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sábado, 24 de agosto de 2024

Serie Meditaciones #16. El "Infierno" de Dante en clave analítica: apuntes iniciales. Por Juan Manuel Otero Barrigón

 MEDITACIÓN #16

El "Infierno" de Dante en clave analítica: apuntes iniciales
(anticipo de nuestra próxima Mesa Redonda Mitológica del mes de Septiembre).

***

El "Infierno" de Dante Alighieri, con su estructura precisa y sus círculos concéntricos, no es solamente una cartografía clásica del castigo eterno, sino también una metáfora profunda del viaje interior del alma. Un descenso a los reinos de la oscuridad que puede interpretarse como un encuentro inevitable con la Sombra, esa parte de nosotros mismos que contiene todo lo que rechazamos y negamos.

En Dante, como señala acertadamente el analista posjunguiano Wolfgang Giegerich («¿Cuáles son los factores que curan?», 2020), el Infierno representa un reino especial en el otro mundo. Pero para la psicología analítica, revela la esencia más profunda de la realidad terrenal, empírica. 

Guiado por Virgilio, su psicopompo, Dante inicia un viaje para comprender y tratar con la Sombra, tanto en sí mismo como en su mundo. Cada círculo del infierno representa una capa del inconsciente donde residen las partes fragmentadas y reprimidas de la psique. Los pecadores que Dante se encuentra no son solamente personajes históricos o alegóricos, sino reflejos de sus propios temores y deseos que necesitan ser reconocidos y confrontados.

Hay que recordar que, en sentido junguiano, la Sombra no es inherentemente maligna; es una parte esencial de nuestra vida interior. Dante, al descender a las profundidades del Infierno, se embarca en un proceso en el cual cada situación y cada desafío le acercan un paso más a la integración de su ser completo. Enfrentar y comprender su sombra le permite emerger del Infierno transformado, listo para ascender a los reinos superiores del purgatorio y el paraíso.

Las emociones que predominan en el Infierno son la desesperanza, la ansiedad, el sufrimiento. Un espacio psíquico caótico, lleno de confusión, un encuentro con fuerzas primitivas. En este descenso, y al igual que sucede con Inanna en la mitología sumeria, Dante baja desnudo, sin "mascara" que lo proteja, para enfrentarse con la Sombra de manera descarnada.

El primer círculo, el Limbo, con sus almas nobles que viven en anhelo perpetuo, puede verse como la parte de la psique que se halla atrapada en el pasado, incapaz de avanzar por la falta de un sentido trascendente. En contraste, los círculos más bajos, donde los castigos se vuelven cada vez más brutales, sugieren la colisión con los aspectos más oscuros y destructivos del ser. Aquí, el alma se ve obligada a lidiar con sus propios demonios, los impulsos y deseos que, si se dejan sin reconocer, pueden llevar a la autodestrucción.

En la narrativa de Dante, la poesía es un medio a través del cual se expresa la lucha interior para llegar al paraíso, es decir, alcanzar la función trascendente, donde se integren los contenidos inconscientes y así poder lograr una nueva síntesis a nivel de la consciencia, corrigiendo su unilateralidad. Las imágenes vívidas y los tormentos del infierno reflejan el sufrimiento psicológico que acompaña a la confrontación con la Sombra. Sin embargo, a través de esta oscuridad y dolor, se refleja la posibilidad de redención y transformación. Así como Dante encuentra la salida del Infierno al confrontar sus miedos, nosotros también podemos encontrar luz en nuestras propias tinieblas.

En el corazón del Infierno, cuando Dante y Virgilio cruzan el río Estigia, se encuentran con Filippo Argenti, un noble florentino cuya furia descontrolada lo condena a una eterna lucha en el barro (V círculo, el de los iracundos). Esta escena, más allá de su literalidad, nos sumerge en el lodazal de nuestras propias emociones reprimidas, esas que, al no ser integradas, se convierten en una corriente caótica que nos arrastra hacia la autodestrucción. Argenti, devorado por su propia ira, es un reflejo de cómo nuestras pasiones más oscuras pueden consumirnos si no las confrontamos. En este pasaje, Dante nos muestra que el verdadero Infierno es el de una psique atrapada en su propio ciclo de negación y violencia, incapaz de encontrar la paz hasta que se enfrente a la luz de la consciencia.

Dante nos carea con la realidad de que el Infierno no es un lugar lejano, sino un estado del ser, una geografía interior donde las culpas no resueltas y las pasiones desmedidas construyen laberintos sin salida. Cada círculo del Infierno es una imagen arquetípica de las fuerzas que nos arrastran hacia abajo, hacia lo primitivo y lo destructivo. En este paisaje devastado, los personajes que Dante encuentra no son sólo almas condenadas, sino fragmentos de su propia psique, aspectos de la humanidad colectiva que perdieron su camino. En la travesía infernal, Dante nos enseña que el verdadero peligro no es el castigo eterno, sino el olvido de nuestro propósito original, y más profundo.

Un texto interesantísimo del estudioso de la obra dantesca Franco Nembrini, cuyo título en tres volúmenes es «Dante, poeta del deseo» (Ediciones Encuentro, 2015), nos propone leer este poema como una confidencia en la que Dante "no tiene una teoría que explicarnos; tiene un camino que proponernos, un drama, el mismo que él ha vivido en primera persona" (...) "El motivo para ponerse en camino es el deseo, el deseo profundo que empuja desde el fondo de su naturaleza. Así lo expone el propio Dante en su obra El Convite: «El sumo deseo de toda cosa, dado en primer lugar por la misma naturaleza, es el retorno a su principio»; y el principio de lo humano es el propio Dios que plasmó su imagen y lo creó a su semejanza".

Y concluímos con otra cita del mismo Nembrini, que es toda una invitación: "Dante narra el más allá porque le permite una comprensión mejor del más acá. Por tanto, relata una vida que es posible, una experiencia. Dante tiene la presunción, en el buen sentido del término, de mirar las cosas como las mira Dios, como las ve Aquel que las hace en cada instante. De allí viene la posibilidad de vivir el drama de la vida según la verdad, según la justicia, tratando las cosas por lo que realmente son".

JMOB.


martes, 1 de septiembre de 2020

Jorge Garzarelli: Algunas palabras sueltas

1

Todo lo que viene

es

tan breve

como lo que fue,

y yo te amo.

2

No entiendo que es el antes de ayer!!! 

3

Mañana es la mejor palabra del Tiempo.

4

Un beso breve

y unos labios

que desean eternidad.

5

El espacio transparente

Y tus ojos mirando nubes de Otoño.

6

Algún momento

es necesario

para otro momento.

7

Lo infinito no pregunta

Sólo es una es respuesta infinita.

8

Una ola de mar.

El Universo entero en una ola de mar

Y burbujas que sonríen

por ser burbujas.

Y el

Agua eterna, sutil, aérea

solo vibra por poder y querer ser

sólo eso.

Un ruido de silencios y un simple suspiro de Dios.

9

Sin buscar, encuentro

Una lagrima mágica

Que encierra con amor

Toda la tristeza del Hombre.

10

El error es un poco de ignorancia.

11

Nada más que nada más.


Jorge G.Garzarelli – ph.D
Profesor Emérito - Universidad del Salvador
2020
Email: psiquis42@gmail.com

miércoles, 1 de abril de 2020

Sobre la sabiduría de los Cuentos

Arte digital: anndr

Si existiera algo como “El Libro de la Verdad”, los cuentos serían, sin duda alguna, su contenido más esencial y la mejor clave para comprenderla. La sabiduría de sus narraciones es expresiva, práctica y operante, sólo nos exige ponerla en marcha. Rumi sugería tomar en serio las “palabras insensatas” de los cuentos, cuyas raíces se hunden hasta el fondo de las profundidades de la Psique. El cuento es un reflejo de nosotros mismos, ya que cada cuento relata nuestra historia; y es también el mundo, siempre que nos sirve de mapa existencial para saber por donde vamos, y continuar nuestro camino algo más serenamente. Los cuentos hablan, y al hablar, transmiten veladamente la verdad. Su aparente “mentira” es un artificio que conmueve los automatismos de nuestro sistema mental; y es en ese juego de paradojas, donde se nos revela su vía iniciática.

Juan Manuel Otero Barrigón

domingo, 1 de marzo de 2020

Ernesto Cardenal: Canto Cósmico (fragmentos)


(1) "En el principio
–antes del espacio tiempo–
Era la Palabra.
Palabra amorosa.
Misterio y a la vez expresión de ese misterio.
Secreto que se da. Un sí.
Él en sí mismo es un sí.
La palabra de sus cantos
es la misma con que hizo la lluvia.

(2) Cuando todo era noche, cuando
todos los seres estaban aún oscuros, antes de ser seres,
Existía una voz, una palabra clara,
un canto en la noche.

(3) Él cantó al crear la tierra.
Él hizo la tierra cantando.
En el principio era el Canto.
Al cosmos él lo creó cantando
y por eso todas las cosas cantan.
No danzan sino por la Palabra por la que fue creado el mundo.

(4) Todo lo hizo cantando y el cosmos canta.
Toda cosa canta.
Las cosas son palabra para quien las entienda.
Como si todo fueran palabras a un oído.

(5) ¿Oís esas estrellas? Algo tienen que decirnos.
El coro de las cosas.
El cosmos canta.
¿Oís esas estrellas? Es el amor que canta

(6) Por haber hecho al mundo la palabra
podemos comunicarnos con el mundo.
Somos palabra
en un mundo nacido de la palabra…
y así uno no es, si no es diálogo.

(7) Toda persona es para otra persona.
Si no, sus palabras no tocarían nada.
Yo soy: amor.

(8) ¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos.
Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta
estuvieron en las entrañas de una estrella.
Somos polvo de estrellas.

(9) Estamos hechos de estrellas.
Venidos del corazón de las estrellas. ¡Somos ellas!
Del cielo, somos del cielo…
Nuestra carne y nuestros huesos vienen de otras estrellas
y aun tal vez de otras galaxias.

(10) Somos universales,
y después de la muerte contribuiremos a formar otras estrellas
y otras galaxias.
De las estrellas somos y volveremos a ellas.

(11) Ámame, y si soy nada,
seré una nada con tu belleza en ella refractada.
Al fin y al cabo de la nada nació todo,
nada vacía llena toda ella de la urgencia de ser.

(12) El hierro de tu sangre, hace millones de años,
estaba en una estrella gigante.
El hierro de tu sangre volverá al corazón de la tierra.

(13) Pero detrás de eso espera la sorpresa:
la que hubo con el cuerpo de Jesús.
Ese evento en la historia:
Un sepulcro vacío.
La muerte ya no tiene sentido. La vida tiene sentido.

(14) ¿Y qué vemos cuando miramos el cielo nocturno?
En la noche vemos simplemente la expansión del universo.
Galaxias y galaxias y más allá galaxias y más allá cuásares.
Y más atrás en el espacio no veríamos ni galaxias ni cuásares,
un muro oscuro, antes del instante en que el universo
se volvió transparente. Y más antes,
¿qué veríamos finalmente?
Cuando no había nada.
En el principio…

(15) El amor: que encendió las estrellas…
El universo es amor.
Sólo el amor es revolucionario.
El odio es siempre reaccionario.
Amar es ser eterno".

Texto: "Canto Cósmico" (fragmentos). Edit. Trotta, 2012.

〰 “La poesía ha sido mi vida. Soy poeta, sacerdote y revolucionario, pero la primera vocación con la que nací fue con la poesía. Si algún impacto tiene mi obra es por razones extraliterarias. Yo no soy grande como escritor, pero es grande la causa que inspira mi poesía: la causa de los pobres y de la liberación”

Buen viaje, Ernesto Cardenal (1926-2020)

sábado, 21 de diciembre de 2019

Sobre el psicoterapeuta como "devorador de cultura"


"Si hubiera de fundarse una facultad psicoanalítica habría que estudiar en ella mucha parte de lo que se enseña en Medicina (...) pero también Historia de la Civilización, Mitología, Psicología de las religiones y Literatura. Sin una buena orientación en estos campos no puede llegar a una buena comprensión de mucha parte de su material".


Sıgmund Freud,
"Los textos fundamentales del psicoanálisis", Alianza Editorial, pág. 91

miércoles, 9 de enero de 2019

Dos poemas de Juan Diego García

"Recuerdos"

Ayer que tuve tus manos
entre las mías
y las sentí latir
como palomas blancas.

Como la savia
que corre dando vida
alimentando las flores
y las plantas.

Y me sentí muy grande
y muy pequeño
y una ternura infinita
que me ahogaba.

Y una fuerza
que en mis manos había
y lentamente en las
tuyas penetraba.

Y pensé, ¡que no sea un sueño!
y ví que en
realidad estaban al sentir tu tibieza
entre mis dedos
y su inquieto
agitar de alas.

"Vieja casa"

Pasé por la casa
que estaba vacía
me acerqué a la puerta
de hierro fundida.

La toqué despacio
y estaba tan fría
que sentí tristeza
y miré el candado
que en la puerta había.

Y un patio cansado
con sus maceteros
que tal vez un día
tuviera en su seno
color y alegría.

Y ahora que el tiempo
ha ido apagando
los pasos y risas
devuelve al que pasa
y se acerca a verla
su puerta tan fría.


Juan Diego García es fotógrafo, profundo estudioso del budismo zen, practicante del sagrado arte del Tai Chi, y por sobre todas las cosas, un queridísimo amigo.

sábado, 17 de noviembre de 2018

El Outsider (por Javier Valenzuela)

Nota introductoria del autor del blog: el siguiente escrito, originalmente aparecido en su página de Facebook, fue cedido generosamente por el autor para ser publicado en este espacio. Agradezco al querido colega mexicano Javier Valenzuela compartir sus intuiciones y sentires con Psymbállein. 

Créditos del dibujo: B.G.Reynolds

EL OUTSIDER, por Javier Valenzuela*

(Relato autobiografico)

"Me dan alergia los colectivos, que considero escondrijos de cobardes. Cuando uno no quiere hacerse responsable de su pensamiento y quiere que le digan cómo pensar, se hace militante de algo"
David Testal


Desde pequeño me acostumbré a ser un "outsider". Un ser aislado y solitario, ajeno a la algarabía y el bullicio colectivos. 
Tímido y retraído, conocí muy tempranamente esa extraña sensación de separatidad, de no-pertenencia, que habría de acompañarme a lo largo de mi vida.
Durante mi adolescencia ésta sensación se convirtió en una constante, que me hacía sentir como un ser trasplantado a un mundo que me resultaba ajeno. Un mundo extraño y hostil, en el que apenas encajaba con dificultad y me sentía habitualmente torpe e inadecuado.
Al paso de mi vida estudiantil y mis primeros años de militancia política, el sentimiento persistió. 
De espíritu apasionado y combativo, participé activamente en numerosos movimientos izquierdistas sin identificarme nunca con ninguna afiliación o sigla política definida.
Fuí un izquierdista ajeno a la izquierda, cuyos militantes me miraban siempre con ojos de sospecha, como se mira a un polizonte o un infiltrado. 
Mis dotes de líder y mi personalidad apasionada me permitieron destacar y sobresalir en el ambiente contracultural de aquella época, sin lograr nunca desprenderme de aquélla vieja sensación de extrañeza que significaba no encajar en ningún lado.
En mis años universitarios me convertí en un académico de la psicología, siempre ajeno a la academia, pues jamás logré insertarme con suficiente fidelidad a ningún esquema filosófico o teórico de mi disciplina. 
Siempre tentado por aquel agridulce sabor de la disidencia, que me hacía discrepar de los sistemas y de las normas estipuladas y contrariar, como si se tratase de una enfermedad crónica, cualquier sistema de creencias establecido.
Tempranamente destaqué en las filas de la burocracia universitaria, donde desarrollé una exitosa carrera ascendente dentro de una comunidad académica con la que nunca comulgué del todo y de la que deserté, intempestivamente, para replegarme en un largo paréntesis de 10 años como trabajador indigenista en los Estados de Chihuahua, Chiapas y Oaxaca. 

Ahí fui un nuevo outsider, un espectador de aquél mundo indígena y campesino, que desafiaba todos los paradigmas conocidos y ofrecía a mis ojos el paisaje de una realidad hasta entonces desconocida.
Aquellos años de convivencia en el mundo místico y silencioso de los Rarámuris y el mundo magico y costumbrista de los Tzeltales y Tzotziles de Chiapas sacudieron mi conciencia y transformaron mi mirada.
Cuando abandoné mi etapa indigenista me trasladé a Tijuana en calidad de funcionario federal, donde fundé y coordiné al "Grupo Beta", una corporación policíaca para la protección de los migrantes y el combate de la corrupción y los abusos de las corporaciones que operaban en el área. 
Y ahí me convertí en un nuevo outsider de la burocracia y de los cuerpos policíacos. Una vez más aquella vieja sensación de no pertenecer perteneciendo. De no encajar en los códigos ni en los paradigmas establecidos en éstas cofradías de políticos y pistoleros, de las que jamás me sentí parte.
El desgaste producido durante 5 años de actividad frenética como coordinador y comandante de éste experimento policíaco me llevó a buscar refugio en el mundo del Servicio Exterior, que me acogió en calidad de cónsul en la ciudad de los Ángeles, Ca. 
Ahí me convertí en un extraño espécimen de ésta casta profesional sui-géneris de los Diplomáticos, cuyos refinados modales y sofisticados protocolos y códigos nunca formaron parte de mi vida. Más forma que fondo, la diplomacia me aburrió y me condujo a desertar nuevamente. 
Fatalmente está condición kármica que me imponía el no reconocerme de ninguna parte y no embonar en ningún lado, resultó una gran limitante para mi capacidad de arraigo y reforzó mi vocación de nómada, de nowerman, de migrante o peregrino de la vida.
Y así continúe transitando de lugar en lugar y de oficio en oficio, acompañado de esa perenne sensación de extrañeza con la que me desenvolvía, independientemente del éxito habitual de mi desempeño.
Todas estas etapas fueron acompañadas por una búsqueda interior, silenciosa e inconsciente, de mi lugar en el mundo. 
Y ahí transité del marxismo al cientificismo; del yoga a la meditación y el misticismo. De mis experiencias con enteógenos y el chamanismo a la psicoterapia gestalt y el Cuarto Camino, sin terminar de identificarme con ninguna tradición o disciplina. Sin acomodo ni credencial de pertenencia alguna.
Reacio a cualquier género de militancia; a portar uniformes o etiquetas y a asimilarme a las reglas de cualquier colectivo, mantenía una distancia con los distintos circulos sociales por los que transitaba sin llegar nunca a arraigarme; a establecer vinculos hondos y duraderos con mis pares impares.
Jamás me acomodé a las mayorías. En la política como en el deporte, siempre estuve del lado de las minorías perdedoras; de los equivocados.
Fui un artista sin arte, un poeta sin poesía. Un filósofo extraviado. Un forastero de mi mundo y de mí mismo.
Eterno disidente de filias y de fobias no resulté al final ni marxista ni académico; ni creyente ni ateo; ni chamán ni budista; ni gobiernista ni anarquista; ni machista ni feminista. Ni derechista ni de izquierda.

Alérgico al "mainstream", finalmente la vida me ha replegado al único territorio que reconozco como auténtico y verdadero. El único del que sin saber siempre formé parte y al que siempre pertenecí.
He terminado por reconocer mi vocación original; mi verdadera filiación intelectual y politica; mi camino y disciplina de vida; mi orientación vital.
Militante activo de las no militancias, abrazo con fervor la escuela de los no escolarizados, la política de la no-politica y la religión de los sin religión. La antigua y maravillosa tradición del "no saber", con la que comulgo y me reconcilio plenamente. 
Fielmente y sin saberlo, me he propuesto ser Yo. El habitante de ninguna parte fuera de mí mismo. El que no se identifica ni se asimila a nada, que no resuene con vehemencia y con fuerza en su corazón.

¡Soy un OUTSIDER!

Javier Valenzuela

*Psicoterapeuta en la práctica privada

domingo, 14 de octubre de 2018

Pequeño elogio de los perdedores


  
Don Quijote y Bud Baxter, dos perdedores natos

Pequeño elogio de los perdedores, 
    por Juan Manuel Otero Barrigón

Antihéroes, losers, outsiders, marginados. Distintas categorías sirven para ilustrar a ciertos personajes que no tienen mucho que perder, a menudo privados de algunas cualidades, y que parecieran llevar, adonde vayan, una nube gris y lluviosa sobre su cabeza. Todo les sale mal, saltan de frustración en frustración,  se desentienden de la moda y lo establecido por la sociedad. Por estas y otras razones, no son bien vistos y suelen ser incluidos en la categoría de "raros", "extravagantes", "excéntricos" "lunáticos", cuando no llanamente, "perdedores".

En el cine y en la literatura siempre existieron: desde El Lazarillo de Tormes y Don Quijote de La Mancha como arquetipos literarios,  hasta personajes clásicos de películas como Bud Baxter (Jack Lemmon en "El apartamento", de Billy Wilder) o Charlot (Charlie Chaplin en "Luces de la Ciudad"). La televisión argentina convivió con uno de sus últimos y geniales representantes en la figura del actor en decadencia Juan Perugia (interpretado por Gastón Pauls, en el unitario "Todos contra Juan"). Y aunque, como podemos ver, estos personajes siempre dieron el presente, en la últimas décadas tienden a ser cada vez más referenciados por guionistas y escritores.

Posiblemente una de las razones de esto último radique en que allí juegue fuerte cierta estética en la figura del perdedor que denuncia los contravalores de la época. Frente a un mundo que entroniza el éxito (sobre todo el material) y la detentación de símbolos de poder como valores supremos de la vida, la voz del perdedor delata la superficialidad y la evanescencia de los andamios sobre los que está construido el edificio del mundo contemporáneo.  

No sólo eso, ya que si le hiciéramos caso al maestro Herman Hesse, las virtudes del perdedor irían, todavía, más allá. "Quien no encaja en el mundo, está cerca de encontrarse a sí mismo", reza en una de sus célebres poesías.

"Time of my Life", cantada por Juan Perugia (Gastón Pauls en "Todos contra Juan")

A menudo, el perdedor se presenta como antihéroe. Si lo ‘heroico’ forma parte de una narrativa en la que suele destacarse el arrojo y la valentía de grandes hechos significados como ‘hazañas’, lo antiheróico refleja la tenacidad de quien, consciente de su inevitable fracaso frente a una realidad que lo ignora, así y todo no cesa de insistir. Y sigue intentando.
Si lo heroico nunca fracasa, y ni la muerte consigue torcer su carrera; lo antiheróico permanece, suspendido en el tiempo, con la derrota como escenario de fondo. El héroe muere, generalmente, como conviene al mito y a la leyenda, es decir, en plena juventud; aceptando la muerte como inherente a un destino personal e ineludible que finalmente se constituye en su última y más grande victoria. El antihéroe perdedor sobrevive, muchas veces, a una vida a la que quisiera dejar de apostar, pero de la cual no se siente, ni siquiera, lo suficientemente digno para abandonarla. Así lo expresa Miles Raymond, el brillante personaje que Paul Giamatti interpreta en "Entre Copas" (2004): "Al mundo le importa una mierda lo que tenga para decir. No soy necesario. Soy insignificante. Soy tan insignificante que ni siquiera puedo matarme a mí mismo". 

Por supuesto que no todos los perdedores son iguales.  El antihéroe tan sólo representa una de esas posibilidades, con sus múltiples variantes. Y si los hay melancólicos y nihilistas como Miles o Rust Cohle (Matthew McCounaghey en "True Detective"), también existe otra clase que, como Juan Perugia y Don Quijote, se nos exhiben, pese a todo, convencidos de sus supuestos talentos y virtudes. Y esto, a pesar de las continuas y evidentes señales de una realidad que pareciera decirles, todo el tiempo, exactamente lo contrario. But still...

Pese a todo, el perdedor está revestido de una particular dignidad derivada, con frecuencia, de su carácter tenaz y de su inquebrantable entusiasmo, aún cuando en su discurso disociado, demuestre signos de lo opuesto. Frente a la doble condena por parte del destino y la sociedad, hay en los perdedores una tenue luz que brilla suavemente.  Levantarse de un golpe tras otro hasta que llegue el siguiente, y sin tirar la toalla, puede resultar una metáfora poderosa para muchos hombres y mujeres en el mundo actual. 

Altivos y orgullosos, en el juego que juegan sólo caben el triunfo o la derrota. En aquél, tienen desde siempre puesto el sueño eterno de la huida. En ésta, encuentran cada día los signos inequívocos de la melancolía y la verdad. Pero, ante todo, y más allá de azares e infortunios, por encima del deseo o la pasión, se saben ser lo suficientemente incrédulos y duros como para nunca retirarse del juego.

"No es una desgracia perder, si uno ha soñado con ganar", sugiere un viejo refrán taoísta. Así, impulsados por una irrefrenable pasión vital, los perdedores hacen un culto de ese apotegma,  encarnando en aquella idea según la cual, "el hombre es un dios en ruinas".

Y es que, como afirma Guy Tenesse, en el fondo, todos somos en algún modo perdedores. Sólo es cuestión de tiempo ver en qué momento nos enteramos.

"Brand New Angel", con la voz y guitarra de Jeff Bridges en "Crazy Heart"

viernes, 24 de noviembre de 2017

La tribu de los hechiceros (por Ana Silvia Karacic)

"Deep Woods' Sorcerer", por Ragnarulf

La tribu de los hechiceros
Para Raúl Villalba, que nos regala siempre la
posibilidad de soñar (ASK)


Dicen que desde hace miles de años, en un rincón lejano del universo, accesible sólo a través de los sueños y los reflejos, existe un mundo con leyes propias. En él no hay imperios ni reinos, sólo tribus.

Guiados sus corazones por la magia del universo, los seres que lo habitan pueden ver todos los caminos que existen para los hombres y así, elegir el camino que desean seguir. Lo maravilloso inunda allí la vida. Cuando llueve, caen gotas en pequeños cristales de luz dorada. Los árboles más ancianos siempre fueron consejeros de los hombres y de los animales..., y tenían rostro, un rostro surcado por siglos de sabiduría y risas, y por tristeza también, ya que algunos mostraban la cicatrices que las lágrimas habían tallado en sus rostros de madera. Robles antiguos, olorosos palo santo, fresnos majestuosos, que hundían sus raíces en las aguas frías de los arroyos llenos de piedras.

¿Nunca has oído al viento cantar? Ellos sí.

El miedo no existía, no como lo conocemos ahora. También él cambia con los milenios...salvo esa clase de miedo, esa no ha cambiado ni cambiará jamás.

Ese mundo es lo más parecido al paraíso, y por eso justamente, también ellos existen allí. Ningún paraíso esta hecho sólo de luz, el paraíso se construye en el juego eterno entre la luz y la sombra. El Creador Supremo ha dado a los hombres la libertad de elegir su destino y hasta las cosas más simples, pero ellos eligieron sólo la sombra, los ritos secretos y la mitad crepuscular, casi nocturna del mundo.

Sumidos en el tiempo de la noche, cuando la luna te atraviesa el alma con sus rayos plateados, y las sombras se alargan, desfigurando las formas en algo que no son, o tal vez sí lo sean, ya que en esa parte del mundo reina La Tribu de los Hechiceros, y sólo ellos pueden distinguir qué es lo real, si la sombra o lo que la proyecta. Los rostros enmascarados de los Hechiceros vigilan las otras realidades, mundos posibles que los reflejos muestran y ocultan a la vez, mundos que sus manos ansían con avidez.

Sus árboles están secos y sinuosos, retorcidos por las huellas que el conocimiento de lo oculto olvidó en ellos; con rostros que emergen de lo casi imposible se alzan hacia un cielo oscuro y cubierto de nubes bajas y pesadas. Un poco más atrás, la silueta de una fortaleza hundida en la niebla espesa se asoma...

Nadie se acerca a ellos, aunque la magia fue dispersa en el mundo para todos los seres, no todos la usaron igual.

Dicen que la tiniebla no existe, sólo la sombra que nace de la luz.

Dicen que el mal no existe, sólo el error que nace de una mala elección.

La Tribu de los Hechiceros también usaba la magia del mundo, y nadie puede decir que el mal se ocultara en sus ritos extraños, ni que necesitaran ocultar sus rostros detrás de las máscaras por razones sin nombre. Hubo quienes emprendieron el largo camino hacia su tierra, pero nadie volvió para confirmar algo de lo que se susurraba al caer el sol. Son sólo dichos de los que se quedaron esperando que los exploradores volvieran de la mitad oscura del mundo.

Es mucho lo que se cuenta, pero cómo saber qué es cierto y qué no lo es. Aquí dicen que el viento deja de cantar cuando llega a sus tierras y que las mismas aguas de los arroyos esconden su voz.

¿Sabes como los llaman también?, Los Señores del Silencio, porque no necesitan hablar, sus ojos y el aura que emana de ellos modelan la vida. Tampoco duermen, ya que el mismo Sueño los abandonó una noche huyendo a escondidas de su Tribu hace ya mucho tiempo.

Tribu de Hechiceros, señores del silencio eterno, ni las aves cantan a su alrededor. Simplemente entrecierran sus ojos y visiones extraordinarias que nadie quisiera imaginar pueblan su alma. Soberbios y majestuosos, emanan de sí el misterio como si fuera granos de arena fina, arrojada al viento mudo que viaja por sus parajes tratando de pasar rápido, y no regresar jamás.

Suyos son los símbolos plasmados en libros polvorientos que el hombre común no podría ni imaginar. Sólo ellos ven los enigmas en el aire y leen en el agua silente los múltiples caminos que la realidad fluida en la que viven les permite encontrar.

Su mito fue contado por primera vez por una profetisa que leía el vuelo de los pájaros, aquellas aves negras que volvían a la mitad luminosa del mundo de los hombres para relatar lo que vieron en esa tierra de magia.

Hechiceros antiguos,...nacidos de quien sabe qué vientres y con qué fin. Dueños del poder y hacedores de cultos misteriosos, capaces de leer fórmulas de palabras no creadas todavía, y símbolos grabados a fuego en rocas sin edad por alguna raza desconocida.

Nunca sabremos en qué momento su lejanía traspasará el laberinto de reflejos que nos separa, esfumándose el límite, como el humo de las hogueras en donde arden los huesos de lossacrificados. Sé de una antigua tribu de forjadores de espadas, llamados Kalybes, pero ¿una Tribu de Hechiceros?, aunque te he relatado lo que sé, no puedo ni imaginarlos. Cuesta creer que existan o hayan existido alguna vez.

- ¡Pero tú dijiste que todo era posible papá! Yo creo que existen, y un día iré tan lejos, tan lejos hasta encontrarlos, y les preguntaré muchas cosas.
- ¿Sí? ¿Y que les preguntarías si los vieras?
- Si no se aburren en la oscuridad y el silencio.
- Hum... ¡bueno! Está bien, pero eso será mañana, ahora ¡a dormir! Ya verás a tu Tribu de Hechiceros cuando despiertes.
- ¡No hace falta esperar papi! ¡están ahí! En el espejo. Y mi hijo, señaló feliz algo que estaba a mis espaldas.

Olvidé que nunca debía hablar de ellos durante la noche..., olvidé que el espejo es un umbral, y también, que sin importar el momento en que se los nombre, cuando alguien habla de ellos, el tiempo y el espacio desaparecen; es otro de los poderes de la Tribu de los Hechiceros.

Y luego, luego... no sé.

A.S.K 

Ana Silvia Karacic es orientalista, pintora y escritora. Especialista en mitología y religiones, ejerce como profesora titular, entre otras, de la Cátedra de Religiones Comparadas en la Universidad del Salvador. Ha publicado los libros: "El pueblo de la Bruma. El ciclo mitológico irlandés" y "Las religiones de Japón", ambos textos de tenor académico. 

viernes, 20 de octubre de 2017

Sobre la perennidad de la palabra escrita


"La escritura transformó la mente humana más que cualquier otra invención. La escritura crea aquello que fue definido como un lenguaje "descontextualizado", o un discurso "autónomo", es decir un tipo de discurso que, a diferencia del oral, no puede ser discutido o confrontado directamente, dado que perdió contacto con el autor. Las culturas orales conocen un tipo de discurso autónomo hecho de formas rituales fijas, por ejemplo en los vaticinios o en las profecías; quien enuncia sólo es considerado intermediario, no la fuente. El oráculo de Delfos no era responsable de lo que decía, pues sus juicios eran percibidos como la voz del dios. La escritura, y aún más la escritura impresa, tienen en sí algo de esta cualidad de oráculo. Como el adivino o el profeta, el libro transmite una enunciación que emana de una fuente, representada por quien ha efectivamente "hablado" o escrito el libro. El autor podría ser desafiado si fuera posible alcanzarlo, pero de hecho él no puede ser alcanzado en ningún libro. No hay modo directo de refutar un texto. Luego de una impugnación cabal y destructiva, seguirá diciendo las mismas cosas que antes. Éste es uno de los motivos por el cual la expresión "el Libro dice" asumió popularmente el mismo significado de "es verdad".

Walter J. Ong, filósofo

viernes, 13 de octubre de 2017

Sobre la realidad robada

"Edipo y la Esfinge", por Francois Xavier Fabré

“La de Edipo no es la historia de un individuo sino la de toda una familia. (…) En la historia de Edipo, su padre Layo (…) abusó sexualmente de Crisipo, el hijo de su anfitrión Pélope. Ya sea como consecuencia de una relación seductora o de una violación, el hijo de Pélope se suicida o es asesinado después de este episodio. Al convertirse en padre, Layo prosigue del mismo modo su obra de destrucción al querer anular la existencia de su hijo. El mito nos informa sobre el aspecto inevitable de este eterno retorno a sí mismo: si no hacemos el trabajo de sacar a la luz y a la conciencia nuestros propios errores, éstos no dejan de repetirse. (…) Los incumplimientos éticos que han tenido lugar en la generación anterior se vuelven visibles en la vida de los descendientes, bajo la forma de síntomas o repeticiones. (…) El estudio de los fenómenos de repetición transgeneracional muestra que ciertos eventos vividos por los ascendientes, y en particular la manera según la cual éstos fueron registrados y aprehendidos, dejan huellas indubitables en la vida de los descendientes. (…) La difícil travesía de Edipo es el camino de la evolución de la conciencia. El niño no es culpable de los errores de su padre y no obstante debe asumir la responsabilidad en términos de herencia y pensar por sí mismo en lugar de someterse a la fatalidad. (…) En la película `El castillo de la pureza´, un padre despótico mantiene encerrados a su mujer y a sus tres hijos en la casa familiar, que también es la sede de su empresa. El discurso que profiere este hombre para legitimar este dominio es la perversión del mundo exterior, contra la cual pretende proteger a los suyos. El día en el que el hijo y la hija adolescentes, enloquecidos por un deseo confuso de encuentro con el otro, a través de la sexualidad, caen el uno en los brazos del otro, ¿son culpables del incesto que están a punto de cometer? ¿Acaso no concurrió todo para crear esta aberración? ¿No hizo el padre todo lo posible para que esta situación apareciera como la única posibilidad que le queda al deseo?“.

"Del abuso al incesto: la realidad robada", de Carole Labedan

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los niños azules (por Ana Silvia Karacic)


Los Niños Azules, por Ana Silvia Karacic*

"¿Y si existiera algo más de lo que puedes imaginar?" (ASK)


Comencé a buscarlos después del Año de las Cenizas, cuando los Dos Soles calcinaron nuestro mundo, hace ya demasiado tiempo. Entonces, pensé que se trataba sólo de un mito; hasta ese punto la niebla invadió mi memoria.

Hoy, en el año 4811 de la Edad de los Dos Soles, envuelto en el humo que emana mi pipa; recuerdo con inquietud ese primer aguijonazo de sorpresa e intuición. No se trataba de historias o vanos decires; estaba allí, en tinta negra, grabado a fuego sobre la hoja de un manuscrito. Nadie hubiera osado escribir algo falso, sólo la verdad puede fijarse en el tiempo y en el espacio.

La Ciudad del Amanecer guarda una torre de piedra vedada al pueblo. Los reyes-sacerdotes son los únicos que pueden acceder a ella, y al tesoro del conocimiento que encierra. Ciertamente, sus puertas están abiertas para mí, aunque no soy rey. Recuerdo ese atardecer, cotejando las versiones más antiguas de los Conjuros de los Portales, casi distraído entre los escritos de mis predecesores… Vi caer de una pila, por divina intervención, uno de los Antiguos.

El frío de la mañana me endurecía las manos y cuando me incliné a recoger el manuscrito; sentí las ráfagas que entraban por la ventana, azotando la piedra gris. Lo presentí como un augurio de pesares. Ni yo me acercaba a ellos. Fueron escritos en una Edad sagrada, anterior a la nuestra, la del Sol Rojo, y por una raza que ya no existe. Únicamente podían ser tocados luego de una purificación. No debí tomarlo; no sin un ritual. El libro cayó abierto y una hoja se dobló. Aunque no tuve intención de leerla, al desdoblarla, mis ojos se clavaron en esos caracteres antiguos y ya no fui dueño de mi voluntad. Algo dirigió mis manos hacia las viejas páginas. Supe, entonces, que no podría volver atrás.

Estos secretos se han guardado durante varias Edades. Podría iluminar a los hombres de este tiempo, pero prefieren creer que fueron mitos; no imaginan lo que se esconde en estas páginas. Tal vez no quieran saberlo; y los comprendo.

Traté de recordar lo que se decía de los Niños Azules; pero los milenios han deformado demasiado la historia. Hasta donde puedo recordar, se susurra que en un tiempo lejano las distintas razas se comunicaban entre sí: estaban los Hombres, que construyeron ciudades como ésta y cultivaban el conocimiento; los Opalescentes, dueños del poder de transformación y del dominio de las fuerzas naturales; los Sabios, señores de la Palabra Sagrada del Eter y capaces de desplazarse en el viento; los Amos del Fuego, que detentaban el poder sobre los metales y extraían su fuerza mágica; y finalmente, los Niños Azules.

Ellos custodiaban las Puertas entre el Sueño y la Vigilia, impidiendo que aquél se derrame en el mundo despierto. Tal vez por eso su morada era desconocida; nadie quería saber dónde vivían. ¿O era el instinto de preservación lo que instaló el silencio sobre ellos? Acaso habrán sentido que no debían perturbarlos en su misión. En un mundo en el que las fuerzas no se diferencian claramente, hasta el pensamiento puede desencadenar lo no deseado.

Pienso ahora, que la ignorancia de su morada y el no poder verlos (ya que el sol los vuelve traslúcidos), hizo que su recuerdo se alejara. No puedo decir mucho más; acontecimientos desgraciados sobrevinieron a todas razas, y su memoria quedó atrás, vencida por la realidad que arrolló el mundo.

Sin embargo, aunque no se habla de los Niños Azules, ellos no descuidaron su tarea, envueltos en el silencio del ensueño.

Me temblaron las manos al observar la notación de la fecha, parecía corresponder a la Edad anterior, la del Sol Rojo -antes de que estallara en los Dos Soles que nos robaron el descanso nocturno-; la hoja doblada daba inicio a un relato casi incomprensible, escrito en una forma antigua de la escritura de los Sabios, las frases eran acertijos como los que utilizaban los Opalescentes. Las letras negras habían sido grabadas mediante la magia del fuego de los Amos. Eso era preocupante: ¿tres razas involucradas en la escritura de un relato que se guardaría en una torre perteneciente a la ciudad de una cuarta, la de los Hombres?. Y el relato se refiere a la quinta raza.

A diferencia del resto, el inicio de la narración era relativamente comprensible; y decía así:

Y el calor del frío nacerá cuando el Sol Rojo se parta en dos. De las cinco, cuatro se batirán y de una se olvidarán. Sin crepúsculo, no se verán, inútil búsqueda será. Puerta sin cerrojo quedará.

En ella creí notar una alusión a los hechos que ocurrieron años después, el estallido de nuestro sol, la guerra que sobrevino luego… No estoy seguro, pero, y de una se olvidarán, debe ser una alusión a los Azules y al olvido del que fueron objeto. El resto no tiene mucho sentido, si pretende decir lo que pienso que decía. A menos que los Niños Azules hayan cruzado al Otro Lado y no nos diéramos cuenta.

O algo peor.

Si ellos cruzaron al mundo del sueño, ¿Quién guarda las Puertas? ¿Habrán dejado un Centinela? ¿O custodian desde el Otro Lado el fluir de las realidades?

Temo pensar en otra posibilidad. Ya ésta es peligrosa. Me preocupa que se haya volcado al manuscrito semejante sentencia. Algo es cierto: desde el estallido de Sol Rojo, y sin noches, tenemos apenas algo que se asemeja a un crepúsculo. Un sol cruza al otro en el cielo sin dar tiempo a la merma de la luz.

Sin crepúsculo no se verán.

Eso no indica que no estén. Prefiero pensar que ellos han pasado hacia el Sueño y que nos cuidan desde allí. Es cierto que los defraudamos. No podían creer que desatáramos tal guerra. Tampoco quisimos oírlos cuando se presentaron ante aquél Consejo en el que nos reunimos todas las razas. Nos hablaron de algo que no comprendimos, de una amenaza parecida al sueño, pero de diferente naturaleza. ¿Qué podía importarnos en ese momento?.

Estoy tratando de recordar… dijeron que eso podía desencadenarse e inundar nuestra realidad, si los sellos de las Puertas se rompían. Nadie se molestó en preguntarles qué era eso y por qué causa podrían romperse los sellos.

Yo tampoco lo hice.

Hablábamos de guerra, de dominio y de posesiones. Los Niños intentaron interrumpir, pero no los dejamos.

Casi no nos dimos cuenta cuando se retiraron, tan ocupados estábamos planeando nuestra propia destrucción. Eso sí, el más pequeño se volvió a mirarnos antes de cerrar la puerta de la sala del Consejo: Tenía los ojos inundados…

Lo que vino después de la guerra, fue aun peor. Los Dos Soles impedían la sombra, pero comenzaron a aparecer extrañas tinieblas. Las formas de las cosas se distorsionaron. Susurros casi inaudibles acosaron nuestros oídos. Presencias invisibles nos invadieron y un sentimiento de inquietud que nunca habíamos tenido, apareció. Su presencia dolía en el pecho.

Nuestra memoria empezó a nublarse. Entonces comenzamos a escribir nuestros conocimientos; pero la escritura se diluía como el agua. En poco tiempo dejamos de entendernos, y la vida tal como la conocíamos se desmoronó. Algo indecible había invadido nuestro mundo, nuestro espíritu, y en el escaso tiempo que destinábamos al sueño, devoraba nuestra esperanza.

Puerta sin cerrojo quedará.

Así pasaron milenios, envueltos entre dos realidades de naturaleza diferente. Fue entonces cuando los recordamos. ¿Sería acaso esto lo que los Azules advirtieron que pasaría? ¿El encuentro de dos reinos que no estaban destinados a unirse? Ellos sabían que cuando el Sol Rojo se dividiera no serían vistos. Su temor, creo, fue no ser escuchados tampoco. Así ocurrió.

Anhelamos su conocimiento sobre las Puertas del Sueño. Los necesitamos ahora, pero nadie sabe dónde están.

Desde entonces, los busco. No sé si podré encontrarlos; no sé si quieren ser encontrados. Desde que los caminos se borraron, acaso no podamos volver atrás.

Aun así, algunas veces, siento su mirada desde el Otro Lado del espejo.

*Cuento escrito a la memoria de J.J.R Tolkien

Ana Silvia Karacic es orientalista, pintora y escritora. Especialista en mitología y religiones, ejerce como profesora titular, entre otras, de la Cátedra de Religiones Comparadas en la Universidad del Salvador. Ha publicado los libros: "El pueblo de la Bruma. El ciclo mitológico irlandés" y "Las religiones de Japón", ambos textos de tenor académico. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

Borges, el hacedor y sus círculos (por Carlos F. Weisse)




Borges, el hacedor y sus círculos, 
por Carlos F. Weisse
Medico psiquiatra y psicoanalista
Miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
Master en Psicoanálisis de la Universidad Nacional de la Matanza.
Docente de la maestría en psicoanálisis de la Universidad CAECE.
Docente de Psicoanálisis de APA
Autor de numerosos artículos publicados en revistas y libros de la especialidad.
Poeta y ensayista.

El hacedor es indiscutiblemente el otro nombre de Borges. El hacedor es Borges, Homero, Dios y el Tiempo, es decir un niño que juega. El nombre de ese juego se llama laberinto, espejo, repetición, inmovilidad, infinito, circularidad, destino. La materia del juego es la palabra, el verso (como el tigre de la palabra tigre); y el ámbito, la casa de juegos es -que otra cosa puede ser- la biblioteca.
Así hay un Borges que vive y uno que escribe. Uno que sueña, recuerda, percibe, experimenta el tiempo en su carne, saborea el café y está el otro, el hacedor. El hacedor juega, falsea, inventa y se fuga a otros mundos creados, sin embargo a la hora de cernirlo, se nos escapa, no sabe, no sabemos cuál es.
Así un día amanece Nils Runeberg para develar la verdad del acto de Judas, el hecho de que la traición de Judas no fue un hecho casual sino prefijado, la traición es el verdadero sacrificio, superior al de la crucifixión. Judas cometió el crimen más abominable y así renunció a la bienaventuranza que le estaba destinada. ¿Qué son unas pocas horas de sufrimiento frente al infierno de la eternidad?
Judas es en realidad la culminación del asceta, aquel que envilece y mortifica su carne, pero el traidor mortificó y envileció el espíritu, fue por decirlo así el príncipe de los ascetas. Premeditó su terrible culpa sin neutralizarla con ninguna virtud, se sometió con humildad a la maldad y se sintió (pues la bondad es atributo divino) indigno de ser bueno.
Si Dios se rebajó a ser hombre para la redención del género humano es ese su gran sacrificio, limitar el padecimiento a la agonía de una tarde en la cruz es blasfemo. Qué otra cosa podía hacer Judas que actuar en espejo y en negativo encarnando el peor de los hombres, el traidor, un crimen sin perdón.
Si Dios habita el paraíso, la felicidad y el bien a los hombres solo les está destinado el infierno, pretender otra cosa es una repulsiva soberbia. Por otra parte si Dios fue hombre no puede haber sido incapaz de pecado, pues sería una falacia, una monstruosidad lógica. Y es aquí entonces que adviene La Verdad: si Dios se ha hecho hombre lo ha sido hasta la infamia, es así entonces que Dios es Judas no Cristo.
Runeberg reveló así el terrible secreto de Dios y echó sobre si las antiguas maldiciones por dar a conocimiento el Secreto Nombre de Dios, sabiéndose culpable de ese crimen oscuro rogaba a voces que le fuera otorgada la gracia de compartir con el redentor el infierno.
Runeberg-Borges murió su muerte de ficción en 1912, una de las tantas que acaecieron, introduciendo al mal y al infortunio en el juego divino, es decir el juego de la creación.
Otro día acontece como Juan Dahlman secretario en la biblioteca municipal en la calle Córdoba, quien entre el pasado germánico de su abuelo evangelista paterno y la muerte romántica de su abuelo materno, Francisco Flores, lanceado por los indios de Catriel, eligió identificarse con este último adoptando un criollismo que lo llevó a conservar el casco de una estancia en el Sur, que había sido de los Flores. Estancia con la que soñaba pasa un verano como dueño y señor.
La oportunidad le llegó en la convalecencia de un accidente insignificante que lo llevó al borde de la muerte. Viajó al Sur soñando con despertarse en la estancia y todavía con el recuerdo fresco de su sufrimiento en el sanatorio disfrutaba del placer de ver transformarse, durante el viaje, el paisaje urbano familiar en uno más antiguo y primigenio.
Tuvo, por razones del ferrocarril que bajarse en la estación anterior, se encontraba en el medio del campo, así que decidió caminar hasta un negocio que quedaba a unas diez cuadras como le indicó el guarda y al cabo llegó a un almacén. Atados al palenque había varios caballos y adentro unos muchachones comían y bebían ruidosamente.
En el suelo, apoyado en el mostrador se acurrucaba un viejo. Decidió comer para matar el tiempo mientras le preparaban la jardinera, y, mientras estaba en eso, de la mesa de los parroquianos, que eran tres, le tiraron una bolita de miga. En un principio Dahlman se hizo el distraído e intentó leer; pero otra bolita lo volvió a humillar junto con la risa de los parroquianos.
El cuento termina con Dahlman saliendo a la llanura, empuñando un cuchillo que le había alcanzado el viejo acurrucado y que no sabía manejar, a enfrentarse con el compadrito de cara achinada que lo había desafiado. Tenía la seguridad de que iba a morir y sintió que ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Tal vez la clave de este cuento sea la siguiente frase: “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dhalman había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución”. Pero hay otra simetría y anacronismo que contiene el cuento, es que Dhalman muere igual que su abuelo materno: Flores, lanceado-acuchillado por un indio o descendiente de él, en la misma llanura, de la misma forma épica.
No es posible sustraerse en este cuento al significado que para Borges tenía el culto a la valentía y a un antepasado con antecedentes guerreros. La identificación con Dhalman está mediatizada aquí por la misma estructura de repetición que Borges llamará simetría-anacronismo.
Pero además en ese cuento aparece otro de los temas borgianos, el enfrentamiento del mundo primitivo del gaucho con el civilizado de la ciudad, un enfrentamiento que da como resultado la muerte violenta de la civilización a manos de la agresión “primitiva”. Podríamos pensar en una nueva versión de “Civilización y barbarie” pero justamente en este punto difiere profundamente, en Borges no hay una pizca de positivismo, pues los extremos en vez de excluirse se integran en una relación dialéctica introduciendo una compleja tensión en la unidad del relato.
Otro ejemplo de esto es El evangelio según San Marcos . El protagonista, Baltasar Espinosa, un típico estudiante porteño, se sumerge en el ambiente primitivo de los Gutre, la familia del capataz de la estancia “Los Alamos”, con los que se queda solo a raíz de una inundación del Salado.
Borges instala para “Los Alamos” un escenario bíblico, una inundación que aísla el casco de la estancia y sobre todo una Biblia encontrada en una habitación que en sus páginas finales contaba la historia de los Guthrie, que tal era el verdadero apellido de los caseros, oriundo de Inverness, llegados a principios del XIX y seguramente peones que se habían cruzado con los indios.
De esta Biblia Espinosa comenzó a leerles el evangelio según San Marcos, lo sorprendió que lo escucharan con tanta atención y con el tiempo vio como los caseros profesaban hacia él admiración y respeto.
Una noche la hija de Gutre, se apareció, desnuda en la habitación de Espinosa y se acostó con él sin decir palabra. Y al día siguiente los Gutre pidieron primero su bendición y luego lo llevaron al galpón, donde habían sacado las vigas del techo para hacer una cruz y crucificarlo.
Distinto es en cambio el enfrentamiento de iguales, tanto en El Duelo , como en El otro Duelo , ambos de El informe de Brodie, narra la agresividad entre iguales, pertenecientes a la misma clase y a la misma cultura. A la sutileza del enfrentamiento entre Clara Glencairn de Figueroa y Marta Pizarro, enfrentamiento cuyo territorio era el de la pintura y el del sofisticado y patricio clima cultural, se contrapone el bestial enfrentamiento entre Manuel Cardoso y Carmen Silveira, muertos en la postrer carrera de degollados que había ideado para ellos el bromista del Pardo Nolan.
En todas estas narraciones aparece el tema del otro, tema por demás visitado por Borges.
Desde ese Otro, profundamente extraño, presentado como perteneciente a una cultura distinta, aunque habitando casi el mismo territorio, otro que despierta desconfianza, angustia y termina, en estos cuentos citados, en una sacrificial inmolación. Al otro como doble, como familiar y semejante apresado en la rivalidad fraterna, con el odio como medida de su vida, hasta tal punto que desaparecido este otro odiado, pero también amado en el fondo, la vida carece de sentido.
El Otro como la alteridad radical, lo distinto fundamental, correspondiente a niveles ontológicos distintos, representado por culturas distintas (ciudad-campo), entidades disímiles (Teseo-Minotauro), (Dios-hombre) tiene su punto de encuentro en la circularidad del espacio, esto es: el laberinto (la estancia, el campo, el laberinto de Asterión, la biblioteca, la cárcel). Su radical diferencia de naturaleza se expresa además en distintos lenguajes, en distintos códigos. En La escritura de Dios el mago Tzinacán descifra en el laberinto de la cárcel las manchas del jaguar, se pregunta ¿Qué tipo de sentencia construirá una mente absoluta? Llega a la conclusión que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría la infinita concatenación de los hechos en forma explícita e inmediata. Un dios sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. De modo que el lenguaje de Dios es sincrónico y es como una rueda hecha de agua y de fuego que está en todas partes y a un tiempo. Es entonces el espacio y el tiempo circular el atributo de este Otro, que equivale a la sincronía y esto es el laberinto, el instante, la repetición.


El otro como doble o semejante es tributario en cambio del círculo de la luz, la luz circular, que vuelve sobre sí misma, esto es: el espejo. En el espejo el otro, la imagen del otro es mi familiar, mi semejante, mi prójimo aquel con el que me une la rivalidad, el amor, el odio.
La sutileza de Borges para captar la estructura del otro se traduce en frases que describen el estado subjetivo del personaje como elemento fenoménico “Marta comprendió que su vida ya carecía de razón” escribe Borges frente a la muerte de la amiga- enemiga de Marta: Clara Glencairn. O “Cardoso en la caída, estiró los brazos. Había ganado y tal vez no lo supo nunca”. Al final de El Otro duelo.
Este otro especular que también envuelve la historia de Judas y Jesús, que hace de Judas alguien inseparable de Jesús, hasta tal punto que su vida no tendría sentido sin aquel, muestra hasta que punto el yo aparece en una oscilación sincrética, en un transitivismo sin solución que da la pauta de que en el fondo de esta polaridad emerge la verdad de un sujeto dividido entre dos máscaras, unidos por el odio y el amor. Así la verdad de uno aparece en el otro odiado, bajo el signo de la pasión.
Del mismo modo en Los teólogos Aureliano, coadjutor de Aquilea, deploraba en los brillantes tratados de Juan de Panonia contra los herejes “anulares” ( los acólitos del tiempo circular), a su íntimo enemigo. “Aureliano no escribió una sola palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo fue invisible…” escribe Borges.
Posteriormente luchando contra la herejía de los histriones, Aureliano repite una frase de Juan de Panonia por la que éste es sentenciado a muerte por hereje. Aureliano así condujo con su escrito a la condena de Juan de Panonia. Juan fue quemado en la hoguera.
El relato finaliza así: “…en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”.
En cambio el Otro, aquello que implica una alteridad radical, lo que trasciende el horizonte y deviene divinidad ocupa un lugar totalmente distinto, la divinidad no distinguía entre Aureliano y Juan de Panonia, estaba por supuesto absolutamente ausente de la rivalidad entre ambos.
Es lo que expresa claramente en el poema El Otro :

En el primero de sus largos miles
De hexámetros de bronce invoca el griego
A la ardua musa o a un arcano fuego
Para cantar la cólera de Aquiles.
Sabía que otro-un Dios- es el que hiere
De brusca luz nuestra labor oscura;
Siglos después diría la Escritura
Que el espíritu sopla donde quiere.
La cabal herramienta a su elegido
Da el despiadado dios que no se nombra:
A Milton las paredes de la sombra,
El destierro a Cervantes y el olvido.
Suyo es lo que perdura en la memoria
Del tiempo secular. Nuestra la escoria.


Es entonces desde esta estructura Otro-otro y de su relación con la repetición de donde surge el tema de la circularidad del tiempo, del laberinto y el espejo. Estos montajes imaginarios, escenografías cuyas luces y veladuras, rincones y meandros, apariciones y esfumados son manejados con la agilidad del prestidigitador y la ilusoriedad de los espejos.
Así el forastero que llegó del Sur a las ruinas circulares cumple un sueño ritual, un sueño determinado por la voluntad. Era su anhelo, soñar un hombre, soñarlo con integridad e imponerlo a la realidad, su cuerpo así estaba consagrado a la única tarea de dormir y así fue atravesando la vana apariencia de los pálidos fantasmas.
Por fin fue soñando órgano tras órgano hasta que soñó un hombre íntegro que dormía y así en el fuego del hombre que soñaba el soñado se despertó. Se dedicó a su enseñanza para después insuflarle el olvido; para que de esta manera se creyera un hombre, aunque solo Dios (el fuego) sabía que no lo era.
Pero cuando las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. Vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico y al caminar sobre los jirones de fuego se dio cuenta que éstos no mordieron su carne, estos lo acariciaron y lo inundaron sin calor ni combustión. Comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Así Las ruinas circulares dialogan con Sueña Alonso Quijano

El hombre se despierta de un incierto
Sueño de alfanjes y de campo llano
Y se toca la barba con la mano
Y se pregunta si está herido o muerto.
¿No lo perseguirán los hechiceros
Que han jurado su mal bajo la luna?
Nada. Apenas el frío. Apenas una
Dolencia de los años postrimeros.
El hidalgo fue un sueño de Cervantes
Y don Quijote un sueño del hidalgo.
El doble sueño los confunde y algo
Está pasando que pasó mucho antes.
Quijano duerme y sueña. Una batalla:
Los mares de Lepanto y la metralla.

Sueño que sueña un soñado, célula esencial del espejo, el laberinto y el tiempo circular, el círculo de la luz, el círculo del camino y el círculo de los acontecimientos se resumen en la materia de los sueños.
En La casa de Asterión el Minotauro es el inocente testigo de un laberinto del que no tiene memoria y que constituye su casa infinita. Es un niño que juega con su amigo imaginario. También juega con los hombres, los nueve que despedaza cada nueve años y cuyos cadáveres le ayudan a distinguir las galerías en las que ha veces se pierde. Este tiempo circular en ese camino circular es interrumpido por la llegada de su redentor (tal como había profetizado una de sus víctimas). Teseo corta el círculo de Asterión y restablece el círculo de la luz. Atenas ha triunfado.
Para definir El tiempo circular Borges acude a tres modos fundamentales. El modo platónico, modo que se estructura en el año perfecto que Platón describe en el “Timeo”. Los siete planetas, equilibradas sus diversas velocidades, regresarán al punto de partida al cabo de doce mil novecientos cincuenta y cuatro años. Entonces si los períodos planetarios son cíclicos, la historia universal también lo será: al cabo de cada año platónico renacerán los mismos individuos y cumplirán el mismo destino, el argumento es Astrológico.
El segundo modo reúne al pensamiento de Nietzsche, Blanqui, Hume, Schopenhauer y Bertrand Russell y el argumento común es más o menos este: si el universo es finito y está compuesto por un número determinado de partículas entonces no es susceptible de un número infinito de transposiciones en una duración eterna. Así todos los órdenes y colocaciones posibles ocurrirán un número infinito de veces. El mundo con todos sus detalles ha sido elaborado y aniquilado, y será elaborado y aniquilado infinitamente. Dicho de otra manera el estado posterior es numéricamente idéntico al anterior, pero no se puede decir que este estado ocurre dos veces sino que vuelve al mismo estado, el punto de partida y el de llegada son el mismo lugar.
El tercer modo se basa en una cita de Marco Aurelio: “Aunque los años de tu vida fuesen tres mil, o diez veces tres mil, recuerda que ninguno pierde otra vida que la que vive ahora, ni vive otra que la que pierde. El término más largo y el más breve son, pues, iguales. El presente es de todos; morir es perder el presente, que es un lapso brevísimo. Nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues a nadie pueden quitarle lo que no tiene. Recuerda que todas las cosas giran y vuelven a girar por las mismas órbitas y que para el espectador es igual verlas un siglo o dos o infinitamente” (pag 395).
Marco Aurelio afirma la analogía, no la identidad y afirma que cualquier lapso contiene íntegramente la historia. Aplicada a grandes períodos la conjetura es verosímil, sostiene que el número de percepciones, de emociones, de pensamientos, de vicisitudes es limitado y que antes de la muerte lo agotaremos.
El tema de la circularidad, del eterno retorno, de la repetición aúna entonces lo infinito con lo inmediato, surge así una dimensión del tiempo en que la duración es una simple ilusión de la memoria pues un instante puede contener toda la historia y toda la historia es a su vez el instante. Así entonces el tiempo y el espacio existen de una manera en la que vuelven sobre si mismos, no es reversible sino análogo en su irreversibilidad. Y es así porque el tiempo y el espacio está constituido por la cifra, es del orden del signo y de la ceguera, de una repetición ciega que existe mas allá de toda ilusión. Es así del orden de ese Otro impulsado por la fuerza ciega de la repetición, el destino que implica “anacronismo y simetría” y que alude al movimiento circular.
Sobre esta roca circular del tiempo y el espacio se erige el espejo introduciendo la dimensión del instante, este instante es tributario de la circularidad de la luz, es así la roca iluminada, el territorio del otro y del espejo en el que emerge la escena, el instante de la policromía, de las luces y las sombras. En ese instante la carne siente y se viste, sufre y se alegra, ama y odia.
Así el otro soy yo y viceversa, y es también la escena y el instante posible, la dimensión del relato y la carne de la cifra que el hacedor: Borges, moldea.