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viernes, 6 de octubre de 2023

Serie Meditaciones #8. Sobre la pérdida del sentido de lo sagrado. Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACION #8

En el tumulto de la vida contemporánea, con frecuencia nos encontramos vagando por un mundo que parece haber perdido su conexión con lo sagrado. En un tiempo en el que la prisa y la distracción son nuestros compañeros constantes, dejamos atrás el arte de detenernos y contemplar lo que yace más allá de la superficie.

En esta era de avances tecnológicos, la rutina diaria nos envuelve, y nos convertimos en maestros en la manipulación del mundo material. Consecuentemente, olvidamos el lenguaje de las estaciones, las fases de la luna y los ritmos naturales que una vez nos conectaron con lo divino. La vorágine del progreso nos ha separado de la tierra, de las raíces profundas que nos recordaban nuestra dependencia mutua con todas las formas de vida.

La pérdida del sentido de lo sagrado es como un suspiro apagado en la noche, el eco de una canción ancestral que se desliza en las grietas de nuestra existencia apresurada. 

En su libro "Sendas perdidas" (Ed. Losada, 1960, p. 222), Martin Heidegger escribía: "La indigencia ha llegado ya a tal extremo que esta época ni siquiera es capaz de sentir que la falta de Dios es una falta". El desencanto con lo sagrado, según el maestro de la Selva Negra, nos arrastra hacia una existencia superficial, donde las cosas se vuelven meros objetos de consumo y donde el significado se desdibuja en una neblina de trivialidades. La pérdida de la conciencia del Ser ha llevado a una existencia inauténtica y alienante, donde las preocupaciones técnicas y utilitarias dominan la vida cotidiana, y la búsqueda de sentido se desvanece. La pérdida del sentido de lo sagrado no es simplemente una cuestión de religión formal, sino una desconexión de lo profundo, una indiferencia hacia el misterio de la existencia.

La indigencia espiritual de la que hablaba Heidegger no implica necesariamente la ausencia de valores o creencias religiosas o espirituales, sino más bien un distanciamiento o indiferencia hacia  esos valores o creencias. Algunas personas pueden describirlo como una sensación crónica de "estar perdidas" en lo que respecta a su vida espiritual, independientemente de si tienen una afiliación religiosa o no.

Así y todo, esta pérdida del sentido de lo sagrado no tiene que interpretarse inevitablemente como una situación definitiva, condenándonos al pesimismo. Más bien, puede ser vista como una oportunidad para redescubrir y reinterpretar la sacralidad en un contexto contemporáneo. Tanto desde la filosofía como desde la psicología profunda, así como en las distintas tradiciones espirituales, se explora en estos tiempos la posibilidad de nuevos lenguajes, como lo trascendental en la inmanencia del mundo natural o la espiritualidad transreligiosa, en tanto formas de reconciliar lo sagrado con la experiencia actual.

En última instancia, la pérdida del sentido de lo sagrado en la vida contemporánea plantea preguntas profundas sobre la naturaleza de la existencia humana y nuestra relación con el mundo y el universo en constante evolución. Es un llamado a la reflexión sobre cómo encontrar un significado y una conexión trascendente en un mundo cada vez más secular y diverso. Puede ser un aviso de que, a pesar de los cambios culturales y científicos, la búsqueda de lo sagrado es un aspecto arraigado en lo más profundo de la condición humana, una búsqueda que puede tomar muchas formas y llevarnos por caminos sorprendentes en nuestro viaje hacia la comprensión y la plenitud.

JMOB.

lunes, 5 de junio de 2023

Serie Meditaciones #3: Sobre la frase de Heidegger, "Solo un Dios puede salvarnos". Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACIÓN #3

En una entrevista que Martin Heidegger ofreció el 23 de Septiembre de 1966 al diario alemán Der Spiegel, el filósofo pronunció su famosa frase "Nur noch ein Gott kann uns retten" ("Sólo un dios puede salvarnos"). 

En el contexto de la entrevista, Heidegger señalaba la crisis de la humanidad y la necesidad de un cambio radical en la forma en que entendemos nuestra relación con el mundo. En su opinión, esta crisis ya era por entonces tan profunda que ningún ser humano ni institución eran capaces de ofrecer una solución. En cambio, la única esperanza de salvación parecía radicar en una transformación profunda de la humanidad que solo podría ser realizada por un dios.

La sentencia de Heidegger, sin embargo, al igual que tantos pasajes de su pensamiento, tuvo distintas interpretaciones. Algunos consideraron su frase como una afirmación de que la única forma de escapar del nihilismo y la decadencia de la sociedad moderna sería a través de una "nueva divinidad" o una "divinidad futura", que redima al ser humano. Quienes sostienen esta lectura suelen apuntar que la filosofía de Heidegger buscó una alternativa a la tradición metafísica occidental que llevó a la dominación de la técnica y el olvido del ser.

Otros, en cambio, interpretaron la frase en un sentido más religioso, como una afirmación de que la salvación solo puede provenir de Dios (con mayúscula). La pregunta filosófica por el destino de nuestra cultura sería reconvertida por Heidegger en una cuestión teológica. Según esta hermenéutica, Heidegger estaba reconociendo las limitaciones de la filosofía como vía de solución.

Lo cierto es que al fin de cuentas la frase quizás cobre cada vez más relevancia si se considera la actual hipertecnologización de la vida , acentuada de la mano de los últimos desarrollos en IA, y sus consecuencias posibles (e imprevisibles). 

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<SPIEGEL : Ud. ve con toda claridad, y así lo ha expresado en su obra, un movimiento universal que conduce o ha conducido ya al Estado tecnológico absoluto.

HEIDEGGER : ¡Sí! Pero justamente el Estado técnico corresponde poquísimo al mundo y la sociedad determinados por la esencia de la técnica. Frente al poder de la técnica, el Estado técnico sería su más servil y ciego esbirro.

SPIEGEL : Bien. Pero ahora se plantea la cuestión: ¿puede el individuo influir aún en esa maraña de necesidades inevitables, o puede influir la filosofía, o ambos a la vez, en la medida en que la filosofía lleva a una determinada acción a uno o a muchos individuos?

HEIDEGGER : Con esta pregunta volvemos al comienzo de nuestra conversación. Si se me permite contestar de manera breve y tal vez un poco tosca, pero tras una larga reflexión: la filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Sólo un dios puede aún salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso; dicho toscamente, que no «estiremos la pata», sino que, si desaparecemos, que desaparezcamos ante el rostro del dios ausente.

SPIEGEL : ¿Hay una relación entre su pensamiento y la venida de ese dios? ¿Hay entre ellos, a su juicio, una relación causal? ¿Cree ud. que podemos traer al dios con el pensamiento?

HEIDEGGER : No podemos traerlo con el pensamiento, lo más que podemos es preparar la disposición para esperarlo>.

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Hasta acá las palabras de Heidegger. 

Para terminar, una pequeña reflexión que el brasileño Leonardo Boff ensayó a partir de esta misma frase, con la que muchos podemos adherir: "Como teólogo cristiano diré con San Pablo: "la esperanza no defrauda" (Rm 5,5), porque "Dios es el soberano amante de la vida" (Sb 11,26). No sé cómo. Sólo espero".

JMOB.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Sobre el Hablar del "Mito"


Pintura: "El Decameron", por John William Waterhouse. 1916. 

Creer es crear, es intuir que la realidad es lo que es, pero que también puede ser lo imaginado. La creación simbólica del mito elabora el misterio del ser humano que, siguiendo a Heidegger, “es lo que preside la existencia del hombre”, la “falta” fundante que la humanidad tiene que afrontar. Falta en el orden del “ser”, agudizada por los esquemas ontológicamente exiliantes de nuestro actual paradigma tecnocrático. El mito es la asunción de que no todo puede ser conocido ni explicado, lugar del cual emergen la Maravilla y el Asombro, saliendo al encuentro con un hablar lleno de esencias.

sábado, 22 de julio de 2017

La cosa o la nada

Fotografía: Hiroshi Sugimoto

¿Por qué hay algo y no, más bien, nada? Pregunta fundamental formulada por Heiddeger, Leibniz, Schelling, Unamuno, y por muchísimos de nosotros... la humanidad en general.

¡Metafísica pura! Es la interrogante suprema, el punto de partida de cualquier explicación a las interrogantes sobre lo que nos rodea, incluyéndonos nosotros mismos, que nos preguntamos sobre la existencia misma. Es una pregunta que quita el sueño, que nos desgasta, que posiblemente no tenga respuesta, o que tenga muchas, dependiendo de quién se lo cuestione, pero, definitivamente, es la mayor interrogante que un ente puede hacer sobre sí mismo.

¿Por qué hay algo y no, más bien, nada? ¿Qué es ser algo y qué es ser nada? Para ser algo es indispensable la posibilidad de ser; todo, absolutamente todo lo existente, para existir, requiere del ser: si no es, no existe; si no existe, es nada. El ser no existe, es abstracto, inenteligible, lo que existe es lo que está siendo, lo que recibe la acción de ser: el ente. Ante la imposibilidad de ser, el ente no existe, es nada. Entonces, podríamos mejor preguntar: ¿por qué hay ente y no, más bien, ausencia de ser?

Definir ser es imposible, ya que requerimos del mismo concepto para su definición: ser "es". El ser se encierra en sí mismo, se autodefine. El ser solo da la posibilidad de estar presente. De la nada, nada podemos decir, es la ausencia total del ser, no se puede elaborar concepto alguno de algo que no es, algo que no existe. Definir la nada es decir que "es" algo, que está presente algo inexistente, que está siendo lo que no es.


Ahora bien, podemos intentar responder nuestra pregunta de dos maneras: Todo lo existente lo es sin ninguna razón, siempre ha estado aquí, y lo estará, porque es eterno. Su existencia afirma la imposibilidad de su contrario, es decir, niega, contundentemente, la ausencia de ser. El solo hecho de pensar en la nada implica un ente que lo piense, "aniquilándola" en ese preciso momento. De donde, en este escenario, la nada es imposible y todo lo que existe es.

Podemos, igualmente, responder que todo existe por una razón, es decir, todo empezó alguna vez. Todo fue creado por algo o alguien, con algún sentido que intentamos averiguar. Todo lo existente tiene una razón se ser y no puede ser de otra manera, tiene un diseño inteligente. El Universo tiene un fundamento, fue creado y diseñado con algún propósito. Pero... ¿cuál es el fundamento del creador y diseñador de la existencia? Al igual que cualquier otro ente, para "crear y diseñar" requiere, forzosamente, como punto de partida y sin cuestionamientos: ser. Y, para ser, es indispensable que sea eterno, pues él mismo es la razón suficiente para destruir la ausencia del ser: es, y al ser, la nada no es.

Es imposible el surgimiento del ser a partir del no ser, de la nada. La nada conceptualizada como eso, nada. No imaginemos a la nada como un espacio "vacío", negro, etc. porque inmediatamente deja de ser nada; ya es algo: espacio, vacío, negro, y de la nada no se puede elaborar concepto alguno. Por lo tanto, al preguntarnos por qué hay algo, al mismo tiempo, estamos confirmando la imposibilidad de la nada. Hay algo porque es imposible la nada.

¿Cuál es la razón de que ese algo exista? Me declaro incompetente y me quedo con la repuesta más sencilla: porque sí.

(Texto extraído de http://www.microfilosofia.com) 

sábado, 6 de mayo de 2017

Alma, Espíritu, Voluntad, Arquetipo


Alma y Espíritu constituyen lo que Jung -entendiendo ambos términos de manera psicológica- denominaba Arquetipo y Platón -describiéndolos de manera filosófica- denominaba Idea (ἰδέα, εἶδος).

Desde el punto de vista filosófico, debemos decir además que Alma y Espíritu -y por lo tanto también el Arquetipo de Jung y la Idea de Platón- son lo que hace que el ente sea el ente, es decir, son el Ser -término caro a Heidegger-.

ARQUETIPO = ALMA + ESPÍRITU = SER

IDEA = ALMA + ESPÍRITU = SER

Sin embargo, en nuestro mundo moderno la Idea platónica ya no es reconocida como una realidad efectiva, de la misma manera que Alma y Espíritu no son ya reconocidos como el motor del ente, sino que en su lugar

"el ser del ente aparece para la metafísica moderna como voluntad. (...) Nietzsche (...) define el ser originario del ente como voluntad de poder."
(Martin Heidegger, ¿Qué es pensar?)

Por esta razón Alma y Espíritu, en sus definiciones tradicionales, son términos que han desaparecido de nuestro mundo moderno -al menos en la medida en que es moderno-, porque nuestro mundo moderno entiende el ser del ente no ya como Alma y/o Espíritu sino como voluntad, que entendida en su acepción débil y más común es una voluntad anclada en el yo, en la consciencia. En su acepción fuerte, sin embargo, esta voluntad es todavía el equivalente al Alma y el Espíritu, es todavía el ser del ente, y es esta acepción fuerte de la palabra voluntad la que encontramos por ejemplo en Schopenhauer y en la voluntad de poder de Nietzsche (si leemos a fondo su obra), pero no es esta acepción fuerte la que ha prevalecido en nuestro mundo moderno, un mundo en el que la consciencia ha asumido -de forma injustificada y metafísica- el papel de creadora del mundo (junto con el azar). La época moderna es la época del predominio del yo y de la consciencia ¿pero cuándo ha predominado el yo y la consciencia sobre el no-yo y lo inconsciente? El concepto junguiano de arquetipo, no obstante alumbrado en nuestro mundo moderno, nos habla precisamente de la prevalencia de lo inconsciente sobre la consciencia, y es el único lugar posible para encontrar el Alma y el Espíritu dentro de nuestro mundo moderno.


Pero el asunto es más complicado todavía. Si en este plano filosófico-psicológico (junguiano) del Alma y del Espíritu queremos mantener la distinción psicológica ánima-ánimus, entonces nos veremos obligados a decir que Alma (ánima) es imagen, y que Espíritu (ánimus) es pensamiento. Ha de señalarse también que Jung utiliza la palabra "idea" no como idea platónica sino como el sentido de la imagen, "sentido que ha sido separado, abstraído, del concretismo de la imagen" (C. G. Jung, Tipos psicológicos, OC vol. 6), y eso es justamente lo que Giegerich denomina "pensamiento", el Espíritu. Por una parte tenemos la imagen o forma representativa, que pertenece al Alma, y por otra parte tenemos el pensamiento y su lógica, que pertenecen al Espíritu. Así que reconocemos ya las siguientes equivalencias y oposiciones:

ALMA ----- ÁNIMA ----- IMAGEN ----- (REPRESENTACIÓN)

ESPÍRITU ----- ÁNIMUS ----- IDEA JUNGUIANA ----- PENSAMIENTO ----- (LÓGICA)

La voluntad, tanto en su aspecto fuerte como en su aspecto débil, caen del lado del Espíritu, en la medida en que su definición implica la carencia de imagen. Si nos referimos a la voluntad en su acepción fuerte, por ejemplo como la define Schopenhauer, entonces reconoceremos que "aquello que Kant denomina en su filosofía la cosa en sí (...) no es sino la Voluntad. (...) Los grados determinados de objetivación de esa voluntad, que es la esencia en sí del mundo, son idénticos a lo que Platón llamaba Ideas eternas o formas invariables." (Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación). Sin embargo, en su acepción débil, aunque también es la voluntad la que crea a la Idea, esta Idea no es más que un producto de la imaginación (de la imaginatio non vera), un producto de la consciencia, lo que indica una clara inflación de la consciencia, y la cosa en sí ni siquiera es contemplada.

En su seminario Sobre el Zaratustra de Nietzsche, Jung nos da una clave más: la esencia del Espíritu es Dios, es decir, el Sí-Mismo, si queremos seguir hablando en términos psicológicos. Recordemos ahora que el sí-mismo es el arquetipo del sentido y completemos el esquema:

1. YO [ ----- CUERPO ----- CONSCIENCIA ----- VOLUNTAD DÉBIL ----- ESPÍRITU ( = INTELECTO)

2. ALMA [ ----- ÁNIMA ----- IMAGEN ----- (REPRESENTACIÓN)

3. ESPÍRITU [ ----- ÁNIMUS ----- IDEA JUNGUIANA ----- PENSAMIENTO ----- (LÓGICA) ----- VOLUNTAD FUERTE

4. DIOS [ ----- SÍ-MISMO ------ SENTIDO

El yo es la pertenencia al ámbito de la consciencia, y todo lo que se percibe desde el mundo de la consciencia -desde el cuerpo- es el ente.

Alma, Espíritu y Dios forman parte del ámbito inconsciente al ser humano y son el ser del ente, su causa.

La idea de Dios en nuestro esquema se refiere al nivel más esenciante del ser, el nivel más causal en el lenguaje de Ken Wilber, la fuente. Pero ha de advertirse que también puede emplearse la palabra Dios o dioses para las múltiples imágenes y/o pensamiento especulativo de los planos 2 y 3.

El significado no es otra cosa que la correspondencia sincronística que existe entre los cuatro planos.

Ahora, teniendo en cuenta todo esto y distinguiendo debidamente Espíritu de Alma, leamos el siguiente texto:

"a) El Dharma Kaya = el mundo de la verdad absoluta.
b) El Sambhoga Kaya = el mundo de los cuerpos sutiles.
c) El Nirmana Kaya = el mundo de las cosas creadas.

También se les podría llamara los tres: Sí-mismo, ánima y cuerpo."


(C. G. Jung, ETH Lectures, 2 Dec 1938)

Wolfgang Giegerich

El mundo del Espíritu -del Logos- es el equivalente al mundo de Dios (el Dharma Kaya) cuando nos referimos al Espíritu en el plano 4 de nuestro esquema. Cuando reducimos el Espiritu al intelecto, lo que es propio del plano 1, entonces estamos hablando del mundo del Espíritu como equivalente al mundo del yo, de la consciencia (el Nirmana Kaya, que en realidad es un nivel superior al meramente corporal y egoico). Si hablamos del Espíritu como el sentido de la imagen arquetípica, como su contraparte -la idea junguiana o el pensamiento de Giegerich-, entonces nos estamos refiriendo al mundo del Alma (el Sambhoga Kaya), en este plano se mueve Giegerich cuando habla del pensamiento y la lógica al referirse al alma, a pesar de que, como vemos, sería menos confuso si hablara de Espíritu en lugar de alma, con lo que entonces se situaría en el plano 3, que también corresponde al Sambhoga Kaya. Giegerich no reconoce absolutamente nada del plano 4, ni a Dios, ni al Sí-Mismo, ni al sentido, su pensamiento está preso de la filosofía hegeliana que tan poco útil es para comprender los planos superiores, es esta misma filosofía hegeliana la que ata a Giegerich al mundo de la modernidad, al mundo de la "razón" (la razón del sentido común de nuestra época en Occidente), un mundo hacia el cual Giegerich quiere retrotraer a toda la psicología junguiana, a pesar de que ésta no se ajusta a los esquemas convencionales del mundo moderno y de hecho permite ir mucho más allá.

Al igual que ocurre con el Espíritu, el Alma, en principio, también puede ser encontrada en los cuatro planos: como Alma equivalente a la consciencia (plano 1), Alma como Anima mundi (plano 2), Alma identificada con el Espíritu (plano 3) y Alma identificada con Dios (plano 4).

José Medina, "Arquetipo e idea"

jueves, 15 de septiembre de 2016

Elogio de la vida bohemia

"La Bohemia", William Adolphe Borguereau, 1890


Elogio de la vida bohemia

por Juan Manuel Otero Barrigón

Bienaventurados los bohemios, porque ellos heredarán el reino de la libertad creativa.

La vida bohemia aspira a la alegría de vivir, despreocupada de todo aquello que ata al ser humano a imposiciones sociales y a mandatos externos. Gusta de las buenas compañías, del enriquecimiento intelectual y de los pequeños placeres que exaltan la vida del espíritu, siempre enemiga de la superficialidad.

La palabra Bohemia tiene su origen en los gitanos que llegaban a vivir a la Francia romántica entre los años 1820 y 1840, provenientes de Bohemia (hoy República Checa). Su estilo de vida en la sociedad francesa, allá a mediados del siglo XIX, inspiró un movimiento cultural inédito, expresado en distintas obras teatrales y literarias. De hábitos noctámbulos, la gente bohemia vivía en la noche, paseando por los cafés y los bulevares de la ciudad, ansiosos por nuevas experiencias, y generalmente con poco dinero en los bolsillos. La identificación de la vida bohemia con la ciudad que la vio nacer era tal, que en palabras chauvinistas del escritor Henri Murger, “la bohemia no es posible sino en París”.

De hecho, dos fueron los barrios parisinos que dieron hogar a la vida bohemia: Montmartre, lugar de pintores famosos como Toulouse-Lautrec, quien inmortalizó a las bailarinas de can can del Moulin Rouge, y el Barrio Latino, adonde se reunían los jóvenes del mundo que soñaban con la bohemia como el lugar idílico para su creatividad artística.

Calles, aquellas de París, por las que en aquella época Baudelaire caminaba casi siempre pobre, casi siempre solo, encontrando belleza donde otros solo veían miseria, y en lugares donde el arte apenas se animaba a entrar. Experiencias todas retratadas en esa obra imprescindible, “Las flores del mal”, sin la cual no podría entenderse la literatura moderna, y cuya publicación le costó a nuestro flaneur un largo proceso y una multa onerosa.

En un interesante ensayo de Luis Arturo Hernández y Javier Hérnandez, titulado Contraluces de Bohemia, se puede leer una curiosa explicación de los orígenes de la palabra bohemio: “El bohemio, descendiente de los antiguos bohemos, gitanos pertenecientes a las tribus de los boyos que en Bohemia recibieron el nombre de «bojove», -gentilicio checo en el que bien podrían haber confluido, como si de clanes semánticos se tratara, las voces «boj» (guerra) y «buh» (dios), que en una regresión etimológica hacia su origen inicial y remoto en la India viene del término persa «baga» (Dios), de donde procede Bagdád (lo dado por Dios), que proviene a su vez del indi, lengua en la que significa alimento («bhaga»)-, pueblo nómada indoeuropeo de errabundos impenitentes que vagaban por el corazón de esta península de Asia que es Europa y perseguido hoy en día por los propios bohemios de origen eslavo con un encarnizamiento de perros de presa, atrapados en la paradójica paranoia de intentar atrapar, como la pescadilla que se muerde la cola, la propia sombra de Bohemia."

La obra del romántico Murger, autor de la novela “Escenas de la vida bohemia”, sirvió de inspiración para configurar a la bohemia como un movimiento contracultural, que luego se afianzaría de la mano de otras producciones artísticas como la ópera "La Bohème" de Giacomo Puccini o incluso la “Louise” de Gustave Charpentier y la "Carmen" de Georges Bizet. Despúes de probar suerte como pintor, y de algunos sinsabores con la poesía, Murger comenzó a publicar su novela en forma de folletín, entre 1845 y 1849, en la revista Le Corsaire Satan. Allí retrataba la vida de pobreza de los escritores y artistas que él mismo conocía personalmente. Ello le permitió hacerse conocido, liberarse de su ostracismo, y adaptar su obra para teatro en el año 1851, para finalmente lograr publicarla  en forma de libro. Sin embargo, lejos de ensalzar ese estilo de vida, Murger consideraba a la bohemia o bien como el prolegómeno a una carrera artística seria y consagrada, o bien como el camino más fácil hacia la decadencia total. En sus propias palabras: “La Bohemia es una etapa de la vida artística; es el prefacio de la Academia, del hospital o del depósito de cadáveres”. La bohemia como un callejón sin salida. Murger falleció joven, a los cuarenta años, peleado con aquel espíritu al cual él mismo le había insuflado aliento vital. Según los historiadores, sus últimas palabras fueron: “¡Maldita sea la bohemia!”.

La idea de la bohemia como sinónimo de decadencia vital fue clave para modelar un perfil artístico bastante común a fines de siglo xix y comienzos del siglo xx: el artista famélico. Ícono romántico y concepto sociológico, el artista famélico era aquel que en su vida decidía reemplazar la comodidad material por una vida dedicada exclusivamente a su realización artística, sobreviviendo con ingresos mínimos, a veces incluso hasta en la miseria. Músicos como Eric Satie, o pintores como Carl Spitzweg o Vincent Van Gogh, reflejaban hasta en sus mismas obras esa apuesta vital de enorme radicalidad. Así lo reflejan, por ejemplo, “El dormitorio en Árles”, del genio holandés, “El poeta pobre”, del pintor alemán o el retrato hecho del pianita francés por el pintor Santiago Rusinol, en 1891. Sobre este estilo de vida, la escritora Virginia Nicholson, autora del libro Entre los bohemios, escribiría: “Después de cincuenta años podríamos juzgar de que la pobreza de Dylan Thomas era noble, mientras que la de Nina Hamnett no tenía sentido. Sin embargo, una artista menor y sin dinero se vuelve igual de famélica que un genio. ¿Qué los impulsó a hacerlo? Creo que tales personas no sólo escogieron el arte, sino también la vida de artista. El arte les ofreció un estilo de vida diferente, uno que creyeron les compensaba de la pérdida de comodidades y respetabilidad”.

Lo cierto es que sin llegar a los límites de la Generación Hambrienta, y con un pie en la clase obrera y otro en la burguesía a la que desafiaban, los bohemios fueron configurando una estética de vida que devino en arte del buen vivir, sintetizando una actitud rebelde e inconformista, de desafío y amoralidad.

Para el escritor del Novecentismo español Antonio Espina, la bohemia no se trataría de otra cosa que de “miseria disimulada con cierta belleza, hambre sobrellevada con humorismo”. Caracterización la cual, a pesar de su dosis de crítica, torna evidente la separación constitutiva de este movimiento como un modelo más de la alternativa social.

En una entrevista publicada en el año 1915, el poeta bohemio Emilio Carrere, le confesaba a un periodista: “El alma abierta sobre las angustias de la carne y del espíritu, y una protesta contra esa agravación del dolor natural de la vida, que es el dolor social creado por el egoísmo y la estupidez. Me interesa más que la literatura, la química, las matemáticas, la medicina. Todo a ciertas alturas, en las cumbres, es emoción poética." Declaración de principios, de un espíritu que desde su nacimiento se fue extendiendo por todas partes, sembrando seres ávidos de libertad creativa, y flechados a fuego por una perspectiva romántica de la vida.

El hippismo, que emergería en su versión contemporánea en los años 60´del siglo XX, bebería según algunos historiadores, de la fuente de la bohemia parisina de aquel entonces. De hecho, unos y otros comparten tres rasgos característicos en su actitud vital:

1) El rechazo a la propiedad privada y al materialismo, junto a la actitud de vida nómade, “hoy aquí, mañana allá”.
2) El rechazo a la estricta moral burguesa convencional. Defendiendo, contrariamente, la plena libertad de acción, especialmente en la esfera sexual.
3) El desprecio a las riquezas materiales, adhiriendo a una vida orientada exclusivamente al goce de las artes y a la fidelidad a las pasiones interiores, despreocupándose de la seguridad económica.

En el año 2004, la escritora norteamericana Laren Stover dió a conocer un manifiesto bohemio, donde exaltó las peculiaridades de esa actitud ante la vida. En ese mismo texto, además, llegó a diferenciar cinco tipos de personas bohemias:

1. El Bohemio Gitano– voluntariamente expatriados. Aquellos que son artífices de su propia bohemia donde quiera que vayan. Hippies, soñadores, vagabundos y viajeros incluídos.
2. El Bohemio Beat– los  sin dinero, también vagabundos, en busca de la utopía y de espíritu libre.
3. El Bohemio Zen– de estilo orientalista, más interesados en la espiritualidad que en el arte.
4. El Bohemio Dandy– sin dinero, pero tratando de simular su posesión. Urbanos, íntimamente disconformes consigo mismos, algo antisociales y a menudo frustrados vitalmente
5. El Bohemio Nouveau– aquellos quizás más característicos del mundo actual, en los cuales la ideología tradicional bohemia se presenta en armonía con la cultura contemporánea, sin perder de vista por ello los principios básicos-el glamour, el arte, la no conformidad. Salvo un detalle: tienen cash a su disposición.

Es elogiable la actitud atrevida y creativa del bohemio, pero más aún la insobornabilidad de sus convicciones, en un mundo que estandariza las maneras correctas de ser, enfatizando a cada instante, sobre todo, el imperativo de ser alguien en la vida. Ser alguien que, traducido bajo el dominio del capitalismo más salvaje, supone tener algo en la vida. Ser y Tener, que como ya expresara Erich Fromm, constituyen dos formas diferentes de posicionarse frente al mundo. La diferencia entre ser y tener es la diferencia entre la importancia concedida a las personas y su realización innata, y la importancia otorgada a las cosas y su señorío. Vivimos alienados en sociedades atravesadas por el mandato de la posesión, hasta tal punto, que el tener se desliza desde las mercancías ofrecidas hipnóticamente por el mercado, hasta echar raíces en el mismo lenguaje que hablamos cotidianamente, y que nos lleva al uso de expresiones  como “tenemos un problema”, “tengo miedo”, “tenemos una vida feliz”, etc. Todo es tener, todo termina implicando posesión.

Bienaventurados los bohemios, porque ellos serán llamados hijos de la Libertad.


El sistema político y económico en el cual estamos insertos fogonea permanentemente para que elevemos nuestras expectativas y nuestro afán de consumo. Sin embargo, quizás no exista, por esa vía, camino más seguro a la insatisfacción permanente, toda vez que la obtención de un determinado producto es siempre provisoria, y está condenada a ceder su lugar al ansía de una “nueva” y “mejor” mercancía por venir. Nos olvidamos rápidamente que para vivir con dignidad, y disfrutar al mismo tiempo de los pequeños placeres que la vida nos ofrece día a día, necesitamos mucho menos de lo que la Mátrix que habitamos nos impulsa a desear. Bastaría solamente recordar como era posible la vida décadas atrás, sin tanto apasionamiento por lo novedoso por el mero hecho de ser nuevo. Al permitir que el tener invada nuestra dimensión subjetiva y se convierta en el eje orientador de nuestras cogniciones, ideas, y proyectos de vida, inevitablemente vamos conformando un carácter de acuerdo a esa premisa, reflejo de un profundo vacío a nivel existencial.

Si como afirma Virginia Nicholson los bohemios actuales “se definen a sí mismos y son definidos por otros como aquellos que no pertenecen, que no se ajustan a las reglas del común", quizás, lejos de ser esta una crítica a la desviación, pueda leerse, ante todo, como el elogio de una apuesta por una vida conforme a los impulsos más propios y auténticos de aquel que exhibe el coraje de decir que no frente a las imposiciones normalizantes de la mercadotecnia.

La crítica a las modernas tecnologías, con todo lo que de positivo le han traído al hombre, constituye una pieza infaltable en este rompecabezas. Quizás más bien debiéramos hablar de una crítica de su uso cotidiano, ya que en tanto herramientas, las nuevas tecnologías nos abren un mundo de posibilidades casi infinitas si son usadas inteligentemente. Lo contrario, ya lo advirtió Martin Heidegger, bien podría embotarnos de manera que ya no ayude, sino que por el contrario, limite nuestro conocimiento y nuestras facultades creativas. En su ensayo "Sobre la cuestión de la tecnología", tratado del período mediano-tardío de su obra, expuso una serie de argumentos que fueron fundamento de su pesimismo en torno a la era de la técnica moderna. Su concepción de la tecnología moderna como "manufactura" que emplea no sólo los recursos de naturaleza, sino que termina finalmente manipulando a la propia humanidad, debería tenerse presente como recordatorio de la deshumanización que nos puede deparar el final del túnel si perdemos de vista el valor de uso de estas herramientas, siempre que son reducidas a su mero valor de consumo, que en el camino, nos termina consumiendo a nosotros.

La desesperación por el reconocimiento, palpable bajo las luces de neón en los modernos templos virtuales del narcicismo (Facebook, Twitter, Instagram, etc), forma parte de este cóctel mortífero que puede ahogar el libre desenvolvimiento de la espontaneidad creativa, en aras del aplauso fácil y el necesitado mimo egoico que nos haga sentir valorados e importantes a los ojos del otro. Presos de los likes, obsesionados por el parecer en detrimento del ser, vivimos pendientes de la mirada ajena, inmersos en la angustia cuando aquellos ojos deseados se mudan a otros horizontes. Ojos sin los cuales dejamos de existir, únicos sostenes de nuestro pálido sentido existencial. Somos, hoy más que nunca, en tanto nos confirman que existimos. Pulgar arriba o clic al corazón, y nuestra autoestima sigue respirando, aliviada.

Pero si la tecnología y sus productos pueden ser, mal utilizados, obstáculos a nuestro desarrollo creativo y a una vida verdaderamente rica y auténtica, no menores (y en realidad parte del mismo combo mortífero) son los peligros que acechan frente a la voracidad fagocitadora del sistema. Nacen así, bajo el amparo de la tiranía del mercado del que aquellos añorados bohemios pretendieron escapar, los sociológicamente denominados Bobos, o Burgeois Bohemian (burgueses bohemios), uno de los últimos, y más tristes ejemplos de oxímoron. Personas conformistas pero tolerantes, “ricos de clase obrera”, que consumen productos caros y exóticos, muchos de ellos herederos de los viejos yuppies, disfrutando de una vida libre y relajada pero sin la actitud desprendida e indiferente hacia las redes del materialismo. Digno complemento del hippie con Osde puesto tan de moda (y convertido en moda) en nuestros tiempos. Los Bobos (¡la abreviatura no me pertenece!) son la expresión más patente de que las contradicciones culturales del capitalismo y la enorme brecha entre burgueses y otrora bohemios tiene certificado de defunción bajo el amparo de la Mátrix. Al constituirse en categoría sociológica para describir un grupo emergente de la moderna sociedad de consumo, se pone de manifiesto que fácil resulta para el sistema trivializar elementos de trascendencia al medirlos únicamente por su puesta en boga y su masivo seguimiento. Sin embargo, y en el fondo, el centro medular existencial de muchos Bobos se basa en un preámbulo insustancial, en el cual la homogeneidad entre ellos como santo y seña,  la vulgarización de lo profundo en una significación de importancia asentada y justificada en la moda pasajera son las únicas (y seguras) verdades de tantas vidas despersonalizadas.

Bienaventurados los auténticos bohemios, porque ellos serán saciados con el fruto de la autenticidad.

Conformismo y bohemia son irreconciliables. La bohemia evoca el romance de la vida de un vagabundo autoexiliado, en búsqueda perpetua. La filosofía del vagabundo, decía Camilo José Cela, se apoya en la no necesidad de nada y en el buen talante de aceptar la vida sin queja alguna. Por eso vagabundos, bohemios y taoístas se llevan siempre bien, dondequiera que se encuentren. Son espíritus afines, en comunión cercana de ideales.

Bohemios y vagabundos se asemejan, además, en su elogio a la vida callejera, al devenir paseante. No en vano, una de las figuras estéticas heredadas de la tradición bohemia parisina es la del flaneur, el viajero sin rumbo ni objetivo, abierto a todas las viscisitudes e impresiones que le salen al paso.

En “El pintor de la vida moderna”, Baudelaire ensaya una descripción estética de este personaje: “La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verle como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida”.

Vagar sin rumbo, predilecta actividad del flaneur, que en un mundo frenético y utilitario en el cual todo debe hacerse por y para algo en concreto, se convierte así en un pequeño acto individual de subversión.

Caminar a la deriva puede entenderse, además, de otras distintas formas: como confesión de la falta de solvencia económica para trasladarse por otros medios, como desinterés por la prisa de llegar a destino, o bien como el rechazo a los medios de transporte prácticos y funcionales (automóviles y colectivos) o incluso cooles, como la hoy tan de moda bicicleta.

Además, el acto de caminar constituye, en sí, una actividad existencialmente estética cuando es practicada de manera consciente, ya que privilegia la espontaneidad y la soltura por sobre otras consideraciones programáticas, desentendiéndose de orígenes y destinos. Lo único real es el trayecto, el camino natural y enigmáticamente “elegido”.

Bienaventurados los bohemios vagabundos, porque ellos viven en el corazón del Camino.

La pretensión omniabarcante del sistema, siempre existosa cuando convierte una actitud inconformista en una moda pasible de consumo, choca de frente con la búsqueda de la íntima singularización vital, que por ser propia, es siempre original.

Sin embargo, lejos de lo que postulan la moda y el mercado, ser original poco y nada tiene que ver con las apariencias, sino, y ante todo, con nuestra capacidad para ser sinceros con nosotros mismos. 

El consumismo, además de esclavizarnos con la promesa imposible de alcanzar una felicidad que nunca llega, propone que la libertad auténtica radica en la posibilidad de decidir qué productos o servicios adquirir. Así, por esta vía, la libertad de elección al consumir se traduce en el máximo activo de nuestra identidad. Identidad que, para ser constituida (siempre bajo la premisa consumista) nos impondría la necesidad de distinguirnos por medio de nuestras decisiones de consumo. Consumo que nos llevaría en dirección a nuestro ser auténtico, convirtiéndonos en personas “originales”, distintas del resto. Eso sí, con una pequeña salvedad no siempre advertida: en tanto consumidores permanecemos iguales a los demás, ya que el mercado nos uniforma. De esta manera, se derrumba la vana esperanza de individuación, siendo que aquello que se erigía como garante de la originalidad deseada, no se revela sino como la trampa que nos ofrece una ilusión que no puede cumplir.

Valdría mejor citar la fórmula propuesta por el escritor inglés Jason Horsley respecto a la creatividad, verdadero fundamento para toda vida que aspire al despliegue de la originalidad propia. Es la que dice que creatividad = espontaneidad + honestidad. Escuchar con atención la voz que nos habla desde dentro, que por ser nuestra es única, practicando una sana epojé que ejercite el poner entre paréntesis la multitud de mandatos, temores, imperativos que nos rodean social y psicológicamente, es el camino más auténtico para desarrollar una narrativa vital propia, verdaderamente libre y ajena a las dictaduras sutiles a las que cotidiana (y estructuralmente) estamos arraigados. En otras palabras, cuanto más nos esforcemos para ser originales, mayor es la probabilidad de que en ese camino, terminemos adoptando las múltiples ofertas que el sistema nos brinda para ello. Las que, en última instancia, no terminarán sino asimilándonos a alguna de las distintas tribus y colectivos sociales que, en aras de la originalidad, decretan su defunción. Quizás, por el contrario, el mejor camino sea acaso el más simple: para ser original, lo mejor es no intentarlo. Wu Wei dirían los chinos, pura espontaneidad taoísta.

Si como decía el Demian de Herman Hesse: “la vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el esbozo de un sendero”; no habría que olvidar, sin embargo, que la apuesta radical por la plenitud estética de la vida (a la cual los bohemios hicieron tanto honor) no está exenta de riesgos. Y es que una vez que uno elige las cartas con las cuales jugará la partida de su viaje existencial, ya no es gratuito renunciar mirando hacia atrás. "Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro es difícil. Caminemos."

Bienaventurados sean entonces los bohemios, porque ellos recorrerán el sendero de la autenticidad plena.

Escrito en Agosto de 2016 (protegido por derechos de autor)


martes, 6 de septiembre de 2016

Heidegger y el monje


En 1963, Martin Heidegger conversó para la televisión alemana con el monje y profesor tailandés Bhikku Maha Mani, acerca de las tensas relaciones entre filosofía y religión, y el papel de la tecnología en el mundo contemporáneo. La entrevista, publicada en YouTube, está con subtítulos en idioma inglés.


-Habiendo pensado vívidamente sobre la esencia del ser humano durante décadas, ¿a qué conclusiones ha llegado?

La experiencia decisiva de mi pensamiento, y lo mismo aplica para la filosofía occidental, esto es, la contemplación de la historia del pensamiento occidental, me mostró que, en el pensamiento contemporáneo, una pregunta nunca ha sido postulada, esta es, la pregunta por el Ser. Esta pregunta es de importancia, debido a que en el pensamiento occidental. la esencia del ser humano está determinada, en su relación al ser, y en que existe, en su correspondencia con el Ser. Esto significa que el ser humano es esta correspondencia, esta esencia, que tiene lenguaje. A diferencia, pienso, de las enseñanzas budistas, el pensamiento occidental realiza una distinción esencial entre el ser humano y otros seres vivos, plantas y animales. El ser humano se diferencia por su lenguaje, esto quiere decir, que se sabe en relación al Ser. Y esta pregunta por el Ser no ha sido formulada en la historia presente del pensamiento occidental, o para decirlo más claramente, el Ser mismo ha permanecido oculto para el ser humano. Es por eso que ahora debemos formular esta pregunta, para obtener una respuesta sobre qué y quién es el ser humano.

-¿Piensa usted que deberíamos crear una nueva actitud fundamental hacia la vida, o que deberíamos profundizar las presentes enseñanzas de la religión?

Me parece que a través de mi respuesta a su primera pregunta he dejado claro que una nueva forma de pensamiento es necesaria. Es especialmente necesaria puesto que la pregunta no puede ser respondida por la religión. También es necesario formular esta pregunta, puesto que la relación occidental con el resto del mundo ya no es transparente, sino confusa, en parte a causa de la liquidación de la fe, la iglesia, por parte de la filosofía, y por parte de la ciencia, y la extraña circunstancia de que hoy en el mundo moderno, la ciencia es vista como si fuera una forma de religión. Voy a aclarar este enunciado más adelante.

-¿Por qué no trata de compartir sus ideas con la gente a través de los medios modernos, como la radio y la TV?

La tarea que se requiere del pensamiento hoy, tal como yo la entiendo, es nueva en un sentido de que requiere un nuevo método de pensamiento, y este método sólo puede conseguirse a través de la conversación inmediata, de humano a humano, y a través de una larga práctica y ejercicio en la sensibilidad de un mirar del pensamiento. Esto quiere decir que esta manera de pensar, en un principio, sólo es comprensible para unas pocas personas, pero puede, a través de diversos aspectos de la educación, ser comunicado a otras. Le daré un ejemplo. Hoy en día todo el mundo sabe cómo usar una radio y un aparato de televisión, sin comprender las leyes físicas que los gobiernan, sin comprender los métodos necesarios y la investigación de tales leyes. Estos métodos, necesarios para la investigación de estas leyes, en su contenido sustancial, son comprendidas únicamente por unos cinco o seis físicos.

En un principio, este pensamiento es tan difícil que sólo unas pocas personas pueden ser educadas en él, pero esto puede llevar a un equívoco: que estas serían personas extraordinarias. Pero la verdad es que cualquier ser humano, a condición de que sea un ser pensante, puede conseguir este pensamiento. Pero, en nuestro presente sistema educativo y de acuerdo con nuestra historia, sólo unas pocas personas cumplen con los requerimientos para este pensamiento.

-¿Existe un punto de encuentro entre la tecnología y la filosofía?

A tu pregunta respondería que sí, existe de hecho una relación muy esencial. Está dada, en la emergencia de la tecnología moderna por parte de la filosofía, está en la filosofía moderna, que por primera vez estableció por principio que, sólo lo que podemos claramente, esto es, matemáticamente, conocer, es real.

Hay una frase muy famosa del físico alemán Max Planck, que dice: "Lo real solamente es lo que puede medirse."

Y esta idea de que la realidad sólo es accesible para el ser humano en tanto sea medible, en el sentido de la física matemática, es la idea dominante de la tecnología. Y cuanto más como que fue pensado por primera vez por Descartes, el fundador de la filosofía moderna, la relación entre la tecnología moderna y la filosofía se vuelve bastante clara.

-En Occidente, a menudo se ha identificado a las personas sin religión como comunistas; otros, sin embargo, que viven de acuerdo a preceptos religiosos, son llamados locos. ¿Qué piensa de esto?

La afirmación de que la gente sin religión es comunista y la gente con religión está loca, son acusaciones ambas, que, me parece, pueden despejarse si uno piensa qué es lo que significa aquí la religión. La religión significa, tal como lo indica la palabra, una re-vinculación con los poderes, fuerzas y leyes que superan las capacidades humanas. Aquí podríamos incluso hablar de una religión atea, a saber, el budismo, que no reconoce un Dios, y que sin embargo es una religión, pues contiene en sí misma un vínculo.

También he de decir que gente como los comunistas tienen una religión, a saber, la fe en la ciencia. Estos creen incondicionalmente en la ciencia moderna. Y esta creencia incondicional, esto es, el crédito en la certeza de los resultados de las ciencias, es una creencia y es en cierto modo algo que va más allá del ser humano, por lo tanto es una religión. Debo decir que no existe ser humano sin religión y que cada ser humano está, en cierto sentido, más allá de sí mismo, es decir, loco.

-¿Deberíamos abolir la religión y la filosofía las cuales, a pesar de sus múltiples milenios de larga existencia, nunca influyeron la vida humana como querían, y porque la religión y la filosofía parecen ser contradictorias?

No podemos y no debemos abolir el pensamiento ni la fe, porque en su larga historia no hayan alcanzado lo que trataron de lograr. No podemos abolir el pensamiento y la fe porque la esencia humana es finita. Porque en su esencia, el hombre siempre ha sido orillado a intentar de nuevo. Y especialmente en esta época, debo decir, y volviendo a tu primera pregunta, que una reflexión sobre lo que es el ser humano, es necesaria, ahora con el peligro de que el hombre esté a merced de la tecnología, y un día será transformado en una máquina controlada.

Usted también hizo otro comentario, con respecto a su país de origen, donde mencionó que su país y su gente pertenece a los países subdesarrollados. Si uno piensa el subdesarrollo, uno siempre debe preguntarse a qué fines se encamina dicho desarrollo. De acuerdo con la idea de la moderna Europa y América, es principalmente un enfoque tecnológico. Desde este punto de vista debería decir que su país, a causa de sus antiguas y continuas tradiciones, es altamente desarrollado. Los estadunidenses, por otro lado, con toda su tecnología y sus bombas atómicas, son subdesarrollados.

-¿Existe una manera de armonizar a las personas, y dicha manera podría traducirse a situaciones globales reales, tales como la Alemania Oriental y Occidental?

Esta pregunta es tan general que primero debemos diferenciar entre las condiciones políticas para una posible unidad y las condiciones emocionales humanas para la confluencia de los seres humanos. Para ambas condiciones, debo decir, a causa de nuestra situación histórica entera, y a causa de la separación de los seres humanos en diferentes religiones, diferentes filosofías, y diferentes relaciones con la ciencia, no existe un terreno común hoy en día para el entendimiento simple e inmediato. Pienso que necesitamos diferenciar entre un país europeo, con su historia y su pasado, y un país, donde uno tiene su hogar. De modo que será necesario decir que, si existe alguna posibilidad del todo para el entendimiento en el futuro previsible, sólo puede ocurrir si, además de las condiciones políticas, los seres humanos de todos los frentes encuentran auto-consideración. Pero esta auto-consideración, como mencioné previamente en sus anteriores preguntas, es difícil, pues no sólo en Alemania, sino en toda Europa en general, no tenemos una relación alguna, clara, común y simple, con la realidad y con nosotros mismos. Este es el gran problema del mundo occidental, y en parte es la razón de la confusión de opiniones en todas las áreas.

(La transcripción traducida de la entrevista es gentileza de Javier Raya, vía Pijama Surf)

"Heidegger escribiendo en su cabaña", por Michael Kunze

sábado, 23 de julio de 2016

Shangri-La (8): Heidegger en Todtnauberg


Lentamente, nos vamos aproximando al final de nuestro recorrido por los Shangri-La de ciertos personajes profundamente inspiradores para el espíritu de este blog.

Hoy nos vamos a asomar al espacio sagrado de una figura  tan compleja y polémica como de alto vuelo, sin adentrarnos demasiado en sus zonas grises, sino centrándonos en aquello que es el eje rector en el cual se viene desenvolviendo esta serie de breves escritos.

Todtnauberg es el nombre tanto de una población cercana a Friburgo de Brisgovia, en Alemania, así como de una elevación próxima (de ahí su nombre) situadas en la Selva Negra del sur de aquel país.

Es conocida porque en dicha población tenía una cabaña el para algunos extraordinario, y para otros algo oscuro, filósofo alemán Martin Heidegger, pope del existencialismo, y autor de uno de los libros clave de la filosofía del siglo XX: "El Ser y Tiempo", que concibió en este mítico lugar.

Heidegger se mudó a esta cabaña construida para él en el verano de 1922. Fue él mismo quien  llamó a este edificio, de aproximadamente 6 x 7 m en planta, die Hütte (la cabaña), forjando una relación sumamente intensa con el lugar.  

Arriba: alrededores de la cabaña. Abajo: die Hütte, el Shangri-La de Heidegger

Heidegger pensó y escribió en la cabaña a lo largo de cinco décadas, muchas veces solo, reclamando una intimidad emocional e intelectual con el lugar, sus alrededores y con el paso de las estaciones. Para Heidegger, Todtnauberg fue mucho más que un lugar físico. En 1934 hablaba de entender su obra filosófica como parte de las montañas y de que el trabajo le encontraba a él junto con el paisaje. Se concebía a sí mismo como un escritor sensible, defensor de la vida rural, sugiriendo que la filosofía transmutaba el paisaje en palabras a través de él, casi sin intermediarios. El filósofo aseguraba que había un sustento conmovedor en el clima cambiante de la localidad, el sentido de interioridad del edificio, la lejana vista de los Alpes y la primavera. Atribuía una 'ley oculta' a la filosofía de las montañas. Mientras que algunos han encontrado un valor en el provincialismo de Heidegger, otros encuentran penosa su abdicación de la acción y su tendencia al romanticismo, determinante en sus simpatías políticas. 


La cabaña cobró cierta repercusión durante la estadía del poeta Paul Celan. Repercusión que estuvo dada, hay que decirlo, por  la vinculación de Heidegger con el partido Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (al cual se había afiliado en mayo de 1932) y el hecho de que los padres de Celan hubieran muerto en un campo de concentración nazi. Luego de su visita, Celan escribiría su célebre poema "Todtnauberg" en el que contaría su desilusión por no escuchar una sola palabra de autocrítica por parte de Heidegger respecto a su pasado nazi. Sobre dicho encuentro, la periodista argentina Tamara Kamenszain escribiría: "La génesis de este poema es una anotación en un libro de visitas. «En el libro de la cabaña, los ojos hacia la estrella del pozo con, en el corazón, la esperanza de una palabra que llegaría», había escrito Paul Celan el 25 julio de 1967 cuando visitó a Martin Heidegger en su cabaña de Todtnauberg, en plena Selva Negra. La correspondencia del poeta con su mujer aporta otros datos: ese día hubo un paseo en auto donde Celan hizo alusión al peligro de un rebrote nazi y a la conveniencia de que Heidegger se expidiera públicamente al respecto. Como única respuesta recibió un largo silencio. En ese silencio pantanoso floreció «Todtnauberg» que, como todos los poemas de Celan, está más cerca del mutismo que de las palabras. Entrecortando adrede los encabalgamientos, suspendiéndolos en los intersticios de un relato, el poeta logra que el sentido siempre quede a la espera de ser completado por la palabra de otro. Según el filósofo francés Lacoue-Labarthe, en «Todtnauberg» la palabra esperada es `perdón'. Un perdón que Heidegger le debía, ante tanta sospecha de colaboracionismo, al poeta judío. Pero para otro pensador francés, Alain Badiou, el silencio de Heidegger es coherente con su «fetichización filosófica del poema». Esto quiere decir que en la filosofía heideggeriana la poesía aparece como una instancia privilegiada capaz de dar respuesta a todo. De esta manera, y ante la pregunta de un poeta, el filósofo no podría hacer otra cosa que reenviarlo a la soledad del poema, o lo que es lo mismo, condenarlo al solipsismo. Sin embargo, la poesía de Celan se resiste. No es el hombre cuyos padres murieron en un campo de concentración el que pide una palabra esperanzadora que lo repare. Es esa obra monumental que renovó hasta las raíces el maltratado idioma alemán la que exige ser aclarada en el marco de una interlocución. Claridad que no supone una explicación sino una responsabilidad compartida. El peso de ese sujeto poético clausurado que, en espejo, estaba obligado a dar cuenta de todo, queda, en la poesía de Celan, alivianado. Sólo una subjetividad abierta, deshilachada, incompleta, puede encontrarse en un libro de visitas ese tipo de libro que está siempre abierto a la palabra de los demás con la posibilidad del poema. «¿El nombre de quién estaba anotado/ antes del mío?» es una pregunta que incluye a los demás. Esta vez la filosofía no iba a recibir de la poesía una revelación tranquilizadora sino una exigencia: mantenerse «a la escucha». Exigencia que, como hijo del silencio, el poema «Todtnauberg» parece estar demandándonos a todos.

Hermann Heidegger, hijo de Martin, habla sobre la relación de su padre con la cabaña

En un letrero turístico que hoy puede descubrirse cerca del lugar se ha incluido el siguiente texto: '¿Por qué la cabaña no es un museo? Martin Heidegger tiene dos hijos, 14 nietos y, desde el 2002, 21 biznietos. La cabaña sigue siendo una propiedad de la familia Heidegger, que la utiliza a título privado. No se permiten visitas. Respeten, por favor, la privacidad de la familia.'


Con sus luces y sus sombras, Heidegger es un pensador imposible de ignorar si se pretende volver a centrar a la filosofía en la pregunta por el ser. La meta hacia la que dirigió su preguntar fue la de mostrar que el tiempo es el horizonte trascendental de la pregunta por el ser: mostrar que el tiempo pertenece al sentido del ser. En la analítica existencial que creyó necesario realizar para llevar a cabo su propósito, conceptualizó el Dasein (el "ser-ahí"), llevando hasta sus últimas consecuencias el principio fenomenológico de "volver a las cosas mismas". Die Hütte fue una compañera inseparable en el desarrollo de sus cavilaciones. Lugar de meditación y remanso, continente sentimental de sus teorías y de su individual retorno a las esencias, de su viaje personal al corazón del Dasein propio.



Bibliografía consultada: 

-La cabaña de Heidegger, de Adam Sharr
-Ser y Tiempo, de Martin Heidegger
- Paul Celan and Martin Heidegger: An Unresolved Conversation, de James Lyon