miércoles, 2 de noviembre de 2016

El arte y la verdad


Para poder llegar al público todo artista tiene que transmitir algo verdadero y para eso, obviamente, es fundamental conectarse con la verdad sabiendo que hay verdades que solo surgen con el paso del tiempo y teniendo claro que hay personas y momentos que por más que pasen los años siguen siendo verdaderas.

Fotografía: Keith Arnat


domingo, 30 de octubre de 2016

Entre Fernando Carrera y “Hurricane” Carter: el arte como denuncia

 Fernando Carrera

Entre Fernando Carrera y “Hurricane” Carter: el arte como denuncia,
por Juan Manuel Otero Barrigón

Fernando Carrera tenía 27 años, trabajaba como gomero, estaba casado y tenía tres hijos. Un tipo común, que en Enero de 2005 se vió sumergido en un infierno, al ser protagonista involuntario de la llamada “Masacre de Pompeya”, hecho a partir del cual fue condenado a treinta años de prisión por un robo que no cometió, y en el cual dos mujeres y un niño fallecieron al ser atropelladas por su auto luego de que la policía le disparara más de 25 veces en una persecución, confundiéndolo con un ladrón que escapaba.

Fernando llegó a pasar siete años y cuatro meses preso, de manera deliberada, gracias a la manipulación corrupta de la causa judicial que encontró en su humanidad el chivo expiatorio para tapar sus errores.

Su caso se popularizó a través del cineasta Enrique Piñeyro, quien filmó el documental El Rati Horror Show, donde contó las arbitrariedades de la investigación que lo llevaron a estar preso, y que con el tiempo demostró ser clave para permitir que hace apenas algunos días atrás, Fernando fuera finalmente absuelto por la “Justicia” argentina.

Y es que la obra de Piñeyro tenía un objetivo ético irreprochable: lograr que Fernando recuperara su libertad. Al no estar concebida simplemente en su dimensión artística, la película sólo iba a estar realmente terminada cuando lograra su cometido. 

Trailer de "El Rati Horror Show"

Décadas atrás, un caso de similar injusticia en los Estados Unidos, había tenido como protagonista al boxeador en ascenso Rubin “Hurricane” Carter. En 1966 Carter había sido arrestado junto con un amigo y acusado del asesinato de tres personas en un bar de Nueva Jersey. Tras un juicio exprés, dominado por los prejuicios raciales, Carter había sido condenado a tres cadenas perpetuas por un jurado formado exclusivamente por blancos. Tanto Carter como su amigo, John Artis, habían negado en todo momento su participación en los asesinatos, habían superado sin problemas un detector de mentiras, y los testigos no los habían reconocido como los autores. Pero su destino ya estaba sellado. Pasó casi veinte años en prisión por tres asesinatos que no cometió, hasta que en 1985 un juez federal dictaminó que la Fiscalía había actuado de mala fe durante los dos juicios anteriores. Carter finalmente recuperó su libertad, y se mudó a Toronto para vivir con una comuna de canadienses que habían luchado para lograr su liberación. 

"Hurricane" Carter

Mientras estaba preso, “Hurricane” Carter se dedicó a estudiar a pensadores como Platón, Gurdjieff, Jiddu Krishnamurti, y Víktor Frankl, buscando su liberación interior, la única a la que durante mucho tiempo soñó que podía aspirar. En 1974, había publicado desde la cárcel su autobiografía The Sixteenth Round (“El decimosexto round”), que atrajo la atención de figuras como Bob Dylan y Muhammad Alí. Dylan se reunió con Carter en prisión, y convencido de que el boxeador era inocente, organizó varios conciertos benéficos para exponer su caso. En 1975 le dedicó la canción "Hurricane" que con el tiempo se convirtió en una bandera de lucha, ayudando a que su historia trascendiera las fronteras de su país y se hiciera conocida en todo el mundo.


"Hurricane", de Bob Dylan

Al igual que con la película de Piñeyro, la obra de Dylan trascendía la mera función estética y las pretensiones de éxito comercial. Ambas obras implicaban la apuesta radical de un artista por la inocencia de un hombre al cual no conocían previamente. Apuesta tan sólo impulsada por una profunda empatía y sentido de la humanidad, al punto de tomar la decisión de poner en riesgo su reputación personal y profesional por una causa que consideraban justa.

Tanto "El Rati Horror Show" como “Hurricane” desenmascararon la podredumbre de un sistema para el cual la verdad duerme en la misma cama que el poder. Cumplieron así, una función ética intachable, al desnudar el real funcionamiento de gran parte de la Justicia y de los medios de comunicación, que tanto en uno como en otro caso contribuyeron a consolidar la etiqueta de culpabilidad sobre personas inocentes. Ambas obras lo hicieron desechando toda ambigüedad posible, en aras de la objetividad de los hechos.

De manera involuntaria, “Hurricane” Carter y Fernando Carrera se convirtieron en símbolos de la injusticia y los abusos que la maquinaria del Estado es capaz de propinarles a los eslabones más débiles de la sociedad si se trata de protegerse a sí mismo. Pero también en símbolos de esa dignidad y fortaleza espiritual del inocente que nunca baja los brazos, aún cuando enfrente se erija un verdadero Leviatán dispuesto a fagocitarlos.

La alegría por la reciente liberación de Fernando Carrera es la alegría de todos, ya que cualquiera de nosotros podría ser “Fernando” si tuviese la mala suerte de estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

Para el anarquista ruso Kropotkin, en una época como la nuestra, en que está planteada una lucha sin igual entre explotados y explotadores, entre oprimidos y opresores, el arte sólo puede aspirar a ser auténtico mediante el compromiso con la causa del pueblo.

La creación artística, cuando está al servicio de la denuncia social, muchas veces es un buen recordatorio de que la Justicia, al igual que las serpientes, sólo muerde a quienes van descalzos.

Bob Dylan visita en prisión a "Hurricane" Carter
Fernando Carrera, libre al fin, junto a Enrique Piñeyro





domingo, 16 de octubre de 2016

Primera lección sobre el Hombre (Thomas Merton)


El hombre comienza en la zoología,
él es el animal más triste.
Conduce un enorme auto rojo
llamado Ansiedad. Sueña de noche
con viajar en todos los ascensores,
perdido en los salones,
jamás encuentra la puerta apropiada.
El hombre es el animal más triste
comedor de copos de maíz a la mañana
bebedor de leche, rellena su piel con café.
Y pierde la paciencia
con el resto de las especies.
Dibuja su pecado en las paredes,
en todos los anuncios, en todos los subtes
dibuja bigotes en todas las mujeres,
porque no puede hallar su alegría
excepto en la zoología.
Donde quiera que vaya al teléfono
para llamar al deleite,
siempre emboca el número equivocado.
Por tanto adora las armas,
conoce todos los cañones
por sus nombres correctos
Maneja un enorme Cadillac negro
llamado Muerte.
Ahora queridos niños habéis aprendido
la primera lección sobre el hombre.
Responded el cuestionario:
“El hombre es el animal más triste
comienza en la zoología
y se pierde, en sus propias malas noticias”.

Thomas Merton

jueves, 13 de octubre de 2016

Del amor y el monoteísmo (T.Reik)


"(...) Si nuestra tesis es correcta hay dos clases de personas que están incapacitadas para el amor: las que están completamente satisfechas de sí mismas y las que están profundamente insatisfechas de sí mismas. Pero, ¿existen realmente personas que están tan satisfechas que no pueden amar, o, mejor dicho, que no necesitan amar? Sin duda alguna; por ejemplo, muchos hombres de genio, investigadores, compositores, escritores, filósofos y espíritus religiosos que viven absorbidos por su trabajo. Son personas que han escogido otro camino para escapar de sí mismos, porque a veces también ellos, como a nosotros, su ego les inquieta. Su capacidad de amar es limitada debido a que están absorbidos por su trabajo (...) Dijimos que quien ama ha de haber sentido, al principio, celos o envidia del objeto amado; que ha de haberlo admirado y haberse sentido inferior a él. Ahora llegamos a la siguiente conclusión psicológica: el que no puede ser envidioso es inepto para el amor. Es una afirmación extraña, pero me parece irrefutable por lo que respecta a las emociones inconscientes. Los espíritus creadores antes citados, no es que sean incapaces de sentir envidia, pero o bien están tan absorbidos por su trabajo que su envidia no dura, o bien dominan sus celos rápidamente al considerar sus propias dotes y sus cualidades superiores. Ahora podemos ampliar nuestra previa afirmación anterior y decir que para amar hay que ser capaz de envidiar a una persona durante largo tiempo y tener celos de ella, no de sus éxitos. El enamorado es un monoteísta, que aunque sabe que otras personas adoran a dioses diferentes, no puede imaginar su existencia".


"El amor visto por un psicólogo", por Theodor Reik

martes, 11 de octubre de 2016

Máscaras

Ilustración: Igor Morski

Cada vez que me pongo una máscara para tapar mi realidad, fingiendo ser lo que no soy, lo hago para atraer a la gente. 
Luego descubro que sólo atraigo a otros enmascarados, alejando a los demás, debido a un estorbo: la máscara. 
Uso la máscara para evitar que la gente vea mis debilidades; luego descubro que al no ver mi humanidad, los demás no me quieren por lo que soy, sino por la máscara. 
Uso una máscara para preservar mis amistades; luego descubro que si pierdo un amigo por haber sido auténtico, realmente no era amigo mío, sino de la máscara. 
Me pongo una máscara para evitar ofender a alguien y ser diplomático; luego descubro que aquello que más ofende a las personas con las que quiero intimar, es la máscara. 
Me pongo una máscara, convencido de que es lo mejor que puedo hacer para ser amado. 
Luego descubro la triste paradoja: lo que más deseo lograr con mis máscaras, es precisamente lo que impido con ellas.
-Gilbert Brenson

sábado, 8 de octubre de 2016

La dimensión religiosa en psicología



La dimensión religiosa en psicología, por Juan Manuel Otero Barrigón (escrito en 2009)

El ser humano, como unidad ontológica fundamental, expresa la conjunción de siete niveles de integración que lo constituyen en su singularidad. Es así que, para una mejor y abarcadora comprensión de la Persona Humana, se nos hace imprescindible considerarla en virtud de sus dimensiónes:

-Física
-Química
-Biológica
-Psicológica
-Social
-Ético moral y,
-Espiritual

dimensiones todas que no comportan un mero agregado, sino que, y en virtud de su progresiva y creciente complejidad, distinguen al ser humano del resto de los seres vivos.
A los fines de esta breve exposición, quisiera detenerme y hacer algunas consideraciones acerca del último de estos niveles, esto es, la dimensión espiritual del hombre; y más precisamente, la dimensión religiosa, ya que su importancia, no siempre valorada adecuadamente en la labor clínica, constituye una poderosa herramienta de comprensión de lo que en el ser humano es más propio.

Parafraseando a Aristóteles, podríamos decir que el ser humano es un animal religioso. Existe en el hombre, cualquiera sea su origen, su raza, grupo cultural o época histórica, una tendencia, un impulso interior a entablar relación con una entidad superior a quien rendirle culto, para poder de esta manera trascender, superando nuestra finitud.
Y esto, que ha sido así desde siempre, no lo es menos hoy, en la época actual, donde la falta de sentido de la vida, el consumismo generalizado, y la angustia existencial característica de los tiempos que corren, encuentran cauce para muchas personas en una renovada búsqueda de lazos con un algo superior que dote de sentido a la existencia.

Abraham Maslow incluyó en su célebre 'pirámide' de las necesidades a ser satisfechas por el hombre en grado creciente, las de autorrealización, que implicarían el autocumplimiento, el logro de lo que uno es capaz de ser. Ahora bien, a la luz de lo antedicho, podríamos pensar que el desarrollo de la espiritualidad y de una religiosidad plena y madura estaría incluida en esta necesidad de autorrealización, como uno de sus aspectos más elevados.

Resulta fundamental considerar y tener en cuenta la dimensión religiosa de aquellos que acuden a terapia. Muchas veces, y esto se ve claramente en el ámbito hospitalario, las manifestaciones de religiosidad de los pacientes, como de sus familiares, son reconocidas como mecanismos útiles que permiten aminorar el reconocimiento de eventos traumáticos en la vida. Respetar la actitud y la posición que cada paciente tiene frente a la religiosidad es de vital importancia para lograr una más acabada comprensión del ser humano que acude a nosotros en busca de ayuda.
Es sabido por la sociología que la religión marca y regula la conducta social, puesto que ordena, dirige los sentimientos y evita que se retorne al caos, lo cual se logra mediante determinaciones sobre lo que hay que hacer y no hacer, orientando un ideal de vida.
Muchas veces encontramos que la religiosidad da un sentido de pertenencia, de confianza y de fe que se presentan como continentes de los conflictos por los que atraviesa determinado sujeto, contribuyendo a sostener y consolidar lo que podría ser el derrumbamiento de la subjetividad.

Vale aclarar que, y a partir de la estructura peculiar de personalidad de cada sujeto en cuestión, la religiosidad podrá ser madura, inmadura, o incluso ausente, presentándose muchas veces la religión como expresión de una psicopatología determinada o bien, dicha psicopatología canalizada por el fenómeno religioso.

Todos sabemos de la particular aversión de Freud frente al hecho religioso, al cual consideraba algo negativo e incluso patológico. En el curso del desarrollo de su obra, llegó a considerar a la religión como una proyección paranoica en el mundo exterior, una neurosis obsesiva universal e incluso un bastión sobre el que se levanta la represión y renuncia a las pulsiones. Su destino, creía, era el ser superada por la ciencia.
Muy distinta y positiva fue la actitud de Jung, quien al ver a la religión como derivada del inconciente colectivo, la creía responder a una necesidad universal de trascendencia que podía ser utilizada con fines terapéuticos. Incluso Frankl, representante de la tercera escuela vienesa de psicoterapia, sostenía que religión y psicología podían ser complementarias, ya que ambas tendrían como meta común la búsqueda de sentido.

Como psicólogos, no podemos cercenar al ser humano, suprimiendo una dimensión que le es inherente y que lo constituye y define como tal. Es por ese motivo que se hace necesaria la incorporación de los conocimientos que brindan la psicología de las religiones como una herramienta  imprescindible para abarcar a la persona en su totalidad, orientándonos de manera abierta y desprejuiciada frente a aquél que acude a nuestra consulta.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Profesión de fe (por Henry David Thoreau)


Creo que existe una íntima relacion entre la vida exterior y la vida interior; creo que si alguien lograse superar su vida, el mundo seguiría ignorándolo; creo que diferencia y distancia se identifican. Ansiar una verdadera vida es como emprender un viaje a un lejano país, y verse poco a poco rodeado de ignorados paisajes y de gentes nuevas. Envuelto en mi pasado, comprendo que estoy muy lejos de vivir una vida mejor y más bella, en su pleno sentido. El mundo externo no es sino lo inverso de lo que está en nosotros. Las costumbres no ocultan a los hombres; por el contrario, los muestran sin apariencias, como realmente son. En realidad las costumbres forman su vestimenta. Poco me importa el curioso razonamiento que invocan quienes siguen fieles a las costumbres. Las circunstancias no son rígidas ni irreductibles como nuestros actos. ¡Cuántas veces nos expresamos con vaguedad, como si una vida divina pudiera injertarse o construirse en nuestra vida presente, a modo de apropiado cimiento! Para transformar nuestra vida debiéramos rehacer la antigua, excluir todo el calor de nuestros afectos; quizás sea imposible. El mirlo construye su vivienda sobre el huevo del cuclillo, y allí incuba sus huevos. Pero la separación es leve, e incube también el ajeno. El cuclillo lo aventaja en un día, y, al nacer su cría, expulsa a los pichones del mirlo. No hay otra solución entonces: destruir el huevo del cuclillo o construir un nido nuevo.

El cambio es siempre cambio. Ninguna vida nueva ocupa viejos cuerpos. Los cuerpos viejos se pudren. La vida es lo que nace, crece y florece. Los hombres intentan reanimar patéticamente lo antiguo, y por eso lo toleran y soportan. ¿Por qué limitarnos a embalsamar? ¡Abandonemos ya los ungüentos y los sudarios, y vayamos en busca de un cuerpo naciente! En las antiguas catacumbas de Egipto podemos comprobar el resultado de tal experiencia. No ignoramos su fin.

Creo en la simplicidad. Es asombroso y triste ver cómo hasta el hombre más sabio ocupa sus días en asuntos triviales, creyéndose obligado a relegar a último término cuestiones más importantes. Si un matemático desea resolver un problema difícil, comienza por despojar a la ecuación de toda dificultad, reduciéndola a su más simple expresión. Simplifiquemos el problema de la existencia, y distingamos lo necesario de lo real. Sondeemos la tierra para ver dónde corren nuestras raíces-madres. Yo quisiera basarme siempre en los hechos. ¿Por qué no ver, por qué no servirnos siempre de nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres no saben ni conocen nada? Sé de muchas personas, difíciles de ser engalladas en asuntos comunes, muy recelosas de una mala jugada, que disponen mesuradamente de su dinero y saben como gastarlo, que gozan fama de cautos y listos, y que sin embargo consienten en pasarse gran parte de su existencia como cajeros entre las cuatro paredes de un banco, hombres que hoy brillan un poco, para enmohecerse mañana y finalmente desaparecer. Si son realmente capaces, ¿por qué hacen lo que están haciendo? ¿Saben bien lo que es el pan, y para qué sirve? ¿Tienen noción del valor y significado de la vida? Porque si supieran algo, ¡qué pronto olvidarían lo que ahora les interesa!

Esta vida, nuestra respetable vida de todos los días, tras de la que firmemente se apuntala el hombre de buen sentido, el Inglés del mundo civilizado, y sobre la que reposan todas nuestras insignes instituciones, no deja de ser una ilusión que se desvanece como la trama inconsútil de una visión fugaz. En cambio, el más leve resplandor de realidad que suele iluminar días oscuros para todos los hombres, nos revela algo más consistente y durable que el bronce fundido, algo que es en verdad la piedra angular del mundo.El ser humano es incapaz de concebir un estado de cosas que no sea realizable. ¿Podemos consultar honestamente a nuestra conciencia y afirmar que es así? ¿Qué hechos invocamos al afirmar que nuestros sueños son prematuros? ¿Han oído hablar alguna vez acerca de un hombre que haya luchado consecuentemente durante toda su vida por una finalidad, y que no la lograra en cierta medida? Un hombre en estado de continua ansiedad, ¿no se siente ya elevado en virtud de ella? ¿Quién que haya ensayado la menor acción de heroísmo, de magnanimidad, o tendido hacia la verdad y sinceridad, no halló cierta ventaja, algo más que no fuera perder el tiempo? Es natural que no esperemos a que nuestro paraíso sea un jardín. Ignoramos lo que pedimos. Observemos la literatura. ¡Qué bellos pensamientos concibió cada uno de nosotros, y qué poco bellos pensamientos fueron expresados! Y sin embargo, no hay ningún sueño, por más sutil o etéreo que fuere, que el simple talento, secundado por cierta resolución y constancia, después de mil fracasos, no logre fijar y grabar en palabras distintas y duraderas. Nuestros sueños son los hechos más positivos que conocemos. Pero ahora no hablamos de sueños.


"Thoreau", por John Lautermilch

Lo que se puede expresar con palabras, puede igualmente expresarlo nuestra vida. Mi vida actual, es un hecho del que no debo congratularme, pero respeto mi fe y mis aspiraciones. De ellos hablo ahora. Nuestro estado es demasiado simple para describirlo. No he prestado juramento alguno. No he trazado ningún pan sobre la sociedad, la Naturaleza, o Dios. Soy simplemente lo que soy, o más bien, comienzo a serlo.

Vivo en el presente. El pasado no es en mí sino un recuerdo, y el porvenir una anticipación. Amo vivir. Prefiero una reforma antes que un programa. No puede hacerse historia de cómo el mal se ha vuelto lo mejor. Creo, y nada existe al margen de mi creencia. Sé que yo soy. Sé que otro existe, que sabe más que yo, que por mí se interesa, del que soy su criatura, y en cierto modo también progenitor. Sé que la empresa vale la pena, que las cosas van bien. No he recibido ninguna noticia adversa.

En cuanto a las posiciones, a las combinaciones, a los detalles, ¿qué pueden significar? Si contemplamos el firmamento, cuando el tiempo es claro, ¿qué apercibimos sino el cielo y el sol?

¿Quieres convencer a un hombre de que hace mal? Haz el bien. Pero es inútil convencerlo con palabras. Los hombres creen en lo que ven. Hay que procurar que vean. Prosigue tu vida, obstínate en vivirla, y como un perro en torno del coche de su amo, gira en torno a tu propia vida.

Realiza aquello que más amas. Para conocer bien tu hueso, hay que roerlo, enterrarlo y desenterrarlo para roerlo más aún. No es preciso demasiada moral. Sería trampearse a sí mismo con un exceso de vida. Ve más allá de la moralidad. No te contentes con ser bueno; hay que serlo a toda costa. Todas las fábulas encierran su moral, pero los inocentes que escuchan hallan placer sobre todo por la historia que narran. Nada se interpone entre tú y la luz. Respeta a los hombres, respeta a tus hermanos, y nada más. Cuando emprendas viaje a la Ciudad Celeste, no lleves carta de recomendación. Cuando llames, pide ver a Dios, y nunca a los lacayos. En esto, que es lo que más te conviene, no se te ocurra pensar que tienes camaradas. Haz de cuenta que estás solo en el mundo... (*)


(*) Fuente: Henry David Thoreau, "Profesión de fe", en La vida salvaje.

sábado, 1 de octubre de 2016

10 curiosidades harrisonianas

Pintura: edespitia


10 curiosidades harrisonianas, por Juan Manuel Otero Barrigón

1. “Something” no estaba dedicada originalmente a Pattie Boyd. 

Contrariamente a lo que cuenta la leyenda beatle, el sencillo Something, del cual Frank Sinatra llegó a decir que era la mejor canción de amor jamás escrita,no fue inspirada por la entonces modelo y esposa de George, ni por ningún otro amor terrenal, mas allá de lo que posteriormente popularizó el conocido video clip de este tema. Originalmente, la canción estaba dedicada al dios Krishna,y fue inspirada por los relatos sobre sus pasatiempos trascendentales en los bosques de Vrindavan junto a las gopis, las pastoras de vacas de la tradición hindú que eran sus amantes. De hecho, la letra original de la canción no contenía el pronombre personal “She”(Something in the way she moves…), sino “He” (Something in the way he moves). George decidió que sería mejor cambiar la forma de la letra del masculino al femenino ya que de lo contrario corría el riesgo de que la gente dudara de su condición sexual, tal como cuenta Joshua Greene en su libro “Here Comes theSun: The Spiritual and Musical Journey of George Harrison".

2. "Here comes the sun” fue compuesta tras el primer encuentro que George tuvo en 1969 con Srila Prabhupada, fundador de la Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna.

Después del alejamiento con tintes de escándalo que los beatles tuvieron del gurú Maharishi, George Harrison fue el único de los cuatro que profundizó un camino de búsqueda espiritual como parte fundamental de su obra artística y de su vida. Ello lo llevó a involucrarse activamente en la comunidad religiosa Hare Krishna, a la cual se mantuvo ligado hasta su muerte. El agradecimiento de George hacia Prabhupada, quien trajo a Occidente la cultura hindú del bhakti yoga, lo expresó en esta canción: “Aquí llega el sol”, un recurso poético para referirse a la llegada a Occidente de Srila Bhaktivedanta Swami Prabhupada.

3. Paul McCartney lo ponía muy nervioso.

Como es sabido, en las sesiones de Let it Be, la relación entre los Beatles se volvió insoportable. El documental de Martin Scorsese, Living in the Material World, muestra como McCartney y Harrison vivieron una de sus escenas más tensas en un reality musical antes de que existiesen los realities, con todas las cámaras de Michael Lindsay-Hogg enfocándolos. Consecuencia de ello fue un agrio rock de George a Paul que le recordaba los muchos dolores de cabeza (Wah-wah) que éste último le generaba. Lo emocionante es que, después de la muerte de George ,el propio Paul tocó el piano en esta canción durante el homenaje que le organizaron al Beatle silencioso en 2002. Todo el mundo lo miraba en el arranque con la típica cara de “¿Qué diablos estará pensando Paul ahora?”.

4. Friar Park era su lugar en el mundo.

La mansión de estilo neo-victoriano, ubicada en Henley On Thames, tiene 108 habitaciones,cascadas, jardines rocosos, lagos y laberintos de cuevas. Había pertenecido al abogado inglés, botánico y excéntrico Sir Frankie Crips, hasta su muerte en 1919. Para la época en que George la compró a principios de los años 70', Friar Park era propiedad de las Hermanas Salesianas de San Juan Bosco, una orden católica que había manejado una escuela ahí por más de 20 años. La escuela había cerrado y seis monjas y un monje vivían solos en el lugar. George se hizo cargo de las reparaciones, y con el tiempo, hizo de Friar Park su Shangri-La, su lugar en el mundo. Fue en Friar Park, entre otras cosas, donde desarrolló una de sus principalespasiones en la vida: la jardinería.

5. Pandit Ravi Shankar fue “la única persona que lo impresionó en su vida”.

Lo reconoció más de una vez. Y fue así, según dijo, ya que precisamente nunca pretendió impresionarlo. Ravi Shankar fue su padre espiritual y quien le transmitió conocimientos sobre el sitar, instrumento que se convirtió en todo un símbolo de la contracultura. Le enseñó que la música y Dios son equivalentes, de ahí su gran poder e influencia en las personas.

George Harrison cantando "Any Road" en su última aparición en televisión, Vh1, 1997


6. Era un apasionado de los gnomos de jardín.

George colocó varios enanos por el jardín de su mansión de Friar Park. Es mas, como quedó reflejado, los little people se integraron en la portada de su obra maestra All Things Must Pass. Además, en un guiño a esta cubierta,colocó a un enano disfrazado como los de su jardín en el vídeo de Between the devil and the deep blue sea (Brainwashed, 2003).

7. Escribió la primera canción especialmente pensada para un concierto benéfico.

Antes de temas populares como We Are the World de Michael Jackson o Freedom de Paul McCartney, George escribió la primera canción creada para un concierto benéfico. Bangladesh (1973), una composición maravillosamente (sobre)producida por Phil Spector, cerró el concierto del mismo nombre, un evento que reunió a seres humanos como Bob Dylan, Eric Clapton o Leon Russell para recaudar fondos y ayudar al país asiático. Que después muchos de los fondos se perdieron antes de llegar a Bangladesh, esa iba quedar para otra historia.

8. Solo volvió a tocar en vivo cuando los japoneses (y Eric Clapton) se lo pidieron.

“Me dedico a mi jardín”, fue la respuesta más repetida por George cuando le preguntaban si iba a regresar a los escenarios. Tras la experiencia horrible de su tour norteamericano de 1974, muy bien descrita (y con un montón de material inédito) por Scorsese, Hari no iba a volver al directo hasta Japón en 1991. Eric Clapton le sugirió retomar las giras y, valga la redundancia, en un giro inesperado del destino, George aceptó. De ahí salió un LP en directo, Live in Japan (1992).

9. Intentó disuadir a quien atentó contra su vida cantando el mantra “Hare Krishna”.

Al igual que John Lennon dos décadas atrás, George también sufrió un atentado contra su vida, aunque afortunadamente lo sobrevivió. La noche del 29 de Diciembre de 1999, Michael Abram, un esquizofrénico paranoide convencido de que los beatles eran “brujos”, logró burlar las medidas de seguridad y se infiltró en la mansión de Friar Park. Cuando llegó hasta George, este trató de calmarlo cantándole el mantra "HareKrishna". Pero no sirvió de nada. Michael Abram atacó a George, que recibió heridas de arma blanca en el pecho y en el vientre, sobreviviendo al atentado gracias a la intervención de su esposa Olivia, quien prácticamente la salvó la vida, y junto a la cual finalmente pudo controlar al agresor.

10. El abrazo harrisoniano.

Ya muy enfermo de cáncer, su hermana Louise fue a visitarlo. George le dió un fuerte abrazo y le dijo: “Pásalo”. Así nacieron los “abrazos Harrison”, que se popularizaron en distintas partes del mundo. "Hace poco me escribió una fan de Argentina y me dijo que recibió un abrazo Harrison, de parte de una persona que lo había recibido de mí en otro país y le había llegado. Y hace pocas semanas otra persona me dijo que había dado su abrazo Harrison en 17 diferentes países. Para mí es maravilloso, es ver cómo el cariño de mi hermano se esparce por el mundo. De todo lo que uno deja en el mundo, el amor es lo más importante”, contó Louise. Fue uno de los últimos legados de un músico excepcional, un ser humano lleno de luz y un buscador incansable, convencido, como solía repetir uno de sus yogis más queridos, el Paramahansa Yoganada, de que “todo lo demás puede esperar, pero la búsqueda de Dios no puede esperar, y amarse los unos a los otros”.

martes, 27 de septiembre de 2016

Anarquismo espiritual


Anarquismo espiritual, por Juan Manuel Otero Barrigón

Resultaría paradójico para algunos hablar de espiritualidad y anarquismo, toda vez que el anarquismo, especialmente en su versión moderna, desarrolló una teoría súper crítica hacia las religiones institucionalizadas y hacia la misma idea de Dios, garante último de toda noción de jerarquía y dominio de unos seres humanos sobre otros. Sin embargo, si nos animamos a explorar más allá de lo evidente, inevitablemente nos sale al encuentro la profunda imbricación entre la vida anarquista y la vida espiritual, con aquella noble aspiración de autenticidad y solidaridad que caracteriza tanto a una como a la otra.

Quizás el secuestro de la dimensión espiritual por la religión institucionalizada, nos haya hecho perder de vista que, en el fondo, hablar de espiritualidad es hablar de la vida cotidiana, algo previo al surgimiento de las distintas religiones históricas, y en el mejor de los casos, el motor que las anima.

Entendemos, por ello, a la espiritualidad, como aquel camino a través del cual se cumple la realización de una vida realmente integrada, plena y profunda, capaz de arrancarnos de nuestras servidumbres sistémicas, para posibilitarnos la apertura a una dimensión más creativa y acorde con aquello que realmente somos.

Al hablar de anarquismo, solemos remitirlo comúnmente a aquella tradición de pensadores europeos que como Proudhon, Kropotkin o Mikhail Bakunin, teorizaron acerca de la necesidad de abolir el Estado, y por extensión, toda autoridad o jerarquía, que impuesta al individuo, lo aleje del establecimiento de vínculos solidarios con sus semejantes. Algo para lo cual, la idea de libertad se reveló como vital en la cartografía de estos pensadores. De hecho, para Bakunin: “La libertad de cada uno necesariamente asume la libertad de todos, y la libertad de todos no llegará a ser posible sin la libertad de cada uno... No hay libertad real sin igualdad, no sólo de derechos sino en la realidad. Libertad en igualdad, ahí está la justicia.”

Los anarquistas aspiraron siempre a una sociedad no dividida entre gobernantes y gobernados, sin autoridad fija ni predeterminada. No negaron el poder, sino más bien, y al decir de Ángel Cappelletti, “ese coágulo de poder que se denomina Estado”. La meta es que el gobierno, como poder político trascendente, se torne inmanente, disolviéndose en la sociedad.

Si la sociedad es para el anarquista una realidad natural, y no fruto de un pacto o de un contrato como postulaba por ejemplo Thomas Hobbes, el Estado, contrariamente, representaría una degradación de esa realidad natural y originaria, estableciendo aquellas divisiones que implican el nacimiento de la propiedad privada, y todas las formas de explotación del hombre por el hombre.

Quizás sea de perogrullo resaltar que no todos los anarquistas fueron y son iguales. Que distintas lecturas se propusieron para entender la naturaleza del Estado, y las vías por las cuales lograr su disolución. De la misma forma, distintas son las posiciones que teóricos y militantes anarquistas adoptan y adoptaron en relación a una realidad sobrenatural y trascendente, espiritual, o religiosa. Algunos anarquistas fueron ateos, profundamente virulentos en su rechazo hacia todas las iglesias existentes y hacia la misma idea Dios, considerada por ellos profundamente alienante; otros han sido creyentes de una "religión universal", abstracta y espiritualizada, y algunos incluso se declararon partidarios de distintas religiones históricas, aunque siempre críticos de sus institucionalidades.

Uno de los ejemplos más notables de este último caso fue el escritor ruso Lev Tolstói, autor de obras cumbre como “Anna Karenina” y “Guerra y Paz”, aunque también de otros escritos menos conocidos pero profundamente inspiradores como “El Reino de Dios está en vosotros”, cuyas ideas sobre la no violencia activa inspiraron enormemente a figuras de la talla del Mahatma Gandhi y Martin Luther King. En esta bella obra, Tolstói desarrolló sus ideas en torno a una sociedad ideal siguiendo las enseñanzas de Jesús, pero separándolo del cristianismo ortodoxo ruso, lo que para él equivalía a separarlo del Estado.


Quizás una de las cuestiones que ensanchó las diferencias al respecto de la relación entre anarquismo y religión fue la teoría de la violencia, como medio para el cumplimiento de la utopía ácrata. Respecto al mismo, no hay acuerdo histórico dentro del anarquismo, ya que ha habido posturas y prácticas muy diversas. Desde la "propaganda activa" entendida como "terrorismo" y asesinato de opresores, hasta la no-violencia activa radical del tipo pacifista. Lecturas más contemporáneas aceptarían que, en todo caso, es libre decisión de los propios oprimidos, determinar la estrategia o la posición a tomar, prefiriendo muchos de ellos tal vez una no-violencia activa, ya que en última instancia, huelga decirlo, la violencia siempre es autoritaria, anti-dialogante y una forma de poder impositivo como aquel que en la teoría se pretende combatir. Para Tolstói, la no violencia se encontraba en el corazón del mensaje original de Jesús, por lo que consideraba que la Iglesia oficial pervirtió sus enseñanzas originales, al justificarla como medio de validar sus acciones.

Tolstói inspiró en su Rusia natal el surgimiento del movimiento dujobori, “los luchadores espirituales”, quienes creían que el Espíritu divino se encuentra como una chispa en cada persona o ser viviente, creencia que los llevó a adoptar el vegetarianismo y la no violencia. Además, rechazaban a los sacerdotes, los iconos y los rituales, símbolos de la iglesia organizada y jerárquica.

También en el mundo iberoamericano brotaron expresiones anarquistas que bebían del manantial inaugurado por la figura del “nazareno subversivo”. En la España de la Guerra Civil, florecieron diversas variedades del pensamiento anarquista, entre las cuales el cristianismo se coló para conformar su ideario. Tal fue el caso, por ejemplo, del libertario y fundador de la Iglesia Pobre en Mallorca, Cayetano Martí Valls. Bajo el lema “La iglesia verdadera en cada casa obrera y Cristo en el corazón”, el pensador chueta que integró la Confederación Nacional del Trabajo, clamó por un retorno al espíritu originario del mensaje cristiano, conciliándolo con la realidad de sus hermanos trabajadores. En sus propias palabras: “Jesús era un rabí, o sea, un maestro para el pueblo, que ya empezaba a ver en Jesús un profeta, y poco a poco gentes de otros pueblos acudían a Jesús, y algunos amigos suyos, gente pobre, pescadores, pastores, etc., le seguían cuando Jesús visitaba otros pueblos para predicar; pero empezó a llamar la atención de los poderosos sacerdotes que dominaban y dirigían las mentes y espíritu de todo el pueblo de Israel. Al principio vieron en Jesús un fiel seguidor de la Ley de Dios, traída por Moisés; Jesús era pues un buen judío. Pero los sacerdotes empezaron a ver que Jesús de Nazareth defendía siempre a los de su clase, los pobres, y esto no convenía a los sacerdotes, ni tampoco a los romanos que habían invadido Israel. Jesús predicaba la paz, la justicia, el amor al prójimo practicado y no solamente predicado; Jesús repetía siempre que los dos principales mandamientos de Dios, son estos, "ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Y claro está, que el que ama al prójimo como a sí mismo, no puede hacerse rico a costa de su trabajo (…) Nuestros padres y abuelos siempre nos decían: "procurad siempre estar con Dios y mandad a paseo a los sacerdotes de todas las religiones, pero no odiéis a nadie; buscad siempre la paz, la concordia, vale más comer pan con aceite en armonía en la casa, que buenas comidas en discordia y odio; estemos siempre todos en armonía con nuestro "Buen Jesús", y no olvidemos nunca que el egoísmo es la mala bestia, y el negocio es negativo, es malo, porque consiste en comprar barato y vender más caro, y no solamente los productos, lo que es peor el salario de los obreros, nadie se hace rico trabajando honradamente, pero sí a costa del trabajo de los demás, burlándose de Dios y del prójimo, ya que Dios Dice "Ama a tu prójimo como a ti mismo"; si un empresario, comerciante, etc., reparte los beneficios que produce el trabajo de sus obreros, entre todos, o crea nuevos puestos de trabajo, éste está bastante cerca de la verdad de Dios, es ya un cristiano de verdad"

Como podemos ver, distintos movimientos y comunidades de similar inspiración fueron configurando, así, el cristianismo anarquista. Para los anarcocristianos, el cristianismo fue originalmente un movimiento anarquista pacífico, para los cuales la única fuente de autoridad es la autoridad de Dios encarnada en las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, esta tendencia no estuvo exenta de recibir críticas. Al partir del supuesto de que el anarquismo es una filosofía política sobre una forma de organización de libertad individual sin Estado, muchos consideraron incompatible mezclarlo con temas de índole personal como la fe, e incluso la idea de Dios como autoridad resulta en apariencia contradictoria a los fundamentos más básicos del anarquismo.

Distinta suerte corrieron otras corrientes espirituales y filosóficas en su conjunción con el ideario anarquista. El taoísmo filosófico de la antigua China (y no la religión taoísta surgida a posteriori durante la dinastía Han), es considerado uno de los basamentos teóricos del anarquismo actual. Su fundador, el sabio chino Lao Tsé, era contrario al Estado y a toda autoridad religiosa o de otro tipo. De hecho, y para pensadores como Salvador Pániker, el anarquismo vino en Occidente a suplir al taoísmo, ante la carencia en esta parte del Globo de una tradición taoísta original. Taoísmo y anarquismo, ambos enemigos de la abstracción, rebelados contra los símbolos interpuestos. En un artículo publicado en el diario El País, en Julio de 1982, el filósofo catalán escribía: “El refinamiento coactivo, abstracto, de las sociedades con Estado, con capitalismo, con división de trabajo, con sistema monetario, nos aleja del intercambio concreto, real, entre hombres, personas y cosas. Cuando el anarquismo tiende a la supresión de la moneda (ese símbolo abstracto que precedió incluso a la aparición de los primeros alfabetos sofisticados y ya no ideográficos) tiende al origen. La oculta intuición del anarquismo es ésta: la sofisticación simbólica, la división del trabajo, la edificación del Estado, el centralismo, sólo tienen sentido si -al ser superados- nos devuelven críticamente a un origen donde vuelva a reinar la diversidad, la estructura no jerárquica, la espontaneidad no programada(…)”. Es decir, el Tao, como meta y sendero.

También el budismo exhibe en sus raíces ciertas semillas del más puro anarquismo. Según la tradición, las últimas palabras del Buddha Gautama a sus discípulos habrían sido: “La decadencia es inherente a todo lo condicionado. ¡Con atención consciente, trabajen con diligencia en su propia salvación!” De su enseñanza, totalmente heterodoxa respecto al seno hinduista en el que nació, se pueden desprender nítidas señales de anti-autoritarismo, anti-jerarquía y promoción de la autogestión.

Para el anarquismo, la libertad es la presunción básica de toda relación humana legítima. De allí que históricamente, el anarquismo haya sido siempre muy crítico no sólo de los regímenes capitalistas que segregan a vastas mayorías de la población a la mera supervivencia, sino también del "socialismo de Estado", en cuanto que en la práctica se reveló tantas veces autoritario, tantas veces verticalista, reduciendo la participación popular a la mera ejecución de órdenes tomadas desde arriba, no discutidas en las bases, aunque en su presunto beneficio.

En su clásico “Rebelión en la granja”, George Orwell, el celébre visionario y anarquista inglés nacido en India, escribía: "Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros…". Y en efecto, es en dirección a este planteo que el anarquismo siempre denunció a los sistemas autoritarios, cualquiera sea su signo. Por ello, siempre fue censurado tanto por los sectores conservadores/liberales, acusándolo de ser agente del caos y del desorden (¡de allí que la palabra anarquía sea para muchos, mala palabra) y por los sectores de izquierda autoritaria, tildándolo de "radicalismo pequeño-burgués" y “contrarrevolucionario”. Contra unos y contra otros, el anarquismo nunca bajó sus banderas, y las pocas ocasiones en las que pudo plasmarse en la realidad concreta, no demostró sino estar a la altura de sus altos ideales. No por casualidad, fue siempre sofocado a tiempo por el sistema imperante, las más de las veces en forma violenta, ya que de lo que se trata es de vivir pensando y sintiendo que no hay alternativa posible al régimen cultural, político y económico en el que estamos inmersos.

El anarquismo es profundamente espiritual, si apelamos al sentido más genuino de la palabra espiritualidad.

Si la espiritualidad supone la afirmación total de la vida, la aprobación sostenida de la existencia, quizás pocos sean los movimientos capaces de insuflar tanto spiritus de cara a la existencia como lo hace el anarquismo. En “Política del rebelde”, Michael Onfray dice: “La libertad libertaria inquieta, atemoriza, genera soledad, extrañeza a los demás, produce angustia y miedo al fracaso. Pero la ganancia es incontable: es la libertad de elegir la propia existencia”.

La espiritualidad, en tanto representa una actitud radical ante la vida, deja a un lado lo superficial y lo meramente técnico; implica el desarrollo de la conciencia, tanto hacia el exterior como hacia el interior de uno mismo, logrando cierta comunión con la naturaleza, por lo que supone tener en cuenta tanto al conjunto de la humanidad como al resto de las especies. La fe del anarquista, aún de aquel anarquista no religioso (y por cierto, la mayoría) no queda ausente en este planteo. El anarquista italiano Errico Malatesta consideraba un sentido de la fe, no como una creencia ciega enfocada en realidades trascedentes, sino como una potente síntesis de voluntad y esperanza en un mundo mejor.

De esto se desprende algo que es importante señalar: la espiritualidad del anarquista no es la del contemplativo que se aleja del mundo buscando su salvación individual. La espiritualidad del anarquista es una espiritualidad activista, asentada en el aquí y ahora, y operando consciente y creativamente sobre la realidad, para transformarla. 


El sacerdote y filósofo portugués Rui Manuel Grácio das Neves postula la necesidad de sentar las bases de lo que él llama una Espiritualidad Fundamental, cuyos postulados son muy compatibles con el espíritu anarquista. El argumento es que hablar de ‘Espiritualidad Fundamental’ es hablar de una ‘Espiritualidad Macroecuménica’, una espiritualidad fundante de todas las diferentes religiones empíricas existentes y también del “espíritu religioso” no expresado en la institucionalidad “religiosa” histórica. Entre las características que distinguirían a esta forma de espiritualidad, se destaca la necesidad de ponerle fin al ego, como punto de partida para todo trabajo interior genuino. Esto no es menor, enfrentarse al ego y disciplinarlo, supone hacernos conscientes de aquella esclavitud fundamental que anida dentro nuestro, aquella jerarquía interior que si no advertimos, termina direccionando nuestra vida acorde a sus caprichos.

Tal vez allí resida el desafío más importante que primero deba enfrentar todo espíritu anarquista, mucho antes de lanzarse a cultivar cualquier aspiración de cambio social. Hablamos de aquel desafío que orienta a la persona hacia su interioridad.

No es posible abocarse a ninguna transformación social, desterrando jerarquías y autoritarismos varios, si antes bien, no somos capaces de rebelarnos sobre todo aquello que en lo subjetivo y personal nos oprime bajo el peso de su bota, ejerciendo su poder sobre nosotros. Parafraseando a Lao Tsé, “El que domina a los demás es fuerte; pero el que se domina a sí mismo es poderoso”.

Toda vida anarquista, si aspira a ser auténtica, debe comenzar por la más radical de las revoluciones, aquella que paradójicamente detenta cierto egoísmo en su actitud. Es la revolución que pone al ser humano cara a cara consigo mismo, y sin cuya victoria, vanos serán los sueños, y vanas las esperanzas.

Juan Manuel Otero Barrigón es psicólogo. Ejerce como terapeuta en la práctica privada. Profesor adjunto en la cátedra "Psicología de la Religión", en la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina). Coordina la Red de Estudios Religare, y es creador del blog Psymballéin. 

martes, 20 de septiembre de 2016

"La conciencia sin objeto" (por Jean Klein)



Hay que admitir en la práctica la posibilidad de una Conciencia sin objeto. Por lo general, solo conocemos la conciencia en su relación con los objetos. En realidad, es la conciencia la que ilumina los objetos. En ella aparecen los pensamientos, las emociones, las sensaciones, como un despliegue de energía; y es en ella también, que desaparecen.

Cuando el objeto desaparece, no tenemos ya más conciencia de él, pero la Conciencia Pura permanece.

Los intervalos entre los pensamientos y entre las percepciones son habitualmente considerados como vacíos. El sueño también es contemplado como una relación sujeto-objeto y al no experimentarse en él conciencia alguna de un objeto, se concluye que constituye un estado sin conciencia. Sí, por el contrario, se admite la existencia de una conciencia autónoma, se advertirá que los objetos aparecen de una manera discontinua y que esta discontinuidad está originada por una continuidad: La Conciencia.

Es entonces cuando es posible experimentar la conciencia sin la presencia del objeto. En este sentido,debe aceptarse en la Meditación cualquier percepción que se presente, sea ésta cual fuere. Gracias a esta aceptación sin reservas la percepción se desvanecerá, antes o después, de forma natural en la conciencia.

Si por otra parte, se hace de la Meditación una disciplina cuyo objeto sea integrar, por medio de un esfuerzo de la Voluntad, un estado de conciencia sin pensamiento, se podrá alcanzar ese estado, pero se habrá generado un nuevo dinamismo; el pensamiento rechazado violentamente permanecerá a la espera, dispuesto a resurgir ; incluso con mayor energía.

Hay momentos en que estamos efectivamente sin percepción. Pero no estamos habituados a gustar de ese estado. Creamos constantemente situaciones y objetos, a fin de poder encontrarnos en algo. Cuando fortuitamente vivimos la experiencia de un estado de conciencia sin objeto, tenemos la tendencia a vivirlo como una privación, como si fuera una pantalla sin imágenes.

Si se acepta en la práctica la posibilidad de una conciencia autónoma, se produce un soltar con respecto a la tendencia a crear continuamente una relación sujeto-objeto; el sujeto queda completamente reabsorbido, pues su existencia está condicionada por la existencia de objeto. Se trata en realidad de una Vivencia donde no hay nadie que contemple ni nada contemplado.

Este no-estado se producirá esporádicamente; más adelante se presentará con mayor frecuencia, en particular en la Meditación; después lo viviréis también en presencia de los objetos. La ausencia de objeto es, quizás,menos frecuente que su presencia, pero eso no tiene importancia.

“Lo importante es vivir lo que hay detrás de la presencia y la ausencia,es decir, la Conciencia.”
En consecuencia, no hay que hacer ningún esfuerzo para eliminar absolutamente nada en la Meditación. No hay nada que eliminar. Una actitud de escucha desprovista de intención basta para que el pensamiento se agote por sí mismo; se desvanece en cuanto cesa la voluntad de mantenerlo mediante asociaciones de ideas.

Todo esfuerzo generaría tensión.desde un punto de vista en cierta forma experimental, resulta, pues, fecundo aceptar la posibilidad de un estado donde no existe ni observador ni cosa observada.

La Meditación puede considerarse como un laboratorio, pero también como un arte, como redactar un poema o componer música. Son medios de expresar la alegría de ser; también la Meditación Celebra la alegría de ser.

No es una disciplina, sino un medio de Autoconocimiento y, a la vez,un cántico silencioso. Más adelante la Meditación se prolongará en la vida cotidiana. Será el plano a fondo de donde fluye esta alegría, esta plenitud de ser,se revela presente en cada instante al alcance de nuestra lucidez, permanentemente disponible como un manantial inagotable.

Esta plenitud puede exrpesarse de múltiples formas,pero permanece idéntica a través de todas ellas.Dicho en otros términos:todos los objetos que aparecen son expresión de la conciencia.

En última instancia, no son otra cosa que conciencia.

En la Meditación se reconocerá primero el ir y venir de los pensamientos;después,y mediante la actitud interior que consiste en no alimentar más el pensamiento,llegará el día en que percibiréis la pulsión,la vibración que precede al pensamiento.

Esta pulsión es la que percute el cerebro en sus profundidades y desencadena los procesos de simbolización y formulación.En un momento dado,la complicidad con esta tendencia a dar continuidad a las pulsaciones mediante el pensamiento y el lenguaje,desaparecerá de vosotros.

La energía que se manifiesta en estas vibraciones debe absorberse, pero queda, al principio, como un condicionamiento con el cual no hay que identificarse. Desde el momento en que las vibraciones son observadas y no hay ya más identificación con ellas, éstas disminuyen y no originan ninguna expresión por medio del lenguaje.

Por supuesto, no se debe caer en la trampa de mantener estas vibraciones con baja frecuencia, pues entonces se identificarán con ellas. Todo esto debe quedar en el marco dentro de una relación entre el observador y la cosa observada. Luego se instalará la contemplación, toda volición relativa al dinamismo del pensamiento cesará y el fenómeno de la energía se reabsorberá él mismo en vuestro Ser.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Elogio de la vida bohemia

"La Bohemia", William Adolphe Borguereau, 1890


Elogio de la vida bohemia

por Juan Manuel Otero Barrigón

Bienaventurados los bohemios, porque ellos heredarán el reino de la libertad creativa.

La vida bohemia aspira a la alegría de vivir, despreocupada de todo aquello que ata al ser humano a imposiciones sociales y a mandatos externos. Gusta de las buenas compañías, del enriquecimiento intelectual y de los pequeños placeres que exaltan la vida del espíritu, siempre enemiga de la superficialidad.

La palabra Bohemia tiene su origen en los gitanos que llegaban a vivir a la Francia romántica entre los años 1820 y 1840, provenientes de Bohemia (hoy República Checa). Su estilo de vida en la sociedad francesa, allá a mediados del siglo XIX, inspiró un movimiento cultural inédito, expresado en distintas obras teatrales y literarias. De hábitos noctámbulos, la gente bohemia vivía en la noche, paseando por los cafés y los bulevares de la ciudad, ansiosos por nuevas experiencias, y generalmente con poco dinero en los bolsillos. La identificación de la vida bohemia con la ciudad que la vio nacer era tal, que en palabras chauvinistas del escritor Henri Murger, “la bohemia no es posible sino en París”.

De hecho, dos fueron los barrios parisinos que dieron hogar a la vida bohemia: Montmartre, lugar de pintores famosos como Toulouse-Lautrec, quien inmortalizó a las bailarinas de can can del Moulin Rouge, y el Barrio Latino, adonde se reunían los jóvenes del mundo que soñaban con la bohemia como el lugar idílico para su creatividad artística.

Calles, aquellas de París, por las que en aquella época Baudelaire caminaba casi siempre pobre, casi siempre solo, encontrando belleza donde otros solo veían miseria, y en lugares donde el arte apenas se animaba a entrar. Experiencias todas retratadas en esa obra imprescindible, “Las flores del mal”, sin la cual no podría entenderse la literatura moderna, y cuya publicación le costó a nuestro flaneur un largo proceso y una multa onerosa.

En un interesante ensayo de Luis Arturo Hernández y Javier Hérnandez, titulado Contraluces de Bohemia, se puede leer una curiosa explicación de los orígenes de la palabra bohemio: “El bohemio, descendiente de los antiguos bohemos, gitanos pertenecientes a las tribus de los boyos que en Bohemia recibieron el nombre de «bojove», -gentilicio checo en el que bien podrían haber confluido, como si de clanes semánticos se tratara, las voces «boj» (guerra) y «buh» (dios), que en una regresión etimológica hacia su origen inicial y remoto en la India viene del término persa «baga» (Dios), de donde procede Bagdád (lo dado por Dios), que proviene a su vez del indi, lengua en la que significa alimento («bhaga»)-, pueblo nómada indoeuropeo de errabundos impenitentes que vagaban por el corazón de esta península de Asia que es Europa y perseguido hoy en día por los propios bohemios de origen eslavo con un encarnizamiento de perros de presa, atrapados en la paradójica paranoia de intentar atrapar, como la pescadilla que se muerde la cola, la propia sombra de Bohemia."

La obra del romántico Murger, autor de la novela “Escenas de la vida bohemia”, sirvió de inspiración para configurar a la bohemia como un movimiento contracultural, que luego se afianzaría de la mano de otras producciones artísticas como la ópera "La Bohème" de Giacomo Puccini o incluso la “Louise” de Gustave Charpentier y la "Carmen" de Georges Bizet. Despúes de probar suerte como pintor, y de algunos sinsabores con la poesía, Murger comenzó a publicar su novela en forma de folletín, entre 1845 y 1849, en la revista Le Corsaire Satan. Allí retrataba la vida de pobreza de los escritores y artistas que él mismo conocía personalmente. Ello le permitió hacerse conocido, liberarse de su ostracismo, y adaptar su obra para teatro en el año 1851, para finalmente lograr publicarla  en forma de libro. Sin embargo, lejos de ensalzar ese estilo de vida, Murger consideraba a la bohemia o bien como el prolegómeno a una carrera artística seria y consagrada, o bien como el camino más fácil hacia la decadencia total. En sus propias palabras: “La Bohemia es una etapa de la vida artística; es el prefacio de la Academia, del hospital o del depósito de cadáveres”. La bohemia como un callejón sin salida. Murger falleció joven, a los cuarenta años, peleado con aquel espíritu al cual él mismo le había insuflado aliento vital. Según los historiadores, sus últimas palabras fueron: “¡Maldita sea la bohemia!”.

La idea de la bohemia como sinónimo de decadencia vital fue clave para modelar un perfil artístico bastante común a fines de siglo xix y comienzos del siglo xx: el artista famélico. Ícono romántico y concepto sociológico, el artista famélico era aquel que en su vida decidía reemplazar la comodidad material por una vida dedicada exclusivamente a su realización artística, sobreviviendo con ingresos mínimos, a veces incluso hasta en la miseria. Músicos como Eric Satie, o pintores como Carl Spitzweg o Vincent Van Gogh, reflejaban hasta en sus mismas obras esa apuesta vital de enorme radicalidad. Así lo reflejan, por ejemplo, “El dormitorio en Árles”, del genio holandés, “El poeta pobre”, del pintor alemán o el retrato hecho del pianita francés por el pintor Santiago Rusinol, en 1891. Sobre este estilo de vida, la escritora Virginia Nicholson, autora del libro Entre los bohemios, escribiría: “Después de cincuenta años podríamos juzgar de que la pobreza de Dylan Thomas era noble, mientras que la de Nina Hamnett no tenía sentido. Sin embargo, una artista menor y sin dinero se vuelve igual de famélica que un genio. ¿Qué los impulsó a hacerlo? Creo que tales personas no sólo escogieron el arte, sino también la vida de artista. El arte les ofreció un estilo de vida diferente, uno que creyeron les compensaba de la pérdida de comodidades y respetabilidad”.

Lo cierto es que sin llegar a los límites de la Generación Hambrienta, y con un pie en la clase obrera y otro en la burguesía a la que desafiaban, los bohemios fueron configurando una estética de vida que devino en arte del buen vivir, sintetizando una actitud rebelde e inconformista, de desafío y amoralidad.

Para el escritor del Novecentismo español Antonio Espina, la bohemia no se trataría de otra cosa que de “miseria disimulada con cierta belleza, hambre sobrellevada con humorismo”. Caracterización la cual, a pesar de su dosis de crítica, torna evidente la separación constitutiva de este movimiento como un modelo más de la alternativa social.

En una entrevista publicada en el año 1915, el poeta bohemio Emilio Carrere, le confesaba a un periodista: “El alma abierta sobre las angustias de la carne y del espíritu, y una protesta contra esa agravación del dolor natural de la vida, que es el dolor social creado por el egoísmo y la estupidez. Me interesa más que la literatura, la química, las matemáticas, la medicina. Todo a ciertas alturas, en las cumbres, es emoción poética." Declaración de principios, de un espíritu que desde su nacimiento se fue extendiendo por todas partes, sembrando seres ávidos de libertad creativa, y flechados a fuego por una perspectiva romántica de la vida.

El hippismo, que emergería en su versión contemporánea en los años 60´del siglo XX, bebería según algunos historiadores, de la fuente de la bohemia parisina de aquel entonces. De hecho, unos y otros comparten tres rasgos característicos en su actitud vital:

1) El rechazo a la propiedad privada y al materialismo, junto a la actitud de vida nómade, “hoy aquí, mañana allá”.
2) El rechazo a la estricta moral burguesa convencional. Defendiendo, contrariamente, la plena libertad de acción, especialmente en la esfera sexual.
3) El desprecio a las riquezas materiales, adhiriendo a una vida orientada exclusivamente al goce de las artes y a la fidelidad a las pasiones interiores, despreocupándose de la seguridad económica.

En el año 2004, la escritora norteamericana Laren Stover dió a conocer un manifiesto bohemio, donde exaltó las peculiaridades de esa actitud ante la vida. En ese mismo texto, además, llegó a diferenciar cinco tipos de personas bohemias:

1. El Bohemio Gitano– voluntariamente expatriados. Aquellos que son artífices de su propia bohemia donde quiera que vayan. Hippies, soñadores, vagabundos y viajeros incluídos.
2. El Bohemio Beat– los  sin dinero, también vagabundos, en busca de la utopía y de espíritu libre.
3. El Bohemio Zen– de estilo orientalista, más interesados en la espiritualidad que en el arte.
4. El Bohemio Dandy– sin dinero, pero tratando de simular su posesión. Urbanos, íntimamente disconformes consigo mismos, algo antisociales y a menudo frustrados vitalmente
5. El Bohemio Nouveau– aquellos quizás más característicos del mundo actual, en los cuales la ideología tradicional bohemia se presenta en armonía con la cultura contemporánea, sin perder de vista por ello los principios básicos-el glamour, el arte, la no conformidad. Salvo un detalle: tienen cash a su disposición.

Es elogiable la actitud atrevida y creativa del bohemio, pero más aún la insobornabilidad de sus convicciones, en un mundo que estandariza las maneras correctas de ser, enfatizando a cada instante, sobre todo, el imperativo de ser alguien en la vida. Ser alguien que, traducido bajo el dominio del capitalismo más salvaje, supone tener algo en la vida. Ser y Tener, que como ya expresara Erich Fromm, constituyen dos formas diferentes de posicionarse frente al mundo. La diferencia entre ser y tener es la diferencia entre la importancia concedida a las personas y su realización innata, y la importancia otorgada a las cosas y su señorío. Vivimos alienados en sociedades atravesadas por el mandato de la posesión, hasta tal punto, que el tener se desliza desde las mercancías ofrecidas hipnóticamente por el mercado, hasta echar raíces en el mismo lenguaje que hablamos cotidianamente, y que nos lleva al uso de expresiones  como “tenemos un problema”, “tengo miedo”, “tenemos una vida feliz”, etc. Todo es tener, todo termina implicando posesión.

Bienaventurados los bohemios, porque ellos serán llamados hijos de la Libertad.


El sistema político y económico en el cual estamos insertos fogonea permanentemente para que elevemos nuestras expectativas y nuestro afán de consumo. Sin embargo, quizás no exista, por esa vía, camino más seguro a la insatisfacción permanente, toda vez que la obtención de un determinado producto es siempre provisoria, y está condenada a ceder su lugar al ansía de una “nueva” y “mejor” mercancía por venir. Nos olvidamos rápidamente que para vivir con dignidad, y disfrutar al mismo tiempo de los pequeños placeres que la vida nos ofrece día a día, necesitamos mucho menos de lo que la Mátrix que habitamos nos impulsa a desear. Bastaría solamente recordar como era posible la vida décadas atrás, sin tanto apasionamiento por lo novedoso por el mero hecho de ser nuevo. Al permitir que el tener invada nuestra dimensión subjetiva y se convierta en el eje orientador de nuestras cogniciones, ideas, y proyectos de vida, inevitablemente vamos conformando un carácter de acuerdo a esa premisa, reflejo de un profundo vacío a nivel existencial.

Si como afirma Virginia Nicholson los bohemios actuales “se definen a sí mismos y son definidos por otros como aquellos que no pertenecen, que no se ajustan a las reglas del común", quizás, lejos de ser esta una crítica a la desviación, pueda leerse, ante todo, como el elogio de una apuesta por una vida conforme a los impulsos más propios y auténticos de aquel que exhibe el coraje de decir que no frente a las imposiciones normalizantes de la mercadotecnia.

La crítica a las modernas tecnologías, con todo lo que de positivo le han traído al hombre, constituye una pieza infaltable en este rompecabezas. Quizás más bien debiéramos hablar de una crítica de su uso cotidiano, ya que en tanto herramientas, las nuevas tecnologías nos abren un mundo de posibilidades casi infinitas si son usadas inteligentemente. Lo contrario, ya lo advirtió Martin Heidegger, bien podría embotarnos de manera que ya no ayude, sino que por el contrario, limite nuestro conocimiento y nuestras facultades creativas. En su ensayo "Sobre la cuestión de la tecnología", tratado del período mediano-tardío de su obra, expuso una serie de argumentos que fueron fundamento de su pesimismo en torno a la era de la técnica moderna. Su concepción de la tecnología moderna como "manufactura" que emplea no sólo los recursos de naturaleza, sino que termina finalmente manipulando a la propia humanidad, debería tenerse presente como recordatorio de la deshumanización que nos puede deparar el final del túnel si perdemos de vista el valor de uso de estas herramientas, siempre que son reducidas a su mero valor de consumo, que en el camino, nos termina consumiendo a nosotros.

La desesperación por el reconocimiento, palpable bajo las luces de neón en los modernos templos virtuales del narcicismo (Facebook, Twitter, Instagram, etc), forma parte de este cóctel mortífero que puede ahogar el libre desenvolvimiento de la espontaneidad creativa, en aras del aplauso fácil y el necesitado mimo egoico que nos haga sentir valorados e importantes a los ojos del otro. Presos de los likes, obsesionados por el parecer en detrimento del ser, vivimos pendientes de la mirada ajena, inmersos en la angustia cuando aquellos ojos deseados se mudan a otros horizontes. Ojos sin los cuales dejamos de existir, únicos sostenes de nuestro pálido sentido existencial. Somos, hoy más que nunca, en tanto nos confirman que existimos. Pulgar arriba o clic al corazón, y nuestra autoestima sigue respirando, aliviada.

Pero si la tecnología y sus productos pueden ser, mal utilizados, obstáculos a nuestro desarrollo creativo y a una vida verdaderamente rica y auténtica, no menores (y en realidad parte del mismo combo mortífero) son los peligros que acechan frente a la voracidad fagocitadora del sistema. Nacen así, bajo el amparo de la tiranía del mercado del que aquellos añorados bohemios pretendieron escapar, los sociológicamente denominados Bobos, o Burgeois Bohemian (burgueses bohemios), uno de los últimos, y más tristes ejemplos de oxímoron. Personas conformistas pero tolerantes, “ricos de clase obrera”, que consumen productos caros y exóticos, muchos de ellos herederos de los viejos yuppies, disfrutando de una vida libre y relajada pero sin la actitud desprendida e indiferente hacia las redes del materialismo. Digno complemento del hippie con Osde puesto tan de moda (y convertido en moda) en nuestros tiempos. Los Bobos (¡la abreviatura no me pertenece!) son la expresión más patente de que las contradicciones culturales del capitalismo y la enorme brecha entre burgueses y otrora bohemios tiene certificado de defunción bajo el amparo de la Mátrix. Al constituirse en categoría sociológica para describir un grupo emergente de la moderna sociedad de consumo, se pone de manifiesto que fácil resulta para el sistema trivializar elementos de trascendencia al medirlos únicamente por su puesta en boga y su masivo seguimiento. Sin embargo, y en el fondo, el centro medular existencial de muchos Bobos se basa en un preámbulo insustancial, en el cual la homogeneidad entre ellos como santo y seña,  la vulgarización de lo profundo en una significación de importancia asentada y justificada en la moda pasajera son las únicas (y seguras) verdades de tantas vidas despersonalizadas.

Bienaventurados los auténticos bohemios, porque ellos serán saciados con el fruto de la autenticidad.

Conformismo y bohemia son irreconciliables. La bohemia evoca el romance de la vida de un vagabundo autoexiliado, en búsqueda perpetua. La filosofía del vagabundo, decía Camilo José Cela, se apoya en la no necesidad de nada y en el buen talante de aceptar la vida sin queja alguna. Por eso vagabundos, bohemios y taoístas se llevan siempre bien, dondequiera que se encuentren. Son espíritus afines, en comunión cercana de ideales.

Bohemios y vagabundos se asemejan, además, en su elogio a la vida callejera, al devenir paseante. No en vano, una de las figuras estéticas heredadas de la tradición bohemia parisina es la del flaneur, el viajero sin rumbo ni objetivo, abierto a todas las viscisitudes e impresiones que le salen al paso.

En “El pintor de la vida moderna”, Baudelaire ensaya una descripción estética de este personaje: “La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verle como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida”.

Vagar sin rumbo, predilecta actividad del flaneur, que en un mundo frenético y utilitario en el cual todo debe hacerse por y para algo en concreto, se convierte así en un pequeño acto individual de subversión.

Caminar a la deriva puede entenderse, además, de otras distintas formas: como confesión de la falta de solvencia económica para trasladarse por otros medios, como desinterés por la prisa de llegar a destino, o bien como el rechazo a los medios de transporte prácticos y funcionales (automóviles y colectivos) o incluso cooles, como la hoy tan de moda bicicleta.

Además, el acto de caminar constituye, en sí, una actividad existencialmente estética cuando es practicada de manera consciente, ya que privilegia la espontaneidad y la soltura por sobre otras consideraciones programáticas, desentendiéndose de orígenes y destinos. Lo único real es el trayecto, el camino natural y enigmáticamente “elegido”.

Bienaventurados los bohemios vagabundos, porque ellos viven en el corazón del Camino.

La pretensión omniabarcante del sistema, siempre existosa cuando convierte una actitud inconformista en una moda pasible de consumo, choca de frente con la búsqueda de la íntima singularización vital, que por ser propia, es siempre original.

Sin embargo, lejos de lo que postulan la moda y el mercado, ser original poco y nada tiene que ver con las apariencias, sino, y ante todo, con nuestra capacidad para ser sinceros con nosotros mismos. 

El consumismo, además de esclavizarnos con la promesa imposible de alcanzar una felicidad que nunca llega, propone que la libertad auténtica radica en la posibilidad de decidir qué productos o servicios adquirir. Así, por esta vía, la libertad de elección al consumir se traduce en el máximo activo de nuestra identidad. Identidad que, para ser constituida (siempre bajo la premisa consumista) nos impondría la necesidad de distinguirnos por medio de nuestras decisiones de consumo. Consumo que nos llevaría en dirección a nuestro ser auténtico, convirtiéndonos en personas “originales”, distintas del resto. Eso sí, con una pequeña salvedad no siempre advertida: en tanto consumidores permanecemos iguales a los demás, ya que el mercado nos uniforma. De esta manera, se derrumba la vana esperanza de individuación, siendo que aquello que se erigía como garante de la originalidad deseada, no se revela sino como la trampa que nos ofrece una ilusión que no puede cumplir.

Valdría mejor citar la fórmula propuesta por el escritor inglés Jason Horsley respecto a la creatividad, verdadero fundamento para toda vida que aspire al despliegue de la originalidad propia. Es la que dice que creatividad = espontaneidad + honestidad. Escuchar con atención la voz que nos habla desde dentro, que por ser nuestra es única, practicando una sana epojé que ejercite el poner entre paréntesis la multitud de mandatos, temores, imperativos que nos rodean social y psicológicamente, es el camino más auténtico para desarrollar una narrativa vital propia, verdaderamente libre y ajena a las dictaduras sutiles a las que cotidiana (y estructuralmente) estamos arraigados. En otras palabras, cuanto más nos esforcemos para ser originales, mayor es la probabilidad de que en ese camino, terminemos adoptando las múltiples ofertas que el sistema nos brinda para ello. Las que, en última instancia, no terminarán sino asimilándonos a alguna de las distintas tribus y colectivos sociales que, en aras de la originalidad, decretan su defunción. Quizás, por el contrario, el mejor camino sea acaso el más simple: para ser original, lo mejor es no intentarlo. Wu Wei dirían los chinos, pura espontaneidad taoísta.

Si como decía el Demian de Herman Hesse: “la vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el esbozo de un sendero”; no habría que olvidar, sin embargo, que la apuesta radical por la plenitud estética de la vida (a la cual los bohemios hicieron tanto honor) no está exenta de riesgos. Y es que una vez que uno elige las cartas con las cuales jugará la partida de su viaje existencial, ya no es gratuito renunciar mirando hacia atrás. "Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro es difícil. Caminemos."

Bienaventurados sean entonces los bohemios, porque ellos recorrerán el sendero de la autenticidad plena.

Escrito en Agosto de 2016 (protegido por derechos de autor)