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miércoles, 11 de junio de 2025

Jorge Mario Bergoglio. Apuntes para una biografía arquetipal

 JORGE MARIO BERGOGLIO: APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA ARQUETIPAL

por Juan Manuel Otero Barrigón


A mi viejo;
y a la memoria de Susana Godoy Abreu,
querida amiga y colega.

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Contar la vida de Jorge Mario Bergoglio desde una perspectiva arquetipal es mucho más que relatar simplemente una serie de eventos. Se trata de ver su biografía como un proceso de individuación, un camino hacia la integración y la realización del Sí-Mismo, tal como lo propuso Carl Gustav Jung. 
Aunque nacido de la admiración, este relato no busca crear un mito hagiográfico ni una crónica política, sino más bien explorar las resonancias simbólicas de ciertos momentos clave de su proceso interior
Desde su infancia en Buenos Aires hasta su nombramiento como Papa Francisco, pasando por sus años de silencio en Córdoba y su llamado a la fraternidad universal, hay un hilo simbólico que recorre la historia de Bergoglio: el del hombre que desciende, se quiebra, se encuentra a sí mismo y vuelve a elevarse, no para reinar, sino para servir.


I. El llamado temprano: la abuela Rosa y la raíz espiritual

Jorge Mario Bergoglio nació en 1936 en el barrio porteño de Flores, en una familia humilde de origen italiano. Su infancia estuvo marcada por la austeridad, el esfuerzo, y una profunda religiosidad que formaba parte de su día a día. En ese universo familiar, su abuela Rosa jugó un papel fundamental: fue ella quien le mostró las primeras imágenes vivas de la fe. Le hablaba del cielo como si fuera su hogar, le enseñó a rezar con palabras simples, y le contaba historias de santos y mártires como quien comparte verdades que viven en el alma.
Rosa encarna el arquetipo de la Gran Madre en su versión más positiva: la que protege, nutre, y consuela, pero que también inicia. Como señala Erich Neumann, un discípulo de Jung, la Gran Madre es la fuente que da vida al alma, ofreciendo el primer contacto con lo sagrado a través de gestos primordiales: la voz, el alimento, y la oración compartida. Así, la abuela Rosa no fue solo una influencia familiar, sino un símbolo: representa el principio femenino arquetípico que acoge la psique infantil y la conecta con lo trascendente.
Durante esos años formativos, se establecieron los cimientos de su mundo interior: una religiosidad afectiva, y una conexión femenina que le enseñaron a rezar sin imponer, a confiar sin dogmatizar. Esta etapa puede verse como la base desde la cual se desarrollaría todo su camino posterior.

II. El encuentro fundante: San Mateo y la misericordia

A los 17 años, en el día de San Mateo, Bergoglio entra en la Basílica de San José de Flores. Lo hace casi por impulso, sin pensarlo demasiado, y vive allí una experiencia que más tarde describirá como "fundante": se confiesa, y siente que lo miran con una profunda misericordia. No es una mirada de juicio ni de obligación, sino una que abraza su fragilidad con amor. Más adelante dirá: "Allí me esperaban".
Este episodio puede interpretarse, en términos arquetipales, como un Llamado del Héroe. Al igual que en las historias iniciáticas que describe Joseph Campbell, el joven protagonista recibe una señal que lo saca del mundo cotidiano y lo introduce en una dimensión simbólica distinta. No hay un evento extraordinario en el exterior—nadie lo obliga, nadie le revela un secreto sobrenatural-, pero lo que ocurre dentro de él es fundamental: una ruptura con la normalidad, una apertura al misterio. La iglesia se convierte en un espacio liminal, y el acto de confesarse, en un rito de pasaje. San Mateo, el publicano que se convierte en apóstol, también actúa como reflejo simbólico: alguien considerado indigno que es llamado a una misión más grande.
Ese recaudador de impuestos que dejó todo para seguir a Jesús, representa un arquetipo más amplio: el del pecador llamado a lo alto, o el del ser humano mirado con amor cuando menos lo esperaba. Esta figura acompañará a Bergoglio a lo largo de su vida, tanto que, ya como Papa, encargará un escudo donde se representa su conversión bajo el lema en latín Miserando atque eligendo (“Lo miró con misericordia y lo eligió”).
Este tipo de llamado no se basa en la lógica ni en el mérito. Es algo numinoso, como diría Rudolf Otto: una experiencia que provoca tanto temor como fascinación (tremendum et fascinans). Se presenta como una irrupción de lo Otro —lo divino, lo arquetipal— en nuestra consciencia. Es el primer encuentro de Bergoglio con el Sí-Mismo, en términos junguianos: una imagen central y transformadora que organiza y guía su psiquismo hacia un camino único. Así, la confesión no es solo un acto de reconciliación, sino una iniciación: el símbolo de una muerte y un nuevo nacimiento. A partir de ese momento, la pregunta sobre su vocación comienza a cobrar un papel central. La misericordia se convierte en brújula. La experiencia interna—ese sentirse “mirado con misericordia”— será la clave hermenéutica para su posterior comprensión de Dios y de la Iglesia.
En este punto donde se revela la dimensión numinosa de la experiencia religiosa, el joven Bergoglio no elige su camino por convicción moral o herencia cultural, sino porque ha sido tocado por algo que lo trasciende. Se podría decir que este insante contiene en su esencia todo su futuro magisterio: un cristianismo que no se basa en el mérito, sino en la gracia; que no clasifica, sino que abraza. El adolescente que experimentó esa mirada compasiva se convertirá, décadas más tarde, en el Papa que insiste en que la Iglesia debe ser un "hospital de campaña".
Sin embargo, hay otro aspecto que me gustaría resaltar; esta etapa de su vida estuvo marcada por una experiencia de salud que resultó ser crucial: a los 21 años, Bergoglio tuvo que someterse a una operación de emergencia debido a una infección, lo que llevó a la extirpación de parte de uno de sus pulmones. Me parece interesante considerar esta cercanía temprana con el sufrimiento y la vulnerabilidad física como una primera señal del límite en su biografía, y por lo tanto, como un gesto simbólico: el cuerpo herido como una puerta al misterio, un recordatorio tangible de que la vida humana es frágil y dependiente.
Toda su teología pastoral posterior se puede rastrear hasta esos momentos. El joven que fue tocado sin merecerlo se convertirá, con el tiempo, en un firme defensor de una Iglesia que se define no por el dogma, sino por el gesto: la cercanía, el consuelo, y el perdón. El Papa que dirá que “el nombre de Dios es misericordia” es el mismo chico que, un día de primavera, recibió una mirada que no juzgaba.

III. El guerrero del Espíritu: ingreso a la Compañía de Jesús

En 1958, con solo 22 años, Jorge Mario Bergoglio entró al seminario diocesano de Villa Devoto, pero pronto decidió dar un giro y unirse a la Compañía de Jesús. Este cambio no fue algo sencillo: los jesuitas son conocidos por su formación rigurosa, su disciplina intelectual y su voto de obediencia directa al Papa. Esta decisión ya anticipa un rasgo que lo acompañaría a lo largo de su vida: una constante tensión entre lo contemplativo y lo práctico, entre su mundo interior y la necesidad de un compromiso activo. Así comienza un largo camino de formación, estudio y enseñanza, pero también de silencio, obediencia y pruebas.
Simboliza el ingreso del héroe en un “mundo especial”, esa fase de entrenamiento que se encuentra en muchas narrativas arquetípicas. Bergoglio se sumerge en una tradición espiritual estructurada, casi militar, que lo lleva a refinar sus pasiones, ideas y carácter. El joven que fue tocado por la misericordia ahora busca una forma, un camino para encarnar esa experiencia.
Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que son el corazón de la espiritualidad jesuita, representan más que una simple práctica devocional: son una verdadera cartografía del alma. Invitan a un descenso a las profundidades del psiquismo, a un discernimiento riguroso de las mociones internas y a una lucha constante contra las trampas del ego. En este contexto, Bergoglio comienza a encarnar el arquetipo del Guerrero del Espíritu: no el soldado armado, sino aquel que libra batallas en su interior, enfrentándose a sus propias sombras, tentaciones y rigideces.
El arquetipo del Guerrero, especialmente en su faceta espiritual o ascética, juega un papel fundamental en cómo estructuramos nuestro yo. Suele activarse en momentos en los que una persona necesita definir su identidad, establecer un camino, controlar pasiones dispersas o canalizar impulsos. En contextos religiosos, se manifiesta a través de la disciplina, la obediencia y la entrega a un ideal. Sin embargo, como ocurre con todos los arquetipos, también tiene su lado oscuro. Cuando el Guerrero se activa sin un equilibrio adecuado, puede transformarse en rigidez, hipercontrol, moralismo, negación de la afectividad o represión del eros. La búsqueda de la perfección puede volverse una compulsión espiritual, y la obediencia puede llevar a una renuncia a la voz interior. Desde una perspectiva clínica, este desequilibrio se manifiesta como una hipertrofia de la conciencia moral, dificultad para conectar con deseos genuinos, alexitimia afectiva o una racionalización excesiva de los conflictos internos. Algo a lo que Jung se refería al hablar de la "inflación del yo a partir de una identificación con la función superior". En la práctica clínica, esto se traduce en personas que están en movimiento constante, activas, pero que no pueden descansar ni sentirse queridas por lo que realmente son.
En el caso de Bergoglio, podríamos pensar que su primera etapa como jesuita —y luego como provincial— estuvo marcada por una visión bastante unilateral del Guerrero: disciplinado, eficaz, pero también algo inflexible, duro consigo mismo y con los demás. Sin embargo, esta configuración cambiaría más adelante, dando paso a una forma diferente de estar en el mundo: menos centrada en el control y más en la ternura.
Este cambio es significativo. Forma parte del proceso de individuación: el héroe no puede quedarse para siempre en su armadura. Para crecer, necesita ser herido, desmantelado, atravesado. Solo así puede reconectar con su llamado original —no el del deber, sino el del amor.
Por otro lado, también está presente la figura del Monje, que representa a aquel que se disciplina para alcanzar una integración más alta. El ascetismo, la obediencia, el voto de castidad: todo esto va moldeando un yo que busca canalizar su energía vital hacia lo sagrado. Sin embargo, esta figura también conlleva riesgos. El ascetismo puede convertirse en rigorismo, y la obediencia, en una negación de los deseos más profundos.
En los años siguientes, Bergoglio será ordenado sacerdote (1969), trabajará como maestro de novicios y profesor, y luego será nombrado provincial de los jesuitas en Argentina (1973). En este nuevo rol, su carácter fuerte, su búsqueda de orden y su sentido práctico lo llevarían a tomar decisiones que más tarde consideraría errores. Exigente y convencido de su visión, el joven provincial se enfrenta a los desafíos de una Argentina convulsionada por tensiones políticas, y a una Iglesia que debía posicionarse entre la represión militar y las voces proféticas.
Estas tensiones también tienen un componente psíquico. El Guerrero que lucha por el bien puede volverse tirano; el Monje que busca la pureza puede rechazar la ambigüedad del mundo. La individuación, desde la perspectiva junguiana, exige que estas figuras no se conviertan en absolutos. El yo necesita aprender a dialogar con lo otro, con la sombra, con lo que no encaja.
Desde este ángulo, el tiempo jesuita no fue solo un proceso de formación, sino también un enfrentamiento con sus propios límites. El fuego que forja también puede quemar. El joven sacerdote, impulsado por la misericordia, se encuentra a veces atrapado por la soberbia y el autoritarismo. La tensión entre la estructura y la compasión empieza a hacerse evidente —una tensión que marcará su vida entera y que solo más adelante encontrará una resolución nueva.

IV. Encrucijadas de la historia: su rol como provincial de los jesuitas en Argentina durante la dictadura 

En 1973, a los 36 años, Bergoglio fue nombrado provincial de los jesuitas en Argentina. Asumió este rol en un período muy complicado: los años que rodearon el golpe militar de 1976. Fue una época marcada por la violencia política, la represión sistemática, la desaparición forzada de personas y un miedo palpable en todos los aspectos de la vida social.
Como provincial, Bergoglio tenía la responsabilidad de cuidar a la comunidad de la Compañía en el país: debía discernir vocaciones, organizar las casas de formación, proteger la vida espiritual y, además, decidir cómo posicionarse frente a un régimen opresor. Este fue, sin duda, uno de los momentos más difíciles y ambiguos de su vida pública.
Hay muchas discusiones, incluso controversias, sobre su actuación en esos años. El episodio más conocido es el de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes fueron detenidos y torturados por la dictadura en 1976. Algunos argumentan que Bergoglio no hizo lo suficiente para protegerlos; otros creen que hizo todo lo posible para rescatarlos. Él mismo afirmó que actuó en secreto para salvar vidas y que más tarde se reconcilió con Jalics. Este caso sigue siendo un punto ciego, una herida abierta en su biografía. Afortunadamente, en tiempos recientes, el trabajo de investigadores como Aldo Duzdevich ayudó mucho a aclarar la realidad de esos hechos, después de tantos años de mentiras que, de manera injusta e interesada, intentaron oscurecer su figura.
Lo que no se puede negar es que este momento representó para Bergoglio una prueba de poder. En términos junguianos, el contacto con el arquetipo del Padre institucional puede llevar tanto a una actitud protectora y sabia como a una identificación con estructuras represivas o indiferentes. En situaciones extremas como las de una dictadura, la ambigüedad moral se vuelve inevitable: no hay pureza posible, solo zonas grises, decisiones tomadas bajo amenaza y silencios que pueden ser prudentes o cómplices.
El joven provincial, que ya llevaba consigo el sello del Guerrero espiritual, se ve ahora confrontado por la Sombra colectiva: el horror sistemático, la persecución de personas, y el uso del miedo como herramienta de dominación. Esta Sombra no es solo algo externo; se infiltra en las instituciones, en las decisiones del día a día, y en los temores más personales. La pregunta ética se vuelve abrumadora: ¿qué hacer cuando cualquier acción puede poner en riesgo a otro?
En este contexto, Bergoglio se presenta como una figura dividida: por un lado, el hombre de oración, de discernimiento, que cuida de sus hermanos; por otro, el representante de una institución que no siempre ha sabido —o querido— denunciar la barbarie con claridad. Esta ambivalencia es fundamental: revela el costo de liderar en tiempos oscuros y abre la puerta a una posible transformación futura.

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Nota clínica: La Sombra moral y el trauma institucional

Cuando hablamos de violencia política, es innegable que deja huellas profundas tanto en las personas como en las instituciones que la experimentan. Los líderes religiosos, especialmente, pueden sentir un tipo de culpa muy particular: la culpa por no haber actuado, por haber guardado silencio, por haber tenido miedo, o por no haber hecho lo suficiente. Esto puede manifestarse en síntomas como ansiedad moral, rigidez en las decisiones, o incluso en una defensa que se basa en la racionalización.
Este enfrentamiento con la Sombra no resuelta puede dar lugar a un largo proceso de reflexión simbólica. Aquellos que se ven a sí mismos como salvadores deben enfrentarse a la posibilidad de haber sido, en cierta medida, cómplices. Solo aceptando esa ambigüedad —pudiendo mirar a ese yo dividido con compasión— se abre un camino hacia la sanación.
En el caso de Bergoglio, esa confrontación con la Sombra parece haber sido el catalizador para una transformación significativa: de un líder joven y conservador a un pastor más abierto, y más sensible al sufrimiento ajeno. Aunque el drama moral no se resolvió por completo, sí se aceptó como parte de su historia. Eso, quizás, es lo más complicado y, a la vez, lo más humano.
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V. El descenso a Córdoba: retiro y "exilio interior" (la Nigredo)

En 1990, después de haber ocupado roles importantes en la Compañía de Jesús, Bergoglio fue enviado a Córdoba por sus superiores. Allí pasó casi dos años en un estado de introspección, viviendo en la residencia jesuita, sin responsabilidades institucionales, alejado del poder y de la toma de decisiones. Él mismo describió esta etapa como un tiempo de “mucha desolación interior”, un período difícil, aunque más tarde diría que fue uno de los momentos más fructíferos de su vida.
Este descenso tiene un significado simbólico profundo. En la narrativa arquetípica, se asemeja al instante en que el héroe se adentra en el inframundo, enfrenta sus demonios y pierde todo lo que creía poseer. Si antes había encarnado al Guerrero, ahora debe aceptar la humillación y la caída. En Córdoba, Bergoglio no enseña, no manda, ni lidera. Vive en silencio, lee, reza y se confiesa con un hermano más joven que él. Se queda solo con su interioridad, sin escenarios ni misiones visibles. Desde una perspectiva psicológica, podríamos ver esta etapa como un enfrentamiento con el yo idealizado. El hombre que había tenido poder dentro de la Orden, que había formado a otros, ahora se encuentra desnudo. Es el proceso que Jung llamaba “enantiodromía”: cuando una actitud psíquica dominante termina por generar su opuesto.
En la tradición espiritual, este momento recuerda el paso por el desierto, o incluso la “noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz. No hay consuelo inmediato ni claridad, pero sí una profunda transformación interior. Años más tarde, Francisco dirá que fue allí donde aprendió a rezar mejor, donde se purificó de cierta dureza y donde recuperó la capacidad de compadecer.
Este tiempo en Córdoba no es un castigo: es una oportunidad de despojamiento. Es el umbral que debe cruzar todo aquel que fue seducido por el control espiritual. La gracia que alguna vez lo tocó —en la Basílica de Flores— necesita ser reencontrada sin intermediarios. Solo quien ha descendido hasta el fondo puede hablar de misericordia sin que suene a consigna.

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Nota clínica: La soledad como umbral transformador

Desde un enfoque clínico, los momentos de retiro forzado, silencio o pérdida de función pueden vivirse como estados depresivos o como duelos narcisistas. La persona, especialmente si estuvo muy identificada con un rol fuerte o con una función de liderazgo, se enfrenta a un vacío de sentido, preguntándose: “¿quién soy cuando no soy útil para nadie?”. En algunos casos, estos episodios pueden abrir la puerta a una profunda resignificación de la vida. Si la persona puede sostener ese vacío sin apresurarse a llenarlo —si puede, como diría Winnicott, “existir en presencia de otro sin necesidad de hacer”—, entonces algo nuevo puede surgir. El yo se vuelve más flexible, se humaniza y da paso al Sí-Mismo. En el lenguaje de Jung, este paso por la sombra permite el encuentro con aspectos rechazados de la personalidad. En términos espirituales, esto se traduce en una kénosis: un vaciamiento del yo para que un nuevo centro pueda emerger. En Córdoba, Bergoglio parece haber vivido este proceso, no sin dolor, pero con una nueva apertura a la gracia.
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VI. Transición (1992–1998): El retorno desde el silencio

Después de su tiempo en Córdoba, donde vivió casi como un monje urbano, Bergoglio fue poco a poco reintegrándose en sus funciones dentro de la Iglesia. En 1992, fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires, lo que marcó el comienzo de su regreso a la vida institucional, aunque todavía en un papel secundario. Esta etapa representó una reintegración gradual, en la que su figura fue recuperando visibilidad, pero sin repetir los viejos patrones de poder.
Este regreso no fue inmediato ni triunfal. El Bergoglio que retoma funciones jerárquicas es un hombre más callado, introspectivo, y con una actitud más cautelosa. Desde la perspectiva del viaje arquetípico, esta fase se asemeja a la del héroe que, tras descender al inframundo y atravesar una crisis de identidad, comienza a ascender de nuevo, aunque sin buscar el centro del escenario. Lo hace porque es llamado, no porque se postule.
En un sentido más clínico, esta etapa pudiera haber involucrado un proceso de asimilación de lo vivido, donde, en lugar de encerrarse en la herida o quedar atrapado en el resentimiento, ahora es posible reconocer errores y aceptar ciertos límites. Esto le permitió volver a ocupar un lugar de autoridad desde una perspectiva distinta: no como quien lidera desde la certeza, sino como quien acompaña desde la experiencia.
La sombra que enfrentó en Córdoba le permite ahora un nuevo modo de estar en el mundo: más atento al sufrimiento, menos reactivo al poder, y más dispuesto a escuchar que a imponer. Este es el Bergoglio que, en 1997, será nombrado arzobispo coadjutor y, al año siguiente, sucederá a Antonio Quarracino como arzobispo de Buenos Aires. Del “provincial brillante” que había sido, se ha convertido en un hombre herido que aprendió a mirar desde abajo.
Este período de la vida de Bergoglio se puede ver como un alba interior: aún sin la luz completa, pero con una dirección clara. La noche pasó, pero el día no llegó del todo. Es un umbral simbólico —una transición entre el silencio y la voz, entre el retiro y la misión— que será fundamental para comprender cómo se formó su figura, primero como arzobispo y luego como Papa.

VII. Su nombramiento como arzobispo de Buenos Aires (1998) y luego cardenal (2001) – El retorno con sabiduría

Cuando en 1998 Bergoglio fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, volvió a ser una figura central en la escena eclesiástica argentina. Pero no regresó como el joven ambicioso que había sido, sino como un hombre más maduro, con un estilo pastoral renovado. Años más tarde, él mismo describiría ese regreso como un período de aprendizaje, donde la autoridad se entendía menos como un poder a ejercer y más como una responsabilidad a compartir.
Como arzobispo, Bergoglio se destacó por su estilo austero, su cercanía con los más necesitados y su crítica filosa al clericalismo. Usaba el transporte público, se reunía con cartoneros, rechazaba los privilegios y optaba por una vida sencilla. Su elección de estar con los más vulnerables, en los barrios populares y con los descartados de la sociedad, fue más que una estrategia pastoral: era el resultado de haber experimentado su propio exilio interior. Había comprendido que no se puede hablar de Dios sin antes haber pasado por el sufrimiento humano.
En 2001, Juan Pablo II lo nombró cardenal, un gesto que marcó un antes y un después: ya no era sólo el pastor de Buenos Aires, sino un referente de la Iglesia universal. Sin embargo, él parecía llevar ese reconocimiento con cierta ambivalencia. Prefería hablar poco, moverse con discreción y mantener una actitud sobria. En su anillo cardenalicio, optó por no incluir piedras preciosas, sino una imagen de San José. Este detalle también transmite un mensaje: la paternidad silenciosa, una autoridad que protege sin hacerse notar, un poder que no impone, sino que cuida. Durante este tiempo, se lo vio fortaleciendo una Iglesia “de cercanía”, donde la prioridad era el acompañamiento, no la condena. Es en este contexto que empezaron a circular algunas de sus frases más conocidas: “Primerear el bien”, “pastores con olor a oveja”, “la realidad es más importante que la idea”, etc. Todo esto anticipa lo que será su pontificado.

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Resonancias simbólicas

Es interesante observar la transición del Guerrero al Sabio. Aquél que antes luchaba por tener razón ahora se esfuerza por comprender. El que antes se aferraba a su rol, ahora da paso a la escucha. En términos junguianos, podríamos decir que ha comenzado a vivir más desde el Sí-Mismo en lugar de seguir los dictados del Yo. La imagen del cardenal que toma el transporte público no es solo un gesto ascético: es también una pedagogía del descenso, una forma de enseñanza que nos muestra que lo más alto del espíritu se manifiesta en lo más sencillo de la vida cotidiana.

Nota clínica: La madurez pastoral como integración

Desde una perspectiva clínica, el estilo pastoral que Bergoglio adoptaría en esta etapa puede verse como el resultado de una integración de diferentes aspectos de su personalidad. La rigidez inicial, la necesidad de control y el temor a cometer errores parecen haber dado paso a una mayor apertura, tolerancia y una ética del cuidado más profunda. No se trata de un cambio repentino, sino de un proceso de maduración gradual: su yo se ha resignado a no ser perfecto, lo que le permite aceptar la imperfección en los demás. Esto tendría reverberaciones más adelante, como cuando, al aceptar su nombramiento como Papa, respondió a sus hermanos cardenales diciendo: "Aunque soy un gran pecador, confío en la misericordia y paciencia de Dios, acepto".
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VIII. La elección como Papa en 2013 – El arquetipo del Hierofante renovado

El 13 de marzo de 2013, el mundo presenció un momento cargado de simbolismo: la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa Francisco, el primer pontífice jesuita y latinoamericano de la historia. Este evento no solo representa un hito en su biografía, sino que también simboliza un cambio profundo: la renovación del Hierofante, el sacerdote-guía que comparte la sabiduría sagrada, pero desde una perspectiva fresca para la Iglesia actual.
El Hierofante, en el lenguaje simbólico, actúa como un puente entre lo divino y lo humano, guardián de la tradición y mediador del rito. Sin embargo, Bergoglio llegó a este rol desafiando los usos tradicionales: no como un líder distante o monárquico, sino como un pastor accesible, humilde y lleno de compasión. Su elección se presenta, entonces, como la manifestación de un Hierofante que fusiona la tradición con la necesidad de renovación.
Desde su primera aparición en el balcón de San Pedro, su nombre y su gesto – el Papa Francisco, en honor a San Francisco de Asís, el santo de la pobreza y la fraternidad – marcaron un cambio simbólico y programático. Optó por un nombre que no solo evoca una humildad radical y un amor por los pobres, sino que también simboliza la invitación a una Iglesia en salida, que se dirige hacia las periferias sociales y existenciales.
Esta figura del Hierofante renovado reúne varios elementos arquetípicos a la vez: es el maestro que enseña con su ejemplo, el guía que camina al lado de su Pueblo, y también el sanador que abraza las heridas colectivas. Desde su enfoque pastoral, Francisco propuso una espiritualidad encarnada, donde la fe implica un compromiso ético y práctico con la justicia, la paz y el cuidado del planeta. Al mismo tiempo, se presentó como un líder capaz de reconocer la sombra de la Iglesia – sus escándalos, sus exclusiones, su rigidez – y enfrentarla con acciones concretas, así como con un llamado a la conversión y la misericordia.

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Nota clínica: la función arquetipal y el proceso de individuación colectivo

Solo una idea para desarrollar a futuro: la llegada de un Hierofante renovado en una institución tan antigua como la Iglesia podría verse a través del prisma del proceso de individuación social y cultural. Bergoglio asumió el papel de mediador simbólico, ayudando a integrar la sombra institucional y convocando a un profundo autoexamen y conversión.
Este camino estuvo lleno de conflictos inevitables: resistencia interna, reacción de sectores ultramontanos y desafíos externos. Sin embargo, también abrió la puerta a la esperanza, actuando como un “paciente espejo” que refleja tanto las heridas como las oportunidades de sanación.
Por otro lado, aunque se alejó de los personalismos autoritarios de épocas pasadas, su relación con el poder siguió marcada por una cierta ambiguedad. El impulso del Guerrero reformador no se apaga fácilmente, y a veces su ardor puede ser más intenso de lo necesario. Incluso en Roma, donde encarnó la figura del Papa humilde, su estilo generó resistencias debido a decisiones inesperadas o silencios prolongados. La sombra del poder espiritual acecha a quien quiera encarnar el Reino, y no siempre se sale ileso.
En la figura del Papa Francisco, la integración del Sí-Mismo parece haber transitado por una aceptación radical de su propia vulnerabilidad y limitación, al mismo tiempo que por la capacidad de asumir, con humildad y firmeza, la responsabilidad ética del poder. Este delicado equilibrio, tan difícil de sostener, es precisamente lo que convirtió su pontificado en un fenómeno simbólico poderoso y resonante a nivel mundial.
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IX. El magisterio: Laudato Si, Fratelli Tutti, la sinodalidad – el intento de reconciliar opuestos

Durante su pontificado, Francisco se destacó por su compromiso en pos de sanar las tensiones de un mundo fracturado. Su voz resonó como un llamado poderoso a la integración, desde una perspectiva arquetipal que buscaba cerrar divisiones y abrir horizontes nuevos. Sus encíclicas "Laudato Si" (2015) y "Fratelli Tutti" (2020) son hitos emblemáticos de esta etapa. En "Laudato Si", Francisco evocó el arquetipo de la Gran Madre, instando a la humanidad a cuidar nuestra Casa Común, la Tierra que nos acoge, en un llamado ecológico que iba más allá de la mera conservación ambiental, para ser una ética espiritual y social. Esta obra planteaba la urgencia de reconocer la interconexión de toda forma de vida y nuestra responsabilidad colectiva ante la crisis climática y la degradación del medioambiente. Era un llamado a reconciliarnos con la naturaleza, pero también con nosotros mismos y con los demás.
Por otro lado, "Fratelli Tutti" representó un esfuerzo por renovar el arquetipo del Hermano Mayor o Frater, una invitación radical a la fraternidad universal, sin importar fronteras, creencias o ideologías. En este texto, Francisco presentó una visión de sinodalidad que proponía caminar juntos, dialogar y enfrentar las heridas de la sociedad moderna: la exclusión, la desigualdad, la violencia. Este magisterio enfatizaba la importancia de la unidad en la diversidad, reconociendo la tensión creativa entre opuestos como motor de crecimiento.
El magisterio de Francisco buscó enseñar que la reconciliación no significa suprimir las diferencias, sino tener la capacidad de sostenerlas y transformarlas (recordemos la imagen del poliedro). La sinodalidad, entendida como un proceso abierto y participativo, encarnó esta pedagogía: un camino en el que la Iglesia se ofrecía como un espacio de escucha mutua y discernimiento comunitario.
En sus palabras y acciones, se manifestaba un deseo de unir lo tradicional con lo moderno, la autoridad con la humildad, el juicio con la misericordia. Era un esfuerzo constante por encontrar un equilibrio entre la tradición y la innovación, el poder y el servicio, la fe y la razón, siempre basado en el diálogo y la apertura. 
Sin embargo, en este continuo intento de reconciliar opuestos, Francisco enfrentó resistencias dentro de la misma institución. Curiosamente, mientras buscaba abrir las puertas a la inclusión y al diálogo, algunos sectores ultraconservadores lo acusaron de dividir a la Iglesia, de ponerla en peligro de fractura o incluso cisma. Esta acusación no es solo política o institucional, sino que también tiene un profundo trasfondo arquetipal: refleja el miedo a lo desconocido, a la pérdida del orden establecido, y al quiebre de la imagen tradicional de la Iglesia. 
Esta contradicción ilustra un fenómeno clásico en el proceso de individuación, tanto a nivel personal como colectivo. Para avanzar hacia una mayor integridad, el sistema (en este caso, la Iglesia) debe enfrentar su sombra —esas partes reprimidas o negadas que, al salir a la luz, generan conflicto y rechazo. Francisco se convirtió en un mediador que desafía el status quo y encarna la tensión entre tradición e innovación. 
No fue un camino sin dolores de cabeza. La resistencia eclesial puede verse como una manifestación del miedo a perder el equilibrio conocido, así como de la expresión de complejos colectivos que rechazan una transformación profunda. En este sentido, Francisco se convirtió en un espejo para la Iglesia misma, revelando la necesidad de confrontar y reconciliar sus propias divisiones internas.

X. Su vejez y preparación para el final – el retorno al origen

Jorge Mario Bergoglio falleció el 21 de abril de 2025, en la octava de Pascua, el día siguiente al Domingo de Resurrección. Como en los relatos donde la vida se ordena en torno a un ritmo simbólico más profundo que el calendario, su muerte no se puede ver solamente como el final biológico de un ciclo vital. En el lenguaje del alma, morir en la octava de Pascua es más que una coincidencia: es una firma arquetipal. La octava, en la liturgia cristiana, es el tiempo donde la luz del Resucitado brilla, donde la muerte fue vencida, pero todavía se camina entre las llagas. Es, en sí misma, una figura de lo ya y lo todavía no. Francisco murió en ese umbral: ni el Viernes Santo del abandono, ni el Domingo glorioso, sino en el tiempo intermedio, cuando todo se ha visto y se sigue creyendo.
Durante sus últimos años, su salud se había deteriorado progresivamente. Las internaciones se hicieron más frecuentes, los gestos más frágiles, la marcha más lenta. Sin embargo, lejos de ocultar su fragilidad, la expuso con una transparencia desarmante. En marzo de 2025, despúes de una internación larga por complicaciones respiratorias, se lo vio andar por el Vaticano en silla de ruedas, vestido apenas con un poncho, sin anillos, sin ornamentos, sin títulos. No era un Papa, era un anciano. No era un jefe de Estado, sino un cuerpo cansado, como el de cualquier otro. Fue, quizás, uno de sus gestos más profundamente evangélicos.
En esa renuncia a toda escenografía de poder, Francisco encarnó el arquetipo del Anciano Sabio que no necesita demostrar nada porque ya atravesó todo. Mostró que la verdadera autoridad no está en imponerse, sino en retirarse con humildad. Que el poder más alto es el de dejar ir. En esa desnudez final, volvió a ser simplemente Jorge: el nieto de Rosa, el chico de Flores, el seminarista tímido que había sentido aquella mirada de misericordia en la basílica de San José. Era el retorno al origen como cumplimiento pleno de lo que siempre había sido.
La imagen de Francisco anciano, limitado, hospitalizado, pero aún presente, aún bendiciendo, nos habla de una vejez como etapa iniciática, no terminal. En los relatos simbólicos, el anciano es quien ha recorrido todo el camino del alma: ha enfrentado su sombra, cruzado desiertos, experimentado el poder y la renuncia, y ahora incluso puede mirar a sus adversarios con ternura. En sus últimos mensajes, no hubo reproches ni advertencias, solo palabras de aliento, llamados a mantener viva la esperanza.
Su última aparición pública, el 20 de abril de 2025, fue durante la bendición de Pascua desde el balcón de la basílica de San Pedro. Su voz, aunque débil, era clara. Saludó, bendijo y agradeció. Y luego, en su última publicación en redes sociales, escribió: "¡Cristo ha resucitado! En este anuncio se encuentra todo el sentido de nuestra existencia, que no está destinada a la muerte, sino a la vida.". 
Esa frase, tan simple y brillante, podría resumir su legado espiritual. No se trata de un discurso doctrinal, sino de una verdad expresada desde el umbral. En ella se resume toda su teología, su psicología, su humanidad. Porque Francisco no predicó la fe como certeza, sino como confianza; no vio la vida como éxito, sino como misterio; y no consideró la muerte como derrota, sino como pasaje.
En los últimos años de su vida, exploró a fondo la paradoja del anciano que renace, de aquel que se va pero deja encendida una llama. Como dijo Jung sobre quienes vivieron conscientemente el proceso de individuación: "Ya no proyectan sombra sobre el mundo; han hecho las paces con ella".
La muerte de Francisco no cerró un capítulo, sino que consagró un viaje: el de un alma que, con luces y tropiezos, buscó abrir caminos de sentido en medio de la oscuridad del mundo. Y que, al final, regresó a sus raíces para entregarse, no como un triunfador, sino como alguien que fue capaz de amar.


La vida de Jorge Mario Bergoglio no se puede reducir a los hechos visibles de su biografía, ni siquiera a su nombramiento como Papa o a sus gestos reformistas. En este primer esbozo de lectura arquetipal, he querido desplegar tan sólo ciertas aristas de un itinerario humano: el de una persona que atravesó pruebas, tensiones, rupturas y reconciliaciones en busca de una verdad encarnada. Francisco fue, en su esencia, un peregrino de la misericordia, un hombre herido que no escondió sus heridas, y que desde ellas intentó construir puentes allí donde otros sólo veían muros.
No se trata de cerrar su historia con una fórmula, sino de dejar abierta la imagen del peregrino: el que no dejó de descender para servir, el que no dejó de escuchar. Su figura persistirá como signo de contradicción: una invitación a no temer la noche, y a buscar, aún en su profundidad, la luz que no cesa.


Junio, 2025

A.M.D.G.


Bibliografía:

Ivereigh, A. (2014). El gran reformador: Francisco, retrato de un papa radical (1.ª ed.). Buenos Aires: Ediciones B Argentina.
Jung, C. G. (1993). Arquetipos e inconsciente colectivo (9.ª ed., Obras completas, Vol. 9/1). Madrid: Trotta.
Neumann, E. (1955). The Great Mother: An analysis of the archetype. Princeton, NJ: Princeton University Press.
Piqué, E. (2013). Francisco: Vida y revolución (1.ª ed.). Buenos Aires: Editorial El Ateneo.
Rubin, S., & Ambrogetti, F. (2010). El jesuita: Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio (1.ª ed.). Buenos Aires: Vergara (Grupo Zeta).

jueves, 1 de agosto de 2024

Reflexiones Junguianas (XI), por Néstor E. Costa

 


Como sabemos, los dioses, desde la perspectiva de Jung, son "arquetipos"si bien con las singularidades típicas de la cultura en las que surgen. Muchos creen que por ello han desaparecido y que su actuación en el mundo ha quedado relegada a ese pasado mítico y que hoy no son más que leyendas superadas. Sin embargo, cuando se advierte que tienen un estrecho parentesco  con las conductas humanas, es decir, cuando se las relaciona simbólicamente con ellas, la cosa cambia considerablemente. Siguiendo al investigador suizo en estos aspectos podríamos decir que los dioses, al igual que los arquetipos, no envejecen. Sólo pensar que en casi todos los panteones míticos hay un dios de la guerra, nos exime de mayores comentarios. "Los arquetipos son como los lechos de los ríos abandonados que después de un tiempo indeterminado largo el agua vuelve a rellenar". Por lo que, "cuanto más prolongadamente hayan mantenido ese curso tanto más probable es que, antes o después, vuelvan a él."

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A veces sucede que alguien pregunta si hacer consciente lo inconsciente cambia el contenido de lo inconsciente. Jung,  en este sentido es claro: "Cuando en el individuo cambia considerablemente el estado de consciencia, también cambian los contenidos de lo inconsciente constelados por él"; así como: cuanto más se aleja la situación de la consciencia de cierto punto de equilibrio, más peligrosos se vuelven los contenidos inconscientes que aspiran al equilibrio.

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Es importante destacar en lo que hace a la teoría de Jung, la insistencia de su autor en que cada individuo tiene una particular "Weltanschauung" (cosmovisión) la que generalmente versa sobre el hombre y el mundo por lo que se comprenderá que la misma es, fundamentalmente, un problema histórico. Esta cuestión alude sin embagues a la "relación compensatoria" existente entre la consciencia y lo inconsciente, dado que este último intenta completar a la parte consciente de la psique añadiendo aquello que "falta" para completarla y evitar un posible desequilibrio de ésta, por lo que la tarea principal del psicólogo suizo fue la de investigar las formas de expresión de lo inconsciente, es decir, "aprender su lenguaje simbólico" y como los mismos brotan de zonas arcaicas de la psique entendió como necesario "meterse" con materiales históricos.
Este material al que simplemente vamos a nombrar y como seguramente muchos ya sospechan, nos remite a los mitos, cuentos, creencias, etc. y que suelen manifestarse, a nivel personal, en los sueños, visiones, fantasías y hasta  en los delirios de los enfermos mentales; lo extraordinario es que muchas de las figuras que componen esta fenomenología suelen repetirse, formando "motivos" aunque con ropajes diferentes dada la cultura y la época en que surgen. Por lo que la investigación se centrará en el estudio de los mismos.
Como dice Jung: "En todo el ámbito psíquico hay "motivos", es decir, figuras típicas que se remontan muy atrás en la historia e incluso en la prehistoria, por lo que podemos llamarlas "arquetipos". En otras palabras, formarían parte de la estructura de lo inconsciente humano para el investigador, "pues no puedo explicarme de otra manera su presencia universal e idéntica a sí misma, ya sea el redentor, un pez, una liebre, un cordero, una serpiente o una persona".



Néstor E. Costa es el Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996.


martes, 30 de abril de 2024

Serie Meditaciones #13. Trickster. Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACION #13

Trickster

Es bromista de lo sagrado, danzando en la frontera de lo permitido.
Es caos creativo, desordenando certezas para abrir paso a lo nuevo.
Es astucia encarnada, desafiando nuestras estructuras con picardía.
Es rebelde con causa, rompiendo moldes para revelar posibilidades nuevas.
Es bufón de la existencia, mostrando la relatividad de nuestras verdades.
Es mensajero de lo inesperado, sacudiendo nuestra complacencia con sorpresas.
Es guardián de lo desconocido, invitándonos a explorar lo que tememos.

JMOB.

jueves, 28 de diciembre de 2023

Serie Meditaciones #11. Sobre el arquetipo de Muerte y Resurrección. Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACION #11

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"Ahora que está próximo el fin del mundo, conviene abrir el corazon al Sol Naciente". Philip Otto Runge

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El arquetipo de la Muerte y Resurrección es un factor psíquico especialmente resonante en estas fechas que vivimos, donde celebramos el fin del año que se va y recibimos el año nuevo que llega. Yace no sólo en los confines de lo físico, sino que se erige como una puerta entre lo conocido y lo desconocido, entre el ocaso y el amanecer.

Las mitologías antiguas tejen relatos de héroes y dioses que, en su encuentro con la muerte, descubren la semilla de la resurrección. En la mitología egipcia, Osiris muere para renacer como el dios de la vida después de su paso por el inframundo. Prometeo, atado y sufriendo, encuentra su redención y renace a través del mito griego.

Desde las mitologías hindúes hasta las leyendas nórdicas, el arquetipo de Muerte y Resurrección revela sus misterios en múltiples relatos. Shiva, el dios hindú, danza el Tandava Nataraja, la danza cósmica que simboliza la creación, la preservación y la destrucción. En esta danza, la destrucción no es un fin, sino el preludio de una nueva creación, un ciclo eterno de renacimiento.

En las tradiciones budistas, la muerte es vista como un paso natural en el ciclo de renacimientos, el Samsara. Buda, a través de sus enseñanzas, destila la sabiduría de dejar ir lo efímero para encontrar la verdadera paz. Esta muerte simbólica conduce a una nueva vida interior, a la iluminación.

El cristianismo, con su narrativa central de la crucifixión y resurrección de Jesús, lleva consigo la promesa de redención a través de la muerte. La tumba vacía simboliza no solo la resurrección física sino también la posibilidad de renacimiento espiritual para aquellos que viven comprometidamente la fe.

Culturalmente, la celebración del Día de los Muertos en México es un ejemplo conmovedor de cómo la muerte y la resurrección pueden entrelazarse. Este festival colorido y lleno de vida no solo honra a los muertos sino que celebra la continuidad de la existencia a través de la memoria y la conexión emocional.

Y es que este arquetipo reverbera en festivales y rituales que celebran la cosecha tras la muerte aparente del invierno. La primavera emerge como una resurrección después de la quietud invernal, un ciclo perpetuo de muerte y renacimiento que encuentra eco en nuestras almas.

A nivel personal, cada pérdida, cada desafío, puede ser un encuentro con la muerte simbólica. El fin de una relación, el cambio de carrera, el cierre de una etapa, son pequeñas muertes que dan paso a oportunidades de renacimiento. En la resiliencia humana, encontramos la capacidad de renacer de las cenizas de nuestras propias experiencias difíciles.

El arquetipo de la Muerte y Resurrección, en su sutileza poética, nos sugiere que cada despedida es una bienvenida a lo nuevo. Como el fénix que surge de las llamas, como la primavera que sigue al invierno, nuestras vidas están entrelazadas con el eterno ciclo de morir y renacer. En este constante flujo, encontramos la promesa de renovación, la posibilidad de transformación, y la certeza de que en cada puesta de sol, aguarda una aurora.

JMOB.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Reflexiones Junguianas (IX), por Néstor E. Costa

Siempre tomó cuenta Jung de las dificultades de expresar y de transmitir que eran los arquetipos, dado que hablar de  ellos nos remite necesariamente a la psique. En realidad, cuando se ingresa en estos dominios no hablamos sobre la psique, sino que es la propia psique la que se expresa sobre sí misma. De ahí la incomprensión que notaba el investigador suizo en algunos hombres  y el consecuente miedo que denotaban cuando debían admitir su propia femineidad; claro, señalaba; la dificultad surgía cuando entraba en juego lo que era la palabra "Anima" y lo mismo puede pasar, tanto para los hombres como para las mujeres, con ciertos aspectos de la "Sombra" o de cualquier otro arquetipo.

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En el mundo del enfermo mental sus imágenes lo sumen en fatal confusión, pero también son la matriz de la fantasía creadora de mitos, los cuales han desaparecido de esta época racional.
Como dice Jung, la fantasía mítica existe en todas partes y es tan mal vista como temida, dado que es la senda que conduce a las profundidades de lo inconsciente. En la parte II del Fausto, el investigador, nos recuerda la sentencia que allí escribe Goethe: "Atrévete a abrir las puertas ante las cuales todos prefieren pasar de largo...".

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Hay una faceta de la personalidad de Jung poco conocida para aquellos que no han leído su obra. Fue un hombre que en un momento determinado de su vida decidió crear un lugar físico para usarlo como una suerte de retiro, con la finalidad que el mismo expresara su mundo interior.
Así nació Bolligen, en las orillas del lago de Zurich; una suerte de  edificio con forma de torre hecho de piedras, sin electricidad, ni adelantos modernos de ningún tipo, a punto tal, que durante la noche encendía viejas lámparas de aceite para iluminarse y hasta el agua la extraía de un pozo. 
La primera torre la construyó en 1923, después de la muerte de su madre y añadió nuevas secciones a lo largo de un período de treinta y dos años. Allí, Jung pasaba largas horas, incluso solía hacerse la comida cortando leña y cocinando sus alimentos. Decía que la sensación de reposo y el silencio que lo rodeaba lo hacían vivir en modesta armonía con la naturaleza, haciéndolo sentir con plenitud su mundo interior. Una de sus reflexiones nos vincula directamente con esa profundidades psíquicas ignotas: solía decir que  los pensamientos que lo invadían procedían de hace muchos siglos y que por consiguiente,"anticipaban un futuro remoto": "Allí veo la vida como un círculo, como algo que siempre está llegando a ser y pasando".


Néstor E. Costa es el Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996.


viernes, 3 de febrero de 2023

Reflexiones Junguianas (VIII), por Néstor E. Costa

Desde hace un tiempo a esta parte, he notado que en algunos escritos, pero sobre todo en televisión, se usa el vocablo "extrovertido" , en lugar del clásico y utilizado por Jung: "extravertido". El uso actual con "o" y ya para su época, decía el pensador suizo, que era un mal uso del latín. Evidentemente el dinamismo del lenguaje ha sido decisivo en este cambio de grafía y seguramente aceptado como tal por la Real Academia Española, y así acaba de aseverármelo una colega. En un viejo diccionario que poseo, de la década de 1970 y de cinco volúmenes, hay una sola palabra que empieza con "extro" y es "extrospección", término que vincula a criterios objetivos de observación del comportamiento humano, pero esto ya es harina de otro costal.

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La frecuente confusión que un arquetipo puede ser aclarado totalmente y por ende, superado, lleva a veces a equivocaciones teóricas. Como bien lo señala Jung, los mejores intentos de explicación son al fin de cuentas intentos de una "traducción" más o menos lograda de un grupo de imágenes a otro, dado que el lenguaje no es otra cosa que un conjunto de imágenes. La explicación sobre un arquetipo debe guardar, en lo posible, el sentido funcional del arquetipo en cuestión, de tal forma, que el mismo sea comprensible para la consciencia.

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Sabemos que Jung se refirió al arquetipo del "sí- mismo" (el arquetipo central de la personalidad o de la jerarquía) de diversas maneras. Una de las formas que ha tenido de referirse a este tema ha sido desde la alquimia. Voy a remitirme a un texto de su autoría: "Estudios sobre representaciones alquímicas", dice el investigador:
"Las denominaciones simbólicas de "prima materia", remiten al "ánima mundi", al hombre platónico originario, al "anthropos" y al Adán místico, que es concebido como redondo (totalidad), cuadripartito (lo diferente que se reúne en sí), hermafrodita (más allá de la separación de géneros sexuales, es decir, sobrehumano) y húmedo (es decir, psíquico). Esta forma describe el "sí-mismo", la indescriptible totalidad del hombre".


Néstor E. Costa es el Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Maradona y el arquetipo heroico (por Bruno Alfonzo)

"Más allá de las opiniones particulares que cualquiera de nosotros pueda esgrimir sobre el recientemente fallecido Diego A. Maradona, es difícil dejar de considerarlo, pese a mi poca admiración por el fútbol, como paradigma contemporáneo de la figura heroica que, por curiosos designios de la historia subterránea de nuestros ritos, la antigüedad nos ha legado.

Muchos rasgos que constituyen su figura dan cuenta de esta tentativa: en primer término, su inevitable gloria atlética que, en nuestra sociedad, encuentra su apogeo en el estrellato deportivo, rasgo en absoluto ajeno a la antigua sociedad griega, cuya mayor demostración la encontramos en la marcada relevancia de la gimnasia —junto con la matemática y la música— en la educación ateniense y, en su versión eminentemente religiosa y cosmopolita, en el establecimiento de los Juegos Olímpicos que, aún hoy, tras un origen remoto de marcado sesgo mitológico del que nos informan, entre otros, Píndaro y Pausanias, constituye una parte esencial de nuestro patrimonio cultural.

A su vez, el costado bélico que circunda la concepción de la destreza gimnástica y deportiva, estrechamente relacionada por los antiguos con la cualidad guerrera. En tal sentido, Aquiles, el legendario guerrero mirmidón, es un ejemplo claro de ello: sus pies ligeros —rasgo que se volverá epíteto de su persona en la Ilíada de Homero— constituyen una definición de su personalidad y, por tanto, un rasgo medular de su condición de héroe (curiosamente sus pies son su virtud y su mortal defecto, su cielo y su ocaso. ¿Acaso algo similar no podrá decirse de Maradona?).

Si hay algo que se ha atribuido incansablemente a este último es nada menos que la felicidad que ha generado en su pueblo, eudaimonía producto de sus victorias en el campo de batalla —la cancha—, donde su destreza le ha otorgado el mote de “el mejor” [áristos]. Tales aptitudes han logrado conmover a casi todas las ciudades del mundo. Es poco probable que alguien no sepa quién es Maradona, de la misma manera que es poco factible que alguien no conozca, aunque sea soslayadamente y por medio de un atractivo Brad Pitt, quién fue Aquiles.

Hay personalidades en la historia de la humanidad a las que en ocasiones hay que acceder abstraídos de cualquier prejuicio, observando su imposición en el tejido social y cultural del que fueron parte, tratando de dimensionar —si acaso es posible— su tamaño socio-antropológico —y por qué no mítico—, independientemente de su condición humana particular, inevitablemente falible. Ninguna de estas consideraciones pretende excusar a Maradona de las actitudes que podemos ponderar de transgresoras, sino que lo que se busca es poner de manifiesto la trascendencia innegable de su figura.

La Ilíada comienza con la cólera de Aquiles ante Agamenón tras apropiarse este ilegítimamente de una mujer que a aquel le había correspondido como botín de guerra. Si quisiéramos, podríamos detenernos en este rasgo que hoy consideramos delictivo y atroz, para señalar la violencia machista del intemperante guerrero. Pero incluso así, abstrayéndonos de los contextos y las vicisitudes, y consintiendo esta visión, nada podría quitarle a Aquiles el apelativo de héroe, pues nos haría falta borrar más de tres mil años de relatos sobre su persona que hoy nos permiten continuar evocándolo —además de negar una realidad cultural que nos es parcialmente ajena no sólo en el tiempo, sino también en el espacio—.

Es evidente que la idea de heroísmo responde en gran medida a elementos que una sociedad conserva —consciente o inconscientemente, como afán de lucha o como símbolo— para sí. Hoy en día sería difícil admitir a Aquiles como nuestro héroe, pero sí podemos considerar a Maradona su actualización, que no resulta ser otra cosa que la manifestación de nuestra propia condición. Los héroes que construimos muchas veces nos resultan incómodos, pues ellos muestran de manera brutal e icónica aquello de lo que estamos hechos: es difícil escapar al héroe por mucho que lo intentemos (y es posible que el propio héroe, tras su muerte, escape de sí mismo por el solo acto del arrepentimiento, como sabemos le sucedió a Aquiles en el inframundo según nos lo cuenta Homero en la Odisea).

Maradona, al igual que muchos de los héroes de la antigüedad, fue revestido de cualidades divinas, favorecidas a su vez por la naturaleza casi parlante de su nombre mediante asociaciones habilitadas por la lengua castellana: Diego, diez, Dios. Cuando Diego tocó esa famosa pelota, el imaginario colectivo comprendió que allí no sólo estaba Maradona, sino también Dios. Que su mano era la extensión de una fuerza superior, de la misma manera que la lanza de Aquiles era guiada por la potencia de Zeus. De ello se desprende que ambos, el guerrero-futbolista y la lanza-pelota se igualaban con la divinidad.


Ha sido harto señalado el carácter divino atribuido a distintas figuras heroicas de la historia, de cuya naturaleza hierática estos hombres son herederos y portadores. Obviando este tópico, hay algo que agregar en torno de él: puede que a diferencia del caso antiguo, el heroísmo moderno haya dado lugar al ingreso de la historia, pues sabemos que Maradona ha forjado su figura no sólo a partir de sus logros en el “campo de batalla”, sino sobre todo desde la naturaleza de su origen: la pobreza. El aliciente del héroe maradoneano no se halla sólo en la victoria deportiva o guerrera, sino a su vez en el orden del progreso personal y social. Nuestros héroes, en efecto, suelen poseer esa condición superadora que también comparten otras figuras de rasgo heroico como podría serlo Steve Jobs. Nos fascinan las historias de superación personal, algo no tan afín a la mentalidad griega, en la que los héroes, por lo general, provenían de familias acomodadas —e incluso divinas—. Esta fascinación puede deberse a necesidades profundas derivadas de experiencias históricas y aportes teóricos en que la idea de clase se encuentra más arraigada, lo que explica que a pesar de haber vivido como millonario —lo opuesto a su origen—, Maradona permanezca asociado a una ideología popular, defendida por él mismo más allá de su estilo de vida apartado de las clases sociales más bajas.

Con todo, hay algo todavía más hondo que no puede dejar de señalarse, rubricado en la mentalidad de los antiguos y ratificado en la nuestra. Se trata de un rasgo esencial en la aspiración heroica: ser recordado. Eso sucedió con Aquiles: miles de años después de su posible existencia, lo seguimos cantando en los versos homéricos. Es poco probable que lo contrario suceda con Maradona. Su gloria seguirá siendo cantada por las generaciones venideras y su muerte física será remediada por la maravillosa actividad creadora de la memoria que, como sabemos, conjura la inmortalidad sin entender imposiciones morales".


📰🖋 Bruno Alfonzo (filósofo)

Artículo publicado originalmente en el dario Infobae.com

Agradecemos al autor del escrito su reproducción en nuestra Red.

🎨 Retrato conceptual de Diego Maradona. Trabajo realizado en grupo por Aldana Fraile - Cecilia Ovenloch - Cristian Aguirre - Milagros Tacchella Docente editor: Silvana Giménez, para Cátedra Salomone, Diseño Gráfico II - FADU UBA 2012.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Reflexiones Junguianas (III), por Néstor E. Costa



En un interesante artículo de su autoría, Jung señala lo complicado que es la relación del "hombre con el mundo". El "yo", nos dirá, lucha con su entorno y a menudo en dos frentes:delante, la lucha por la existencia; detrás, contra la rebelde naturaleza instintiva. Nuestra existencia se parece más a una lucha que a cualquier otra cosa. El estado de paz, destaca el autor, es un "desideratum" , y si uno ha concertado la paz con el mundo y consigo mismo se trata, entonces, de un acontecimiento digno de atención.
Desde una perspectiva anímica es mucho más fácil vivir en un estado de movimiento, con continuos altibajos, que en un estado de equilibrio duradero.

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Pocos saben que entre los primeros pensadores que constataron el alcance filosófico del simbolismo se halla Nietzsche. Nos dice este este autor, que detrás del concepto que emplea la ciencia en su organización de la experiencia se encuentra la imagen. "La ilusión y la ficción, la metáfora y la mentira no se contraponen al conocimiento, sino que lo fundan".

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En un texto de hace ya muchos años, Jung se hace una pregunta que viene a colación de lo que sucede hoy día en relación a los sexos. Se interroga el investigador si la masculinazación de la mujer no tendría relación (para su época) con la pérdida de su integridad natural (hijos, casa propia, el hogar,etc.) y si el afeminamiento del hombre no representaba un fenómeno originado por el anterior. Hacía notar y vale para hoy día, que los estados más racionales hacen desaparecer la diferencia de sexos en grado máximo y que el papel que desempeña en la sociedad moderna la homosexualidad es enorme. Habida cuenta el transcurso del tiempo y las nuevas teorías sobre el género, entendemos que supo vislumbrar con una antelación notable lo que actual sociedad nos plantea.

Néstor E. Costa es el Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996.


viernes, 17 de mayo de 2019

Reflexiones Junguianas (II), por Néstor E. Costa

C.G.Jung & Emma Jung

Uno de los arquetipos más importantes en la psicología de Jung es evidentemente el del "ánima", palabra que nos remite a variadas cosas. En primer término, tiene que ver con el "alma" ; en griego antiguo con el aleteo de la mariposa. Es un concepto riquísimo que se encarna de variadas formas, tanto por su profusa simbología como por su accionar en la vida., por lo que podemos encontrarla desde el concepto que asume Sofía (sabiduría), como en la representación en la María de la compasión; es también Isis en sus variadas personificaciones, así como Helena de Troya; la Perséfone que se sumerge en el Hades, como la terrible Hera griega o también las musas, las ninfas, la necesidad y el destino, son otros tantos atributos de este arquetipo. 
James Hillman señala que la realidad cuando se personifica a través del "anima" sugiere un mundo covocado y gobernado por ella. "Vico y Cassirer la relacionaron con el pensamiento mítico, Dilthey y Unamuno con la comprensión y el amor; Lou Andreas Salomé personificó estas ideas para Freud y Jung describió al "ánima" como la personificación de lo inconsciente".

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Siguiendo con el "arquetipo del ánima", vamos a dar algunos ejemplos que nos proporciona el propio Jung en lo que hace a su fenomenología erótica. Así vemos que la Antigüedad tardía conocía esa escala en relación a cuatro tipos de mujeres simbolizadas por: Eva; Helena de Troya, María y Sofía.
Como se desprende de sus propios nombres, son cuatro grados del eros heterosexual, correspondientes a la imagen del ánima. 
Eva representa a la tierra, a lo meramente biológico con un fuerte componente sexual e impulsivo; el segundo grado Helena, también es un representante de la sexualidad, pero con una mayor carga estética y romántica; el tercer grado, María, eleva el eros a la máxima valoración y devoción religiosa, con lo cual lo espiritualiza; el cuarto grado, simboliza a la "sapientia", es decir, la sabiduría, el eros en la búsqueda de su máximo conocimiento, la verdad. Nos señala el investigador suizo que, según el grado de predominio, dado que son componentes dinámicos, los mismos pueden ser propios o impropios, decisivos para la vida o simplemente sindrómicos.

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Como hemos ya señalado, el arquetipo del ánima en su forma espiritualizada se convierte en el arquetipo de una diosa. Para el escritor Apuleyo, que vivió en el siglo II de nuestra era en su obra "El asno de oro o Metamorfosis" nos enseña como se le presenta una de las diosas más importantes de la antigüedad al protagonista de la historia, quien la había convocado para que lo cure: 
"Aquí me tienes Lucio, tus ruegos me han conmovido. Soy la madre de la inmensa naturaleza, la dueña de todos los elementos...soy la divinidad única a quien venera el mundo entero bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos nombres. Los frigios me llaman diosa de Pessinonte y madre de los dioses; soy Minerva para los atenienses; Venus para los chipriotas; Diana para los cretenses; Proserpina para los sicilianos; Ceres para la antigua Eleusis; para unos soy Juno, para otros Bellini, para los de más allá Rhamnusia; los egipcios poderosos por su antigua sabiduría me honran con un culto propio y me conocen por mi verdadero nombre: soy la reina Isis."

Foto gentileza: Espacio Integral Palermo
Néstor E. Costa es el Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996.

martes, 5 de marzo de 2019

Segunda "Mesa Redonda Mitológica" (JCF). Ciclo 2019


⚠ "Mesa Redonda Mitológica" de la Joseph Campbell Foundation 
👉 Organiza: Religare Red de Estudios
📌 Día: Sábado 13 de Abril
⏰Horario: 16 a 19hs
👉 Colaboración: $400
📌Expositora invitada: Dra. Raquel Bianchi
(Presidente de la "Sociedad Argentina de Salud y Espiritualidad" de la Asociación Médica Argentina)
👉TEMA: "Psicoterapia Ontológica: los arquetipos del supraconsciente"
📌 Lugar: Zona Parque Centenario, Almagro, Cap. Fed
📩Consultas&Inscripciones: religareredbsas@gmail.com
✅Whatsapp: 1164891310

viernes, 28 de julio de 2017

El Héroe del Conocimiento (por Dr. Jorge Garzarelli)

"Prometeo trayendo el fuego", por Jan Cossiers

EL HEROE DEL CONOCIMIENTO, por el Dr. Jorge Garzarelli
(capítulo VII de la tesis doctoral del Dr. Garzarelli, cedida gentilmente para ser compartida en este blog)

En todos los mitos aparecen multiplicidad de dioses que sienten, piensan y actúan como los mortales. Esos mitos aparecen en la actualidad como transformaciones de hechos que, en otros tiempos habrían sido experiencias hierofánicas.

Este producto de lo más profundo del mundo antiguo, también nos enseña una posición humanística, explicada con palabras que aun no han sido del todo bien escuchadas e interpretadas. ¿Será ése el motivo por el cual esta palabra del mito insiste en ser dicha?.

Esta palabra es la que nos orienta hacia una realidad que alguna vez pudo ser histórica, llegándose a convertir en mito. Así aparece investida de una función significativa que escapando del control individual pasa a ser colectiva, emergiendo como un fenómeno secundario más elaborado y comprensible. Tal podrían ser los orígenes de algunos mitos. Pero esto se hunde en la obscuridad del pasado. Más que nada podríamos utilizar esta conceptualización para aquellos mitos en los cuales, es claramente determinable, objetivar su origen en hechos de la realidad y confirmados por la historia misma.

Desde la antigüedad, el hombre ha tenido inquietudes de naturaleza perentoria en el orden del querer saber de donde venimos y hacia donde vamos. Preguntas que, en muchas oportunidades hemos podido reconocer en los mitos, pretendiendo dar respuestas a estas cuestiones impenetrables, profundas y angustiantes que el ser humano se planteó. Aún hoy mismo, continua planteándoselas.

Ha ocurrido y ocurre que el hombre respecto de sus orígenes, vida en el más allá del mundo que lo rodea, y por esto se ha sentido al decir de Cencillo desfondado” (L. Cencillo-1958), rodeado de misterios, intuyendo trans-realidades que en nuestra época surgieron con una cierta organización, las que son sin duda motores para el desarrollo de las ciencias.

En los mitos podemos observar una fuente privilegiada de conocimientos. En ellos existen saberes esenciales que devendrían de reflexiones sobre el medio en que les tocó existir y la determinación fantástica del inconsciente.

El hombre utilizando el lenguaje, habría podido enfundar y trasladar el mito, probablemente no metodologizado tal como hoy lo tenemos presente ante nuestra forma de conocer.

El mito aparecería en un momento determinado como lenguaje con elementos expresivos, signos y fonemas usados para nuestra lógica en forma relativamente arbitraria, lo cual nos permite pensar de otro “habla”,de otro pensamiento ordenado según otras reglas y con normas con intenciones diferentes. Probablemente no tan diferentes a las que conforman la creación poética.

EL MITO - UNA CREACION

Este hombre, creador de mitos, seguramente no se habría atado de un modo fijo a su realidad y habría cambiado con el medio. De este cambio habrían surgido nuevas formas de pensar y de crear.

El mito, así posee una función peculiar y parece tener hoy en día, la idéntica urgencia que miles de años atrás. Respuestas urgentes a demandas de idéntica índole. Los mitos seculares que hoy se nos presentan, ya poéticos, sociales, espaciales, morales, mantienen una función que los distingue: hallar sentido a la vida, formando fondos básicos, esenciales, cuya importancia aumenta a medida que van perdiendo racionalidad científica.

Todo el mundo mítico, es un mundo de interrelación, coexistiendo mitos más ricos y otros más pobres. Estos últimos vendrían a llenar en forma positiva, el lugar que periódicamente habrían dejado vacío los otros. Todo indica que el hombre no puede vivir sin sentido y que en todo momento exige una cierta clase de ideas, creencias y representaciones desde las cuales pueda vivir y actuar.

El mito, viene a ser en cuanto concepto, una lectura de los aspectos más profundos de la vida. Lectura que debería interpretar los mismos con una lógica diferente a la convencional, una lógica no histórica, excepto en aquellos relatos en que si sea posible reconocer al hecho en así como perteneciente a la realidad misma. Esa otra lógica “imposible y arbitraria”, en mucho nos acercará a otras similares producciones del inconsciente.

Para ubicar con alguna certeza las circunstancias creadoras de un mito, se hace necesario tener en cuenta la presencia de un prototipo que aparezca como fundamental, puesto que ésta, como símbolo humano, pone evidentemente, en movimiento la mentalidad simbólica que duerme en cualquier individuo conminándolo a concretar en torno al discurso mítico, algo que haya sido depositado en su vida como cuerpo extraño y que pueda ser proyectado imaginativamente desde la narración de su origen, hacia un medio que lo pueda trascender.

Una proyección de los prototipos históricos humanos (héroe, amante, madre, sabio, etc.), son los más habituales productos de la actividad imaginativa inconsciente de todos los hombres.

El pensamiento simbólico, que ha dominado parcialmente el mundo de la antigüedad, se transforma en un discurso simbólico por excelencia. Mucho de la conciencia arcaica (inconsciente), es explicada por el mito.

El mito aparece como una de las más altas manifestaciones de esa capacidad que posee el hombre y a la que llamamos imaginación. Lleva de este modo el símbolo, una marca que lo enuncia como perteneciente en forma indubitable y en el grado más alto, al mundo del mito.

La misma polisignificancia del símbolo lo hace rico y poderoso. De ahí que ascienda a las alturas de lo místico y del arte, siendo probablemente el “discurso más propio del espíritu humano”. (Escritos de filosofía-Bs.As., 1978).

El símbolo como tal, habría permitido que el mito transcurra desde sus orígenes sin ninguna fisura, formando un bloque homogéneo y pleno de sentido. Habría habido una intensa fusión entre lo que es verdadero y lo que se presentaba antagónico. Viniendo desde la “obscuridad” del hombre, viniendo desde su inconsciente, no tiene contradicción entre lo que es y lo que no es.

Esta propiedad mítica, hará que durante largo tiempo se mantenga inalterado, puro, aceptado como verdadero. Tal la consistencia mítica, cerrada, autosuficiente, y que coloca a lo mitológico más allá de lo que podría ser considerado verdadero o falso.

Será en este espacio, donde símbolos, ideas, y palabras se hallan en completa armonía.

Más no era así, un lugar armónico, el mundo de los dioses y de los hombres. Como toda familia, tenía sus conflictos, ya entre los dioses, ya entre dioses y mortales o ya entre los mortales mismos.

PROMETEO - UN DIOS HUMANO

Un notable ejemplo es el que nos propone el mito de Prometeo, aparecido dos veces en la obra de Hesíodo. Una primera vez en la Teogonía y una segunda en Los Trabajos y los Días. Ambas referidas al robo del fuego por Prometeo, complementándose la una en la otra.

En la Teogonía, aparece por una parte, Prometeo y Zeus por otra, acompañándolos Atenea y Hefesto, quienes intervienen en las decisiones finales. En Los Trabajos, aparecerán Prometeo y Epimeteo, representando a los hombres y Zeus (asistido por Hefesto, las Cárites, Peithó (la persuasión), Afrodita, Athenea y Hermes), representando a los personajes divinos.

Todo el mito de Prometeo se referirá a un duelo de astucia entre el titán y el dios. Mientras que en la Teogonía el duelo se desarrolla entre dioses y hombres, aún unidos; en Los Trabajos, dioses y hombres se confrontan en dos campos diferentes.

Esta leyenda de Prometeo ocurre en el “tiempo en que litigaban en Mecona, los dioses y los mortales. En tal ocasión con corazón benévolo, Prometeo, dividió un gran buey y lo puso delante de todos. Quería engañar la mente de Zeus. En una parte bajo el cuero, puso las carnes y las entrañas recubiertas de abundante grasa, tapó todo después con el vientre del buey. En otra parte, disponiéndolos con arte engañosa, colocó los huesos desnudos del animal ocultándolos bajo la blanca grasa”. (Hesíodo-1979)

Luego le dice a Zeus, (quien previamente había descubierto el engaño), que elija su parte. Escogiendo la parte blanca, sintió un profundo rencor contra Prometeo y los mortales, que habían salido favorecidos por aquella astucia. Para castigarlos decidió no volverles a enviar el fuego. Prometeo robando semillas de fuego, las llevó a la tierra ocultas en un tallo de férula.

Existe otra tradición en la que se señala que el fuego fue sustraído de la fragua de Hefesto.


DEL CASTIGO

Zeus, en tanto, castiga a los hombres y a Prometeo.

Dos castigos singulares. Contra los primeros Zeus, ideó un ser modelado ex profeso, Pandora, mientras que a Prometeo lo encadenó con cables de acero en un monte del Cáucaso, enviando un águila que le devoraba continuamente el hígado a medida que éste se regeneraba. Como vemos, otra vez aparece en el mito el tema de la repetición y de la castración. Mitemas que consolidan, el primero al mito de Sísifo y el segundo a la secuencia mítica, Urano/Tierra/Cronos/Afrodita.

Prometeo encadenado, será el tema de una de las más de ochenta tragedias que escribiera Esquilo, la mayoría lamentablemente perdidas. Será éste el autor que perfeccionará el arte de representar en un escenario con caretas que expresaban los sentimientos humanos, alegrías, vicios, pasiones, ilusiones, etc. En esta obra el poeta volcará sublimes y nobles sentimientos que hacen resaltar la idea de lo moral en continua lucha, contra las fuerzas del egoísmo, en este caso del dios de dioses.

Prometeo, en esta obra, es encadenado por la fuerza representada por Vulcano (Hefesto), y el poder de Júpiter (Zeus). El motivo también siguiendo la tradición abierta por Hesíodo, será el robo del fuego (lo que estará simbolizando el Conocimiento).

¿No será acaso este encadenamiento a una roca al borde de un precipicio como el drama de la inteligencia (el Yo), que permanece condicionada, imposibilitada en forma relativa de manifestar su poder en plenitud?.

Existe una lectura que se refiere a, que Esquilo habría escrito en esta obra, siguiendo el argumento original del mito, una proyección de sí mismo en una actitud de rebeldía frente a la tiranía política que reinaba en su patria en aquellos momentos.

De este modo, podemos observar, como un mito de origen desconocido puede llegar a ser resignificado (en un proceso de elaboración más conciente, por lo que aparece como producción cultural específica), a los efectos de leer e interpretar la realidad actualizada siguiendo patrones prototípicos que los sostienen.

Prometeo aparece como un hombre iluminado por una chispa de su divinidad que intenta adelantarse a su época luchando por la libertad de los mortales. Lo consigue.

Extraña asociación de un dios, que toma partido por los mortales. Ya Tántalo, con otros motivos menos ideales, había realizado una acción relativamente similar, al acercar a sus amigos mortales, el néctar y la ambrosía de los dioses, siendo, a pesar del afecto divino, castigado por la eternidad a sufrir el deseo de tales exquisiteces. Nada menos que los elementos que le otorgaban la inmortalidad a los dioses.

FAMILIA DE DIOSES

Es oportuno aclarar que según la leyenda, Prometeo sería familiar (primo) de Zeus, ya que ambos fueron hijos de Titanes; Zeus de Cronos y Prometeo de Jápeto.

Respecto de la madre de Prometeo, existen dos tradiciones; una que lo hace hijo de Asia, a su vez hija de Océano y la otra que lo hace hijo de Climene. Esta diosa, engendrará de Jápeto, también a Atlas a Menetio y a Epimeteo de “espíritu extraviado, el cual, desde el principio, fue causa de males para los laboriosos hombres, al recibir, una virgen forzada por Zeus” (Hesíodo-1979). En otra tradición, esta diosa, Pandora, aparece formada por barro por el artista Hefesto, el mal habido esposo de Afrodita.

Esta alternativa, de tomar partido por los mortales, aparece simbolizada por la doble naturaleza de Prometeo. Es un semi-dios, hijo de un dios, Jápeto y de una mortal que a su vez comparte la divinidad. Otra tradición lo hace a Prometeo, hijo de Jápeto y Temis.

Este Prometeo, en su parte humana, anhela que la fuerza y el poder del espíritu sea patrimonio de todos. Será norma que cada uno alcance su propia iluminación, que desarrolle su propia inteligencia.

El conflicto se manifestará entre los poderes del conocimiento y los impulsos irracionales, aquellos que la razón se ocuparía en refrenar, de tal modo que haría que el hombre preste oído a las voces de lo emocional (en el relato simbolizadas en las Oceánidas, divinidades del mar).

Acercándonos psicoanalíticamente, podremos situar el conflicto a nivel del Ello y Superyó, en donde el Yo permitiría una relativa salida a nivel de su propio y obscuro masoquismo, tolerando el sacrificio de una parte de sí. Esta situación actuaría paradigmáticamente como ideal para los otros mortales.

No obstante podemos decir que un momento maníaco, insuflado de pensamientos omnipotentes, serviría de sustrato al siguiente paso, en el que Io, una virgen bicorne amada por Zeus, desea saber de qué se le inculpa a Prometeo. En el diálogo entre ambos, Io le relata a Prometeo sus propias desgracias, siendo consolada por éste prediciéndole que Zeus la amará y la volverá a su primitivo estado (ya que ésta había sido convertida en vaca, perseguida constantemente por un tábano), pronosticando la caída de Zeus. Ocaso de los dioses.

Io, en la mitología común, representa a la luna errante en su carrera por el cielo. Otra interpretación anterior, la simbolizaría como la mente dual, la vegetativa y la instintiva, siendo el tábano el digno representante del Deseo.

Zeus había jurado no liberar nunca a Prometeo; no obstante cuando Heracles (Hércules), pasa por el Cáucaso, mata de un flechazo al águila, salvando de este modo a Prometeo. Zeus queda satisfecho por la proeza de su hijo, pero para que su juramento no quedase en vano, ordena a Prometeo llevar un anillo con el acero de las cadenas y un trozo de la roca a la que había estado atado, de tal modo que el titán permaneciese fijado a su castigo. Pero, otro hecho venturoso libera a Prometeo de tal castigo. El centauro Quirón, herido por una de las flechas de Heracles, dolorido deseó morir; pero como era inmortal debía encontrar a alguien que aceptase su inmortalidad. Prometeo lo ayuda y pasa a ser inmortal. Zeus acepta la liberación e inmortalidad de Prometeo, quedándole agradecido por una revelación de un antiguo oráculo que le revelaba por medio de Prometeo que tendría un hijo con Tetis, que siendo más poderoso que él, lo destronaría. Prometeo, cabe recordar que poseía el don de la profecía.

EL DADOR DE CONCIENCIA

Existe una leyenda respecto en la que se muestra a Prometeo, originando la raza de los primeros hombres, por mandato de Zeus, quien no solo desconfiaba de Prometeo sino también de su obra. En la Teogonía no aparece este dato, siendo más bien Prometeo, considerado un bienestar de los mortales.

En este sentido Prometeo es presentado como un intercesor entre los dioses y los hombres, con lo cual en no poco se acerca al ejercicio de lo religioso, entendiéndose este término como “re-ligare” re-unir, aquellas partes que previamente habían sido separadas.

Un ejercicio que desde el punto de vista psicoanalítico tendría que ver con una de las funciones del yo, esa de mantener la homeostasis entre las dos instancias, Ello y Súper-yo dentro de la estructura psíquica, además del vínculo armoniosa con la realidad externa.

Cabe aclarar que “lo religioso no puede ser encontrado en los niveles inconcientes de la personalidad, sino que supone una intencionalidad conciente, o al menos pre-conciente, que alguna vez el sujeto hizo suya”. (Rodriguez Amenabar-1982)

En Prometeo se trataría de unir al dios Zeus, con los hombres, obras de Prometeo no bien consideradas por el dios, tal como una obra yoica no bien vista por los ojos severos del Super-Yo. Una obra del hijo descalificada por el padre. El padre Prometeo desea el bien para sus hijos siguiendo el orden que presenta el conocimiento.

DE LA ESTRUCTURA PSIQUICA

Al hablar de Yo, nos estamos refiriendo a aquella instancia, ya conceptualizada en la segunda tópica freudiana. Un Yo que media entre el Ello y la realidad externa, que asume demandas instintuales de aquél y que tratará por diferentes caminos de satisfacerlo. Es en este intento que al mismo tiempo establece una huella mnémica a recorrer en la emergencia de otra demanda instintual similar. De este modo se produciría un recuerdo que servirá al equilibrio de todo el sistema.

Este Yo, característico del primer período infantil, se lo podrá observar preocupado por su propia conservación defendiéndose contra las demandas excesivas de las partes antes mencionadas. Para todas estas operaciones se guiará por las formas que le propone el Principio del Placer modificado.

El tema del Yo es motivo constante de teorización por parte de Freud, a lo largo de su obra, es por esto que podemos leer en “El Malestar en la Cultura” que el “Yo se continúa hacia adentro, sin límites precisos, con una entidad psíquica inconciente que denominamos ello y a la cual viene a servir de fachada (...) es el enamoramienbto por el cual pasan todos los hombres” (Freud –1968)

Estado no de enamoramiento, pero si de amor, presenta Prometeo por los hombres,quien tratará de disfrazar, distraer, embaucar al dios para obtener mejores dones para con aquellos. Tal es parecido su trabajo a aquel del Yo, cuando trata de satisfacer la demanda instintual (el hambre de los hombres) ante la privación que deviene del Súper-yo (representado en el mito por Zeus).

De esta estructura yoica, que mencionamos anteriormente, se han desarrollado diferentes conceptualizaciones, pero ninguna deja de sostener, tal como originalmente la realizó el Psicoanálisis, que proviene de una diferenciación del obscuro Ello, siendo su parte más superficial y en obligado contacto con las dos realidades, la interna y la externa en un continuo ir y volver, topologizado por la cinta de Moebius. De tal modo que, aunque externalizado el Yo siempre va a exhibir el sello de origen que deviene de continuo de su “padre”, padre soma.

Entre las funciones que posee la instancia yoica, encontramos:

a) Ligazón de líbido libre a objetos del mundo externo,

b) Interponer una cierta actividad intelectiva para con las exigencias del Ello, realizando tanteos de acuerdo a experiencias anteriores rememoradas, por lo cual podrá el Yo diferir, realizar o suprimir la pulsión.

c) Funciones de autoconservación del individuo.

d) Ejercicio del “juicio de realidad”.

e) Establecer un frente de combate a dos niveles: externo-interno, tratando de mantener una homoestasis por medio de defensas no siempre muy efectivas cuando se trata de lo venido del medio interno (siendo ineficaz y totalmente imposible, la fuga frente a los propios instintos), debido a la identidad de origen con este “enemigo” y a aquella vida íntima, que en común han llevado.

Es interesante señalar como en el mito de Prometeo y en la misma persona del dios hombre, se puede encontrar alguna de las funciones que les asignamos al Yo.

De aquí que Prometeo ligue, a hombres y a dioses, o por lo menos lo intente, interponiendo algún tipo de actividad intelectiva para que aquellas exigencias de los hombres puedan ser cumplidas satisfaciendo su deseo de conocimiento. El mismo Prometeo realiza ciertos tanteos (que desagradan a Zeus, sintiéndose engañado por las acciones de aquel, que desembocan en los castigos mencionados, tal como actuaría punitivamente nuestro Súper-yo ante alguna actitud yoica con tal de satisfacer algún deseo instintual prohibido). Prometeo, obra con astucia, ejercitando algún tipo de juicio de realidad a los efectos de conservar su creación. Pero, el tipo de defensas utilizadas no parecen haber sido del todo eficaces; Zeus en su divinidad conocerá la divinidad y la misma mortalidad de Prometeo. No olvidemos que, el mismo Súper-yo ha nacido desde un hundimiento en el piso yoico por la imperiosa influencia de las autoridades paternas y sus subrogados. Algo común une a Zeus y a Prometeo y algo común une al Súper-yo y al Yo.


Retomando las funciones yoicas, observamos que el Yo puede llegar a perder fuerza en el vínculo con el vínculo con el medio externo, al tener que perentoriamente obedecer al Ello, con lo cual podrá llegar a fundar estados patológicos. No obstante, frente a los estímulos del medio ambiente y siempre recurriendo a su memoria, actuará por fuga frente a aquellos que sean demasiado intensos, enfrentando por adaptación a los de calidad moderada y modificando lo exterior a su convivencia por medio de actividades específicas. El aumento o incremento de las tensiones libidinales será sentido como displacer y viceversa. En este sentido más que las cantidades absolutas de esas tensiones, lo que va a intervenir van a ser algunas particularidades rítmicas de las mismas. Obviamente, el Yo, tratará de cualquier modo evitar situaciones displacenteras, siendo por lo tanto otro de sus fines. En esa evitación del displacer, el Yo, se guiará por la percepción de ciertos afectos señales tales como la angustia que indicará algún tipo de amenaza o de peligro para la estructura psíquica.

Como tal en el mito que leemos, el estado patológico que le podemos asignar a Prometeo, será esa insistencia (sabiendo de la omnipotencia de Zeus) en querer burlar al dios. Prometeo no puede fugar de él. Pero, tan fuerte parece haber sido, la necesidad de nuestro héroe en satisfacer las demandas de los mortales que aún así, y para evitar la situación de displacer que devendría de no poder conseguir finalmente el objeto “fuego”, (para quienes según la leyenda también podrían ser sus hijos) decide siguiendo su criterio de realidad indubitable, continuar su obra con el objeto de completarla. El autor del mito parecería habernos sugerido que el hombre es un ser incompleto de no poseer ese conocimiento que lo acercaría al punto de las verdades mismas, el punto de encuentro con los dioses y con su plena sabiduría.

Tal como el Yo, Prometeo tantea, prueba, siguiendo a Eros, renegándo de Thánatos el que se correspondería con la negación. Thánatos mismo llegaría a la instancia yoica, ya que el “no” no tiene representación en el inconsciente.

A tal punto que Prometeo pierde (y no teme perder, tal como el pequeño yo infantil sentiría el pánico ante el ser abandonado por sus padres), la protección de Zeus.

Prometeo en este momento ocuparía el lugar de los procesos defensivos, actuando como aquel en el que el Yo se disocia frente a su posible aniquilación. Un Prometeo seguirá el derrotero marcado como castigo por el dios y otro Prometeo quedará inmortalizado en el espíritu humano como su supremo bienhechor.

PROMETEO LIBRE

Prometeo aunque encadenado, es libre en su interior, por haber conseguido para sus otros-semejantes,el conocer que los llevará (aunque con sus propios esfuerzos), a sus propias libertades.

Una libertad que como tal se manifiestará en forma discontinua e incompleta, siendo necesario un constante esfuerzo propio para ser mantenida.

Otra forma de acercarnos a Prometeo estará vinculada a la disociación en ese dios inmortal que tanto se acerca al concepto psicoanalítico del Ello, ya que éste se comporta como un inmortal. Espacio-tiempo no será posible de ser reconocidos en esta instancia que está más allá del bien y del mal. Instancia en la que todo es como un caldero hirviendo en donde lo instintual, siguiendo el principio del placer-displacer, será todo posible, aún aquello que sea lo contradictorio en si-mismo. Una división tan taxativa sabemos que es imposible, por causa de la derivación del Yo a partir del Ello, pero es casualmente por tal derivación que Prometeo ocupa esta metáfora sin fronteras precisas. Metáfora que en este mito hará referencia a una tarea del Psicoanálisis, aquella que clásicamente apuntará a que “donde era Ello, Yo ha de advenir”.

El haber mencionado a Zeus, nos compromete a aclarar algunos conceptos que hacen relación con el Súper-yo que este mito como muchos otros nos propone.De aquí la moral mítica.

Esta instancia super-yoica, observará al Yo, le impartirá órdenes, lo corregirá, lo amenazará con castigos, tal como previamente lo hicieron los padres del niño, cuya plaza ha venido a ocupar internamente.

Las funciones judicativas de esta instancia, serán las que sentiremos como conciencia moral.

Llama la atención que este Súper-yo despliegue por momentos una severidad tanto cuanto mayor que la que los padres o subrogados hubiesen sentado precedentemente.

Tal como un dios omnipotente y omnisapiente, el Súper-yo llamará a rendir cuentas al Yo, no solo por sus acciones, sino también por sus pensamientos o intenciones, las que parece conocer con mucha exactitud.

Este Súper-yo va a heredar ciertas características del núcleo conflictivo central de toda existencia humana. El conflicto edípico.

Freud nos indica que, “indudablemente, alguna parte de las adquisiciones culturales, han dejado tras ellas un precipitado en el Ello y mucho de lo que aporte el Súper-yo, despertará un eco en él". (Freud – 1968).

EL PAPEL DEL MITO

En este aspecto es inevitable dejar de mencionar el papel que los mitos han tenido y tienen en la cultura de los pueblos, tanto en sus primitivas formas como en aquellas en las que no es posible reconocer una mayor diferenciación y elaboración, o bien en sus expresiones individuales como grupales.

De este modo ha sido posible reconocer algunos mitos en los que el aporte fundamental estará dado por los ejemplos de moralidad o algún tipo de característica del grupo que sostenga tal mito.

Es aquí, donde el Súper-yo aparece enfundado con un mundo simbólico que le es propio, ya por sus aspectos morales, ya por sus aspectos culturales. Mundo pletórico de símbolos fundamentales que son connaturales al psiquismo humano.

Este mundo simbólico del Súper-yo al que nos estamos refiriendo, será trasmitido de generación en generación. Será difícil reconocer lo que pertenece a la esfera individual de aquello que constituye un bien cultural común a la colectividad.

He aquí que aquel enlace entre Natura y Nurtura que desde hace mucho tiempo nos mantiene ocupados, hace vínculo, metonomizado una en la otra.

Estos símbolos tendrán un amplio espectro de manifestaciones que va desde las más íntimas y propias hasta las más espectaculares y sociales.El arte estará aquí para ofrecerse como paradigma de este arco iris simbólico.

Será en ese mundo simbólico donde el hombre dejará su impronta en forma de cultura.

Y será en nuestro mito de Prometeo en donde la marca de la diferencia entre lo divino y lo mortal, lo súper-yoico y lo yoico, aparece simbolizada, proponiéndonos un modelo, una cosmovisión de lo que supone el conocimiento y la libertad que de él deviene.

Temas que son una constante en la humanidad. Temas que también han tenido lugar en los tiempos del mito, por haber tenido la perentoriedad de lo instintual y su manifestaciones representables.

Ya en el deseo de saber, ya en la libertad, ya en la rebelación contra un orden antinatural (el de los dioses para con los hombres, sospechosos para el dios), etcétera, el hombre intentó dar respuestas, desplegando para esto toda su capacidad imaginativa. Esta se ve con claridad en los temas de los diferentes mitos que podemos seguir estudiando y en donde con toda seguridad puede descubrirse “aquellas verdades” que se seguían, con tanto ahínco de ser “sabidas”. Es que, a mi entender lo mismo que el hombre mítitco se preguntaba, estaba respondido en la misma formulación mítica.

Y en otra no menos importante pregunta se hizo el hombre de aquellos tiempos (y aún hoy nos seguimos formulando), Pregunta que daría origen al Psicoanálisis: ¿Qué desea la Mujer?

LA MUJER MITICA

De esta demanda también da cuenta el mito prometeico.

Tanto en la Teogonía como en Los Trabajos y los Días, Hesíodo relata el advenimiento de la mujer en el mundo de los mortales.

Fue por causa del engaño de Prometeo en el robo del fuego de los dioses, que Zeus ordena modelar en barro a Hefesto una forma semejante a una venerable virgen. Fue adornada con un brillante vestido y un cinturón por la diosa Atenea, quién también dispuso alrededor de su cabeza unas coronas de flores frescas que rodeaban a una corona de oro forjada también por Hefesto. En esta corona el cincelador, representó muchos símbolos trabajados artísticamente. Afrodita interviene derramando gracia sobre la cabeza de este nuevo ser humano y un “deseo penoso junto a preocupaciones que devoran los miembros”. (HESIODO -1979). A su vez Hermes, el mensajero de los dioses y matador de Argos, le otorga un espíritu cínico y un corazón inclinado al robo. Fue un heraldo de los dioses el que le otorgó la voz y llamó a esa mujer “Pandora”, “porque todos los dioses que habitan las moradas del Olimpo hicieron tan desdichado presente, el que fue luego de tristeza para los laboriosos humanos”. (HESIODO - 1979).

Este presente fue el que recibió Epimeteo, por intermedio de Hermes sin haber entendido lo señalado por su hermano Prometeo de que no aceptase nunca algún regalo de Zeus y que lo devolviera a fin de que nada malo sucediera a la raza de los mortales. En el momento en que lo recibió Epimeteo se da cuenta que el mal era ese.

Prosigue el autor diciendo que al principio el genero humano vivió sobre la tierra sin dolores, arduos trabajos y penosas enfermedades que dan muerte, pero la mujer habiendo quitado con sus manos la gran tapa del cántaro con la que venía provista, disperso esas miserias y comenzaron para los hombres los grandes sufrimientos. Sólo la esperanza quedó encerrada allí...

"Pandora", según Thomas Kennington (1908)

Este tema de la mujer seguirá siendo un enigma, tal como la considera el espíritu del mito. Un misterio del que solo se podrán hacer conjeturas.

Este mito de Prometeo que ofrece tanta variedad de interpretaciones, nos conduce primordialmente, desde el punto de vista psicoanalítico, a ser leído estructuralmente. Prometeo será el hombre cautivo entre leyes que no soporta, las de su época, las de su herencia. Encerrada de este modo su naturaleza, se verá obstaculizada e imposibilitada para manifestarse en plenitud. Un Yo que destruye mordazas y “dice”, (tal el Yo del mito, un Yo que habla), de su deseo de liberación.

El Prometeo inferior, el instintual, deberá quedar realtivamente “encadenado”, reprimido para que se de el desarrollo de su ser humano (sublimado), en el acceso a la cultura. No aquella que genera el horror, sino aquella que genera la Belleza y como tal el Bien y el acceso a la Verdad.

Pero tal como prosigue el mito, Prometeo no es castigado “in aeternum” por el dios de los dioses y de los humanos, sino que más bien éste, ve con agrado los trabajos de Heracles, entre los cuales mata al buitre que de continuo devoraba las entrañas siempre nacientes del encadenado. Tampoco rechazará la inmortalidad que recibirá Prometeo. Es como si él “autor del mito”, intuyera la posibilidad de un cambio substancial en la naturaleza del Súper-yo. Tal esta modificación en la figura del dios.

Prometeo aparece de este modo encadenado a aquello de la naturaleza humana que posee de común con la intuición directa del saber. Intuición que para nosotros, deviene del obscuro Averno que habita en nuestro interior, el inconsciente mismo.

Extraña advertencia la del poeta que dice:

Las cadenas que más nos encadenan son las que hemos roto”. (A. Porchia – 1978)

Jorge Garzarelli es doctor en Psicología por la Universidad del Salvador. Profesor Titular de la Cátedra de "Psicología de la Religión" en dicha casa de estudios. Desarrolla múltiples actividades académicas, además de ejercer como analista en la práctica privada. Su tesis doctoral, de la cual el texto reproducido forma parte, se titula: "El mito: acerca de su producción en el inconsciente" (1987). Es autor, además, de los libros "Psicosociología del Turismo" y "Psicología del Deporte".