, en el que Karras se arroja por las escaleras, establece una ruptura drástica en su vida y una entrega sacrificial. La verticalidad aquí no solo marca una transición física, sino también una espiritual, en la cual Karras traspasa los límites de su escepticismo moderno y se sumerge en lo sobrenatural, llegando así a un enfrentamiento directo con lo demoníaco.

Dentro de la casa, las escaleras que suben al cuarto de Regan son otro eje vertical que acentúa el enfrentamiento entre lo humano y lo divino. Cada vez que Karras o Merrin suben a esta habitación, ascienden hacia un espacio de confrontación con el mal absoluto. En términos farettianos, este recorrido hacia un lugar elevado, pero contaminado por una presencia demoníaca, refleja una paradoja espiritual: en lugar de un espacio sagrado, el cuarto de Regan se convierte en un lugar donde lo divino y lo diabólico colisionan. Aquí, el eje vertical simboliza no solo un acercamiento hacia lo trascendente, sino también el descenso de lo inhumano al ámbito humano, trastocando las nociones de pureza y profanación.

Las escaleras no son meras estructuras físicas, sino ejes simbólicos que articulan la transformación espiritual de Karras y su disposición a confrontar las fuerzas que trascienden la comprensión racional. En esta línea, el uso del eje vertical señala el sacrificio de Karras como una inmersión en la abyección, pero también como una asunción del poder espiritual sobre el mal que amenaza con destruir la inocencia humana, encarnada en Regan.


JUSTICIA VS INJUSTICIA


La lucha del Padre Gabriel y Rodrigo Mendoza en La Misión es un encuentro donde la belleza y la crueldad se entrelazan. En la selva y bajo las cataratas imponentes, ambos hombres enfrentan las fuerzas opresivas del colonialismo en una batalla que va más allá de lo físico.

El Padre Gabriel encarna una resistencia tranquila pero firme ante la ferocidad de los conquistadores. Su misión con los guaraníes no se limita a salvar vidas, sino que busca defender su derecho a existir en plenitud, sin la opresión colonial. 

Rodrigo Mendoza, en cambio, carga con el peso del pecado y el arrepentimiento. Su búsqueda de redención es un peregrinaje lleno de dolor y penitencia, un intento de encontrar perdón a través del sacrificio y la entrega. Antes traficante de esclavos, Mendoza se transforma en un defensor de los oprimidos, convirtiendo su culpa en un impulso redentor. Su recorrido hacia la justicia es una epopeya personal, donde el amor y el sacrificio le dan propósito en medio de su culpa.

El paisaje, con sus cascadas majestuosas y la selva densa, quizás pudiera reflejar exteriormente los conflictos internos de Gabriel y Mendoza. Las cataratas rugientes como impulso imparable de justicia, mientras la selva oculta las sombras de la opresión. En este escenario natural, casi sacro, la dualidad de lo divino y lo terrenal encuentra un eco poderoso. La naturaleza, con su belleza y brutalidad, parece participar en la narrativa como un testigo mudo, un reflejo de los dilemas y sacrificios de los personajes. Las aguas de las cataratas purifican y arrastran, mientras que la selva, con su vitalidad silenciosa, sugiere que incluso en los rincones más oscuros de la opresión, la vida persiste, buscando una luz que la guíe hacia la libertad.

En el clímax de la historia, ambos personajes comprenden que su lucha es afirmación del valor y la dignidad de cada vida. Cuando las fuerzas coloniales atacan la misión, Gabriel y Mendoza responden de maneras distintas, reflejando dos aspectos de la justicia. Gabriel, sosteniendo su cruz, lidera una resistencia no violenta, encarnando la justicia como amor y sacrificio. Mendoza, empuñando su espada, se convierte en un guerrero que enfrenta la tiranía con furia redentora.


FIDELIDAD A LA FE VS COMPASION POR LOS DEMAS


En el centro de Silencio, el Padre Sebastião Rodrigues se enfrenta a una encrucijada brutal: cada paso hacia la salvación espiritual parece condenar a quienes ama. Su fe, antes su fuerza y refugio, ahora se convierte en un peso insoportable al ver a sus hermanos cristianos torturados. La compasión por el sufrimiento humano, un torrente que corre profundo en él, le sugiere renunciar públicamente a su fe para salvar vidas, aunque esta elección hiere su alma.

El silencio de Dios, que en el cine de Bergman es una presencia constante, se torna aún más abrumador bajo la dirección de Scorsese. En la quietud, Rodrigues espera respuestas, pero solo encuentra vacío, una ausencia que amplifica su angustia. Sin embargo, en ese silencio también percibe una extraña respuesta: una invitación a encontrar lo divino en el acto de compasión misma. La paradoja de renunciar exteriormente pero sostener su fe en lo más íntimo se convierte en su único camino hacia una redención secreta, en una fe que se refugia en la profundidad de una entrega silenciosa.

El silencio, más que una ausencia, se transforma en un espacio donde lo humano y lo divino se entrelazan de manera invisible, como un lienzo en blanco que exige ser interpretado. En esa ausencia de palabras, Rodrigues descubre un lenguaje distinto, donde el acto de amar al prójimo, incluso a costa de sus propias certezas, se convierte en una plegaria viviente. El silencio, entonces, no es solo vacío, sino también eco, un abismo donde cada elección reverbera, donde la duda misma se convierte en un lugar de encuentro con lo trascendente. Es un silencio que ensordece y purifica, que oscurece el camino pero abre la posibilidad de una luz distinta, menos evidente, más honda.


LA MUERTE DEL PADRE KARRAS


La muerte del Padre Karras en la escena final de El Exorcista es un momento de intensidad y significado profundos. Agotado y debilitado, Karras encuentra la fuerza para desafiar al mal directamente. Su grito, "Tómame a mí", es un llamado desgarrador que expresa valentía y redención. Al invitar al demonio a poseerlo, Karras se convierte en un recipiente de oscuridad para salvar a Regan, asumiendo la carga del mal en un acto de autodonación. Este sacrificio le otorga un instante de claridad y de fe renovada en medio de su desesperación.

Su lucha final es también un símbolo de la condición humana: cada persona enfrenta sus propios demonios internos. Al lanzarse por la ventana, llevando al demonio consigo, Karras hace de su caída un acto heroico que libera a Regan y le concede, en última instancia, una redención personal. La escena, llena de belleza sombría, ilumina cómo la fe y el sacrificio pueden triunfar en los momentos de mayor oscuridad. Karras se convierte en un héroe trágico cuya muerte, lejos de ser en vano, abre un camino de redención y esperanza.


LA MUERTE DEL PADRE GABRIEL


La muerte del Padre Gabriel en La Misión deja una marca profunda en la narrativa y transmite una intensidad poética y espiritual. En su acto final de entrega, Gabriel camina con una cruz en la mano, rodeado de los guaraníes a quienes dedicó su vida, mientras las fuerzas coloniales se acercan como un implacable pelotón de fusilamiento. Su muerte se convierte en un testimonio de integridad, resistencia pacífica y una fe diamantina en la justicia divina.

La imagen de Gabriel avanzando sin armas, sosteniendo solo la cruz, expresa la pureza de su misión y el núcleo de su fe. Es un eco de la vida de Cristo: un mensaje de amor y no violencia que desafía la brutalidad con serenidad. En su último gesto, Gabriel hace una declaración de fe y convicción moral, demostrando que la verdadera fortaleza no radica en las armas, sino en la coherencia espiritual y el compromiso con los principios más elevados.

Rodeado de los indígenas que lo acompañan, la presencia de la comunidad junto a él expresa la unión frente a la opresión. Inspirados por su guía espiritual, los guaraníes comparten su destino, mostrando la verdadera comunidad fundada en la fe. La escena se transforma así en una reflexión sobre el poder de la solidaridad y la interconexión humana en la lucha por la justicia y la dignidad.

La muerte de Gabriel, a manos de las fuerzas coloniales, es brutal en contraste con la paz que él emana hasta el final. Más que una tragedia, su sacrificio denuncia la crueldad del colonialismo y lo convierte en un mártir. Su partida es una llamada a la reflexión sobre el poder, la resistencia y la verdadera fortaleza espiritual.

LA MUERTE DEL PADRE SEBASTIAO RODRIGUES

La muerte del Padre Sebastião Rodrigues en Silencio, junto con la escena de su incineración en la que se revela un crucifijo escondido en sus manos, carga un simbolismo profundo y una complejidad espiritual notables. 

A lo largo de la película, Rodrigues se ve atrapado entre su compromiso con Dios y el sufrimiento de los cristianos japoneses. Su apostasía forzada, significada en el acto de pisar la imagen de Cristo, parece ser un acto de renuncia, un sacrificio para salvar vidas. Sin embargo, el crucifijo oculto en sus manos revela una verdad más compleja: la fe que sobrevive sin decir palabra.

Este crucifijo en su palma es símbolo de una fe inextinguible, una llama que perdura a pesar de las apariencias. Es una metáfora de la resistencia interna, de una devoción que persiste en la adversidad, invisible pero no menos auténtica. La última escena, con el cuerpo llameante de Rodrigues, sugiere que la fe verdadera puede habitar en lo oculto, lejos de los ojos del mundo, pero con una fuerza inquebrantable.

El fuego, símbolo de purificación, implica que, a través de su sufrimiento y aparente renuncia, Rodrigues alcanza una forma de redención. Su fe, oculta pero intacta, convierte su sacrificio en un acto de trascendencia: el cuerpo mortal se consume, mientras la fe y el espíritu sobreviven. Rodrigues muestra que la fidelidad puede expresarse de modos inesperados y que la fe auténtica es indestructible, desafiando las pruebas más duras y superando cualquier definición tradicional.


PALABRAS FINALES

El final de las historias de Karras, Gabriel y Rodrigues ofrece un terreno fructífero para reflexionar desde la perspectiva de la espiritualidad jesuita, revelando los complejos desafíos espirituales y éticos a los que se enfrenta cada uno.

En El Exorcista, el sacrificio final del Padre Karras adquiere una dimensión profundamente redentora. Al aceptar que el demonio lo posea y sacrificarse para salvar a Regan, Karras encarna el desapego y la libertad interior, principios ignacianos fundamentales. Su entrega de la propia vida por la inocencia de otro es una expresión extrema de amor y servicio, en busca de la mayor gloria de Dios.

En La Misión, la muerte del Padre Gabriel a manos de las autoridades coloniales ilustra una respuesta de resistencia pacífica, donde la autodonación y el compromiso social se fusionan para defender la dignidad de los indígenas y encarnar así la justicia social y la lealtad a la misión, pilares de la tradición jesuita.

Finalmente, en Silencio, la decisión de Rodrigues de pisar la imagen de Cristo para salvar a los cristianos japoneses plantea una compleja tensión entre la fe y la compasión. Su apostasía aparente, motivada por el deseo de aliviar el sufrimiento ajeno, desafía las interpretaciones convencionales de la fidelidad religiosa. En este dilema, Rodrigues explora la adaptabilidad y la lucha interna ante el sufrimiento, mostrando la capacidad de la espiritualidad ignaciana para confrontar dilemas extremos y cuestionar las fronteras de la fe.

Estas tres historias convergen en un lugar donde la fe, el sacrificio y la humanidad se entrelazan en un mismo hilo de sombra y luz. Cada uno de estos personajes, a su manera, descubre que la verdadera profundidad de la fe no radica solo en afirmarla abiertamente, sino también en el doloroso acto de abrazar la duda, la compasión, e incluso la aparente contradicción. Sus sacrificios, aunque diferentes en forma, comparten un núcleo de entrega que desborda las categorías de lo humano, y que se ancla en una espiritualidad profundísima.

En el misterio de sus destinos finales, Karras, Gabriel y Rodrigues nos invitan a comprender que la fe puede perdurar en lo oculto, que el sacrificio no siempre requiere de gestos heroicos visibles y que el amor puede exigir un precio insondable. Sus actos y renuncias trazan una cartografía de la fe que se atreve a transitar zonas grises, donde la pureza de la intención desafía a la apariencia, y donde la redención florece, incluso en los momentos en que Dios parece no estar allí. 

Bibliografía:

-Faretta, Angel. El conepto de cine. ASL Ediciones, Buenos Aires, 2023


sábado, 9 de noviembre de 2024

Microcuento IV. La Principal y su Sombra

Laura navegaba distraída por las redes cuando se encontró con un perfil que llevaba su nombre. Las fotos eran impecables, los comentarios llenos de amor, y su vida ahí parecía sacada de una película. Intrigada, empezó a seguir a esa “otra Laura” y descubrió que la gente la adoraba. Mientras tanto, su vida real se venía abajo entre líos y soledad. Un día, quiso cambiar la contraseña, pero le apareció un mensaje: “Lo siento, pero ya no sos la Laura principal.”

Una historia de Juan Manuel Otero Barrigón

¿Podrían evitarse las guerras? Por Néstor E. Costa

 
"Descanso de Marte", Diego Velázquez, c. 1640


¿Podrían evitarse las guerras?

Por Néstor E. Costa*



Solía recordar frecuentemente el psicólogo y psiquiatra suizo Carl G. Jung, que no hay idea que no tenga su antecedente histórico y la que promueve este breve escrito es una de ellas. Precisamente, si hay algo que tenga antecedentes desde hace muchos milenios es la guerra. Ese compendio de actitudes de todo tipo, desde las más sublimes hasta las más aberrantes.

Partamos de la premisa que todo fenómeno complejo y la guerra lo es, no se debe a sólo una causa. Por definición es multicausal. Para muestra basta sólo un botón dice el refrán. Así que veamos ese botón: Hace un poco más de cien años comenzaba la Primera Guerra Mundial (1914-1918), de acuerdo a la mayoría de los historiadores, habría no menos de seis teorías distintas que explicarían a que se debió la misma: cuestiones económicas, territoriales, expansivas, políticas, etcétera. Pero ninguno de dichos analistas nos dice que el inicio, el desarrollo y el fin de la misma, como de otras tantísimas a través de los milenios, ha sido el ser humano, es decir, su psique.

Hay una película de origen estadounidense cuyo título en castellano es: “El hombre sin sombra”, como no la vi, simplemente me atrajo aquello del hombre “sin sombra”, así que realmente no sé si se refería a la sombra física o aquel arquetipo al que nos remite Jung y que es una parte tan importante del psiquismo. Tan importante es, que lo señala en más de una oportunidad: “no hay sujeto sin sombra”. Habida cuenta que la “sombra” serían todos aquellos aspectos negativos de la personalidad que habitan
nuestro inconsciente personal y que suelen estar cercanos a nuestra consciencia, incluso hasta podemos dar cuenta de ellos no más una situación de vida nos incomode, nos frustre, nos angustie o nos enoje.

¿Pero que será aquello de la sombra que pueda tornarla tan peligrosa? Primero: sus múltiples maneras de manifestarse, tanto hacia la propia persona como hacia las cosas o hacia otros.

Segundo: relacionado con lo primero, la carga de energía que llevaba la acción que provocó que se manifestara la “sombra”. Fuera ésta expresada con gritos, golpes, gestos o con un arma.

Tercero: el hecho que, si bien la sombra habita en general lo inconsciente personal, sus raíces se hallan en la parte más profunda y arcaica de lo inconsciente colectivo, lo que significa que existe la posibilidad que supere el simple marco de una reacción individual para expresarse en el orden de lo colectivo. Es en este punto donde entraría a evaluarse el porqué de una guerra, para lo cual tendremos que empezar por analizar al “yo”, ese débil sujeto de la consciencia que intenta guiarnos por la vida.

El “yo” para Jung es la máscara que nos vincula con el mundo, asiento de la consciencia, siendo la parte superior de un psiquismo compuesto por un “inconsciente personal”, el lugar de las represiones, de los olvidos, de las supresiones, pero cuya energía a veces no llega a impactar a la consciencia, otras veces sí , dando lugar a las neurosis, pero también de la existencia de un “inconsciente colectivo”, asiento de las formas de ser y de pensar de todos; este “inconsciente colectivo” no es pasible de concientización, pero sí de la forma de actuar que ha tenido la humanidad. Un espacio teórico que podría considerarse también como la forma ancestral que nos iguala a todos. Señalemos que a nivel individual puede
manifestarse en determinadas circunstancias y cuando lo hace, puede generar un trastorno mental grave, dado que el “yo” de ese sujeto ha sido “absorbido”, “anulado”, por lo colectivo. Ahí tenemos una psicosis. Pero cuando ese estrato arcaico se manifiesta colectivamente, por ejemplo, a nivel de una nación o de varias, tendremos una guerra o una guerra civil.

Ese “yo”, por otra parte, disminuirá su potencia equilibrante en la medida en que se encuentre en medio de una “masa” de gente, dado que la masa de gente- cada uno con su propio “inconsciente colectivo”- si bien genera una altísima energía, no pasa lo mismo con el “yo”, que consecuentemente disminuye su posibilidad de elección y de toma de decisiones, ejerciendo ese control que hasta ahora era del “yo”, la masa. Es decir, comienzan entre los sujetos las llamadas “identificaciones” o “participaciones místicas”, al decir de Levy Bruhl, sobre todo, cuando el sujeto, por más capaz o sensible que sea, participa del mismo pensar que la masa. Casos clásicos, en este sentido, son los actos políticos o los
cánticos de una barra en una cancha de fútbol. Ambas masas, pueden generar momentos agradables o altamente destructivos.

Vamos a ver algunas reflexiones del propio Jung en este sentido que son realmente lapidarias, pero a nuestro modo de ver, muy ciertas. Si bien no podemos dejar de tomar en cuenta que fueron dichas hacia finales de la década de 1930, con todo lo que ello implicó para la Europa de esa época.

No todo el mundo tiene virtudes, pero todo el mundo tiene bajos instintos animales, la sugestibilidad básica del hombre primitivo de las cavernas, las sospechas y los trazos viciosos del salvaje. El resultado es que una nación con varios millones de personas ni siquiera es humana. Es una lagartija, o un cocodrilo, o un lobo.” “¿No sabe que, si elige a cien personas entre las más inteligentes del mundo, y las agrupa, formarán una multitud estúpida? Diez mil de ellas juntas tendrían la inteligencia de un
reptil. En una muchedumbre, las cualidades comunes que todos poseen se multiplican, se apilan, y se convierten en características dominantes de toda la muchedumbre.” “La masa no alcanza el nivel de las inteligencias superiores que la componen.” “Lo inconsciente colectivo es un hecho real en los asuntos humanos. Todos participamos en él. En un sentido constituye la sabiduría humana acumulada que heredamos inconscientemente; en otro sentido amplía las emociones humanas comunes que todos compartimos” (Hull- McGuire, p.146 y ss.).

Pero veamos qué nos dicen otros autores al respecto.

En 1931, la Comisión Permanente para la Literatura y las Artes de la ya desaparecida Liga de las Naciones, antecedente de lo que años más tarde sería la actual Naciones Unidas, encargó a Albert Einstein que organizara un intercambio epistolar entre reconocidos intelectuales de esa época sobre temas escogidos y que fueran de interés para la mencionada Institución. Uno de los elegidos fue Sigmund Freud a quien le escribe en julio de 1932, aceptando éste de inmediato la invitación a participar.

En uno de los párrafos de la misiva de invitación, Einstein le pregunta al Dr. Freud: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Más adelante, el autor se pregunta, refiriéndose a quienes instrumentan el uso de las mismas: “¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales”.

La respuesta de Freud no se hizo esperar. “Lo ha dicho Ud. casi todo en su carta…me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber o conjeturar”.

Siguiendo a Freud, éste pensaba que los conflictos de intereses (analizando la historia de la humanidad) entre los hombres se zanjan, en principio, mediante la violencia, al igual que en todo el reino animal del cual el hombre no debiera excluirse. Si nos situamos en una pequeña horda primitiva, señala, era la fuerza muscular la que decidía una disputa. La fuerza muscular se vio pronto superada por la aparición de las armas, quien tiene las mejores armas o sabe usarlas mejor, es quien vencerá e
impondrá su voluntad. El fin último de esa lucha será matar a su rival, lo que, a modo de beneficio secundario, es también una advertencia para otros grupos.

El planteo freudiano en respuesta a las inquietudes de Einstein, lo lleva a aceptar la idea del físico, de que en el ser humano hay una pulsión a odiar y aniquilar y señala lo que se entiende por la idea pulsional en psicoanálisis.

Para el Psicoanálisis, el ser humano tiene lo que se denomina pulsiones, entendiendo con ello una carga energética y un factor de motilidad que tiende hacia un fin y existirían de dos tipos: las llamadas “eróticas” (reúnen y conservan) en el sentido de Platón, tal como lo presenta el filósofo a esta suerte de genio en “El Banquete” o también llamadas “sexuales” y otras pulsiones que quieren destruir y matar y que se reúnen bajo el título de pulsiones de “agresión” o de “destrucción”. Ambas pulsiones son indispensables para la vida, a punto tal que, ninguna puede actuar por separado, siempre se encuentra ligada con un cierto monto de energía con su opuesto. Un ejemplo de lo que nos plantea Freud es que la pulsión de autoconservación, que es para este autor de origen erótico, necesita disponer de la agresión, si quiere lograr su objetivo.

Pero hay algo más que interesante en su planteo, por ejemplo, en lo relativo al placer, que no sólo puede observarse en actos que estén de acuerdo con lo que se entiende vulgarmente por dicho término, sino que está también ligado al agredir, al destruir o en las innumerables crueldades que a través de la historia de la humanidad se han podido constatar y se siguen observando en la vida cotidiana, lo que confirma su existencia e intensidad, y por las cuales el ser humano también obtiene placer y disfruta. Casos como las parejas sado/masoquista son un claro ejemplo.

Es indudable que la pulsión de destrucción de acuerdo a Freud, trabaja “dentro” de todo ser vivo con lo que se produce una tendencia inconsciente en el sujeto de conducir la vida al estado de la materia
inanimada. Este planteo de Freud lo llevó a cambiar de nombre a dicha pulsión, sin abandonarlo del todo y denominarla “pulsión de muerte”. Por lo que, así como las “pulsiones eróticas” o “sexuales” representan la vida y sus afanes, así la “pulsión de muerte” deviene en “pulsión de destrucción
cuando es dirigida hacia afuera. “El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena“.

Conclusiones:

Tanto Freud como Jung y otros autores, proponen distintas formas para evitar la guerra, cualquier tipo de ella. Pero coinciden en que debe ser aumentando todo lo que tenga que ver con el amor y aceptar, para poder dominar, todo lo relacionado con la “sombra” o con la llamada “pulsión de
muerte”. Nadie puede dominar a sus pasiones si antes no las enfrentó, decía Jung con suma claridad. Pero lo dicho será con el tiempo, nada fácil por cierto, habida cuenta que el ser humano ha guerreado desde tiempos inmemoriales y que en pleno siglo XXI se desarrollan unas 30 tipos de guerras de baja intensidad, sin que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta sepan algo sobre ellas. Todavía está muy vigente el viejo proverbio romano: Si vis pacem para bellum.


Bibliografía:

William McGuire y R.F.C. Hull. Encuentros con Jung. Editorial Trotta, Barcelona, 2000.



Néstor E. Costa es Analista Junguiano y Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996. 


Cierre del IV Seminario "INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA PSICOLOGÍA ANALÍTICA - C.G.JUNG" . Universidad del Salvador (USAL)


El pasado Martes 29 de Octubre cerramos la 4ta edición del STO "Introducción a la Teoría y Práctica de la Psicología Analítica - C.G.Jung", con alumnos/as de 5to año de la Facultad de Psicología & Psicopedagogía de la Universidad del Salvador.

Otro ciclo sumergiéndonos en la psicología del sabio suizo, compartiendo un recorrido lleno de aquellas revelaciones psíquicas que han encendido en muchos la llama para seguir construyendo su legado.

¡Gracias a este grupo de futuros colegas que formaron parte!


lunes, 4 de noviembre de 2024

In Memoriam: Padre Eduardo Graham (1960-2024)

"Aprojimarse" es una palabra que respira, que late con la calidez de quien comprendió la fe como un abrazo que se expande. En tiempos donde tantos caminos nos aíslan, donde a menudo el otro parece distante y ajeno, el padre Eduardo Graham nos regaló esta expresión como un llamado a acercarnos no solo en la forma, sino también en el corazón. Aprojimarse no es solo estar cerca; es hacer del otro alguien propio, un compañero de viaje cuya vida nos toca y nos compromete. Lejos de cualquier gesto superficial, es una manera de vivir que va tejiendo lazos en un mundo que tantas veces parece cerca de desintegrarse.

Aprojimarse es también un acto de valentía: significa abrirse, reconocerse en la fragilidad de quien camina junto a nosotros, sin máscaras. En esa cercanía sin reservas, el alma se transforma, porque dejamos de ver al prójimo como un desconocido y empezamos a reconocer en él algo de nosotros mismos. Construir Comunidad, como el padre Graham supo enseñarnos, no es otra cosa que estar dispuestos a hacernos uno con los otros en la unidad y en la diferencia.

Que su testimonio siga inspirándonos a aprojimarnos, a vivir el Evangelio desde esa cercanía entrañable, donde el amor no es un concepto, sino un acto concreto de presencia, de entrega. La verdadera Comunidad, que estuvo siempre presente en el corazón de su prédica, sólo se construye cuando aprendemos a arrimarnos, no sólo al que nos es cercano, sino especialmente al que creemos lejos.

JMOB.

Querido Padre Graham, gracias por tu compromiso y entrega, que descanses en paz.


El Padre Eduardo Graham fue párroco de la Parroquia San Pedro Telmo (CABA), y profesor de Teología en la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad del Salvador. Cultivó la dirección teatral como una de sus grandes pasiones. Comprometido militante justicialista, participó como candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en las elecciones del año 2023, dentro del espacio "Principios y Valores" que conduce Guillermo Moreno a nivel nacional.