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jueves, 15 de septiembre de 2016

Elogio de la vida bohemia

"La Bohemia", William Adolphe Borguereau, 1890


Elogio de la vida bohemia

por Juan Manuel Otero Barrigón

Bienaventurados los bohemios, porque ellos heredarán el reino de la libertad creativa.

La vida bohemia aspira a la alegría de vivir, despreocupada de todo aquello que ata al ser humano a imposiciones sociales y a mandatos externos. Gusta de las buenas compañías, del enriquecimiento intelectual y de los pequeños placeres que exaltan la vida del espíritu, siempre enemiga de la superficialidad.

La palabra Bohemia tiene su origen en los gitanos que llegaban a vivir a la Francia romántica entre los años 1820 y 1840, provenientes de Bohemia (hoy República Checa). Su estilo de vida en la sociedad francesa, allá a mediados del siglo XIX, inspiró un movimiento cultural inédito, expresado en distintas obras teatrales y literarias. De hábitos noctámbulos, la gente bohemia vivía en la noche, paseando por los cafés y los bulevares de la ciudad, ansiosos por nuevas experiencias, y generalmente con poco dinero en los bolsillos. La identificación de la vida bohemia con la ciudad que la vio nacer era tal, que en palabras chauvinistas del escritor Henri Murger, “la bohemia no es posible sino en París”.

De hecho, dos fueron los barrios parisinos que dieron hogar a la vida bohemia: Montmartre, lugar de pintores famosos como Toulouse-Lautrec, quien inmortalizó a las bailarinas de can can del Moulin Rouge, y el Barrio Latino, adonde se reunían los jóvenes del mundo que soñaban con la bohemia como el lugar idílico para su creatividad artística.

Calles, aquellas de París, por las que en aquella época Baudelaire caminaba casi siempre pobre, casi siempre solo, encontrando belleza donde otros solo veían miseria, y en lugares donde el arte apenas se animaba a entrar. Experiencias todas retratadas en esa obra imprescindible, “Las flores del mal”, sin la cual no podría entenderse la literatura moderna, y cuya publicación le costó a nuestro flaneur un largo proceso y una multa onerosa.

En un interesante ensayo de Luis Arturo Hernández y Javier Hérnandez, titulado Contraluces de Bohemia, se puede leer una curiosa explicación de los orígenes de la palabra bohemio: “El bohemio, descendiente de los antiguos bohemos, gitanos pertenecientes a las tribus de los boyos que en Bohemia recibieron el nombre de «bojove», -gentilicio checo en el que bien podrían haber confluido, como si de clanes semánticos se tratara, las voces «boj» (guerra) y «buh» (dios), que en una regresión etimológica hacia su origen inicial y remoto en la India viene del término persa «baga» (Dios), de donde procede Bagdád (lo dado por Dios), que proviene a su vez del indi, lengua en la que significa alimento («bhaga»)-, pueblo nómada indoeuropeo de errabundos impenitentes que vagaban por el corazón de esta península de Asia que es Europa y perseguido hoy en día por los propios bohemios de origen eslavo con un encarnizamiento de perros de presa, atrapados en la paradójica paranoia de intentar atrapar, como la pescadilla que se muerde la cola, la propia sombra de Bohemia."

La obra del romántico Murger, autor de la novela “Escenas de la vida bohemia”, sirvió de inspiración para configurar a la bohemia como un movimiento contracultural, que luego se afianzaría de la mano de otras producciones artísticas como la ópera "La Bohème" de Giacomo Puccini o incluso la “Louise” de Gustave Charpentier y la "Carmen" de Georges Bizet. Despúes de probar suerte como pintor, y de algunos sinsabores con la poesía, Murger comenzó a publicar su novela en forma de folletín, entre 1845 y 1849, en la revista Le Corsaire Satan. Allí retrataba la vida de pobreza de los escritores y artistas que él mismo conocía personalmente. Ello le permitió hacerse conocido, liberarse de su ostracismo, y adaptar su obra para teatro en el año 1851, para finalmente lograr publicarla  en forma de libro. Sin embargo, lejos de ensalzar ese estilo de vida, Murger consideraba a la bohemia o bien como el prolegómeno a una carrera artística seria y consagrada, o bien como el camino más fácil hacia la decadencia total. En sus propias palabras: “La Bohemia es una etapa de la vida artística; es el prefacio de la Academia, del hospital o del depósito de cadáveres”. La bohemia como un callejón sin salida. Murger falleció joven, a los cuarenta años, peleado con aquel espíritu al cual él mismo le había insuflado aliento vital. Según los historiadores, sus últimas palabras fueron: “¡Maldita sea la bohemia!”.

La idea de la bohemia como sinónimo de decadencia vital fue clave para modelar un perfil artístico bastante común a fines de siglo xix y comienzos del siglo xx: el artista famélico. Ícono romántico y concepto sociológico, el artista famélico era aquel que en su vida decidía reemplazar la comodidad material por una vida dedicada exclusivamente a su realización artística, sobreviviendo con ingresos mínimos, a veces incluso hasta en la miseria. Músicos como Eric Satie, o pintores como Carl Spitzweg o Vincent Van Gogh, reflejaban hasta en sus mismas obras esa apuesta vital de enorme radicalidad. Así lo reflejan, por ejemplo, “El dormitorio en Árles”, del genio holandés, “El poeta pobre”, del pintor alemán o el retrato hecho del pianita francés por el pintor Santiago Rusinol, en 1891. Sobre este estilo de vida, la escritora Virginia Nicholson, autora del libro Entre los bohemios, escribiría: “Después de cincuenta años podríamos juzgar de que la pobreza de Dylan Thomas era noble, mientras que la de Nina Hamnett no tenía sentido. Sin embargo, una artista menor y sin dinero se vuelve igual de famélica que un genio. ¿Qué los impulsó a hacerlo? Creo que tales personas no sólo escogieron el arte, sino también la vida de artista. El arte les ofreció un estilo de vida diferente, uno que creyeron les compensaba de la pérdida de comodidades y respetabilidad”.

Lo cierto es que sin llegar a los límites de la Generación Hambrienta, y con un pie en la clase obrera y otro en la burguesía a la que desafiaban, los bohemios fueron configurando una estética de vida que devino en arte del buen vivir, sintetizando una actitud rebelde e inconformista, de desafío y amoralidad.

Para el escritor del Novecentismo español Antonio Espina, la bohemia no se trataría de otra cosa que de “miseria disimulada con cierta belleza, hambre sobrellevada con humorismo”. Caracterización la cual, a pesar de su dosis de crítica, torna evidente la separación constitutiva de este movimiento como un modelo más de la alternativa social.

En una entrevista publicada en el año 1915, el poeta bohemio Emilio Carrere, le confesaba a un periodista: “El alma abierta sobre las angustias de la carne y del espíritu, y una protesta contra esa agravación del dolor natural de la vida, que es el dolor social creado por el egoísmo y la estupidez. Me interesa más que la literatura, la química, las matemáticas, la medicina. Todo a ciertas alturas, en las cumbres, es emoción poética." Declaración de principios, de un espíritu que desde su nacimiento se fue extendiendo por todas partes, sembrando seres ávidos de libertad creativa, y flechados a fuego por una perspectiva romántica de la vida.

El hippismo, que emergería en su versión contemporánea en los años 60´del siglo XX, bebería según algunos historiadores, de la fuente de la bohemia parisina de aquel entonces. De hecho, unos y otros comparten tres rasgos característicos en su actitud vital:

1) El rechazo a la propiedad privada y al materialismo, junto a la actitud de vida nómade, “hoy aquí, mañana allá”.
2) El rechazo a la estricta moral burguesa convencional. Defendiendo, contrariamente, la plena libertad de acción, especialmente en la esfera sexual.
3) El desprecio a las riquezas materiales, adhiriendo a una vida orientada exclusivamente al goce de las artes y a la fidelidad a las pasiones interiores, despreocupándose de la seguridad económica.

En el año 2004, la escritora norteamericana Laren Stover dió a conocer un manifiesto bohemio, donde exaltó las peculiaridades de esa actitud ante la vida. En ese mismo texto, además, llegó a diferenciar cinco tipos de personas bohemias:

1. El Bohemio Gitano– voluntariamente expatriados. Aquellos que son artífices de su propia bohemia donde quiera que vayan. Hippies, soñadores, vagabundos y viajeros incluídos.
2. El Bohemio Beat– los  sin dinero, también vagabundos, en busca de la utopía y de espíritu libre.
3. El Bohemio Zen– de estilo orientalista, más interesados en la espiritualidad que en el arte.
4. El Bohemio Dandy– sin dinero, pero tratando de simular su posesión. Urbanos, íntimamente disconformes consigo mismos, algo antisociales y a menudo frustrados vitalmente
5. El Bohemio Nouveau– aquellos quizás más característicos del mundo actual, en los cuales la ideología tradicional bohemia se presenta en armonía con la cultura contemporánea, sin perder de vista por ello los principios básicos-el glamour, el arte, la no conformidad. Salvo un detalle: tienen cash a su disposición.

Es elogiable la actitud atrevida y creativa del bohemio, pero más aún la insobornabilidad de sus convicciones, en un mundo que estandariza las maneras correctas de ser, enfatizando a cada instante, sobre todo, el imperativo de ser alguien en la vida. Ser alguien que, traducido bajo el dominio del capitalismo más salvaje, supone tener algo en la vida. Ser y Tener, que como ya expresara Erich Fromm, constituyen dos formas diferentes de posicionarse frente al mundo. La diferencia entre ser y tener es la diferencia entre la importancia concedida a las personas y su realización innata, y la importancia otorgada a las cosas y su señorío. Vivimos alienados en sociedades atravesadas por el mandato de la posesión, hasta tal punto, que el tener se desliza desde las mercancías ofrecidas hipnóticamente por el mercado, hasta echar raíces en el mismo lenguaje que hablamos cotidianamente, y que nos lleva al uso de expresiones  como “tenemos un problema”, “tengo miedo”, “tenemos una vida feliz”, etc. Todo es tener, todo termina implicando posesión.

Bienaventurados los bohemios, porque ellos serán llamados hijos de la Libertad.


El sistema político y económico en el cual estamos insertos fogonea permanentemente para que elevemos nuestras expectativas y nuestro afán de consumo. Sin embargo, quizás no exista, por esa vía, camino más seguro a la insatisfacción permanente, toda vez que la obtención de un determinado producto es siempre provisoria, y está condenada a ceder su lugar al ansía de una “nueva” y “mejor” mercancía por venir. Nos olvidamos rápidamente que para vivir con dignidad, y disfrutar al mismo tiempo de los pequeños placeres que la vida nos ofrece día a día, necesitamos mucho menos de lo que la Mátrix que habitamos nos impulsa a desear. Bastaría solamente recordar como era posible la vida décadas atrás, sin tanto apasionamiento por lo novedoso por el mero hecho de ser nuevo. Al permitir que el tener invada nuestra dimensión subjetiva y se convierta en el eje orientador de nuestras cogniciones, ideas, y proyectos de vida, inevitablemente vamos conformando un carácter de acuerdo a esa premisa, reflejo de un profundo vacío a nivel existencial.

Si como afirma Virginia Nicholson los bohemios actuales “se definen a sí mismos y son definidos por otros como aquellos que no pertenecen, que no se ajustan a las reglas del común", quizás, lejos de ser esta una crítica a la desviación, pueda leerse, ante todo, como el elogio de una apuesta por una vida conforme a los impulsos más propios y auténticos de aquel que exhibe el coraje de decir que no frente a las imposiciones normalizantes de la mercadotecnia.

La crítica a las modernas tecnologías, con todo lo que de positivo le han traído al hombre, constituye una pieza infaltable en este rompecabezas. Quizás más bien debiéramos hablar de una crítica de su uso cotidiano, ya que en tanto herramientas, las nuevas tecnologías nos abren un mundo de posibilidades casi infinitas si son usadas inteligentemente. Lo contrario, ya lo advirtió Martin Heidegger, bien podría embotarnos de manera que ya no ayude, sino que por el contrario, limite nuestro conocimiento y nuestras facultades creativas. En su ensayo "Sobre la cuestión de la tecnología", tratado del período mediano-tardío de su obra, expuso una serie de argumentos que fueron fundamento de su pesimismo en torno a la era de la técnica moderna. Su concepción de la tecnología moderna como "manufactura" que emplea no sólo los recursos de naturaleza, sino que termina finalmente manipulando a la propia humanidad, debería tenerse presente como recordatorio de la deshumanización que nos puede deparar el final del túnel si perdemos de vista el valor de uso de estas herramientas, siempre que son reducidas a su mero valor de consumo, que en el camino, nos termina consumiendo a nosotros.

La desesperación por el reconocimiento, palpable bajo las luces de neón en los modernos templos virtuales del narcicismo (Facebook, Twitter, Instagram, etc), forma parte de este cóctel mortífero que puede ahogar el libre desenvolvimiento de la espontaneidad creativa, en aras del aplauso fácil y el necesitado mimo egoico que nos haga sentir valorados e importantes a los ojos del otro. Presos de los likes, obsesionados por el parecer en detrimento del ser, vivimos pendientes de la mirada ajena, inmersos en la angustia cuando aquellos ojos deseados se mudan a otros horizontes. Ojos sin los cuales dejamos de existir, únicos sostenes de nuestro pálido sentido existencial. Somos, hoy más que nunca, en tanto nos confirman que existimos. Pulgar arriba o clic al corazón, y nuestra autoestima sigue respirando, aliviada.

Pero si la tecnología y sus productos pueden ser, mal utilizados, obstáculos a nuestro desarrollo creativo y a una vida verdaderamente rica y auténtica, no menores (y en realidad parte del mismo combo mortífero) son los peligros que acechan frente a la voracidad fagocitadora del sistema. Nacen así, bajo el amparo de la tiranía del mercado del que aquellos añorados bohemios pretendieron escapar, los sociológicamente denominados Bobos, o Burgeois Bohemian (burgueses bohemios), uno de los últimos, y más tristes ejemplos de oxímoron. Personas conformistas pero tolerantes, “ricos de clase obrera”, que consumen productos caros y exóticos, muchos de ellos herederos de los viejos yuppies, disfrutando de una vida libre y relajada pero sin la actitud desprendida e indiferente hacia las redes del materialismo. Digno complemento del hippie con Osde puesto tan de moda (y convertido en moda) en nuestros tiempos. Los Bobos (¡la abreviatura no me pertenece!) son la expresión más patente de que las contradicciones culturales del capitalismo y la enorme brecha entre burgueses y otrora bohemios tiene certificado de defunción bajo el amparo de la Mátrix. Al constituirse en categoría sociológica para describir un grupo emergente de la moderna sociedad de consumo, se pone de manifiesto que fácil resulta para el sistema trivializar elementos de trascendencia al medirlos únicamente por su puesta en boga y su masivo seguimiento. Sin embargo, y en el fondo, el centro medular existencial de muchos Bobos se basa en un preámbulo insustancial, en el cual la homogeneidad entre ellos como santo y seña,  la vulgarización de lo profundo en una significación de importancia asentada y justificada en la moda pasajera son las únicas (y seguras) verdades de tantas vidas despersonalizadas.

Bienaventurados los auténticos bohemios, porque ellos serán saciados con el fruto de la autenticidad.

Conformismo y bohemia son irreconciliables. La bohemia evoca el romance de la vida de un vagabundo autoexiliado, en búsqueda perpetua. La filosofía del vagabundo, decía Camilo José Cela, se apoya en la no necesidad de nada y en el buen talante de aceptar la vida sin queja alguna. Por eso vagabundos, bohemios y taoístas se llevan siempre bien, dondequiera que se encuentren. Son espíritus afines, en comunión cercana de ideales.

Bohemios y vagabundos se asemejan, además, en su elogio a la vida callejera, al devenir paseante. No en vano, una de las figuras estéticas heredadas de la tradición bohemia parisina es la del flaneur, el viajero sin rumbo ni objetivo, abierto a todas las viscisitudes e impresiones que le salen al paso.

En “El pintor de la vida moderna”, Baudelaire ensaya una descripción estética de este personaje: “La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verle como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida”.

Vagar sin rumbo, predilecta actividad del flaneur, que en un mundo frenético y utilitario en el cual todo debe hacerse por y para algo en concreto, se convierte así en un pequeño acto individual de subversión.

Caminar a la deriva puede entenderse, además, de otras distintas formas: como confesión de la falta de solvencia económica para trasladarse por otros medios, como desinterés por la prisa de llegar a destino, o bien como el rechazo a los medios de transporte prácticos y funcionales (automóviles y colectivos) o incluso cooles, como la hoy tan de moda bicicleta.

Además, el acto de caminar constituye, en sí, una actividad existencialmente estética cuando es practicada de manera consciente, ya que privilegia la espontaneidad y la soltura por sobre otras consideraciones programáticas, desentendiéndose de orígenes y destinos. Lo único real es el trayecto, el camino natural y enigmáticamente “elegido”.

Bienaventurados los bohemios vagabundos, porque ellos viven en el corazón del Camino.

La pretensión omniabarcante del sistema, siempre existosa cuando convierte una actitud inconformista en una moda pasible de consumo, choca de frente con la búsqueda de la íntima singularización vital, que por ser propia, es siempre original.

Sin embargo, lejos de lo que postulan la moda y el mercado, ser original poco y nada tiene que ver con las apariencias, sino, y ante todo, con nuestra capacidad para ser sinceros con nosotros mismos. 

El consumismo, además de esclavizarnos con la promesa imposible de alcanzar una felicidad que nunca llega, propone que la libertad auténtica radica en la posibilidad de decidir qué productos o servicios adquirir. Así, por esta vía, la libertad de elección al consumir se traduce en el máximo activo de nuestra identidad. Identidad que, para ser constituida (siempre bajo la premisa consumista) nos impondría la necesidad de distinguirnos por medio de nuestras decisiones de consumo. Consumo que nos llevaría en dirección a nuestro ser auténtico, convirtiéndonos en personas “originales”, distintas del resto. Eso sí, con una pequeña salvedad no siempre advertida: en tanto consumidores permanecemos iguales a los demás, ya que el mercado nos uniforma. De esta manera, se derrumba la vana esperanza de individuación, siendo que aquello que se erigía como garante de la originalidad deseada, no se revela sino como la trampa que nos ofrece una ilusión que no puede cumplir.

Valdría mejor citar la fórmula propuesta por el escritor inglés Jason Horsley respecto a la creatividad, verdadero fundamento para toda vida que aspire al despliegue de la originalidad propia. Es la que dice que creatividad = espontaneidad + honestidad. Escuchar con atención la voz que nos habla desde dentro, que por ser nuestra es única, practicando una sana epojé que ejercite el poner entre paréntesis la multitud de mandatos, temores, imperativos que nos rodean social y psicológicamente, es el camino más auténtico para desarrollar una narrativa vital propia, verdaderamente libre y ajena a las dictaduras sutiles a las que cotidiana (y estructuralmente) estamos arraigados. En otras palabras, cuanto más nos esforcemos para ser originales, mayor es la probabilidad de que en ese camino, terminemos adoptando las múltiples ofertas que el sistema nos brinda para ello. Las que, en última instancia, no terminarán sino asimilándonos a alguna de las distintas tribus y colectivos sociales que, en aras de la originalidad, decretan su defunción. Quizás, por el contrario, el mejor camino sea acaso el más simple: para ser original, lo mejor es no intentarlo. Wu Wei dirían los chinos, pura espontaneidad taoísta.

Si como decía el Demian de Herman Hesse: “la vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el esbozo de un sendero”; no habría que olvidar, sin embargo, que la apuesta radical por la plenitud estética de la vida (a la cual los bohemios hicieron tanto honor) no está exenta de riesgos. Y es que una vez que uno elige las cartas con las cuales jugará la partida de su viaje existencial, ya no es gratuito renunciar mirando hacia atrás. "Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro es difícil. Caminemos."

Bienaventurados sean entonces los bohemios, porque ellos recorrerán el sendero de la autenticidad plena.

Escrito en Agosto de 2016 (protegido por derechos de autor)


domingo, 24 de julio de 2016

Elaborar la finitud

Nota del autor del blog: este texto fue publicado recientemente en la edición del mes de Julio de la revista digital El Psicoanalítico. Quienes deseen consultar el número completo de dicha publicación, pueden dirigirse aquí.

"La muerte y el leñador" (1859), Jean Francois Millet


"Elaborar la finitud", por Juan Manuel Otero Barrigón

Todos vamos a morir. Esa es una verdad, al menos todavía hoy, incuestionable. Ha valido tanto para nuestros parientes lejanos, los Ardipithecus ramidus que habitaron la tierra hace más de cuatro millones de años, como para nosotros hoy. Pensar la muerte, y sobre todo la propia, supone el intento de situarnos en los límites últimos de nuestra capacidad de autorepresentación. La muerte es ese ejercicio intransferible y definitivo de la vida para la cual no hay ensayos ni segundas oportunidades. No obstante, como señalara Freud, se sabe de la muerte, pero al mismo tiempo se la desconoce. Nadie puede terminar de concebir la muerte propia, ya que, al hacerlo, sobrevivimos, siempre, como observadores externos. El psicoanálisis enseña que nuestro inconsciente no cree en la propia muerte, que se conduce como si fuese inmortal. La muerte se admite y se desmiente, ya que, para conocerla, debe estarse en ella, debe ser atravesada, ser, paradójicamente “vivida…”, sin embargo, al “vivirla”, ya es demasiado tarde para aprender sobre su realidad, para conceptualizarla, y para transmitir el resultado de dicha experiencia a los demás.

Morir como arte

En su ensayo “Historia de la muerte en Occidente”, Phillipe Aries traza una serie de diferencias entre las habituales formas de morir en Occidente hasta el siglo XIX y las contemporáneas: el pasaje de ser una experiencia “doméstica”, familiar, en casa, con duelo público y con el moribundo atravesando los rituales aceptados y la muerte siendo recibida en paz; hasta nuestro pavor actual frente a todo lo que a ella evoque. La sociedad que habitamos le da la espalda a la muerte. Es la época de la muerte tabú, que hoy ha concentrado en gran medida la otrora potencia que exhibían otros tabúes, como el del sexo. Frente a la negativización de la muerte, Aries expresa: “Hoy es la dignidad de la muerte lo que plantea problemas. Esa dignidad exige ante todo que sea reconocida, no ya sólo como un estado real sino como un acontecimiento esencial, que no está permitido escamotear”.

Dice Heidegger que por nacimiento estamos arrojados a la muerte, que “somos para la muerte”. La muerte es, para el Dasein, una inminencia constante. La posibilidad más posible. Si somos “seres-ahí-en-el-mundo”, lanzados al futuro, la muerte, entonces, es constitutiva al Dasein. La clausura de toda otra posibilidad. Asumirla es la clave para una vida auténtica. Conocida es la relación del neurótico obsesivo con la muerte; el obsesivo evita comprometerse con su deseo a partir del anhelo y la espera de la muerte del Amo. Recién cuando este muera, él podrá empezar a vivir. Su posición le impide, a su vez, asumir y reconocer su “ser-para-la-muerte”. Su devenir es postergación constante, barrera frente a toda plenitud de la vida.

En 1926, José Ortega y Gasset escribía lo siguiente para el diario La Nación: “Yo no creo que en la vida humana haya problemas absolutos. Lo único que es absoluto es la muerte y por lo mismo no es un problema, sino una fatalidad” “Fatalidad”, entendida de acuerdo a su significado más literal, en tanto inevitable. Y lo inevitable impone la aceptación de sus consecuencias, aunque en el decurso del tiempo dichas consecuencias puedan experimentar algunas variaciones. Al fin y al cabo, afortunadamente, la expectativa de vida hoy no es la misma que la de hace cien años atrás.

Del lado contrario a nuestro mundo occidental, ciertas culturas como la hindú y la tibetana entienden la importancia de elaborar la muerte propia, haciendo de esta experiencia cumbre un motivo de reflexión y trabajo personal. Desprovista del tabú que sobre ella pesa en nuestra cultura, la muerte es vista como un estimulante para la vida. Una bella canción de George Harrison (Art of Dying), con reminiscencias espirituales hindúes, y editada en su álbum “All Things Must Pass”, refleja esto: “Nada en esta vida que haya estado tratando puede igualar o superar el arte de morir”. Es la concepción de la muerte como arte ineludible, como arte que se nos impone, como proceso consciente a elaborar. ¡Qué alejado a esto el terror cultivado por gran parte de la cultura occidental contemporánea en torno a la muerte: tantas veces negada, tantas veces ignorada, tantas veces forcluida!

Vida y Muerte, un proceso cíclico en la cosmovisión hindú

La vejez, antesala natural a la otra orilla

Diferentes estudios revelan que el principal conflicto durante el envejecimiento no está tan vinculado con la cercanía a la muerte en sí misma sino con las pérdidas, tanto de capacidades físicas como de las personas cercanas y de los roles sociales asumidos. Concebir entonces el envejecimiento como un proceso de adaptación frente a estas pérdidas, supone asumirlo como un camino de duelo, que remite inevitablemente a la evaluación de la propia vida, de sus éxitos, sus fracasos, sus deseos y sus imposibilidades. Del resultado de dicha evaluación se desprenderá lo que Erik Erickson entendía como el par “Integridad-Desesperación”. Si este proceso de evaluación se supera con éxito será la posibilidad de acceso a un sentido vital renovado, dotando de significado al camino recorrido y asumiendo la cercanía de la muerte con tranquilidad y aceptación. Por el contrario, si la crisis que supone dicho proceso de repaso vital no se supera, lo que emergerá es el sentimiento de haber desperdiciado las oportunidades que nos ofreció la vida, con el consiguiente remordimiento, sentimiento de culpa, y desesperanza.

Lamentablemente, en la gran mayoría de nuestras sociedades industriales urbanas, envejecer suele llevar implícita la connotación de ser un proceso decadente y muchas veces doloroso para quien lo atraviesa, sumado a la noción de “carga” añadida que muchas veces parece suponer para los demás. La desconsideración de la vejez y su etiquetamiento como “problema” habla mucho de nuestros valores y de nuestros conceptos (amén de la entronización del “ser joven” como valor supremo), dado que, entre otras cosas, en su rechazo está presente también la negación que instrumentamos para defendernos de nuestro destino último.

Aunque nadie sabe el momento exacto de su muerte, el “aún no” con el cual nos consolamos durante el transcurso de la vida frente a la inevitabilidad de este acontecimiento, comienza a perder su fuerza y efectividad durante el transcurso de la vejez. Es, por lo general, en esta etapa de la vida donde la muerte adquiere mayor significado y proximidad. Sin embargo, lejos esto de implicar una actitud derrotista, debería suponer la asunción consciente de esa instancia definitiva que, a todos, sin excepciones, nos espera. En un maravilloso y esencial libro titulado “Elogio de la vejez”, Herman Hesse se expresa a propósito de la responsabilidad inherente a dicha etapa: “Un anciano que odia y teme a la vejez, que odia los cabellos blancos y la cercanía de la muerte, no es un digno representante del estadio de su vida, como tampoco lo es un hombre joven y vigoroso que odia su vocación y trabajo diario y busca escapar a los mismos(…)” “(…) para cumplir como anciano su destino y estar a la altura de su tarea, hay que ponerse de acuerdo con la vejez y con todo lo que comporta, hay que decirle sí. Sin ese sí, sin la entrega cuanto la naturaleza nos reclama, perdemos el valor y el sentido de nuestros días y estafamos a la vida”

Quizás si revisáramos nuestras concepciones culturales sobre la muerte y meditáramos sobre ella con mayor frecuencia y serenidad, quizás, y solo quizás, podríamos comenzar a modificar nuestras percepciones también sobre la ancianidad, pudiendo, como consecuencia de ello, cuidar más y mejor a nuestros viejos.

El miedo a la muerte

En ocasiones, la realidad de la muerte como posibilidad desencadena cogniciones, temores e inhibiciones que pueden configurar verdaderos cuadros sintomáticos constelados en torno a dicha situación límite. En épocas del imperio de la estandarización e híper clasificación de los “trastornos mentales” se habla, por ejemplo, de tanatofobia, el miedo irracional a la muerte.

Es la muerte, quizás la única verdad absoluta, como espera intolerable, que invade pensamientos, y que termina inhibiendo todo impulso vital.

Ahora bien, si la desaparición, al menos física, es el horizonte seguro de todo ser hablante, entonces la muerte se presenta como algo que debe intentar ser comprendido y aceptado para poder afrontar dicho destino con la mayor sabiduría y templanza posibles.
Para quien a instancias de un credo religioso sostiene la existencia en otra vida después de esta, la muerte no es el fin definitivo, ya que su creencia les posibilitaría incorporar la idea de la muerte a sus vidas. Este mecanismo, útil en los casos de vivencia religiosa saludable, sin embargo, no siempre supone que la muerte pierda su fuerza amenazante, de hecho, muchas veces ocurre lo contrario. Muchos creyentes afirman temerle a la muerte y a lo que tras ella podría acaecerle a aquello que de uno persista, y distintos estudios muestran que la vivencia religiosa de gran parte de los creyentes es ciertamente más infantil, emocional y mágica que elaborada y madura.

"San Francisco meditando sobre la muerte" (1605), Michelangelo Caravaggio

La asunción de la realidad de nuestra muerte, amén de cualquier creencia personal que pudiéramos sostener, demandará siempre, para ser auténtica, su aceptación dentro de sus límites estrictamente humanos.

En sintonía con esto, el filósofo griego Epicuro, en su Carta a Meneceo, propuso quizás una de las más elevadas y tranquilizadoras reflexiones en torno a la muerte y al miedo que esta infunde. Escribió lo siguiente: “(…) Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que todo bien y todo mal están en la sensación, y la muerte es pérdida de sensación. Por ello, el recto conocimiento de que la muerte no es nada para nosotros hace amable la mortalidad de la vida, no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque suprime el anhelo de inmortalidad. Nada hay terrible en la vida para quien está realmente persuadido de que tampoco se encuentra nada terrible en el no vivir. De manera que es un necio el que dice que teme la muerte, no porque haga sufrir al presentarse, sino porque hace sufrir en su espera: en efecto, lo que no inquieta cuando se presenta es absurdo que nos haga sufrir en su espera. Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos. No existe, pues, ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquellos todavía no es, y éstos ya no son. Pero la gente huye de la muerte como del mayor de los males, y la reclama otras veces como descanso de los males de su vida (…)”

La necesidad de elaborar los duelos que atravesamos en nuestro recorrido vital, es la posibilidad de acceso a una vida más íntegra y dotada de sentido a cada paso. La pérdida que nos significa la muerte, experiencia límite que tantas veces preferimos ignorar, nos pone frente a frente tal vez, con el duelo por antonomasia. Límite máximo, frontera infranqueable. Y pese a todo, tarea por asumir. Quizás, al fin de cuentas, como decía entre sonrisas un paciente ya entrado en años: “¡Morir no es para tanto, che…!”


Notas
[1] Citado en Pepe, Rodríguez. Morir es nada. Ediciones B, Barcelona, 2002.
[2] Hesse, Hermann. Elogio de la vejez. Editorial El Aléph, Barcelona, 2011.
[3] Fragmento tomado de http://mercaba.org/Filosofia/HT/diego%20reina/Escuelas%20helenisticas/epicuro_meneceo.htm

Bibliografía
Ariès, Philippe. Historia de la muerte en Occidente. Acantilado, Barcelona, 2000.
Epicuro. Carta a Meneceo. Disponible en: http://mercaba.org/Filosofia/HT/diego%20reina/Escuelas%20helenisticas/epicuro_meneceo.htm
Erickson, Erik. El ciclo vital completado. Paidós Ibérica, Barcelona, 2000.
Heidegger, Martín. Ser y Tiempo. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010.
Hesse, Hermann. Elogio de la vejez. Editorial El Aléph, Barcelona, 2011
Rodríguez, Pepe. Morir es nada. Ediciones B,Barcelona, 2002

viernes, 22 de julio de 2016

Shangri-La (6): Timothy Leary en Millbrook


Promediando la década del 60´, Timothy Leary y Richard Alpert, dos jóvenes psicólogos que ya habían sido expulsados de la Universidad de Harvard por sus revolucionarios experimentos con LSD,  habían establecido juntos la Fundación Internacional para la Libertad Interna (IFIF), luego de abandonar Zihuatanejo, México, donde llegaron a establecer un centro de formación para los interesados en el sendero psiconáutico. Volvieron a Nueva York y comenzaron a buscar una base alternativa en algún lugar del país. La respuesta a su búsqueda llegó en la forma de una mansión de sesenta y cuatro habitaciones en una finca amurallada de dos mil acres, situada a dos horas de distancia de la ciudad. La alquilaron al joven millonario Billy Hitchcock, por una renta de aproximadamente U$ 500 al mes.
La mansión estaba vacía cuando ellos y su pequeña comunidad llegaron, pero era el lugar ideal para asentarse; aislada y espaciosa, no dejaba de exhibir cierto encanto anticuado. Había sido construida en la década de 1890 con las especificaciones arquitectónicas más extrañas del magnate de la lámpara de gas de origen alemán, Charles F. Dieterich, quien bautizó el lugar como "Daheim". Millbrook era en sí misma una obra de arte.

Leary, profeta de la contracultura, junto a miembros de su comunidad

Millbrook fue construida al estilo de un chalet de Baviera y tenía una pequeña terraza desde la que era accesible la entrada a la azotea. También había una casa casa de campo en la entrada de la finca, en la que el famoso trompetista canadiense Maynard Ferguson, y su bella esposa Flo, vivían con sus hijos.

En Flashbacks, su libro de memorias, Leary describiría a la mansión como un "lugar mágico, rodeado de césped elegantes, establos y un chalet de dos pisos adornado ".



Si bien Leary buscaba publicidad luego de su salida de Harvard, era muy serio en su trabajo. Los experimentos con LSD que se realizaban allí eran un asunto solemne, muy ritualístico, acompañados de acalorados debates entre los participantes y de meditaciones acerca de la vida mística, la espiritualidad oriental, y la experiencia visionaria.

Sin embargo, no todo eran acuerdos entre los espíritus creativos que predicaban los favores provenientes del ácido. Mientras que para Leary y Alpert el LSD era el transportador psíquico de un viaje hacia el espacio interior, y, en consecuencia, debía ser tratado con suma reverencia; para otros, era una droga recreativa, que fomentaba la amistad y el espíritu de comunidad social y que en última instancia, posibilitaba la mejor manera de arruinarse.

Hacia el verano de 1965 la vida en Millbrook fue evolucionando desde ser una comunidad académica tranquila a convertirse en un complejo donde jóvenes deseosos de nuevas experiencias llegaban para alimentar su sed de diversión "espiritual". Cuando comenzaron los rumores de que el ácido y el sexo se estaban disfrutando con la misma despreocupación en la finca de Hitchcock, los padres de aquellos jóvenes emprendieron una campaña para expulsar a Leary de su refugio sagrado.


Ken Kesey (el cuarto desde la izquierda) de visita en Millbrook

En los primeros años de actividad profética en la vida de Leary, la importancia que jugaba Millbrook era fundamental. Lugar de encuentro para artistas psicodélicos, espacio para la meditación, refugio de exploradores psiconáuticos, centro de estudios psicológicos y escenario para decenas de happenings.    Millbrook fue también la sede de la Fundación Castalia, llamada así en honor a la colonia de intelectuales del libro Das Glasperlenspiel (El juego de los abalorios), la última y para muchos la mejor novela del escritor alemán Hermann Hesse (a quien Leary admiraba), y cuya historia se desarrolla en la provincia alpina de Kastalien alrededor del año 2400. En este futuro utópico emocionalmente frío, aislado de la masa de la población, la élite monástica Castalia exhibía su vuelo intelectual a través del juego ritual que abarcaba la totalidad del conocimiento humano.

Timothy Leary junto al psicólogo y explorar psicodélico Ralp Metzner en la entrada a Millbrook

El Profeta psicodélico junto a su caballo blanco

Libro que narra la historia de la Comunidad y los inicios de la era psicodélica contemporánea

"La Comuna Millbrook" - Fragmento de un documental en torno a la historia del LSD

En septiembre de 1966, Timothy Leary fundó La Liga para el Descubrimiento Espiritual, una religión que declaraba al LSD como su santo sacramento, un esfuerzo por obtener el status legal para el uso de LSD y otros psicodélicos como elementos constitutivos de la religión. Sin embargo, apenas un mes despúes, el LSD sería declarado ilegal y todos los programas científicos de investigación quedaron en suspenso.

En enero de 1967, Leary pronunció un discurso ante la Human Be-In, un grupo de 30.000 hippies en Golden Gate Park,San Francisco, donde pronunciaría su mítica frase “Turn on, tune in, drop out”. Esta frase se le ocurrió a Leary mientras se duchaba,  un día después de que Marshall McLuhan le sugiriera “algo breve y rápido” para promover los beneficios del LSD.

No obstante, y pese a la actividad frenética que Leary desarrollaba, Millbrook tenía los días contados. Comenzadas las redadas del FBI, desatadas las persecuciones,  el proyecto comunal finalmente terminó naufragando. Era el año 1967.

La historia y los periplos del polémico, aunque brillante profeta psicodélico, apenas comenzaban. Mientras que Millbrook, en tanto símbolo del sueño dorado de la expansión consciente, quedaría inmortalizada para siempre, retazos de una época en la cual la búsqueda era la del encuentro cara a cara con la Divinidad. 

Periódico de la época reportando los acosos policiales a la Comunidad de Millbrook


jueves, 21 de julio de 2016

El camino elegido



He elegido el camino del egoísta o religioso, y considero que nuestras obligaciones hacia el exterior son de importancia secundaria al lado de las obligaciones que tenemos para con nuestra propia alma. He renovado en mí el sentimiento de que mi alma representa, en pequeño, una parte del desarrollo de la Humanidad y que, en el fondo, cada pequeña convulsión en nuestro interior es tan importante como la guerra y la paz en el mundo de afuera. 

Herman Hesse ("Lecturas para minutos")