viernes, 31 de julio de 2026

La concepción del Mundo lntermedio en la mitología indoeuropea-celta insular. Por Ana Silvia Karacic

La concepción del Mundo lntermedio en la mitología indoeuropea-celta insular. 
Por Ana Silvia Karacic*



| El siguiente escrito fue publicado originalmente en la Revista Latinoamericana de Investigaciones Comparadas Oriente - Occidente (ILICOO), Buenos Aires 1998 (CONICET-ESCUELA DE ESTUDIOS ORIENTALES). Se reproduce aquí con autorización de la autora. |


Los desplazamientos sorpresivos que caracterizaron a las antiguas tribus de pastores n6mades en Eurasia, más allá de su pertenencia a las familias indoeuropea, uralo-altaica, turco-mongola o semita (en cada una de ellas con variantes marcadas conforme al entorno geografico y cultural), seguían el patrón de los cazadores esteparios del epipaleolítico y neolítico. Este modelo delineó tanto las estrategias de acecho y ataque que caracterizaron su relación con otras tribus nómades como se constituyó en un modo de vida durante los tiempos previos a su asentamiento en lugares ya ocupados por las poblaciones sedentarias sobre las que avanzaron.
Ese modo de vida iba de la mano con concepciones sobre el hombre, la naturaleza y lo divino que lejos de ser tan simples como se creyó -cuando se sostenía que el nomadismo era una etapa menos evolucionada que la agricultura y que la precedía también cronológicamente-, involucraban conceptos elaborados que el asentamiento y contacto con los sedentarios enriquecieron.
La constante de estos pueblos era la movilidad, y esta se constituyó en la médula de su existencia y en un valor en sí misma, ya sea que hablemos de desplazamientos estacionales en los casos de un nomadismo circunscripto a una región amplia o no (pero determinada geográficamente), o continuos en aquellos que por presiones étnicas tanto internas como externas buscaban algo más que pasturas para los rebaños, desplazandose así hacia horizontes cada vez más lejanos. De estos últimos nos ocuparemos.
El universo religioso y simbólico del pastor nómade difiere ampliamente del que concibe el sedentario. Su concepción del espacio tiende a la cuasi negación del mismo como algo permanente (1). El espacio es un lugar al que se llega, donde se reposa y se abandona, fluye bajo sus pies como los seres en el tiempo, se transcurre sobre él. Su realidad no se percibe estática, deviene junto con el tiempo, a cuya naturaleza prácticamente se asimila. Este último y el movimiento son para el nómade más reales que el espacio, el desplazamiento hace que los horizontes físicos concebidos metafóricamente como destinos, se experimenten inasibles. Pero el lugar donde el nómade se detiene a descansar adquiere sí una connotación casi sacral, delimitado periféricamente por un espacio "externo". Hay aquí una experiencia transitoria pero recurrente del espacio como fijeza y centralidad (momento y lugar de reunión de la comunidad, alrededor de una o varias hogueras, es un tiempo de una cualidad ontológica diferente). Así, junto a los factores económicos sobre los que reposaría la migración encontramos un trasfondo simbólico-ritual propio del pensamiento nómade, donde el acto del desplazamiento así como su vivencia del espacio-tiempo conformarían la estructura de su cosmovisión (a).
Tal vivencia espacio-temporal, reiterada y afirmada generación tras generación no desapareció sin dejar su impronta en el espíritu y en la simbólica en la que este se manifestó. Cabe preguntarse si no determinaria a su vez por lo menos gran parte de las concepciones relacionadas con lo espacial como la naturaleza de ciertos lugares míticos. Así, lentamente, moldeó su concepción realista de la existencia, del futuro como algo en lo que no se piensa más allá del día siguiente, el énfasis en lo individual sobre lo colectivo y el plano divino como algo que esta más allá de lo terreno (en el sentido estricto del término).
Erróneamente se llegó a pensar -hasta hace unas cuatro o cinco décadas- que sus creencias religiosas eran demasiado simples porque se las comparaba con la complejidad de las ceremonias y rituales agrarios donde predominaba lo ctónico. Con el tiempo se comprendió que su modo de vida no era inferior a aquel, que suscreencias solo eran diferentes y hoy se admite ampliamente la complementariedad de ambos sistemas simbólico-rituales.
La vida a merced del clima más que de la fecundidad de la tierra iba de la mano con la creencia en seres espirituales o divinos de naturaleza uránica (con el desglose natural de los mismos en solares y atmosféricos). El culto a las aguas, en cualquiera de sus formas pero especialmente como arroyos, ríos, lagos, estanques, devino en forma natural como una consecuencia de la  dependencia que tenían de ellas para la supervivencia propia y de sus rebañios y no en cuanto a su carácter fecundante (como es propio de la cultura agraria). Dicho culto tenía su razón de ser en una necesidad concreta y vital, pero se movía también en un plano de relaciones más sutiles y ancestrales. El agua -por su naturaleza inasible y móvil, opuesta a la tierra- ejercía sobre ellos una atracción que iba más allá de lo pragmático y que se volcó en una compleja constelación simbólica que imprimieron en muchas de sus concepciones religiosas, mitológicas y cultuales. Tan inasible como el agua sera ese Otro Mundo o Mundo Intermedio, -intrínsecamente asociado a ese universo del nómade - en que creían algunas ramas indoeuropeas (no tenemos testimonios de las creencias de la totalidad de la familia indoeuropea pero sí los tenemos muy concretos de los celtas, germanos y escandinavos). De la concepción que tenían los balto-eslavos, hititas y tocarios entre otros, existe escasa información, yde las restantes ramas, la indoaria merece un tratamiento aparte, teniendo en cuenta que asume características más complejas debido a la fuerte presión y riqueza del substrato no ario.

El Otro Mundo en la concepción de los celtas insulares del grupo goidélico.

Las opiniones sobre la datación de las primeras migraciones celtas a las islas británicas son diversas, algunos creen que no podría aseverarse su presencia en Irlanda más allá del siglo VI/V a.C.; otros sostienen que existiría una evidencia proto-celta ya en el siglo X a.C. A partir del 2200/2000 a.C. habría arribado a las islas el pueblo de los vasos campaniformes o bell beakers, procedentes de Europa Central, pero hay reticencia en establecer una filiación celta en época tan remota. En el continente se desarrollaron la cultura de los túmulos (1600-1200 a.C.), considerada proto-celta y la de las urnas (1200-800 a.C.) estableciéndose en este caso una filiación indiscutible con la cultura de Hallstaat (2).
La decisión en cuanto al momento oportuno para abandonar sus asentamientos y comenzar una nueva migración correspondía siempre al jefe de la tribu. Levantaban sus campamentos e invitaban a otras tribus a seguirlos; el hecho de la partida era para ellos el comienzo de una  nueva aventura.  Los celtas estaban imbuidos de un  ansia de movimiento, una inquietud permanente que los impulsaba a migrar sin importar la conveniencia o excelencia del lugar que abandonaban.
Los celtas adoraban los elementos de la naturaleza, los árboles, las fuentes de agua, los espíritus que creían se escondían en lugares sombríos, en los bosques, cuevas y en elfondo de los lagos así como en los menhires y en las colinas. El culto se enraizaba probablemente en un antiguo totemismo. En cuanto al culto a los dioses mayores, si bien se habla de un panceltismo, hay diferencias marcadas entre los celtas continentales y los insulares y a su vez entre los diferentes grupos que conformaron ambas ramas. A la creencia en estos espíritus y dioses se le sumó el culto a los héroes que unido a su devoción por la naturaleza y la poesía se combinaron en un folklore que trascendiendo los límites físicos se dio a conocer como un universo atávico donde los mitos y los sueños del alma celta se entretejian dando lugar a un sin fin de historias. El celta era un guerrero por excelencia; en ocasiones aisladas, las mujeres participaron también en la guerra -creemos que lo hacían en casos extremos porque solo se encontraron armas en rumbas pertenecientes a mujeres en dos o tres casos-, dado que la historia ha registrado a Cartimandúa, reina de los Brigantes y a Boudicca, reina de los Iceni (tribus celtas britónicas). Era un universo de contrastes porque al mismo tiempo brotaba de su ser la música, la poesía, y bordaron con el arte de la orfebrería la misma confección de espadas. Al igual que los indoarios, tenían gran facilidad para imbricar lo real yconcreto con lo sobrenatural. Utilizaban conceptos espaciales y físicos así como temporales y abstractos para designar una misma realidad, equiparando en el plano de la imaginación lo que muchas veces escapaba a la razón.
Tal vez esta capacidad para concebir el universo del hombre unida al aura casi mágica de una tierra rodeada por agua y envuelta en bruma, haya favorecido la idea del Otro Mundo (el Sidh, Sith, Sidhe -pronunciése Shi- de los irlandeses y los escoceses de las Highlands -celtas gaélicos-. En cuanto a los britónicos de Inglaterra y Gales, encontramos mejor establecida la diferencia entre el mundo de los muertos o Annwfn (Anun), el Caer Sidi -equivalente al Elíseo - habitado por los dioses y los héroes, y un mundo feérico. A pesar de esto, en algunas descripciones, estos reinos aparecen confundidos.
El agua jugará un rol fundamental en esta concepción. Esta y su simbolismo, asociado al carácter huidizo de la niebla que vela el espacio serán dos de los elementos -entre otros- que van a modelar esta cosmovisión, porque ese Otro Mundo será tan inasible para el celta como lo fue el horizonte para sus ancestros nómades.
El Sidh representa un estado intermedio entre un mundo y el siguiente, por eso se lo llama también el Mundo Intermedio. Los habitantes de este mundo reciben el mismo nombre, los Sidh. Con este término se designaba también a las ráfagas de viento arremolinado tan típicos de esas zonas, se las llamaba "viento de las hadas". Hay cierta identificación, según el autor y el texto en cuestión, entre el plano de los dioses y el de los Sidh pero no necesariamente la hay entre este último ámbito y el de los ancestros. Hay indicios de un culto a los antepasados tanto entre los celtas goidélicos como entre los britónicos, pero no es fácil de establecer (3).
Evidentemente, un pueblo que entierra a sus muertos en túmulos y que erige las monumentales construcciones de New Grange -en el complejo del río Boyne- y los enterramientos sobre la colina de Tara, en Irlanda, debía necesariamente haber concebido  una idea de la vida postmortem asi como un culto. Los ancestros y los Sidh tienen un elemento en común, los túmulos, pero sigue siendo un enigma de qué manera los seres feéricos se relacionaban con los ancestros en la tierra y qué tipo de nexo los unía. Una explicación, que descansa en las leyendas antiguas, nos dice que los Sidh se dividían en dos grupos: la Corte Bendita (que englobaría a todos los seres benévolos) y la Corte Maldita o Sluagh, (pronúnciese slua) "la Hueste", que lejos de ser favorable a la humanidad, estaría compuesta  por  aquellos  muertos  que  no  recibieron  los sacramentos junto con otras naturalezas malignas hostiles al hombre (4).
Existe un folklore muy complejo y elaborado en torno a los Sidh. Este nombre, genérico, designa a  todo ser  feérico: duendes, hadas y entidades malignas del folklore. Ellis Davidson manifiesta que en el siglo VII la tradición sostenía que estos seres pertenecían a una antigua raza que permanecía escondida de los hombres y asocia esta idea con el recuerdo de una cultura anterior desplazada por invasores más poderosos o, basada tal vez en la creencia en los espíritus de la tierra, quienes se cree la poseían antes de los asentamientos humanos (5). Esta misma  creencia  parece haber existido en  Islandia,  Escandinavia, Dinamarca, Francia y Alemania. La similitud folklórica en todos estos casos nos retrotrae a los tiempos en que los pueblos germanos y celtas habrían mantenido un contacto más estrecho.
A partir de la llegada del cristianismo a las islas, especialmente a Irlanda con San Patricio en el siglo V, sobrevino la conversión. Los antiguos dioses de los celtas comenzaron a retroceder, ellos eran los Tuatha Dé Danann (pronúnciese Tuza dei Danann) o los hijos o pueblo de la Diosa Dana o Danu (b), asociados con las fuerzas de la luz y de la vida. El Ciclo Mitológico de Irlanda, relata que conformaban una de las seis razas que habrían llegado a la isla (6) y que luego de derrotar a los Fir Bolg -singular Fer = hombre- (probablemente un pueblo pre-celta de Irlanda, o que habría llegado a ella en épocas anteriores) y a sus dioses, los Fomore (asociados a su vez con la noche, la muerte y la tormenta) mediante artes mágicas en las que eran versados, ocuparon la tierra instituyendo un reinado de paz. Según la doctrina celta, la noche precede al día -por eso se cuenta el tiempo por noches- y la muerte, a la vida. Los dioses de la luz habrían llegado para destronar a los de las sombras. Esta paz no se prolongó por mucho tiempo ya que fueron a su vez derrotados por los Hijos de Mílldh (pronúnciese Mil) o milesios. Estos ultimos son considerados por algunos especialistas en el tema como proto-celtas indicando que su historicidad estaría avalada por varios indicios. En cuanto a la de las razas anteriores que menciona el ciclo mitológico, al no poder comprobarlas, se las inscribió en el mito y la leyenda. No hay duda de la ocupación previa de las islas por parte de otros pueblos, pero no puede afirmarse que sean los descriptos en la mitología.

Estos acontecimientos se relatan en el Libro de las invasiones y contienen la Historia de Tuán, la Llegada de los Tuátha Dé y la Batalla de Moy Tura en la que estos vencen a los Fir Bolg, como también muchos otros eventos, y a su vez, todo esto está contenido en el ciclo mitológico. 
El ciclo heroico está entramado con el mitológico, y en el aparecen personajes de este último, existiendo ya en el ciclo heroico bases históricas -comprobables- que sustentan las leyendas que se tejerían.
La derrota de los Tuátha Dé Danann los dejó a merced de la decisión de los milesios, quienes accedieron a permitir su permanencia en la isla y les concedieron así la mitad de Irlanda, sólo que esa mitad era la que se encontraba de la superficie de la tierra y las aguas hacia abajo (7).
Y así, se dirigieron a su morada final en el fondo de los lagos, bajo los túmulos y las colinas donde cada uno de los jefes Tuátha Dé Danann reinó. Como ejercían dominio sobre los elementos de la naturaleza y la invisibilidad, moraron también a veces en lo profundo de los bosques " ... free from the tyranny of time, living 'without grief, without sorrow, without death, sickness or wasting away; without age, without corruption of the earth.'..." (8)
Esto recuerda la imagen del Tir Nan Og, la"Tierra de la Juventud", otro de los lugares donde se habrían  retirado los Tuátha Dé Danann, se hallaba en el oeste, al otro lado del mar, el tiempo allí no existía al menos tal como lo concebían los hombres y la muerte no penetraba jamás. Claro que -como ocurre casi siempre en la cosmovisión celta- Tir Nan Og puede encontrarse en muchas otras partes, y puede tambien aparecer sobre esta tierra por un lapso determinado, siempre envuelto en niebla, lo cual lo esconde de los mortales. Por algún motivo que permanece oscuro al entendimiento, los Tuátha Dé se convirtieron en los dioses de sus vencedores, los milesios y luego en un pueblo feérico que con el transcurso del tiempo decayó en los Daoine Sidhe (pronúnciese Zina Shi) o dioses caídos de los primitivos celtas que habitaron la isla. Aunque muchas veces, segun nos dice Katharine Briggs, se puede vislumbrar en ellos algo de su antigua forma de seres feéricos heroicos (9).

Las puertas de acceso al Sidh.

El acceso al Sidh se abre en determinados lugares y momentos. Los espejos de agua (lugar concreto, espacial pero de naturaleza inaferrable) serían una de las puertas que permitirían el pasaje o comunicación entre los mundos, simbolizan la suma de las virtualidades, de lo que no se manifiesta y especialmente en este contexto aluden al misterio. La superficie del agua actúa como un espejo falso para los hombres, que pueden ver su imagen reflejada pero no la miríada de seres que del otro lado los observan. Esta creencia es consecuente con aquella que sostiene el retiro de los Tuátha Dé Danann bajo la superficie. La veneración de las fuentes de agua es un fenómeno extendido prácticamente por todo el mundo y adquiere características muy netas en el mundo celta. Si bien este culto está arraigado en culturas agrarias donde se concibe a la tierra como sagrada, entre los proto-indo-europeos, aunque orientados a un culto celeste tal como lo demuestra la importancia de los dioses solares masculinos, existía también, aunque en menor medida un culto a lo femenino representado por deidades asociadas con los rios (10).
Prácticamente todos los ríos de Irlanda tienen nombres femeninos; particularmente aquí, las deidades femeninas garantizaban el alimento y la fecundidad presentándose en tríadas. Estos aspectos inherentes a la vida de la sociedad se expresarían ritualmente. Tanto en la literatura irlandesa como en la galesa podemos ver un reflejo de estas creencias en las historias que relatan la unión de un rey con una dama feérica. Tales figuras femeninas eran una metáfora de la tierra. Cuando los milesios ganan la reyesía llegan a un acuerdo con tres damas de los Tuátha Dé: Eire, Banba y Fódla. Cada uno de estos es un nombre de Irlanda. Los dos últimos son usados por los poetas y el primero es un término usado tanto en la literatura como en el lenguaje corriente. Su forma previa fue Eriu, derivado del celta "Iveriu", que significa "tierra".
El instante en que el sol se asoma en el horizonte y especialmente aquel en el que se oculta conformaban junto con el mediodía y la medianoche cuatro instantes de pasaje (tanto el crepúsculo como estos dos últimos momentos son accesos temporales), las puertas del Sidh se abren en esos momentos multiplicando la realidad visible e invisible en miles de laminaciones inaccesibles casi a los sentidos. Es ese carácter de semimanifestación lo que pluraliza las virtualidades feéricas tan anheladas y atrayentes como temidas por el hombre celta.
La niebla que avanza ya sobre el mar, o sobre la tierra, constituía también un signo de que esas barreras se volvían muy tenues o desaparecían. La imagen simbólica de la niebla así como su plasmación y función mítica, responde a una experiencia de la realidad como algo que se torna indeterminado, sin límites precisos, diluida. Habría un cambio en la imagen de la realidad y se vivenciaría a la vez como un cambio en la realidad misma, lo que antes se manifestaba nítidamente se tornaría impreciso, y luego inmanifestado.
La bruma o la niebla simbolizan así un "pasaje" de un estado a otro, de un mundo a otro. Es un elemento que participa de lo inaferrable. Parece una constante en esta cultura, la experiencia de lo evanescente, lo inasible, lo impermanente y la necesidad de recurrir a ello para construir su cosmovisión que más allá de quedarse en el mito, se proyectó de mil maneras en el arte: la música, poesía y la orfebrería.
La tradición dice que la comunicación de los Sidh con los seres humanos existió en tiempos remotos pero que no sería ya posible debido a lo impuro de nuestras acciones y nuestra falta de respeto por la naturaleza (esta es su morada y el daño que recibe los afectaría). La existencia de ese mundo y sus habitantes dependería de la capacidad que el hombre conserve de creer y confiar en su prójimo. El Sidh se alejaría de la raza humana y de este mundo tanto en el espacio como en el tiempo, volviéndose progresivamente más difuso. Ese mundo intermedio sería entonces cada día más inaccesible y los caminos que habrían conducido alguna vez a él se estarían diluyendo literalmente. Su alejamiento irreversible solo podría evitarse en tanto alguien los recuerde y piense en ellos como reales, pero la tradición dice también que sólo un ser humano con un alma pura e inocente podría hacerlo (c). 

El Annwfn y los mundos divino y feérico entre los celtas britónicos.

Debido a que los britónicos dejaron el continente por lo menos tres o cuatro siglos despúes que lo hicieran los goidélicos, esruvieron en contacto mucho más tiempo con pueblos germanos, latinos, eslavos y griegos que estos últimos. Así, sus ideas con relación a estos mundos sufrieron su influencia. Aún así, al instalarse en Inglaterra y Gales, recibieron en varias ocasiones migración goidélica proveniente de Irlanda; de esta forma, los antiguos dioses que se adoraban allí encontraron un paralelo en las narraciones míticas britónicas.
El Annwfn es el mundo subterráneo, el de los muertos, allí también moran algunas divinidades asociadas a los cultos de la fertilidad. A diferencia de otras imágenes del submundo, la de los celtas no era un lugar sombrío ni triste. Las almas de los muertos eran revestidas con un nuevo cuerpo y su existencia allí transcurría feliz. Esto produjo cierto asombro en los observadores clásicos, que confundieron esta vida postmortem con las imágenes de los mundos de los dioses y de los seres etéreos. Lo que facilitó la confusión por un lado, fue la creencia celta de que muchos seres feéricos moraban bajo los túmulos, y las aguas (los muertos también moraban bajo los túmulos y en el Annwfn) y por el otro, el "Mundo de los Vivientes" -como se llamaba a veces a sus dioses- estaba ubicado en algún lugar en medio del mar, en el "Paraiso del Oeste" o en el fondo mismo del océano. Asimismo, una imagen que se repite es la de un mundo suspendido en el espacio, en la atmósfera, separado de la superficie del océano solo por un manto de niebla. J.A.Mac Cullochll asevera que este reino paradisíaco fue conocido por los britones y que estos lo habrían llamado Annwfn, sin establecer diferencias entre el mundo divino y el de los muertos, lo cual estaría más acorde con el temperamento celta. Estolo equipararía al Sidh irlandés donde el tránsito desde estos mundos mágicos a la tierra de los hombres sería, en aquellos tiempos, continuo. Estas concepciones pertenecen al fondo común indo-europeo. La diferenciación entre los mundos sería probablemente una elaboración posterior, dado que en las tradiciones más antiguas estos aparecen prácticamente confundidos.
Estas elaboraciones incluyen la identificación de ese reino etéreo con Avalon e implica ya modificaciones tardías, algunas tan alejadas de la época en que los britónicos llegaron a las islas (aproximadamente VI o V centuria a.C) (d), como podría serlo el siglo XI y XII d.C. (para entonces se habrían volcado a la escritura los romances galeses conocidos como Mabinogion, fuente principal de la tradición folklórica y mitológica de los celtas de Gales y habrían alcanzado su forma casi definitiva las leyendas del Ciclo Artúrico al que Sir Thomas Malory daría una última pincelada con Le Morte d'Arthur en el siglo XV).
El acceso al Annwfn de los galeses tiene las mismas características que mencionamos para la rama goidélica a las que habría que sumar otras, dependientes de un folklore de elaboración mas tardía y posiblemente más complejo, donde las figuras femeninas (siempre relacionadas con lo feérico) adquieren gran relevancia. Por otra parte se están estudiando las influencias de otras ramas de la familia indoeuropea en las concepciones celtas posteriores al siglo II/III d.C.

Las ofrendas en los pantanos.

Las ciénagas y los pantanos ejercían gran atracción para este pueblo. Participaban de algún modo de la naturaleza de las aguas solo porque se los consideraba también como una puerta al Otro Mundo. Nos encontramos aquí nuevamente con un elemento ni líquido ni sólido, de carácter mixto, donde se arrojaban las ofrendas a los dioses y seres etéreos. Ya se trate de las marismas de las Islas Británicas o de las más famosas de Dinamarca, Holanda, Bélgica, norte de Alemania y en menor número de Suecia y Noruega, estas recibieron botines de guerra, espadas, lanzas, joyas, calderas (entre ellos el tan renombrado caldero celta de Gundestrup) tanto por parte de los pueblos celtas como de los germano-escandinavos. Estos últimos sacrificaron seres humanos arrojándolos en los pantanos, varios de esos cuerpos se recuperaron en un sorprendente estado de conservación.
Existía la costumbre entre los guerreros celtas de ofrecer al dios de la guerra y la tormenta aquellos elementos que obtuvieran como resultado de una batalla. Solían recoger del lugar donde se llevara a cabo la contienda todo lo que el enemigo hubiera abandonado o les fuera arrebatado luego de imponerse a ellos. Tomaban también todo lo que las cuerpos de las víctimas de ambos bandos tuvieran en su poder. Lo ofrendaban así en agradecimiento por la victoria y la vida que conservaron. Retener para sí estos elementos podría augurar la muerte en la próxima lucha. Tal vez esta costumbre no se haya extendido más allá del siglo I o II de la era cristiana, al menos actualmente la datación de los hallazgos no iría más allá de ese límite.
En el caso particular de las ofrendas en las pantanos es rnuy probable una influencia germano-escandinava. La relación entre las tres (en algunos casos cuatro) clases de sacrificio de seres humanos, la ofrenda de estos a un dios deterrninado (según la correspondencia entre la clase social del sacrificado y la pertenencia del dios en cuestión a una de las tres funciones de la sociedad y el panteón indoeuropeos) así como el destino dado al cuerpo en fuentes de agua o pantanos está también relacionado con la noción del Otro Mundo. Esto es válido en tanto este último se considere como morada de las dioses, recordando siempre que la división entre un mundo feérico y uno divino no se establece claramente en la rama insular. Este tema en particular debería tratarse en lugar aparte y en relación con la rama germana dada la influencia que esta ejerció sobre la celta.

La concepción del Mundo Intermedio adquiere en este pueblo características muy particulares y muy posiblemente sea el resultado de una amalgama de creencias de las pueblos neolíticos y de comienzos de la Edad de Bronce -autóctonos- y de las proto-celtas y celtas indoeuropeos que llegaron a las islas posteriormente. El matiz dinámico así como la imaginación exuberante reflejada en la mitología y el folklore se debe a estos últimos, pero la escasa información fehaciente que existe sabre las creencias de las aborígenes se limita a enterramientos y construcciones megalíticas. Esto hace muy difícil determinar cual es el aporte no indoeuropeo en materia de religiosidad y mitología. Proceder par descarte, separando las elementos que se consideran netamente indoeuropeos puede conducir a error dado que no se establecieron - salvo tal vez en uno o dos casos- la cantidad de migraciones desde el continente certeramente datadas ni cuando habrían comenzado. Surgiría aquí la duda en cuanto a si estas concepciones son insulares autóctonas, proto-celtas o celtas o en que medida hay un aporte de cada una·de ellas. Este sigue siendo un tema abierto a discusión.

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a) Podemos concebir el "no espacio" como una metáfora de la libertad, pero no hay una imagen mítica equivalente en relación con él.

b) El nombre Danu aparece en diferentes partes de Europa conformando nombres de ríos o topónimos. Pertenece a la lengua celta primitiva y es de clara derivación indoeuropea. Hay opiniones diversas con respecto a la historicidad de este pueblo, si bien la tendencia a considerarlo histórico es mayoritaria. Uno de los motivos que generaron confusión al respecto fue que se los consideró como seres pertenecientes a una raza divina; como tales figuran en el Leabhar Ghabála.

(c) La imagen de un mundo que se aleja simultáneamente en el tiempo y el espacio provocaría una sensación de nostalgia por lo perdido, algo que no se recuerda pero se vislumbra. Ese sentimiento está presente tanto en la mitología como en el folklore celta. Miríadas de imágenes míticas hablan de paraísos, de lugares inalcanzables, ocultos o de casi imposible acceso que más allá deser "lugares"son estados del ser. El alejamiento progresivo, lento e irreversible de ese mundo le imprime una nota dinámica, un "movimiento", en contraste con el estatismo de otras concepciones. Pero en casi todos los casos, ya sea que se utilice un lenguaje más o menos mítico y simbólico, está presente la "memoria" de una inocencia que el hombre dejó muy atrás y la necesidad de recuperarla si se quiere alcanzar ese lugar-estado del alma.

(d) La datación de las migraciones a Inglaterra y Gales se discute actualmente así como las de Irlanda, estas aún más difíciles de datar.

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Notas:

1. Bonnefoy, Yves, Diccionario de las Mitologías, Vol. I, Ed. Destino, Barcelona, 1996, pp. 100-101.

2. En la Cultura de los Túmulos los cadáveres eran sepultados en tumbas, cámaras, cofres o troncos de árbol ahuecados y luego se alzaba sobre la sepultura un túmulo de tierra cubierto con piedras. En la Cultura de las Urnas, que se generalizó por casi todo el continente, prevaleció la incineración, luego de la cual las cenizas se colocaban en pequeñas urnas que eran enterradas, formando así los conocidos campos de urnas sembrados en casi toda Europa. La Cultura de Lusacia se caracterizó también por sus campos de urnas, y no era celta; estaba situada al este de Europa y originó por sus desplazamientos hacia occidente, a su vez, los de los pueblos celtas. Ver Hutton, R., The Pagan Religions of the Ancient British Isles, Blackwell Publishers, UK, 1992, pp. 88-139; tambien Bosch Gimpera, P., El problema indoeuropeo, Fondo de Cultura Económica, México, 1989 (la. edición en 1960); si bien su postura ha sido revisada a la luz de los últimos descubrimientos arqueológicos, estos afectarían principalmente su planteo con respecto a las culturas de Europa Central y del Este. Ver tambien Mallory, J.P., In Search of the Indo-europeans, Thames and Hudson, London, 1992 y Renfrew, Colin,Archaeology and Language, Penguin Books, London, 1989.

3. Ellis Davidson H.R., Myths and Symbols in Pagan Europe, Manchester University Press, United Kingdom, 1988, p. 127.

4. Briggs Katharine, Diccionario de las Hadas, Alejandría, Jose J. de Olañeta De, España, 1992. Katharine Briggs se doctoró en Filosofía y luego en Literatura en Oxford; en otro de sus libros, The Fairies in Tradition and Literature, profundiza en la naturaleza del mundo feérico. Es evidente que en el caso de la Corte Maldita o Sluagh existe una clara influencia cristiana y por lo mismo es una reinterpretación tardía de la esencia de estos miembros del Sidh.

5. Ellis Davidson H. R., Op. Cit., pp. 112-113.

6. Leabhar Ghabhala, Libro de las invasiones, edici6n a cargo de Ramón Sainero Sanchez, Ediciones Akal, Barcelona, 1988, en versión castellano-gaélico con un glosario muy completo de términos en gaélico traducidos al castellano en paralelo con los correspondientes versos. Tambien The Book of Conquests en la versión de Jim Fitzpatrick, Dragon's World Ltd., Great Britain, 1993. Algunas de estas "razas" serían desdoblamientos; en todo caso, los Tuátha Dé Danann habrían llegado luego de Cessair, de Partholón (y su gente), de los Hijos de Nemed y de los Fir Bolg, por lo tanto en quinto lugar dado que Cessair sería un desdoblamiento de la raza de Partholón. Asimismo, se desprende del mismo Leabhar Ghabhala que los Tuátha y los mismos Fir Bolg serían diferentes ramas de la familia de Nemed, con respecto a este punto se puede consultar Dillon Myles, Early Irish Literature, Four Courts Press, Dublin, 1994. A su vez Fir Bolg es el nombre con que se designó a los Fir Domnann (<los Dumnonii de Gran Bretana?), a los Fir Galioin (<Galos?) ya los Fir Bolg mismos (<Belgas?). Existen otras relaciones etimológicas para los nombres de estos tres pueblos. Tanto los Fir Bolg, los Tuátha Dé Danann como los Milesios son considerados diferentes tribus del pueblo celta que se separaron de la familia principal en diferentes épocas.

7. Como se menciona más arriba, puede constatarse la facilidad con que los celtas elaboraron una mitología donde se imbrican tanto los elementos puramente mitológicos, los legendarios y los históricos y en algunos casos la transposición de elementos posiblemente históricos al plano de lo divino.

8. Voyage of Bran,.Son of Febal, Meyer K., ed., I, pp.5, versos 10,18 en Ellis Davidson H. R. Op. Cit., pp. 113.

9. Briggs, Katharine, Op. Cit. pp. 91.

10. Brenneman Walter Jr., Religious authenticity at the Holy Wells of Ireland, a methodological problem., en Journal oflndo-European Studies (monograph) No. 17, Washington D.C., 1996, pp. 218-219. También para profundizar el tema del culto a las aguas se puede consultar Ross Anne, Pagan Celtic Britain, (edici6n revisada),Constable, London, 1992 y de la misma autora The Folklore of the Scottish Highlands, Barnes and Noble, USA, 1993, pp. 79-81.

11. Mac Culloch, J. A., The Celticand Scandinavian Religions, Constable, London, 1994, pp.88-92. Sugiere el autor que el nombre Annwfn podría haber reemplazado a un nombre pagano más antiguo.

12. Con respecto a este tema se puede consultar el excelente trabajo dcl Dr. P. V. Glob, The Bog People, Ballantine Books, N. York, 1971, dondc analiza el descubrimientoy características del hombre de Tollund, el de Grauballe, en Dinamarca, así como el entorno socio-históico del "pueblo de los pantanos" y los hallazgos reailizados en otros lugares de Europa del Norte.

Imagen de portada generada con ChatGPT (OpenAI), 2026.



Ana Silvia Karacic es orientalista, pintora y escritora. Especialista en mitología y religiones, ejerció como profesora titular, entre otras, de la Cátedra de Religiones Comparadas en la Universidad del Salvador.  Ha publicado los libros: "El pueblo de la Bruma. El ciclo mitológico irlandés" y "Las religiones de Japón", ambos textos de tenor académico. 


sábado, 6 de diciembre de 2025

Algunas consideraciones sobre la alquimia desde la psicología profunda. Por Néstor E. Costa


Algunas consideraciones sobre la alquimia desde la psicología profunda.
 Por Néstor E. Costa

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Una de las cuestiones que siempre admiramos de los escritos de Jung, ha sido la libertad que se tomó al expresar ideas que otros, tal vez, las tuviesen también, pero que nunca se atrevieron a decirlas. Más aún, en su autobiografía aclara que sabe cosas que otros desconocen y que ni siquiera se atreven a considerar. Esta amplitud de miras, le permitió incursionar en la investigación del alma humana tomando para ello todas las ciencias que hacen a su estudio, incluyendo las antiguas, como la alquimia, antecesora de la actual química. Y así como aquellos viejos alquimistas intentaban a través de sus experimentos la transmutación de los metales innobles en nobles, habían logrado llegar a percibir que, si bien la materia no lograba transformarse en la mayor parte de las veces, esa transformación se lograba en su psique, en su interioridad, en su alma. Y este enigma que se les planteaba, lo cuidaron e hicieron reserva de él y solamente muchos siglos después, será la psicología de lo inconsciente o bien expresada por Eugene Bleuler, la psicología profunda, la que podrá dar cuenta de esta fenomenología, siendo Jung, a través de sus escritos uno de los máximos representantes. Pero antes de hacer un breve recorrido de cómo se inició Jung en los estudios de alquimia, entendemos como importante traer a colación algunas reflexiones suyas que, a nuestro humilde criterio, son fundamentales para entender ciertos aspectos de sus enseñanzas.

Una mirada sobre la transferencia y la contratransferencia

Sabrá decirnos que para aquellos que se dedican al estudio del alma humana, será ésta uno de los objetos más oscuros y misteriosos que se ofrecen a la experiencia, por lo que nunca se acaba de aprender en lo que hace a estas cuestiones. No pasa día, sostendrá, que en su práctica diaria no le aparezca, en este dominio, algo nuevo e inesperado. Destacará que, en todo proceso analítico, o sea, en lo que se conoce como la discusión dialéctica entre lo consciente y lo inconsciente, existe un desarrollo hacia un fin o una meta. Estos tratamientos alcanzan un final (enumera nueve posibles, que son los clásicos para estas circunstancias, como ser: abandono del análisis, ha surgido una diferencia entre el terapeuta y el paciente, etcétera.) sin que necesariamente se llegue a una meta. A veces, estos finales son transitorios y otras veces definitivos. Los psicoanalistas dirían para algunos de estos finales que el paciente no entró en “transferencia” o que fue un mal manejo de la misma por parte del terapeuta, o le echarán la culpa al autoerotismo, etc. Y de la “contratransferencia”, sostendrán que es un factor de impedimento, un estorbo generado por el propio analista. Y en este punto hay, como en otros, una división de aguas con el psicoanálisis clásico, dado que para la terapéutica junguiana es un factor de valor cognoscente y de ayuda para el analista. Cabe recordar, que fue a instancias de Jung y debido a su insistencia, que es absolutamente recomendable que previo a iniciar su derrotero como terapeuta, ese profesional debe analizarse con alguien que sea un especialista en dicha técnica (que era el psicoanálisis para esa época). Cuestión que es aceptada por Freud, quien así lo reconoce en su artículo de 1912 Consejos al médico.

Ahora bien, la práctica y los años le van mostrando a Jung que más allá del fin de un análisis, que pudo haber sido por diversos motivos, la “discusión dialéctica” entre la consciencia y lo inconsciente continúa en el interior de ese paciente, es decir, el paciente sigue buscando esa meta; lo que lo lleva a Jung, a propósito de estas cuestiones a señalar lo siguiente: "(…)y me liberaron de la preocupación de que yo mismo fuera la única causa de un proceso psicológico impropio ( y por eso mismo contrario a la naturaleza). Y esa preocupación no dejaba de justificarse en la medida en que ninguno de los argumentos de los nueve mencionados, conseguía que ciertos pacientes terminaran el trabajo analítico. (…) Y si bien es cierto que todas las cosas pueden considerarse con dos caras, una valoración negativa sólo es lícita cuando se ha demostrado que realmente no puede encontrarse nada positivo para la vida..." (1).

Las cuestiones negativas, en estos procesos, no siempre deben ser atribuibles al terapeuta, dado que son fáciles de adjudicárseles y además, despiertan la sospecha de querer disfrazarse de ignorancia o del intento de sustraerse a la discusión incondicional. "En efecto, como tarde o temprano es inevitable que el trabajo analítico llegue a ser una discusión humana entre el yo y el tú y entre el tú y el yo, discusión que se verifica más allá de cualquier pretexto demasiado humano, no sólo que es fácil que ocurra, sino que necesariamente ocurre, que se vea alterada, además de la piel del paciente, la del médico, y hasta es posible que tal modificación alcance más abajo de la piel" (2).Es  decir,  través de años de experiencia nos relata el maestro suizo, algunas realidades que, más allá de prejuicios, obligaciones, deberes y profesionalismo, otros callan, sea por precaución o por ignorancia o por otro sin fin de razones; como dice el viejo y sabio apotegma: nadie puede trabajar con fuego y pretender no quemarse.

Ars totum requerit hominem, nos dice Jung, lo que significa: “el Arte reclama al hombre total”. Los esfuerzos del terapeuta y del paciente apuntan hacia esa totalidad, sobre todo en los inicios del análisis, dado que aún se halla oculta, no manifestada, toda esa potencialidad. Pero esa suerte de camino que deben recorrer analista y paciente no es una línea recta, está lleno de curvas y rodeos que están, a veces, en manos del destino Ni es simple ni fácil tender a unir los opuestos. Es un camino largo y arduo. O como dice el propio Jung: "es un sendero cuyos recodos laberínticos no están exentos de horrores. Y en ese camino es donde se verifican las experiencias que la gente se complace en llamar “difícilmente accesibles”.(..) exigen aquello que el hombre más teme dar , esto es la totalidad, de la que continuamente se está hablando y sobre lo que se teoriza infinitamente, pero que en la realidad de la vida se evita con grandes rodeos. Infinitamente más estimada es la usual “psicología de los compartimientos estancos”, en la cual una cámara no sabe lo que hay en la otra”. (3). 

El contacto con la alquimia

Destaca Jung que, si bien hacía años que venía trabajando sobre lo inconsciente colectivo reconocía que algunos de los resultados alcanzados no lo conformaban del todo, corría el año 1928 cuando el sinólogo y amigo personal, Richard Wilhelm le envía su texto El secreto de la flor de oro. No más leerlo, se dio cuenta que le daba la solución a sus problemas, que había intentado buscar por otras vías, por ejemplo, las enseñanzas gnósticas, pero sin resultados. El libro referido trataba del taoísmo yoga de origen chino, pero también era todo un tratado de alquimia, siendo esto último de fundamental importancia para su trabajo, por lo que podemos decir, sin lugar a equivocarnos, que fue la llave y el inicio de sus estudios alquímicos, los que a partir de ese momento tendrán un espacio destacado y de enorme importancia en todas sus investigaciones posteriores.

Algunos estudiosos se preguntarán cómo determinar que el material con el que trabajaban los alquimistas pudiera tener una “repercusión” interior. Para ello, hay que tener en cuenta que existen las proyecciones y que nada de lo que se proyecte, así sea sobre la materia, no ha sido previamente parte del mundo interior. Es decir, existe un canal comunicacional inconsciente entre la interioridad y la exterioridad humana y esa suerte de separación entre ambas (interioridad/psiquismo- exterioridad/materia) no es tan extraña. Por eso, verdades que para un espíritu antiguo eran ciertas siguen existiendo como tales, es decir, pasados miles de años esa “verdad” se mantiene casi con la misma eficacia y seguramente permanecerá de igual forma por otros miles de años. Dice Jung al respecto: “Los tiempos modernos y el presente considerado desde este punto de vista, se muestran como meros episodios de un drama que comenzó en la pálida aurora de una época originaria, drama que se extiende a través de todos los siglos, a un remoto futuro. Este drama…es el devenir consciente de la humanidad” (4).  

El Opus (la Obra)

En el opus alquímico, y lo confirma Jung, se tata no sólo de experimentos químicos, sino también de procesos psíquicos, como hemos sostenido renglones pasados y que se expresan en un lenguaje pseudoquímico. Los antiguos, sabían de ello y que sus prácticas no eran las habituales de la química. Si los alquimistas, como ellos mismos confesaran, empleaban el proceso químico sólo simbólicamente, ¿entonces porqué trabajaban con crisoles y retortas? Y como lo destaca Jung: además, los deformaban mediante simbolismos mitológicos hasta hacerlos irreconocibles. (5). Se conoce que el alquimista ocultaba su obra (la búsqueda del oro a través de la transmutación de otros metales), para que no cayera en manos de gente inapropiada, pero también se sabe que ese “oro”, no era el “oro común” (aurum vulgui) sino el oro filosófico o la maravillosa piedra.

Al intentar investigar la materia, el alquimista proyectaba su inconsciente en la oscuridad de la misma para “iluminarla” y para explicar el misterio que ello le provocaba, pero, además, proyectaba otro misterio, el que consistía en su desconocido inconsciente. Esta cuestión no era lo que podría denominarse un “método”, sino algo que era esencialmente involuntario. Tengamos en cuenta que una proyección nunca se “hace”, simplemente “ocurre”; en la oscuridad de un hecho exterior encontraba, sin reconocerlo como tal, a su propio psiquismo. De esta forma, el alquimista vivía su proyección como una cualidad de la materia, repitiendo de ese modo la historia del conocimiento en general. 

Para Jung, la ciencia comenzó con los astros, en los cuales la humanidad descubrió sus dominantes de lo inconsciente (dominantes universales fue una de las primeras formas que Jung utilizó para mencionar a los arquetipos), es decir, las llamadas “divinidades”. Para el investigador suizo, la astrología es una experiencia viva, primigenia, semejante a la alquimia. Es importante señalar, que desde los tiempos más remotos la alquimia ha presentado dos características: por una parte, su aspecto químico, que se efectuaba en el laboratorio con las retortas y los crisoles y por el otro, un proceso psicológico, en parte consciente, en parte inconsciente, el que era proyectado y visto en los procesos de transformación de la materia. 

El método como parte de la obra

El fundamento de la alquimia el opus (la obra) tiene una parte práctica, que es la que se lleva cabo con los elementos químicos más usuales, donde se usan: el mercurio, la sal, el azufre y cuya significación química pertenece a los secretos del arte. Es evidente que la oscuridad en la que se expresan los alquimistas, llega al punto que se niegan a decir que es la prima materia o el lapis. Estas cuestiones, han hecho que estudiosos como Jung consideraran que han sido los procesos psíquicos que le generaban dichos trabajos, la verdadera razón de llevar a efecto los mismos. 

Ciertos tratados alquímicos como el Tractatus Aristotelis nos ilustra la psicología del alquimista: la serpiente es más astuta que todos los animales de la tierra (…)y por la ilusión (…) en el agua reúne la serpiente las fuerzas (virtutes) de la tierra…La serpiente nos indica Jung, es Mercurius que como sustancia fundamental se forma en el agua , el león devora al Sol y la materia se forma por ilusión, que necesariamente es la del que trabaja en la obra, podría ser la vera informatio, dado que posee fuerza informadora(5) Por otra parte, vamos a ver que la obra alquímica está ligada a visiones y a sueños, los que se mencionan muchas veces como importantes intermediarios. Así sucede con la visión onírica del alquimista Zósimo, como en ciertos textos y a través de material onírico allí expuesto aparece la buscada aqua permanens. En general, la prima materia, así como la piedra misma (lapis), son reveladas al alquimista por Dios. (6)

En realidad, la pregunta que se impone es y más allá de la ya expresada: ¿qué buscaban en realidad los alquimistas? Ya hemos dado una parte de la respuesta: el “oro no vulgar”, o sea, algo de un orden superior y simbólico; nos referimos a la llamada: “piedra filosofal”, es decir, es la búsqueda de una dimensión psíquica y espiritual que hace que el hombre se ligue a un proceso de autorrealización donde nada debe ser dejado de lado, por considerarse “malo”, con lo cual se incluye al arquetipo de la sombra no sólo en sus clásicos y más conocidos aspectos negativos, sino también en su menor vertiente positiva, como parte necesaria del proceso de individuación, y del sí-mismo donde la aceptación de la existencia de los opuestos es fundamental. Recordemos que para Jung lo inconsciente no es algo malo, también es la fuente del bienestar. No sólo es oscuridad, sino también luz; no sólo bestial y demoníaco, sino también sobre humano, espiritual y en el sentido clásico de la palabra, “divino”. 

¿Pero, cuál sería el método por excelencia de la alquimia para alcanzar el proceso de individuación y con él la transformación de la materia y la búsqueda de su espiritualización? Jung, coherente con su pensamiento y con sus investigaciones ha de decirnos que, desde el punto de vista psicológico, es el de la amplificación ilimitada. La amplificatio es siempre necesaria cuando el objeto de estudio es confuso o desconocido, por lo que es necesario los aportes de otros puntos de vista para hacerlo comprensible, características de la amplificación, método que Jung destaca y que emplea en la interpretación de ciertos sueños. 

Esta amplificación, nos dice, forma la segunda parte del opus y los alquimistas la entendían como teoría. La teoría es originariamente “filosofía hermética”, la que se amplió por representaciones cristiano-dogmáticas. En la alquimia más antigua de Occidente penetraron fragmentos herméticos, principalmente a través de originales árabes. Un contacto directo con el Corpus Hermeticum recién se logró hacia mediados del siglo XV cuando Marcilo Ficino, autorizado por Lorenzo De Medici, para hacer las traducciones del Corpus del griego al latín. (7).

Sabemos del riquísimo simbolismo de la alquimia y de sus dificultades para su entendimiento, pero hay que tener en cuenta que en ella se expresa una parte importante del alma, sólo que es desconocida, es lo que se conoce como lo inconsciente. Aunque, en un sentido materialista, señala Jung, no existe algo así como una prima materia, raíz de todo lo existente, nada podría reconocerse sin la existencia de una consciencia, la ciencia sabe que toda consciencia reposa sobre presupuestos inconscientes, es decir, sobre una suerte de prima materia desconocida. Por lo que no es cierto aquello que algunos sostienen que la consciencia nace de sí misma. (8)

Hemos señalado que los mismos alquimistas complejizaron sus trabajos hasta hacerlos, muchas veces, de difícil comprensión. A modo de ejemplo y siguiendo en parte a Jung, analizaremos brevemente una imagen de un texto del siglo XVII y cuya tapa aparece ilustrada en el libro del investigador suizo: Psicología y Alquimia, (Edit. Trotta, V.12 -figura 144); en ella, se puede observar mirándola de frente que la misma está dividida como en dos partes, confirmando la dualidad alquímica a la que ya nos hemos referido. En la parte izquierda de la ilustración, se ve a tres hombres hablando, los cuales y de acuerdo a Jung, serían un abad, un monje y un laico; a la derecha de la imagen hay otro hombre en cuclillas tratando de alimentar el fuego que se halla en el horno, donde se ven el trípode y la retorta, elementos que se hallan en el centro entre ambas imágenes. En el interior de la retorta se puede observar el dragón alado.

Si bien el dragón como tal es un monstruo, simbólicamente, está formado por la mezcla del principio ctónico de la serpiente y del principio aéreo del ave (al igual que la “Serpiente Emplumada” azteca Quetzalcoatl) con lo que se cumple la amplificación necesaria para dar cuenta del método, a la vez que simboliza la vivencia, la visión de  una representación del Mercurio latino que no es otro que "es el Hermes griego alado, que se manifiesta en la materia, el dios de la revelación, señor del pensamiento y psicopompo por excelencia” (9). En este sentido, recomendamos ver la figura 146 del mismo texto, donde aparece Mercurius (Hermes) como símbolo unificador.

Como sabemos, uno de los principales trabajos alquímicos consistía en espiritualizar la materia. Por lo cual no debe confundirse el proceso “exterior” con el proceso “interior” que llevaba a cabo el alquimista. Cuando habla de Mercurio, por ejemplo, tanto puede referirse a un proceso como al otro, en el caso exterior se refiere al metal, cuando lo hace en el afán de su búsqueda interior, lo hace en el sentido del espíritu oculto en la materia o que es prisionero de ésta. El dragón, nos dice Jung, posiblemente sea el símbolo figurado más antiguo de la alquimia del que haya constancia documentada. Aparece como el devorador de la cola (Ouroboros) en el Codex Marcianus, perteneciente al siglo X u XI con la leyenda: “el todo uno” (10). Los alquimistas repiten incesantemente que el opus surge de una cosa y vuelve nuevamente a lo uno, que es, pues, en cierto modo, un ciclo, como un dragón que muerde su propia cola. Por eso el opus se llama a menudo circulare = circular o rota = rueda.  

Mercurius está al principio y al fin de la obra. Es la prima materia, la nigredo y que, como figura de dragón se devora a sí mismo y como dragón muere para volver a surgir luego como lapis (piedra). Es el hermafrodita del ser inicial que se divide en la clásica pareja de hermano y hermana y que vuelve a unirse en la coniunctio, para manifestarse por último en la resplandeciente figura del lumen novum, del lapis. Es metal, y sin embargo es líquido; es materia y sin embargo es espíritu; es frío y si embargo es ígneo; es veneno y sin embargo, bebida curativa, es decir, un simbolismo unificador de los opuestos en su perpetuo accionar. Por lo general, estos símbolos unificadores tienen un carácter numinoso (11).

Es notable como lo demuestra el investigador el juego siempre activo, aunque más no sea virtual, de los opuestos. Dejando de lado el aspecto histórico, el lado místico de la alquimia, es, esencialmente, un problema psicológico. De acuerdo a Jung, se trataría en su concreción del simbolismo y proyección del proceso de individuación, proceso que hasta hoy en día produce símbolos que se encuentran muy ligados a la alquimia.(12)

Consideraciones  finales

Es prácticamente imposible referirse a la alquimia en sus aspectos nodales en estas breves páginas, más cuando son temas que no responden a una ciencia de actualidad, aunque los motivos convocantes sean particularmente sensibles para el ser humano de hoy día y de siempre. Incluso, como lo señala Jung reiteradamente, no estaban ni siquiera los propios alquimistas de acuerdo en el uso de ciertos términos. Por eso, el Epílogo con el que Jung finaliza su gran obra Psicología y Alquimia podría decirse que es fundamental. Dice Jung: Nunca llegó a saberse con toda claridad que entendían los antiguos filósofos por el lapis (13). Puede darse una respuesta satisfactoria a esta pregunta si sabemos qué contenidos de su inconsciente proyectaban en ello, sólo la psicología de lo inconsciente está en condiciones de resolver tal enigma. En cambio, no podemos decir lo mismo acerca del simbolismo desplegado en relación al proceso de individuación.

Ha sido sin duda la filosofía de la Edad Media la que más utilizó el simbolismo alquímico, desarrollando, a su vez, una rica literatura que influyó sobre la vida espiritual de la época. El paralelo del lapis y Cristo indica, tal vez mejor que ninguna otra cosa, esta importancia de la alquimia. Esta afirmación de Jung, se basa en que si se observan estos paralelismos, no tendrían desde un punto de vista histórico, ninguna relación o en todo caso, muy lejana, pero cobran fuerza y relevancia cuando se los vincula con el psiquismo humano, con la interioridad, con el alma. Los arquetipos de lo inconsciente son correspondencias empíricas de los dogmas religiosos, según lo observa Jung y así como las alegorías desde un punto de vista cristiano y Occidental están referidas a Cristo y en Oriente a Buddha a Brahma o a Alá, por lo que, desde el punto de vista de la psicología profunda, los arquetipos psíquicos nos remiten al Sí- mismo.

Sin embargo, cometeríamos un error si creemos que, desde una formulación empírica, las facetas que presenta el arquetipo del Sí-mismo es igual al de un modelo religioso. Son mucho más numerosas e indeterminables y expresan en mejor medida la totalidad del hombre, dado que no se hallan ligadas a lo temporal, al lugar o al medio. Lo paradójico, precisamente consiste en que dicha totalidad es tanto lo consciente como lo inconsciente, donde la unión de los opuestos juega un papel decisivo en la simbología alquímica, por eso, al resultado, se lo concibe como “unificador”.


Bibliografía citada

(1)- Jung, C.G. – Psicología y Alquimia, p. 7 

(2)- Jung, C.G. –Ídem, p. 8

(3)- Jung, C. G. – Ídem, p. 8

(4)- Jung, C.G. - Ídem, p. 294

(5)- Jung, C.G. - ídem, p.163

(6) -Jung, C. G.- Ídem. p. 170

(7) - Jung. C. G. - Ídem, p. 194

(8) - Jung, C.G. - Ídem p. 270

(9) -Jung, C. G. – Ídem p.195

(10)- Jung, C.G. -   Ídem, p. 195

(11) -Jung, C. G. – Ídem, p. 294

(12)- Jung, C. G. – Estudios Sobre Representaciones Alquímicas, p.93

(13) -Jung, C. G.- Psicología y Alquimia, p. 293


Bibliografía General

Jung, C, G, Recuerdos, Sueños, Pensamientos, Edit. Seix Barral, Barcelona 1981.
Jung, C. G. Psicología y Alquimia, Edit. Trotta, Obra Completa, V, 12, 2000.-
Jung, C,G,  Estudios Sobre Representaciones Alquímicas, Edit. Trotta, Obra Completa, V. 12, 2015.-
Jung, C. G. La Práctica de la Psicoterapia, Edit. Totta, Obra Completa, V. 16
Jung, C. G. Los Arquetipos y lo Inconsciente Colectivo, Edit. Trotta, Obra Completa, V. 9/1.
Jung, C. G. Sobre el Fenómeno del Espíritu en el Arte y en la Ciencia, Obra Completa, V 15.

Fuente de la imagen de portada

ChatGPT–DALL·E. (2025). Jung en biblioteca con libro de alquimia [IA]. OpenAI.



Néstor E. Costa es Analista Junguiano y Presidente de la Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica -AFIPA- Grupo de Desarrollo reconocido por la IAAP (International Association for Analytical Psychology), con sede en Buenos Aires, Argentina. Doctor en Psicología. Ex Vice Decano del Departamento de Psicología de la Universidad John F. Kennedy, fue uno de los fundadores de AFIPA en los primeros meses de 1996. 


viernes, 14 de noviembre de 2025

Cierre del VI Seminario "INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA PSICOLOGÍA ANALÍTICA - C.G.JUNG" . Universidad del Salvador (USAL)


El jueves 6 de noviembre cerramos la sexta edición del STO Introducción a la Teoría y Práctica de la Psicología Analítica – C.G. Jung”, con alumnos de 5º año de la Facultad de Psicología y Psicopedagogía de la Universidad del Salvador. 

Otro año explorando las intuiciones y símbolos que atraviesan la obra de Jung, y acompañando a quienes empiezan a dar sus primeros pasos como futuros profesionales.

Gracias a este nuevo grupo de estudiantes de 5º año por la entrega, la escucha y las ganas de aprender juntos.

domingo, 2 de noviembre de 2025

In Memoriam: Jorge G. Garzarelli (1942-2025). Amigo y maestro



Hay despedidas que no se preparan. Llegan con la sorpresa de lo irremediable y con la certeza de lo compartido: la fortuna de haber cruzado caminos con alguien que dejó una huella luminosa. Alguna vez Jorge mismo me escribió: “la muerte de los cercanos nos hace cercanos a la tristeza más grande, la que toca el fondo del alma”. Hoy siento mucho esa tristeza.

Despido a un amigo y a un maestro. Alguien con quien compartí charlas, proyectos, entusiasmos y silencios; alguien que me abrió puertas, acompañó procesos y dejó enseñanzas que van a resonar siempre.

Sería difícil resumir en esta pequeña despedida la multitud de saberes que, con maestría y originalidad, Jorge fue abarcando a lo largo de los años. Sus alumnos, quienes tuvieron la oportunidad de escucharlo y de aprender en sus clases, lo saben bien. Hace poco uno de ellos me comentó: "Apenas empezaba a hablar, sabías que cursar con él iba a ser toda una experiencia". 

Jorge fue el autor de una tesis doctoral inédita sobre la psicología profunda del mito (1987), anticipando en el país desarrollos posteriores en el campo. Fue un pionero también en el estudio de la Psicología de la Religión. Desde esa Cátedra, a la cual generosamente me abrió las puertas hace casi veinte años, tejió puentes entre disciplinas y supo conjugar lo académico con lo artístico, lo intelectual con lo vivencial. Su interés por la complejidad de lo humano expresaba esa búsqueda de totalidad que era tan propia: un pensamiento siempre en movimiento, abierto al diálogo y a la trascendencia.

Jorge sentía un cariño profundo por la Universidad del Salvador, a la que dedicó horas, proyectos y sueños. En esa Casa desplegó su vocación docente con entusiasmo, escapando a lo instituido, y con una curiosidad que no conocía descanso.

Este último tiempo dedicaba buena parte de su energía al Proyecto de Educación para la Paz, en el cual había llegado a plasmar su visión más amplia del ser humano y su vocación interreligiosa. Desde allí, y junto a alumnos y ex alumnos tan curiosos como él, promovió encuentros, jornadas y espacios de reflexión que reunieron voces diversas en torno a un mismo anhelo: el de una humanidad más consciente, compasiva y más unida en la diferencia.

Además de la clínica, que ejercía con amor y cuidado, el deporte, el arte y la música fueron otras de sus pasiones. Tocaba el piano con devoción; admiraba especialmente a Bach, a quien consideraba una forma de meditación sonora. Su manera de pensar y enseñar tenía algo de esa música: profundidad y vuelo.
Sus interpretaciones al piano de "Honrar la vida" (la hermosa canción de Eladia Blázquez), acompañadas por la voz de Maxi, su querido compañero, van a permanecer en el oído profundo de todos aquellos que tuvimos la oportunidad de escucharlo tocar. 

En lo personal, fue un maestro en el sentido más noble de la palabra: un transmisor apasionado, un compañero de conversaciones profundas, un confidente poético e inquieto. Durante años, encontré en él una guía profesional, un interlocutor sensible y un amigo de los que dejan marca. Y, además, era divertido; su humor siempre encontraba la manera de aparecer en momentos inesperados, haciendo más liviano cualquier día difícil.

Lo voy a extrañar mucho.

Pero quedan sus huellas, visibles y secretas: en sus textos, en sus alumnos, en sus gestos, en los proyectos que continuaremos, y en esa manera suya de mirar el mundo con asombro.

Su legado nos va a seguir inspirando a todos los que lo conocimos, como una invitación a sentir y a crear desde el alma.

Gracias, Jorge, por tus enseñanzas, por tu generosidad, por tu amistad de tantos años.

Gracias por recordarme que la frescura puede ser también un acto de alegría y de presencia.

Porque algunos maestros, aún cuando se van, siguen enseñando en silencio.

Hasta siempre, Jorgito.

Te quiero mucho. 



domingo, 13 de julio de 2025

Cuadrar el círculo: cartografías de la psique en procesos de individuación.

Cuadrar el círculo: cartografías de la psique en procesos de individuación.

Juan Manuel Otero Barrigón



El viejo enigma alquímico de "cuadrar el círculo" cautivó a filósofos, científicos y místicos a lo largo de la historia. Más allá de esa aparente paradoja geométrica, esta imagen representa un impulso profundo de la psique humana: la búsqueda por reconciliar opuestos, por manifestar lo eterno en lo efímero y por dar forma a lo informe. Dentro del marco de la psicología analítica de C. G. Jung, esta expresión toma una dimensión psicoespiritual muy específica: cuadrar el círculo es la tarea de la psique en su camino hacia la individuación, un proceso que implica transformar los contenidos arquetípicos del inconsciente colectivo (el círculo) en experiencias vividas, asimiladas y encarnadas en la psique individual (el cuadrado).
En este breve artículo me asomo a ese tránsito, a esa labor de mediación entre lo simbólico y lo ordinario, entre lo numinoso y lo tangible, compartiendo algunas claves simbólicas y clínicas para quienes trabajan o acompañan procesos de autoconocimiento.

1. Arquetipo y forma: el círculo y el cuadrado como lenguajes de la psique

Dentro del tesoro de imágenes arquetípicas que nos unen como seres humanos, el círculo personifica la integridad, la armonía y lo ilimitado. Es la forma del mandala, del sol, y del útero primordial. Representa tanto el centro como la periferia, lo que no tiene ni principio ni fin. Como lo expresó Jung, es "la imagen del Self", esa totalidad psíquica que va más allá del yo consciente. En contraste, el cuadrado se asocia con la materia ordenada, el espacio habitable, el templo y el hogar. Despierta firmeza, solidez y el universo palpable.

Cuadrar el círculo supone el acto de hacer habitable lo infinito; de dar forma al espíritu. Implica consentir que aquellas imágenes arquetípicas no permanezcan suspendidas en la abstracción o en la fantasía, sino que se cristalicen en decisiones, vínculos, síntomas y significados.  Este proceso de traducción —que es mucho más que una simple interpretación intelectual— demanda una profunda inclinación del alma: no significa solamente "asimilar" los símbolos, sino sentirlos, dejar que moldeen nuestra historia personal.

2. El Self llama: irrupciones del círculo en la vida cotidiana

El proceso de individuación muchas veces se "motoriza" con una ruptura: puede ser una crisis, una enfermedad, un sueño inquietante, o incluso una sensación de vacío y falta de sentido. En un sentido simbólico, podríamos decir que es el instante en que el círculo irrumpe en el cuadrado. Algo intemporal, algo del inconsciente colectivo, se manifiesta en nuestra vida personal de una forma que desconcierta.

Un paciente sueña con una serpiente que lo rodea. Otro empieza a notar un impulso hacia una actividad creativa que nunca había considerado. Un tercero deja de encontrar sentido en su rutina diaria, aunque “todo esté en orden”. Estas experiencias, tantas veces patologizadas, son muchas veces llamados del Self. Sin embargo, si no se reconocen como tales, pueden vivirse como síntomas o trastornos. Aquí, la tarea del clínico no consiste en sofocar la aparición de lo circular, sino en forjar un entorno para comprenderlo, prestarle atención y posibilitar que se integre de forma relevante en la historia de vida del paciente.

3. Una viñeta clínica: cuando el símbolo se vuelve casa

Una mujer de poco más de 40 años llegó a la consulta después de haber pasado por un episodio agudo de ansiedad durante una reunión laboral. Trabajaba como abogada en un estudio jurídico, pero había algo dentro suyo que parecía haberse quebrado. No era una crisis total, más bien una grieta discreta: En la entrevista inicial me dijo: "No me reconozco. Siento que vivo una vida que no es del todo la mía."

En las primeras sesiones una imagen volvía una y otra vez: un cuarto blanco, vacío, en el que se sentaba sola durante horas. No la sentía como algo temido, sino como una escena inevitable. Exploramos juntos esa habitación. ¿Era un castigo o un refugio? ¿Qué parte de ella necesitaba ese silencio? Con el tiempo, relacionó la habitación con el momento en que era adolescente y escribía poesía en secreto. Lo dejó cuando empezó a estudiar Derecho, pensando que la poesía no era "útil" ni "real".

Un día, llegó a la consulta con una libretita azul. Se animó a leerme un poema que había escrito hace poco, después de años sin escribir. Esa lectura cambió las cosas. No porque trajera una solución, sino porque le dio vida a algo del alma, lo hizo humano. No dejó su trabajo, pero sí empezó a poner límites y a escuchar su voz interior. Comenzó a vivir su vida con más conciencia.

Así fue como empezó a cuadrar el círculo: no abandonó lo que había logrado, sino que dejó que lo simbólico se volviera real. En su caso, el alma pedía espacio para lo que en apariencia no sirve, para lo que es verdad.

4. El símbolo como puente: metáforas vivas entre mundos

El símbolo, desde la perspectiva junguiana, es algo muy diferente al signo cerrado; es un puente que conecta lo conocido con lo desconocido. Se trata de una imagen que abarca simultáneamente ambas dimensiones: evoca algo arquetípico y, al mismo tiempo, resuena con aspectos concretos de la experiencia personal. Por eso, en el trabajo clínico con sueños, dibujos, recuerdos de la infancia o fantasías, el terapeuta acompaña al paciente en la tarea de "traducir sin traicionar". ¿Qué significa esta imagen para el paciente? ¿Qué parte de su vida está pidiendo ser transformada por ella?

Por ejemplo, una paciente que está en duelo por la muerte de su madre durante la pandemia sueña con un pájaro atrapado en una casa. Al asociar, conecta esa imagen con una parte de sí misma que quedó atrapada en las expectativas de su madre. El ave —símbolo del alma— anhela ser liberada. El círculo —imagen del alma— encuentra su forma en el cuadrado: una comprensión encarnada que guía su proceso de individuación.

5. El cuerpo como mandala: encarnar el símbolo

Muchas veces nos olvidamos que la psique no es solo una idea abstracta: está viva en nuestro cuerpo. Por eso, cuadrar el círculo también significa encarnar ese símbolo, sentirlo, respirarlo y darle movimiento. Las prácticas contemplativas, el arte, la danza, el trabajo con la voz y la respiración consciente permiten que el lenguaje simbólico se arraigue en nuestra carne. Jung valoraba mucho estas mediaciones: sus propios mandalas, más que obras artísticas, eran ejercicios de integración.

Cuando el círculo se queda en el ámbito mental, puede provocar confusión, inflaciones, y desorientación. Pero al encarnarlo, se convierte en una brújula. En el cuerpo, el Self encuentra su anclaje. 

6. El cuadrado no es cárcel: límites que permiten el juego

Una idea muy común en los procesos de individuación es que los límites son solamente obstáculos. La persona quiere "ser libre", "vivir desde adentro", sin ataduras. Sin embargo, el cuadrado no es una cárcel: es un espacio donde se puede habitar. La individuación implica encarnar el símbolo a través de relaciones, decisiones éticas y límites saludables.

El cuadrado también representa una estructura interna: una función del yo fortalecida, la capacidad de discernir y de comprometernos con la realidad. Cuadrar el círculo no significa quedar atrapado en lo material, sino permitir que lo espiritual se manifieste en formas concretas: en una vocación, en una manera de estar en el mundo.

7. Entre el arte y la clínica: imágenes que nos sueñan

Muchos artistas soñaron con imágenes antes de poder llegar a comprenderlas. Van Gogh pintaba soles y campos de trigo sin darse cuenta de que estaba expresando sus propias pulsiones de muerte y redención. Hilma af Klint creaba formas geométricas que le llegaban en visiones. El arte, al igual que el sueño, es una forma de traducción simbólica.

En la clínica junguiana, acompañamos a los pacientes para que produzcan su propia obra: no necesariamente una pintura, sino una narrativa, una secuencia de imágenes, una forma de vida que refleje algo del Self. No se trata de ajustarse a una norma externa, sino de permitir que su mundo interior pueda revelarse a través de su propia experiencia vital.

Conclusión: cuadrar el círculo como acto de amor

Cuadrar el círculo es un acto de amor hacia la psique. Significa escucharse a uno mismo con profundidad, dejarse tocar por los símbolos que surgen, y mantener la tensión entre lo que creemos ser y lo que desde dentro pulsa por salir. No es un camino ni recto ni lineal; es más bien espiralado, como un mandala, reflejando el mismo proceso del tiempo profundo.

Aquellos que acompañamos procesos de individuación —ya sea como terapeutas, analistas, docentes, o simplemente como seres humanos en búsqueda— entendemos que no existen fórmulas mágicas. Pero sí hay herramientas que nos guían. El símbolo es una de ellas. Y cuadrar el círculo es una tarea interminable que da sentido a nuestras preguntas más fundamentales.

Por eso mismo, en cada pequeño gesto de escucha interna, o en cada imagen que se respeta y se vive, el alma se va haciendo mundo. Y el mundo, alma.


Julio, 2025

A.M.D.G


Bibliografía:

Archive for Research in Archetypal Symbolism. (2011). El libro de los símbolos: Reflexiones sobre las imágenes arquetípicas (1.ª ed.). Taschen.
Martin, S. (2015). Alchemy & alchemists. Pocket Essentials.
Rubino, V. (2025). Individuación: El proceso de ser quienes somos en la psicología profunda de C. G. Jung. Sirena de los Vientos.
Stein, M. (2004). El mapa del alma según Jung. Luciérnaga.


miércoles, 11 de junio de 2025

Jorge Mario Bergoglio. Apuntes para una biografía arquetipal

 JORGE MARIO BERGOGLIO: APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA ARQUETIPAL

por Juan Manuel Otero Barrigón


A mi viejo;
y a la memoria de Susana Godoy Abreu,
querida amiga y colega.

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Contar la vida de Jorge Mario Bergoglio desde una perspectiva arquetipal es mucho más que relatar simplemente una serie de eventos. Se trata de ver su biografía como un proceso de individuación, un camino hacia la integración y la realización del Sí-Mismo, tal como lo propuso Carl Gustav Jung. 
Aunque nacido de la admiración, este relato no busca crear un mito hagiográfico ni una crónica política, sino más bien explorar las resonancias simbólicas de ciertos momentos clave de su proceso interior
Desde su infancia en Buenos Aires hasta su nombramiento como Papa Francisco, pasando por sus años de silencio en Córdoba y su llamado a la fraternidad universal, hay un hilo simbólico que recorre la historia de Bergoglio: el del hombre que desciende, se quiebra, se encuentra a sí mismo y vuelve a elevarse, no para reinar, sino para servir.


I. El llamado temprano: la abuela Rosa y la raíz espiritual

Jorge Mario Bergoglio nació en 1936 en el barrio porteño de Flores, en una familia humilde de origen italiano. Su infancia estuvo marcada por la austeridad, el esfuerzo, y una profunda religiosidad que formaba parte de su día a día. En ese universo familiar, su abuela Rosa jugó un papel fundamental: fue ella quien le mostró las primeras imágenes vivas de la fe. Le hablaba del cielo como si fuera su hogar, le enseñó a rezar con palabras simples, y le contaba historias de santos y mártires como quien comparte verdades que viven en el alma.
Rosa encarna el arquetipo de la Gran Madre en su versión más positiva: la que protege, nutre, y consuela, pero que también inicia. Como señala Erich Neumann, un discípulo de Jung, la Gran Madre es la fuente que da vida al alma, ofreciendo el primer contacto con lo sagrado a través de gestos primordiales: la voz, el alimento, y la oración compartida. Así, la abuela Rosa no fue solo una influencia familiar, sino un símbolo: representa el principio femenino arquetípico que acoge la psique infantil y la conecta con lo trascendente.
Durante esos años formativos, se establecieron los cimientos de su mundo interior: una religiosidad afectiva, y una conexión femenina que le enseñaron a rezar sin imponer, a confiar sin dogmatizar. Esta etapa puede verse como la base desde la cual se desarrollaría todo su camino posterior.

II. El encuentro fundante: San Mateo y la misericordia

A los 17 años, en el día de San Mateo, Bergoglio entra en la Basílica de San José de Flores. Lo hace casi por impulso, sin pensarlo demasiado, y vive allí una experiencia que más tarde describirá como "fundante": se confiesa, y siente que lo miran con una profunda misericordia. No es una mirada de juicio ni de obligación, sino una que abraza su fragilidad con amor. Más adelante dirá: "Allí me esperaban".
Este episodio puede interpretarse, en términos arquetipales, como un Llamado del Héroe. Al igual que en las historias iniciáticas que describe Joseph Campbell, el joven protagonista recibe una señal que lo saca del mundo cotidiano y lo introduce en una dimensión simbólica distinta. No hay un evento extraordinario en el exterior—nadie lo obliga, nadie le revela un secreto sobrenatural-, pero lo que ocurre dentro de él es fundamental: una ruptura con la normalidad, una apertura al misterio. La iglesia se convierte en un espacio liminal, y el acto de confesarse, en un rito de pasaje. San Mateo, el publicano que se convierte en apóstol, también actúa como reflejo simbólico: alguien considerado indigno que es llamado a una misión más grande.
Ese recaudador de impuestos que dejó todo para seguir a Jesús, representa un arquetipo más amplio: el del pecador llamado a lo alto, o el del ser humano mirado con amor cuando menos lo esperaba. Esta figura acompañará a Bergoglio a lo largo de su vida, tanto que, ya como Papa, encargará un escudo donde se representa su conversión bajo el lema en latín Miserando atque eligendo (“Lo miró con misericordia y lo eligió”).
Este tipo de llamado no se basa en la lógica ni en el mérito. Es algo numinoso, como diría Rudolf Otto: una experiencia que provoca tanto temor como fascinación (tremendum et fascinans). Se presenta como una irrupción de lo Otro —lo divino, lo arquetipal— en nuestra consciencia. Es el primer encuentro de Bergoglio con el Sí-Mismo, en términos junguianos: una imagen central y transformadora que organiza y guía su psiquismo hacia un camino único. Así, la confesión no es solo un acto de reconciliación, sino una iniciación: el símbolo de una muerte y un nuevo nacimiento. A partir de ese momento, la pregunta sobre su vocación comienza a cobrar un papel central. La misericordia se convierte en brújula. La experiencia interna—ese sentirse “mirado con misericordia”— será la clave hermenéutica para su posterior comprensión de Dios y de la Iglesia.
En este punto donde se revela la dimensión numinosa de la experiencia religiosa, el joven Bergoglio no elige su camino por convicción moral o herencia cultural, sino porque ha sido tocado por algo que lo trasciende. Se podría decir que este insante contiene en su esencia todo su futuro magisterio: un cristianismo que no se basa en el mérito, sino en la gracia; que no clasifica, sino que abraza. El adolescente que experimentó esa mirada compasiva se convertirá, décadas más tarde, en el Papa que insiste en que la Iglesia debe ser un "hospital de campaña".
Sin embargo, hay otro aspecto que me gustaría resaltar; esta etapa de su vida estuvo marcada por una experiencia de salud que resultó ser crucial: a los 21 años, Bergoglio tuvo que someterse a una operación de emergencia debido a una infección, lo que llevó a la extirpación de parte de uno de sus pulmones. Me parece interesante considerar esta cercanía temprana con el sufrimiento y la vulnerabilidad física como una primera señal del límite en su biografía, y por lo tanto, como un gesto simbólico: el cuerpo herido como una puerta al misterio, un recordatorio tangible de que la vida humana es frágil y dependiente.
Toda su teología pastoral posterior se puede rastrear hasta esos momentos. El joven que fue tocado sin merecerlo se convertirá, con el tiempo, en un firme defensor de una Iglesia que se define no por el dogma, sino por el gesto: la cercanía, el consuelo, y el perdón. El Papa que dirá que “el nombre de Dios es misericordia” es el mismo chico que, un día de primavera, recibió una mirada que no juzgaba.

III. El guerrero del Espíritu: ingreso a la Compañía de Jesús

En 1958, con solo 22 años, Jorge Mario Bergoglio entró al seminario diocesano de Villa Devoto, pero pronto decidió dar un giro y unirse a la Compañía de Jesús. Este cambio no fue algo sencillo: los jesuitas son conocidos por su formación rigurosa, su disciplina intelectual y su voto de obediencia directa al Papa. Esta decisión ya anticipa un rasgo que lo acompañaría a lo largo de su vida: una constante tensión entre lo contemplativo y lo práctico, entre su mundo interior y la necesidad de un compromiso activo. Así comienza un largo camino de formación, estudio y enseñanza, pero también de silencio, obediencia y pruebas.
Simboliza el ingreso del héroe en un “mundo especial”, esa fase de entrenamiento que se encuentra en muchas narrativas arquetípicas. Bergoglio se sumerge en una tradición espiritual estructurada, casi militar, que lo lleva a refinar sus pasiones, ideas y carácter. El joven que fue tocado por la misericordia ahora busca una forma, un camino para encarnar esa experiencia.
Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que son el corazón de la espiritualidad jesuita, representan más que una simple práctica devocional: son una verdadera cartografía del alma. Invitan a un descenso a las profundidades del psiquismo, a un discernimiento riguroso de las mociones internas y a una lucha constante contra las trampas del ego. En este contexto, Bergoglio comienza a encarnar el arquetipo del Guerrero del Espíritu: no el soldado armado, sino aquel que libra batallas en su interior, enfrentándose a sus propias sombras, tentaciones y rigideces.
El arquetipo del Guerrero, especialmente en su faceta espiritual o ascética, juega un papel fundamental en cómo estructuramos nuestro yo. Suele activarse en momentos en los que una persona necesita definir su identidad, establecer un camino, controlar pasiones dispersas o canalizar impulsos. En contextos religiosos, se manifiesta a través de la disciplina, la obediencia y la entrega a un ideal. Sin embargo, como ocurre con todos los arquetipos, también tiene su lado oscuro. Cuando el Guerrero se activa sin un equilibrio adecuado, puede transformarse en rigidez, hipercontrol, moralismo, negación de la afectividad o represión del eros. La búsqueda de la perfección puede volverse una compulsión espiritual, y la obediencia puede llevar a una renuncia a la voz interior. Desde una perspectiva clínica, este desequilibrio se manifiesta como una hipertrofia de la conciencia moral, dificultad para conectar con deseos genuinos, alexitimia afectiva o una racionalización excesiva de los conflictos internos. Algo a lo que Jung se refería al hablar de la "inflación del yo a partir de una identificación con la función superior". En la práctica clínica, esto se traduce en personas que están en movimiento constante, activas, pero que no pueden descansar ni sentirse queridas por lo que realmente son.
En el caso de Bergoglio, podríamos pensar que su primera etapa como jesuita —y luego como provincial— estuvo marcada por una visión bastante unilateral del Guerrero: disciplinado, eficaz, pero también algo inflexible, duro consigo mismo y con los demás. Sin embargo, esta configuración cambiaría más adelante, dando paso a una forma diferente de estar en el mundo: menos centrada en el control y más en la ternura.
Este cambio es significativo. Forma parte del proceso de individuación: el héroe no puede quedarse para siempre en su armadura. Para crecer, necesita ser herido, desmantelado, atravesado. Solo así puede reconectar con su llamado original —no el del deber, sino el del amor.
Por otro lado, también está presente la figura del Monje, que representa a aquel que se disciplina para alcanzar una integración más alta. El ascetismo, la obediencia, el voto de castidad: todo esto va moldeando un yo que busca canalizar su energía vital hacia lo sagrado. Sin embargo, esta figura también conlleva riesgos. El ascetismo puede convertirse en rigorismo, y la obediencia, en una negación de los deseos más profundos.
En los años siguientes, Bergoglio será ordenado sacerdote (1969), trabajará como maestro de novicios y profesor, y luego será nombrado provincial de los jesuitas en Argentina (1973). En este nuevo rol, su carácter fuerte, su búsqueda de orden y su sentido práctico lo llevarían a tomar decisiones que más tarde consideraría errores. Exigente y convencido de su visión, el joven provincial se enfrenta a los desafíos de una Argentina convulsionada por tensiones políticas, y a una Iglesia que debía posicionarse entre la represión militar y las voces proféticas.
Estas tensiones también tienen un componente psíquico. El Guerrero que lucha por el bien puede volverse tirano; el Monje que busca la pureza puede rechazar la ambigüedad del mundo. La individuación, desde la perspectiva junguiana, exige que estas figuras no se conviertan en absolutos. El yo necesita aprender a dialogar con lo otro, con la sombra, con lo que no encaja.
Desde este ángulo, el tiempo jesuita no fue solo un proceso de formación, sino también un enfrentamiento con sus propios límites. El fuego que forja también puede quemar. El joven sacerdote, impulsado por la misericordia, se encuentra a veces atrapado por la soberbia y el autoritarismo. La tensión entre la estructura y la compasión empieza a hacerse evidente —una tensión que marcará su vida entera y que solo más adelante encontrará una resolución nueva.

IV. Encrucijadas de la historia: su rol como provincial de los jesuitas en Argentina durante la dictadura 

En 1973, a los 36 años, Bergoglio fue nombrado provincial de los jesuitas en Argentina. Asumió este rol en un período muy complicado: los años que rodearon el golpe militar de 1976. Fue una época marcada por la violencia política, la represión sistemática, la desaparición forzada de personas y un miedo palpable en todos los aspectos de la vida social.
Como provincial, Bergoglio tenía la responsabilidad de cuidar a la comunidad de la Compañía en el país: debía discernir vocaciones, organizar las casas de formación, proteger la vida espiritual y, además, decidir cómo posicionarse frente a un régimen opresor. Este fue, sin duda, uno de los momentos más difíciles y ambiguos de su vida pública.
Hay muchas discusiones, incluso controversias, sobre su actuación en esos años. El episodio más conocido es el de los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes fueron detenidos y torturados por la dictadura en 1976. Algunos argumentan que Bergoglio no hizo lo suficiente para protegerlos; otros creen que hizo todo lo posible para rescatarlos. Él mismo afirmó que actuó en secreto para salvar vidas y que más tarde se reconcilió con Jalics. Este caso sigue siendo un punto ciego, una herida abierta en su biografía. Afortunadamente, en tiempos recientes, el trabajo de investigadores como Aldo Duzdevich ayudó mucho a aclarar la realidad de esos hechos, después de tantos años de mentiras que, de manera injusta e interesada, intentaron oscurecer su figura.
Lo que no se puede negar es que este momento representó para Bergoglio una prueba de poder. En términos junguianos, el contacto con el arquetipo del Padre institucional puede llevar tanto a una actitud protectora y sabia como a una identificación con estructuras represivas o indiferentes. En situaciones extremas como las de una dictadura, la ambigüedad moral se vuelve inevitable: no hay pureza posible, solo zonas grises, decisiones tomadas bajo amenaza y silencios que pueden ser prudentes o cómplices.
El joven provincial, que ya llevaba consigo el sello del Guerrero espiritual, se ve ahora confrontado por la Sombra colectiva: el horror sistemático, la persecución de personas, y el uso del miedo como herramienta de dominación. Esta Sombra no es solo algo externo; se infiltra en las instituciones, en las decisiones del día a día, y en los temores más personales. La pregunta ética se vuelve abrumadora: ¿qué hacer cuando cualquier acción puede poner en riesgo a otro?
En este contexto, Bergoglio se presenta como una figura dividida: por un lado, el hombre de oración, de discernimiento, que cuida de sus hermanos; por otro, el representante de una institución que no siempre ha sabido —o querido— denunciar la barbarie con claridad. Esta ambivalencia es fundamental: revela el costo de liderar en tiempos oscuros y abre la puerta a una posible transformación futura.

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Nota clínica: La Sombra moral y el trauma institucional

Cuando hablamos de violencia política, es innegable que deja huellas profundas tanto en las personas como en las instituciones que la experimentan. Los líderes religiosos, especialmente, pueden sentir un tipo de culpa muy particular: la culpa por no haber actuado, por haber guardado silencio, por haber tenido miedo, o por no haber hecho lo suficiente. Esto puede manifestarse en síntomas como ansiedad moral, rigidez en las decisiones, o incluso en una defensa que se basa en la racionalización.
Este enfrentamiento con la Sombra no resuelta puede dar lugar a un largo proceso de reflexión simbólica. Aquellos que se ven a sí mismos como salvadores deben enfrentarse a la posibilidad de haber sido, en cierta medida, cómplices. Solo aceptando esa ambigüedad —pudiendo mirar a ese yo dividido con compasión— se abre un camino hacia la sanación.
En el caso de Bergoglio, esa confrontación con la Sombra parece haber sido el catalizador para una transformación significativa: de un líder joven y conservador a un pastor más abierto, y más sensible al sufrimiento ajeno. Aunque el drama moral no se resolvió por completo, sí se aceptó como parte de su historia. Eso, quizás, es lo más complicado y, a la vez, lo más humano.
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V. El descenso a Córdoba: retiro y "exilio interior" (la Nigredo)

En 1990, después de haber ocupado roles importantes en la Compañía de Jesús, Bergoglio fue enviado a Córdoba por sus superiores. Allí pasó casi dos años en un estado de introspección, viviendo en la residencia jesuita, sin responsabilidades institucionales, alejado del poder y de la toma de decisiones. Él mismo describió esta etapa como un tiempo de “mucha desolación interior”, un período difícil, aunque más tarde diría que fue uno de los momentos más fructíferos de su vida.
Este descenso tiene un significado simbólico profundo. En la narrativa arquetípica, se asemeja al instante en que el héroe se adentra en el inframundo, enfrenta sus demonios y pierde todo lo que creía poseer. Si antes había encarnado al Guerrero, ahora debe aceptar la humillación y la caída. En Córdoba, Bergoglio no enseña, no manda, ni lidera. Vive en silencio, lee, reza y se confiesa con un hermano más joven que él. Se queda solo con su interioridad, sin escenarios ni misiones visibles. Desde una perspectiva psicológica, podríamos ver esta etapa como un enfrentamiento con el yo idealizado. El hombre que había tenido poder dentro de la Orden, que había formado a otros, ahora se encuentra desnudo. Es el proceso que Jung llamaba “enantiodromía”: cuando una actitud psíquica dominante termina por generar su opuesto.
En la tradición espiritual, este momento recuerda el paso por el desierto, o incluso la “noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz. No hay consuelo inmediato ni claridad, pero sí una profunda transformación interior. Años más tarde, Francisco dirá que fue allí donde aprendió a rezar mejor, donde se purificó de cierta dureza y donde recuperó la capacidad de compadecer.
Este tiempo en Córdoba no es un castigo: es una oportunidad de despojamiento. Es el umbral que debe cruzar todo aquel que fue seducido por el control espiritual. La gracia que alguna vez lo tocó —en la Basílica de Flores— necesita ser reencontrada sin intermediarios. Solo quien ha descendido hasta el fondo puede hablar de misericordia sin que suene a consigna.

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Nota clínica: La soledad como umbral transformador

Desde un enfoque clínico, los momentos de retiro forzado, silencio o pérdida de función pueden vivirse como estados depresivos o como duelos narcisistas. La persona, especialmente si estuvo muy identificada con un rol fuerte o con una función de liderazgo, se enfrenta a un vacío de sentido, preguntándose: “¿quién soy cuando no soy útil para nadie?”. En algunos casos, estos episodios pueden abrir la puerta a una profunda resignificación de la vida. Si la persona puede sostener ese vacío sin apresurarse a llenarlo —si puede, como diría Winnicott, “existir en presencia de otro sin necesidad de hacer”—, entonces algo nuevo puede surgir. El yo se vuelve más flexible, se humaniza y da paso al Sí-Mismo. En el lenguaje de Jung, este paso por la sombra permite el encuentro con aspectos rechazados de la personalidad. En términos espirituales, esto se traduce en una kénosis: un vaciamiento del yo para que un nuevo centro pueda emerger. En Córdoba, Bergoglio parece haber vivido este proceso, no sin dolor, pero con una nueva apertura a la gracia.
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VI. Transición (1992–1998): El retorno desde el silencio

Después de su tiempo en Córdoba, donde vivió casi como un monje urbano, Bergoglio fue poco a poco reintegrándose en sus funciones dentro de la Iglesia. En 1992, fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires, lo que marcó el comienzo de su regreso a la vida institucional, aunque todavía en un papel secundario. Esta etapa representó una reintegración gradual, en la que su figura fue recuperando visibilidad, pero sin repetir los viejos patrones de poder.
Este regreso no fue inmediato ni triunfal. El Bergoglio que retoma funciones jerárquicas es un hombre más callado, introspectivo, y con una actitud más cautelosa. Desde la perspectiva del viaje arquetípico, esta fase se asemeja a la del héroe que, tras descender al inframundo y atravesar una crisis de identidad, comienza a ascender de nuevo, aunque sin buscar el centro del escenario. Lo hace porque es llamado, no porque se postule.
En un sentido más clínico, esta etapa pudiera haber involucrado un proceso de asimilación de lo vivido, donde, en lugar de encerrarse en la herida o quedar atrapado en el resentimiento, ahora es posible reconocer errores y aceptar ciertos límites. Esto le permitió volver a ocupar un lugar de autoridad desde una perspectiva distinta: no como quien lidera desde la certeza, sino como quien acompaña desde la experiencia.
La sombra que enfrentó en Córdoba le permite ahora un nuevo modo de estar en el mundo: más atento al sufrimiento, menos reactivo al poder, y más dispuesto a escuchar que a imponer. Este es el Bergoglio que, en 1997, será nombrado arzobispo coadjutor y, al año siguiente, sucederá a Antonio Quarracino como arzobispo de Buenos Aires. Del “provincial brillante” que había sido, se ha convertido en un hombre herido que aprendió a mirar desde abajo.
Este período de la vida de Bergoglio se puede ver como un alba interior: aún sin la luz completa, pero con una dirección clara. La noche pasó, pero el día no llegó del todo. Es un umbral simbólico —una transición entre el silencio y la voz, entre el retiro y la misión— que será fundamental para comprender cómo se formó su figura, primero como arzobispo y luego como Papa.

VII. Su nombramiento como arzobispo de Buenos Aires (1998) y luego cardenal (2001) – El retorno con sabiduría

Cuando en 1998 Bergoglio fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, volvió a ser una figura central en la escena eclesiástica argentina. Pero no regresó como el joven ambicioso que había sido, sino como un hombre más maduro, con un estilo pastoral renovado. Años más tarde, él mismo describiría ese regreso como un período de aprendizaje, donde la autoridad se entendía menos como un poder a ejercer y más como una responsabilidad a compartir.
Como arzobispo, Bergoglio se destacó por su estilo austero, su cercanía con los más necesitados y su crítica filosa al clericalismo. Usaba el transporte público, se reunía con cartoneros, rechazaba los privilegios y optaba por una vida sencilla. Su elección de estar con los más vulnerables, en los barrios populares y con los descartados de la sociedad, fue más que una estrategia pastoral: era el resultado de haber experimentado su propio exilio interior. Había comprendido que no se puede hablar de Dios sin antes haber pasado por el sufrimiento humano.
En 2001, Juan Pablo II lo nombró cardenal, un gesto que marcó un antes y un después: ya no era sólo el pastor de Buenos Aires, sino un referente de la Iglesia universal. Sin embargo, él parecía llevar ese reconocimiento con cierta ambivalencia. Prefería hablar poco, moverse con discreción y mantener una actitud sobria. En su anillo cardenalicio, optó por no incluir piedras preciosas, sino una imagen de San José. Este detalle también transmite un mensaje: la paternidad silenciosa, una autoridad que protege sin hacerse notar, un poder que no impone, sino que cuida. Durante este tiempo, se lo vio fortaleciendo una Iglesia “de cercanía”, donde la prioridad era el acompañamiento, no la condena. Es en este contexto que empezaron a circular algunas de sus frases más conocidas: “Primerear el bien”, “pastores con olor a oveja”, “la realidad es más importante que la idea”, etc. Todo esto anticipa lo que será su pontificado.

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Resonancias simbólicas

Es interesante observar la transición del Guerrero al Sabio. Aquél que antes luchaba por tener razón ahora se esfuerza por comprender. El que antes se aferraba a su rol, ahora da paso a la escucha. En términos junguianos, podríamos decir que ha comenzado a vivir más desde el Sí-Mismo en lugar de seguir los dictados del Yo. La imagen del cardenal que toma el transporte público no es solo un gesto ascético: es también una pedagogía del descenso, una forma de enseñanza que nos muestra que lo más alto del espíritu se manifiesta en lo más sencillo de la vida cotidiana.

Nota clínica: La madurez pastoral como integración

Desde una perspectiva clínica, el estilo pastoral que Bergoglio adoptaría en esta etapa puede verse como el resultado de una integración de diferentes aspectos de su personalidad. La rigidez inicial, la necesidad de control y el temor a cometer errores parecen haber dado paso a una mayor apertura, tolerancia y una ética del cuidado más profunda. No se trata de un cambio repentino, sino de un proceso de maduración gradual: su yo se ha resignado a no ser perfecto, lo que le permite aceptar la imperfección en los demás. Esto tendría reverberaciones más adelante, como cuando, al aceptar su nombramiento como Papa, respondió a sus hermanos cardenales diciendo: "Aunque soy un gran pecador, confío en la misericordia y paciencia de Dios, acepto".
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VIII. La elección como Papa en 2013 – El arquetipo del Hierofante renovado

El 13 de marzo de 2013, el mundo presenció un momento cargado de simbolismo: la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa Francisco, el primer pontífice jesuita y latinoamericano de la historia. Este evento no solo representa un hito en su biografía, sino que también simboliza un cambio profundo: la renovación del Hierofante, el sacerdote-guía que comparte la sabiduría sagrada, pero desde una perspectiva fresca para la Iglesia actual.
El Hierofante, en el lenguaje simbólico, actúa como un puente entre lo divino y lo humano, guardián de la tradición y mediador del rito. Sin embargo, Bergoglio llegó a este rol desafiando los usos tradicionales: no como un líder distante o monárquico, sino como un pastor accesible, humilde y lleno de compasión. Su elección se presenta, entonces, como la manifestación de un Hierofante que fusiona la tradición con la necesidad de renovación.
Desde su primera aparición en el balcón de San Pedro, su nombre y su gesto – el Papa Francisco, en honor a San Francisco de Asís, el santo de la pobreza y la fraternidad – marcaron un cambio simbólico y programático. Optó por un nombre que no solo evoca una humildad radical y un amor por los pobres, sino que también simboliza la invitación a una Iglesia en salida, que se dirige hacia las periferias sociales y existenciales.
Esta figura del Hierofante renovado reúne varios elementos arquetípicos a la vez: es el maestro que enseña con su ejemplo, el guía que camina al lado de su Pueblo, y también el sanador que abraza las heridas colectivas. Desde su enfoque pastoral, Francisco propuso una espiritualidad encarnada, donde la fe implica un compromiso ético y práctico con la justicia, la paz y el cuidado del planeta. Al mismo tiempo, se presentó como un líder capaz de reconocer la sombra de la Iglesia – sus escándalos, sus exclusiones, su rigidez – y enfrentarla con acciones concretas, así como con un llamado a la conversión y la misericordia.

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Nota clínica: la función arquetipal y el proceso de individuación colectivo

Solo una idea para desarrollar a futuro: la llegada de un Hierofante renovado en una institución tan antigua como la Iglesia podría verse a través del prisma del proceso de individuación social y cultural. Bergoglio asumió el papel de mediador simbólico, ayudando a integrar la sombra institucional y convocando a un profundo autoexamen y conversión.
Este camino estuvo lleno de conflictos inevitables: resistencia interna, reacción de sectores ultramontanos y desafíos externos. Sin embargo, también abrió la puerta a la esperanza, actuando como un “paciente espejo” que refleja tanto las heridas como las oportunidades de sanación.
Por otro lado, aunque se alejó de los personalismos autoritarios de épocas pasadas, su relación con el poder siguió marcada por una cierta ambiguedad. El impulso del Guerrero reformador no se apaga fácilmente, y a veces su ardor puede ser más intenso de lo necesario. Incluso en Roma, donde encarnó la figura del Papa humilde, su estilo generó resistencias debido a decisiones inesperadas o silencios prolongados. La sombra del poder espiritual acecha a quien quiera encarnar el Reino, y no siempre se sale ileso.
En la figura del Papa Francisco, la integración del Sí-Mismo parece haber transitado por una aceptación radical de su propia vulnerabilidad y limitación, al mismo tiempo que por la capacidad de asumir, con humildad y firmeza, la responsabilidad ética del poder. Este delicado equilibrio, tan difícil de sostener, es precisamente lo que convirtió su pontificado en un fenómeno simbólico poderoso y resonante a nivel mundial.
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IX. El magisterio: Laudato Si, Fratelli Tutti, la sinodalidad – el intento de reconciliar opuestos

Durante su pontificado, Francisco se destacó por su compromiso en pos de sanar las tensiones de un mundo fracturado. Su voz resonó como un llamado poderoso a la integración, desde una perspectiva arquetipal que buscaba cerrar divisiones y abrir horizontes nuevos. Sus encíclicas "Laudato Si" (2015) y "Fratelli Tutti" (2020) son hitos emblemáticos de esta etapa. En "Laudato Si", Francisco evocó el arquetipo de la Gran Madre, instando a la humanidad a cuidar nuestra Casa Común, la Tierra que nos acoge, en un llamado ecológico que iba más allá de la mera conservación ambiental, para ser una ética espiritual y social. Esta obra planteaba la urgencia de reconocer la interconexión de toda forma de vida y nuestra responsabilidad colectiva ante la crisis climática y la degradación del medioambiente. Era un llamado a reconciliarnos con la naturaleza, pero también con nosotros mismos y con los demás.
Por otro lado, "Fratelli Tutti" representó un esfuerzo por renovar el arquetipo del Hermano Mayor o Frater, una invitación radical a la fraternidad universal, sin importar fronteras, creencias o ideologías. En este texto, Francisco presentó una visión de sinodalidad que proponía caminar juntos, dialogar y enfrentar las heridas de la sociedad moderna: la exclusión, la desigualdad, la violencia. Este magisterio enfatizaba la importancia de la unidad en la diversidad, reconociendo la tensión creativa entre opuestos como motor de crecimiento.
El magisterio de Francisco buscó enseñar que la reconciliación no significa suprimir las diferencias, sino tener la capacidad de sostenerlas y transformarlas (recordemos la imagen del poliedro). La sinodalidad, entendida como un proceso abierto y participativo, encarnó esta pedagogía: un camino en el que la Iglesia se ofrecía como un espacio de escucha mutua y discernimiento comunitario.
En sus palabras y acciones, se manifestaba un deseo de unir lo tradicional con lo moderno, la autoridad con la humildad, el juicio con la misericordia. Era un esfuerzo constante por encontrar un equilibrio entre la tradición y la innovación, el poder y el servicio, la fe y la razón, siempre basado en el diálogo y la apertura. 
Sin embargo, en este continuo intento de reconciliar opuestos, Francisco enfrentó resistencias dentro de la misma institución. Curiosamente, mientras buscaba abrir las puertas a la inclusión y al diálogo, algunos sectores ultraconservadores lo acusaron de dividir a la Iglesia, de ponerla en peligro de fractura o incluso cisma. Esta acusación no es solo política o institucional, sino que también tiene un profundo trasfondo arquetipal: refleja el miedo a lo desconocido, a la pérdida del orden establecido, y al quiebre de la imagen tradicional de la Iglesia. 
Esta contradicción ilustra un fenómeno clásico en el proceso de individuación, tanto a nivel personal como colectivo. Para avanzar hacia una mayor integridad, el sistema (en este caso, la Iglesia) debe enfrentar su sombra —esas partes reprimidas o negadas que, al salir a la luz, generan conflicto y rechazo. Francisco se convirtió en un mediador que desafía el status quo y encarna la tensión entre tradición e innovación. 
No fue un camino sin dolores de cabeza. La resistencia eclesial puede verse como una manifestación del miedo a perder el equilibrio conocido, así como de la expresión de complejos colectivos que rechazan una transformación profunda. En este sentido, Francisco se convirtió en un espejo para la Iglesia misma, revelando la necesidad de confrontar y reconciliar sus propias divisiones internas.

X. Su vejez y preparación para el final – el retorno al origen

Jorge Mario Bergoglio falleció el 21 de abril de 2025, en la octava de Pascua, el día siguiente al Domingo de Resurrección. Como en los relatos donde la vida se ordena en torno a un ritmo simbólico más profundo que el calendario, su muerte no se puede ver solamente como el final biológico de un ciclo vital. En el lenguaje del alma, morir en la octava de Pascua es más que una coincidencia: es una firma arquetipal. La octava, en la liturgia cristiana, es el tiempo donde la luz del Resucitado brilla, donde la muerte fue vencida, pero todavía se camina entre las llagas. Es, en sí misma, una figura de lo ya y lo todavía no. Francisco murió en ese umbral: ni el Viernes Santo del abandono, ni el Domingo glorioso, sino en el tiempo intermedio, cuando todo se ha visto y se sigue creyendo.
Durante sus últimos años, su salud se había deteriorado progresivamente. Las internaciones se hicieron más frecuentes, los gestos más frágiles, la marcha más lenta. Sin embargo, lejos de ocultar su fragilidad, la expuso con una transparencia desarmante. En marzo de 2025, despúes de una internación larga por complicaciones respiratorias, se lo vio andar por el Vaticano en silla de ruedas, vestido apenas con un poncho, sin anillos, sin ornamentos, sin títulos. No era un Papa, era un anciano. No era un jefe de Estado, sino un cuerpo cansado, como el de cualquier otro. Fue, quizás, uno de sus gestos más profundamente evangélicos.
En esa renuncia a toda escenografía de poder, Francisco encarnó el arquetipo del Anciano Sabio que no necesita demostrar nada porque ya atravesó todo. Mostró que la verdadera autoridad no está en imponerse, sino en retirarse con humildad. Que el poder más alto es el de dejar ir. En esa desnudez final, volvió a ser simplemente Jorge: el nieto de Rosa, el chico de Flores, el seminarista tímido que había sentido aquella mirada de misericordia en la basílica de San José. Era el retorno al origen como cumplimiento pleno de lo que siempre había sido.
La imagen de Francisco anciano, limitado, hospitalizado, pero aún presente, aún bendiciendo, nos habla de una vejez como etapa iniciática, no terminal. En los relatos simbólicos, el anciano es quien ha recorrido todo el camino del alma: ha enfrentado su sombra, cruzado desiertos, experimentado el poder y la renuncia, y ahora incluso puede mirar a sus adversarios con ternura. En sus últimos mensajes, no hubo reproches ni advertencias, solo palabras de aliento, llamados a mantener viva la esperanza.
Su última aparición pública, el 20 de abril de 2025, fue durante la bendición de Pascua desde el balcón de la basílica de San Pedro. Su voz, aunque débil, era clara. Saludó, bendijo y agradeció. Y luego, en su última publicación en redes sociales, escribió: "¡Cristo ha resucitado! En este anuncio se encuentra todo el sentido de nuestra existencia, que no está destinada a la muerte, sino a la vida.". 
Esa frase, tan simple y brillante, podría resumir su legado espiritual. No se trata de un discurso doctrinal, sino de una verdad expresada desde el umbral. En ella se resume toda su teología, su psicología, su humanidad. Porque Francisco no predicó la fe como certeza, sino como confianza; no vio la vida como éxito, sino como misterio; y no consideró la muerte como derrota, sino como pasaje.
En los últimos años de su vida, exploró a fondo la paradoja del anciano que renace, de aquel que se va pero deja encendida una llama. Como dijo Jung sobre quienes vivieron conscientemente el proceso de individuación: "Ya no proyectan sombra sobre el mundo; han hecho las paces con ella".
La muerte de Francisco no cerró un capítulo, sino que consagró un viaje: el de un alma que, con luces y tropiezos, buscó abrir caminos de sentido en medio de la oscuridad del mundo. Y que, al final, regresó a sus raíces para entregarse, no como un triunfador, sino como alguien que fue capaz de amar.


La vida de Jorge Mario Bergoglio no se puede reducir a los hechos visibles de su biografía, ni siquiera a su nombramiento como Papa o a sus gestos reformistas. En este primer esbozo de lectura arquetipal, he querido desplegar tan sólo ciertas aristas de un itinerario humano: el de una persona que atravesó pruebas, tensiones, rupturas y reconciliaciones en busca de una verdad encarnada. Francisco fue, en su esencia, un peregrino de la misericordia, un hombre herido que no escondió sus heridas, y que desde ellas intentó construir puentes allí donde otros sólo veían muros.
No se trata de cerrar su historia con una fórmula, sino de dejar abierta la imagen del peregrino: el que no dejó de descender para servir, el que no dejó de escuchar. Su figura persistirá como signo de contradicción: una invitación a no temer la noche, y a buscar, aún en su profundidad, la luz que no cesa.


Junio, 2025

A.M.D.G.


Bibliografía:

Ivereigh, A. (2014). El gran reformador: Francisco, retrato de un papa radical (1.ª ed.). Buenos Aires: Ediciones B Argentina.
Jung, C. G. (1993). Arquetipos e inconsciente colectivo (9.ª ed., Obras completas, Vol. 9/1). Madrid: Trotta.
Neumann, E. (1955). The Great Mother: An analysis of the archetype. Princeton, NJ: Princeton University Press.
Piqué, E. (2013). Francisco: Vida y revolución (1.ª ed.). Buenos Aires: Editorial El Ateneo.
Rubin, S., & Ambrogetti, F. (2010). El jesuita: Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio (1.ª ed.). Buenos Aires: Vergara (Grupo Zeta).